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Santiago: noche de caos y magia

por Salvador Trepat

El periplo europeo de la gira Working on a Dream terminó el domingo en Santiago de Compostela con una actuación difícil de olvidar. Seguramente tampoco lo olvidarán el millar de personas que no consiguieron acceder al penoso recinto debido al overbooking existente, según las noticias en prensa, por la sobreventa de entradas, que convirtió el monte del supuesto gozo en el monte del suplicio. Si llegar hasta los accesos, tras una penosa caminata monte arriba, exigía ya un sacrificado desgaste físico, encontrarse con el local lleno a rebosar y sin posibilidad de entrar se convertía en una tortura inesperada. De ahí a los empujones y a una situación de riesgo físico evidente sólo había un paso. Cincuenta perjudicados tomaron la alternativa de dirigirse a la comisaría de policía y cursar la correspondiente denuncia.

(foto: cola en la calle con el auditorio rebosante de gente)

Para los más de 30.000 asistentes que consiguieron superar las penalidades y llegar a tiempo al concierto, lo siguiente fue aguantar la sensación de sardina enlatada e intentar disfrutar del espectáculo desde cualquiera de los rincones del monte (y suerte que no llovió).

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Igual que justo una semana antes en Bilbao, la mejor versión de Bruce Springsteen apareció en el escenario del Monte do Gozo unos minutos después de las 10 de la noche. Nils Lofgren calentó al personal con una versión de la tradicional ‘A Rianxeira’ al acordeón, y la E Street Band al completo le siguió con una electrizante versión del clásico ‘Badlands’, un disparo infalible que debió de borrar de la mente de los asistentes la larga espera previa al concierto. «Out in the Street» y «Hungry Heart» acabaron de exaltar los ánimos. Con «Spirit in the Night» Springsteen se acercó al público y consiguió su complicidad. Tras un par de temas de su último álbum llegó el momento que elevó el concierto a otra dimensión.

Fue la poco frecuente «Adam Raised a Cain», en una versión rabiosa repleta de electrificantes solos de guitarra que hicieron subir la temperatura ambiente unos cuantos grados. Fue uno de esos momentos de torbellino eléctrico tan difíciles de ver hoy en día. La maquinaria de la E Street Band había arrancado a todo trapo y sin freno enlazaron con otro cañonazo de rock, «Murder Incorporated», con vibrantes duelos de guitarra entre Nils, Steven Van Zandt y el propio Springsteen. La tensión continuó con la versión más acelerada de «Johnny 99» y otro clásico que vale su peso en oro (y más cuando entona cada frase con la fuerza y convicción necesarias): «Darkness on the Edge of Town».

(foto: un grupo de italianos paseó el cartel de Burning Love desde Roma a Santiago. Al tercer intento lo consiguieron. Foto René Van Diemen. Roma)

«Raise Your Hand», el clásico de Wilson Picket, fue el siguiente punto de inflexión del concierto. Bruce saltó a las primeras filas y recogió docenas de carteles con peticiones de canciones. Del montón de papeles y cartones rescató un inmenso cartel que rezaba «Burning Love». Tras mostrarlo a la banda y colocarlo enfrente de la batería de Max, hubo un minuto de intercambio de información con sus músicos. Probaron acordes y rápidamente iniciaron una versión que enciendió el Monte do Gozo. De la impecable partitura de Elvis saltaron a Steppenwolf, interpretando una trepidante «Born to Be Wild», directamente empalmada con su propia «My Love Will Not Let You Down», culminada con furia por el trío de guitarras, incendiando el auditorio mientras Max explotaba en redobles trepidantes que provocaron un inmenso rugido entre los asistentes. Fueron momentos de máxima excitación.

