Asbury Park 1996 y Nashville 2