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Tras la festiva «Waitin’ on a Sunny Day» y el clásico «The Promised Land», dos auténticos baños de masas, Bruce dio un nuevo giro al concierto al sustituir las previstas «Into the Fire» y «American Skin» por dos joyas de distinta época. La primera, a petición del respetable via un diminuto cartel, fue «This Life», de su reciente Working on a Dream, y raramente interpretada en la gira. La inició titubeante tras ensayar durante unos instantes con la banda, pero terminó de forma triunfal, con esas inmensas partes vocales con regusto a los años 60 y la eterna sombra de Roy Orbison. Sin apenas pausa, Roy Bittan tocó las primeras notas de «Backstreets» y la emoción sobrevoló Santiago. Springsteen la cantó con ardor y pasión, retomando la épica de los 70 y una de sus canciones más gloriosas, interpretada de forma magistral. Fue el momento más emocionante del concierto y la pasión se palpaba en las primeras filas cuando Springsteen aulló el hiriente final de la canción.

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La emoción acumulada disimuló las carencias evidentes de canciones más recientes como «Lonesome Day» y «The Rising», antes de que «Born to Run» pusiera el cierre con más de treinta mil cuerpos apiñados y sudorosos cantando y bailando desatadamente.

Tras despedirse y dejar el escenario, Bruce regresó con una guitarra acústica y ofreció una versión desnuda, casi recitada, de «No Surrender». El público entregado recibió con entusiasmo «Land of Hope and Dreams» y «American Land», durante la cual presentó a los miembros, nuevos y viejos, de esta imperecedera E Street Band (aunque Clarence Clemons parece ya cerca de una jubilación ganada a pulso). La fiesta final se desbordó con hiper aceleradas versiones de «Glory Days», «Dancing in the Dark», la magnífica «Rockin’ all Over the World» de Fogerty y «Twist & Shout». La sobredosis de adrenalina impedía poner el freno y el público exigió más. Un adrenalítico Bruce accedió, dispuesto a seguir, y finalizó la larga actuación con una furiosa, y totalmente inesperada, versión de «Born in the U.S.A.».

Ha sido un final de gira a la altura de lo esperado, y Springsteen volverá ahora a su país con otro glorioso triunfo en su curriculum. Con casi 60 años sobre sus espaldas y en un envidiable estado de gracia sobre el escenario, el cantante de Nueva Jersey ha demostrado mantener intacta su habilidad para comunicar y transmitir emociones sin necesidad de tecnologías o montajes escénicos de ciencia-ficción, con la única compañ
ía de una guitarra, honestidad, grandes canciones y talento a raudales.

Artíiculos sobre el caos previo al concierto:
El País – Decenas de denuncias por el concierto de Springsteen en Santiago
La Voz de Galicia – Protestas por las colas en el concierto
El Correo Gallego – Caos y protestas en el concierto de Bruce Springsteen en Santiago

Ver set list completo.

Desde New Jersey a Bilbao

por Salvador Trepat

San Mamés, Bilbao 26.07.2009

De vez en cuando, como por arte de magia, llega una noche en la que Bruce Springsteen no da un concierto excelente (lo habitual en él), sino que se transforma, reaparece el hombre que forjó la leyenda en los años 70, y da un concierto memorable. Ese concierto fue el de Bilbao. Como el año pasado en St. Louis, apareció la versión de Bruce más espectacular, sin tanto truco fácil de estadios y más centrado en la música, en la esencia de su repertorio.

Sorprendió de entrada su voz: en plena forma, sin rastro de la afonía y las carencias contempladas en los conciertos de las últimas semanas. Además, esa magnífica E Street Band se mostró pletórica, una auténtica apisonadora de rock, eficaz y compenetrada, al 100% de su rendimiento. La selección de canciones fue impecable, combinando temas nuevos con joyas eternas, clásicos y alguna rareza inesperada, aunque la clave de todo fueron las perfectas interpretaciones (a todos los niveles) que hizo de cada una de esas canciones. No se detectó rutina, ni cansancia, ni repetición memorizada de gestos y movimientos. Fue una de esas noches donde aparece el Springsteen más centrado, intenso y entregado a su música, sus canciones, cantando con ganas cada una de las frases, recreándose en el fraseo, en los punteos de guitarra o los guiños de complicidad con el público (los justos, sin circo ni excesos absurdos de carreras por las pasarelas). Fue un Springsteen entregado y dedicado a su arte con total convicción.

Salió Nils con su acordeón e interpretó la clásica «Desde Santurce a Bilbao», y el público quedó ya rendido y encantado. Casi inmediatamente atacaron una inmensa «The Ties That Bind», seguida de «Badlands» y «Hungry Heart», claras indicaciones, por su fuerza, de que aquello iba a ser especial.

Hubo momentos de titubeo (esa «Outlaw Pete» que no acaba de cuajar. «Jungleland» ya está escrita y cualquier intento de hacer algo similar palidece al compararlas), como «Working on a Dream» o «Working on the Highway», que parecían indicar que iría por la senda de los éxitos fáciles.

Pero inmediatamente borró cualquier duda con el trio formado por «Murder Incorporated» (sonando mejor que nunca, con explosivos solos de guitarra al fina), «Johnny 99» y «Because the Night», donde Nils estuvo inconmensurable, con una largo, creciente y delirante solo de guitarra que hizo temblar el estadio. Le siguió la primera sorpresa: «Factory», en una versión de gran belleza, empezando en solitario y acabando con toda la banda tras la primera estrofa, al estilo de la gira de 1978. El aroma country prosiguió con la excelente «This Hard Land», en una versión más próxima a la origianal de 1982 que no a la de 1995.

A continuación «Raise Your Hand» fue uno de los momentos álgidos de la noche. La que suele ser un simple momento instrumental para recoger carteles del público se convirtió (tras la recogida de numerosos carteles con peticiones) en una desbordante orgía soul, con Bruce sobre el piano, mostrando esa convicción que entusiasma y hace creíble cualquier actuación. Un 10. Tras ella llegó el turno a las peticiones. La primera fue sorprendente: la navideña «Santa Claus is Coming to town», en pleno verano, tocada a ritmo galopante, y seguida de una versión de «Thunder Road» cantada (que no recitada) al ritmo original, sonando fresca y épica. Para la siguiente retrocedió a 1973, era «Does this Bus Stop at 82nd Street?», de su primer álbum. Una gozada para los más veteranos. Sin apenas descanso, Max inició «My Love Will Not Let You Down», una fabulosa pieza de rock que los tres guitarristas atacaron con furia. Otro momento memorable que debería repetirse en cada concierto. Siguieron «Waitin’ on a Sunny Day», «The Promised Land», piezas estándar en la gira, junto a una delicada versión de «The River», culminada con un emocionante final en falsetto.

A estas alturas, la emoción rebosaba en San Mamés y Bruce y la E Street Band iban desbocados, sin freno, lanzados en un frenesí de rock imparable con «Radio Nowhere» (con un Max espectacular), «Lonesome Day», «The Rising» y «Born to Run».

Casi sin abandonar el escenario, Bruce recoge un nuevo cartel y toca «You Never Can Tell», de Chuck Berry. Un momento especial que no se repetía desde la última vez que tocó esta canción en directo con la E Street Band… ¡en 1974!

Los bises continuaron con «Jungleland», la mítica pieza que cierra el álbum Born to Run. Clarence Clemons estuvo sobresaliente en su solo de saxo, aliñado con una lección magistral de piano a cargo de Roy Bittan. La diversión llegó con «American Land» y la imponente «Rosalita», presentada por Bruce en castellano. La versión acelerada de «Dancing in the Dark», y una contundente versión de «Twist and Shout» (al estilo de Buenos Aires 88), pusieron fin a una lección magistral de 3 horas y 6 minutos.

Photos Bilbao: copyright 2009 Mamen Iturralde
Photo hotel in San Sebastián: copyright 2009 Eider Arzak

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Puro delirio, pura vida

crónica desde Filadelfia, por Jesús Jerónimo

Alguna vez he escuchado un refrán que dice algo así como que la abundancia es la vergüenza de los ricos. En los últimos años, inmerso en una maraña de discos y giras sin parangón en su carrera, Bruce Springsteen nos ha acostumbrado a verle practicamente cada pocos meses. En lo que empieza a ser su propio y particular Never Ending Tour, el de new Jersey se ha vestido de trobador acústico, de profeta folkie y, para culminar, nos ha traído de nuevo a la actividad a su banda de toda la vida, la robusta y todopoderosa E Street Band.

De ahí que quizá no seamos capaces de apreciar todos y cada uno de los inolvidables momentos que nos ha deparado su actividad en directo de los últimos años. En el caso de su nuevo y flamante Working on a Dream Tour, Springsteen, en un movimiento extraño en su carrera
prácticamente olvida su nuevo disco y se dedica a ofrecer recitales temáticos que discuten sobre la pertinaz crisis ecónomica. El norteamericano se ha echado a las espaldas su desmedida avidez de notoriedad y se transforma en un analista de una realidad que cada vez parece mas negra y desesperanzadora.

The Fever, clásico entre los clásicos.

De esta guisa, y presentándose dos noches consecutivas en un abarrotado Spectrum de Filadelfia, de nuevo conquista corazones. No importa cuántas veces uno haya podido ver un concierto de este hombre, la emoción siempre está ahí, los nervios siempre están ahí y sobre todo, el espectaculo esta servido. Pasen y vean.

Quizá lo mas reseñable sea la incorporación a la banda para aproximadamente la mitad de los conciertos de un jovencisimo Jay (18 añitos tiene la criatura), hijo del incombustible batería Max Weimberg. Su potentisíma pegada y su tendencia a tocar notablemente mas rápido que su padre, convierten canciones que empezaban a resultar relativamente rutinarias en bombazos directos al corazón. En particular, los «clásicos» modernos, «The Rising» y «Lonesome Day», nunca sonaron tan bien como con el delgado Jay a la batería. Caso aparte es «Radio Nowhere», más potente, acelarada y garajera que nunca. Cosas de la edad, supongo. Pero el caso es que el invento funciona y uno llega a pensar que haría mucho bien a la banda que este pequeño gran hombre desplace definitivamente a su padre, que por otra parte mira a su retoño con orgullo y se confiesa irrelevante. Y lo es. Enough said.

Outlaw Pete, un clásico moderno.

Continuando con la nueva tradición del Magic Tour, hacia la mitad del concierto se dedica a las peticiones del público. El siempre jovial Bruce (¿será real tanta simpatía?) recoge carteles entre las primeras filas y regala canciones para todos los gustos, desde un oscuro «London Calling» hasta una luminosa «The Fever», quizá la canción mas olvidada en su amplísimo cánon. Poco importa que en la mayor parte de los casos todo sea ensayado antes. La sensación de que cualquier cosa puede suceder convierte esta gira en un gusto para repetir conciertos. Hoy será «Mountain Of Love» (sensacional), mañana quizá un «Streets of Philadelphia» que pone al público en pie. Lo cierto es que se estrenan temas a diario y hay mas riesgo que nunca. Recordemos que no hace tanto los sets eran mucho mas estáticos y previsibles.

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Seeds, la rabia y la pasión. Sensacionales teclados

La nueva «trilogía de la crisis», como ya se empieza a llamar entre los fans, es el momento álgido de cualquier show. La poderosa tripleta compuesta por la rocosísima «Seeds» (gran solo final de Springsteen), la jovial y rockera «Johnny 99» (gran solo final de Steve Van Zandt, verdadera locomotora de una banda tocada por los dioses) y la electrificada «The Ghost of Tom Joad» (gran solo final de Nils Lofgren que literalmente pone al público en pie), componen un trío irreprochable, electrico, vibrante y sencillamente demoledor. La E Street Band a pleno rendimiento. El mejor momento en un concierto que este humilde escriba ha tenido nunca ocasión de presenciar.

Un momento para la ternura. «Waitin’ On A Sunny Day» acompañado de niños.

Quizá lo único negativo sea la escasísima representación del nuevo album. No hay sitio mas que para la sensacional «Outlaw Pete» (que mejora tanto en directo que hay que frotarse los ojos), una irregular «Working on a Dream», una hermosa «The Wrestler» (mucho mejor que en el disco) y «Kingdom of Days» (peor de lo esperado a pesar de ser una hermosa canción). Quizá a medida que la gira progrese podamos ver versiones de «This Life» o «Surprise, Surprise». Veremos.

Como colofón, clásicos. De los de verdad, tocados de verdad y en medio del delirio del respetable. «Rosalita», desbordante y acelerada y sobre todo la inmortal «Kitty’s Back», ambas interpretadas de forma majestuosa por una banda que parece no agotarse jamás. Poco importa que Clarence Clemons apenas sepa dónde se encuentra y que falle practicamente en todos y cada uno de sus solos. A la hora de la verdad sólo importa la banda y su glorioso y compacto sonido.

El colosal Jay Weinberg comanda una sensacional «Radio Nowhere».

Y ahí es donde radica la grandeza de todo esto, en la demostración de unidad física y espiritual que desborda este grupo de músicos que noche tras noche demuestra que es verdad: el equipo está por encima de las personas. Que la unión hace la fuerza. Que la pasión desborda a la profesionalidad.

Terminando el concierto, Bruce hace su celebrada presentación de la banda: «Ladies and Gentlemen, you’ve just seen the heart stoppin’, earth quaking, booty shaking, love making, viagra taking…». Se detiene un momento, cierra los ojos, y grita….»THE FUCKIN’ LEGENDARY
E STREET BAND!» Puro delirio en las gradas. Puro delirio.

Pura vida.

The Price You Pay

crónica desde Filadelfia, por Salvador Trepat.
Fotos: Raúl Nieto, S. Trepat y Ryan Byrne

La ciudad de Filadelfia ha sido escenario de algunas de las noches más históricas de la carrera de Bruce Springsteen. Fue aquí donde dio conciertos míticos en el pequeñísimo café Main Point entre 1973 y 1975, y donde llenó durante cuatro noches, tras la edición de Born to Run, el teatro Tower en los últimos días de 1975 (algunas imágenes de este concierto, cuando canta «Tenth Avenue Freeze-Out», aparecen en el DVD documental Wings for Wheels).

De los clubs y teatros saltó por primera vez a los pabellones en octubre de 1976 y fue, claro, en el Spectrum de Filadelfia, el mismo pabellón que este año será derruido, donde en 1980 dio un emotivo concierto la noche después del asesinato de John Lennon y donde en 1999 celebró su 50 cumpleaños con un concierto memorable.

El regreso de Springsteen al Spectrum por última vez tenía por tanto un componente nostálgico añadido. Y Springsteen se presentó con nuevo disco y nueva gira bajo el brazo, y muchas ganas de rememorar noches históricas. Tanta expectación resultó, a momentos, contraproducente. Bruce se entregó, derrochó energía y sorprendió con un buen puñado de rarezas, pero quedó la sensación de que podía haber dado más de sí, teniendo en cuenta los precendentes.

Uno de los problemas de la gira Working on a Dream es que los temas del disco brillan por su ausencia. Tan sólo 4 en la primera noche y 3 en la siguiente, y no precisamente lo mejor del disco. Aunque para gustos los colores, personalmente encontré bastante floja la versión de «Outlaw Pete», una canción pretenciosa, con arreglos épicos a lo «Jungleland» pero sin la calidad de ésta, y con unos textos que no están a la altura de una figura como Springsteen. Para colmo, la canción quedaba aderezada con un telón blanco que parecía una sábana, y que impedía la visión de quienes estaban detrás del escenario durante la canción. Un gadget ridículo (como sus fingidas posturas entre sombras con el sombrero de cowboy y la mano extendida) para una gira millonaria como esta.

«Working on a Dream», la canción, aumenta su mediocridad en directo. Son los momentos más bajos de un Springsteen desorientado, interrumpiendo la canción para dedicar unos minutos al preaching, repitiendo las manidas frases de predicador ya usadas hasta la saciedad en otras giras, en «Light of Day», «Tenth Avenue Freeze-Out» o «Mary’s Place». Sorprende verle tan falto de recursos e imaginación. El Springsteen que durante tantos años destacó por las historias que contaba en directo como preludio a sus canciones, el storyteller, ha ido degenerando gira a gira (excepto en las giras acústicas donde el showman deja paso a la persona) en un preacher de segunda.

Sólo «The Wrestler» (magnífica) y «Kingdom of Days» brillan de su nuevo, y escasamente representado, repertorio. Tras interpretarlas en los ensayos, han desaparecido por completo las nuevas canciones que más hubieran aportado al concierto, como «My Lucky Day», «This Life», «Surprise, Surprise», «Good Eye» o «Life Itself».

Capaz de lo peor y lo mejor, Springsteen no deja indiferente, y cuando se pone las pilas puede ser arrasador. Si bien lo antes mencionado bajaba escandalosamente el listón del concierto, el inicio con «Badlands» resultó apropiado y contundente, y más seguida de un clásico como «The Ties That Bind». La trilogía formada por «Seeds», «Johnny 99» y «The Ghost of Tom Joad» resulta ser la única novedad de la gira, el único momento donde Springsteen parece haberse estrujado el cerebro en busca del concepto de la gira (dado que el nuevo disco no lo es).

Son los 20 minutos más logrados del concierto, donde la E Street Band explota y muestra todas sus cualidades como banda compacta y experimentada. Springsteen se desgañita cantándolas, arropado por un sección rítmica impecable y unos solos de Nils, Steven y el propio Bruce que culminan en un éxtasis colectivo de músicos y público.

Sin perder tiempo enlaza con la intro -a medio gas, nada que ver con las versiones de 1978- de «Raise Your Hand», el clásico soul que le permite pasearse por las primeras filas, contactar cara a cara con los fans y recoger carteles con todo tipo de peticiones. Es el reto a la E Street Band. Bruce escoge las peticiones más extrañas e inusuales y la banda muestra sus tablas. Hoy suenan «Fire» (gracias a un espectacular pancarta formada por varias personas), «The Fever» (magistral, única, y un guiño a los fans más veteranos de la zona) y «Mountain of Love» (la canción de Harold Dorman que tocó en 1975 en el Main Point, concierto retransmitido por radio en la zona y ampliamente difundido), y mañana sonarán «London Calling» (de The Clash), «Red Headed Woman» (no olvidemos que Patti tocó en el segundo concierto, y tocaba complacerla, darle protagonismo y, de paso, dar un bajonazo al ritmo del concierto) y una vertiginosa, trepidante y eléctrica versión de «Thundercrack», su show-stopper de 1973 que finalmente vería la luz en la caja Tracks.

Son momentos únicos que el público experto de Filadelfia recibe con un enorme entusiasmo. Sus devaneos con Patti, el jolgorio con los niños en la cansina «Waitin’ on a Sunny Day» o la falta de algunas de las buenas canciones de su nuevo disco son peajes que hay que pagar si a cambio llegan la verdaderas joyas de la corona. La primera noche el concierto se cerró con una versión apoteósica de «Rosalita», a ritmo endiablado, cantada con fuerza, sonando con vigor y dejando estupefacto a quien escribe. Posiblemente su versión más pletórica desde la gira de The River (un ratito antes sorprendía de nuevo con «You Can’t Sit Down», canción que en 1976-1977 dio momentos irrepetibles). La siguiente noche se repite el ritual: «Kitty’s Back», inconmensurable, pone el punto final a dos noches de alto voltaje, si bien irregulares en cuanto a contenido.

A ratos no sabemos si hemos vuelto a 1978 o a la gira Magic, si Springsteen está en su mejor momento o es puro teatro, si estamos asistiendo a un evento memorable o a un engañoso espejismo. Lo cierto es que, aunque sea a intervalos, este Springsteen aún conserva su capacidad de sorpresa y su buena dosis de magia, es una máquina imparable en el escenario y, sin duda, es un profesional que domina a la perfección los trucos de su negocio (que nadie se engañe: las supuestas sorpresas que muestra en los carteles recogidos están todas ensayadas y previstas desde hace días. Bruce escoge los carteles de las canciones que quiere tocar, y no al revés).

La E Street Band funciona como una perfecta máquina engrasada, sin fisuras, incluso Clarence Clemons parece haberse recuperado milagrosamente y borda casi todos los solos. Y, para acabar, destacar la presencia de Jay Weinberg a la batería, cada vez en más y más canciones. Con sólo 18 años Jay es capaz de sonar practicamente como su padre, sólo que con más energía y entusiasmo, aporreando con vigor los tambores a ritmo endiablado, y eso fue palpable con total claridad en las versiones de «Radio Nowhere» o «Lonesome Day», que volvieron a sonar frescas. Quienes crean que la pérdida de Max para algunos conciertos europeos será un lastre no pueden estar más equivocados. Sólo hay que ver la sorprendente actuación de Jay en un tema como «Kitty’s Back». Lo bordó. Él y toda la E Street Band.

La única duda para quien vaya a ver los conciertos en estadios no es si Jay o Clarence o la E Street Band estarán a la altura en esos excesivos e inapropiados recintos, sino si Bruce seguirá sin estrenar las canciones del disco, si mantendrá el nivel de temás clásicos o si, como suele suceder, sucumbirá al interés por complacer al público masivo, interesado sin duda en sus grandes éxitos, sobre todo si son de estribillo fácil. Un dilema que, seguro, tiene el propio artista. El cliente siempre tiene la razón. ¿O no?

El polifacético Little Steven

Renegade Records-Wicked Cool, la discográfica de Little Steven

por Mariano de la Torre, Marzo 2009
Mariano es ilustrador, dibujante, profesor y director de la editorial de cómics Den Books. Acaba de publicar el primer volumen del cómic Renegades, En Los Albores de la Tempestad. Fan irredento de Little Steven, Bruce Springsteen y el rock en general.

Cuando a finales del siglo pasado Little Steven Van Zandt anunciaba la creación de su empresa discográfica, Renegade Nation, poco hacía presagiar que en el lapso de una década se iba a convertir en una plataforma de trabajo tan ambiciosa y multisectorial como la que nos encontramos hoy en día. Y es que del germen inicial de un sello propio y personal, destinado en principio a dar salida a sus propios trabajos –como resultó con su último disco en solitario, editado ya en el lejano 1999, el excelente Born Again Savage-, hemos pasado en un lapso reducido de tiempo a una empresa que extiende sus tentáculos a todas las facetas del show business a su alcance, siempre con la promoción de nuevos artistas y la difusión del rock como sus señas de identidad principales.

Renegade Nation encontró, después de unos inicios titubeantes, su punta de lanza ideal en forma de programa de radio, el Little Steven’s Undergroung Garage, un experimento delicioso de recuperación, reivindicación y experimentación a través del cual Van Zandt, tipo inquieto donde los haya, ha encontrado el púlpito ideal en su cruzada para traer de vuelta al rock a la primera plana de la cultura popular de la que nunca debió marcharse. Dejándose la piel en sus inicios para producir un programa que al principio no interesó a ninguna emisora importante, el espacio ha triunfado gracias a la perseverancia de su creador, hasta llegar a unos números espectaculares que hablan de más de un millón de oyentes semanales sólo en Estados Unidos, con casi ciento cincuenta emisoras convencionales, un par de canales en Sirius Satellite Radio y en expansión por Europa y Asia –en España se puede escuchar a través de la cadena Rock and Gol-. Todo un fenómeno radiofónico en estos días en los que es tan complicado captar la atención de la gente.

No es de extrañar pues que, ante un éxito de estas proporciones, el proyecto inicial haya ido creciendo y ramificándose poco a poco hasta convertirse en una especie de imperio del rock ‘n’ roll en el que no faltan una sección que organiza eventos y conciertos, una floreciente sección de televisión que produce programas para diferentes cadenas y como no, un sello discográfico que cuenta en su cartera con un nutrido grupo de artistas y bandas –dieciocho, nada menos, en el momento de escribir estas líneas-, gente joven en su mayoría que han encontrado en la discográfica de Van Zandt, Wicked Cool, un lugar ideal en el que, dependiendo de los casos, poder abrirse camino, hacerse un nombre o estabilizarse dentro de la indústria, produciendo unos trabajos que sorprenderían por su madurez y empaque si no supiéramos quién está detrás de ellos.

Y no es que participe directamente en los discos, ni mucho menos –aunque de vez en cuando es fácil encontrar algún tema en el que he echado una mano, escribiendo, arreglando o produciendo, esas cosas que tan bien se le dan-, pero está claro que la personalidad de Little Steven y su Undergroung Garage, están ahí, como una corriente subyacente, que ha elegido a todas esas bandas no sólo por su calidad sinó también por su estilo, deliberadamente “retro” y clásicamente “garage”, que dotan al sello de una impronta y un marchamo completamente reconocible y original. Esta homogeneidad queda perfectamente reforzada con todo el packaging y la imagen exterior de los productos que recrean en su mayoría un estilo muy propio de los años sesenta y setenta, a caballo de la psicodelia y el “pulp” más recalcitrante, pero siempre cumpliendo a la perfección su cometido como identificadores de los productos del sello y de todas sus actividades relacionadas, así como de los expositores personalizados que se hallan repartidos por innumerables tiendas de discos. Una imagen corporativa en toda regla en definitiva.

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Los lanzamientos del sello se han multiplicado de forma exponencial desde el momento de su establecimiento, contando en estos momentos con un extenso catálogo que engloba no sólo los álbumes de las diferentes bandas sinó también una buena colección de recopilatorios a precios muy competitivos que tienen como finalidad promocionar a los artistas y al sello a partes iguales. Bajo el rimbombante título de The Coolest Songs In The World –Las Canciones Más Molonas del Mundo-, podemos encontrar hasta ocho volúmenes diferentes en los que se recogen algunos de los éxitos de artistas clásicos que Steven “pincha” en su programa –como The Stooges, New York Dolls, Joan Jett o The Yardbirds por poner algún ejemplo-, acompañados por temas de temas de bandas de más reciente cuño aunque también con una sólida trayectoria a sus espaldas y que luchan por hacerse un nombre y un reconocimiento trabajando duro en circuitos más modestos y que forman parte del extenso catálogo que Steven intenta promocionar desde Wicked Cool Record Co.

También destacable es el recopilatorio homenaje al que muchos consideran el mejor club de rock de la historia de New Cork, el CBGB OMFUG, cuna de nacimiento de bandas como The Ramones, Blondie o Talking Heads y en el que colaboran con versiones grabadas ex profeso artistas de la talla de Green Day, The Foo Fighters, U2, Patti Smith o Velvet Revolver. Un disco francamente recomendable.

De entre las bandas que Wicked Cool cobija es difícil hacer una recomendación ya que, además de la calidad indiscutible que atesoran, cada una tiene su personalidad y cualidades bien definidas a pesar de encontrarse todas bajo el mismo paraguas de “garage rock”. Desde la clase psicodélica de The Chesterfield Kings, auténticos estandartes del sello y ganando reconocimiento a nivel internacional a pasos agigantados, pasando por el rock elegante y perfilado de The Novaks o el sonido divertido y energético de los Hawai Mud Bombe
rs
, hasta el rock de garage más clásico y conmovedor de las noruegas The Cocktail Slippers, cuyo próximo álbum, St. Valentine’s Day Massacre, que aparece el 28 de abril y cuenta con Little Steven escribiendo, arreglando y produciendo, es una auténtica promesa de grandes temas con regusto clásico en el horizonte musical de nuestros modernísimos reproductores de música. En definitiva, la mejor recomendación posible es darse una vuelta por la web del sello y comprobar en la sección de video cuáles son las virtudes y cualidades de cada uno de ellos.

Un servidor en la confección de este artículo ya ha pasado por caja y me he descargado el excelentísimo primer single del próximo álbum de las Cocktail Slippers, escrito, arreglado y producido por un tal Little Steven y que te devuelve durante algo más de cuatro minutos a la gloriosa época de finales de los setenta cuando Van Zandt era una de las mentes pensantes tras discos indispensables como el Hearts of Stone de Southside Johnny, el The River de Bruce Springsteen o el Dedication de Gary U.S. Bonds.

Y eso, a estas alturas del siglo veintiuno, resulta cuanto menos de agradecer.

Los discos de la discográfica Wicked Cool están distribuidos en España por Locomotive y los puedes encontrar en FNAC, Tipo, El Corte Inglés, Gong y otras tiendas de discos.

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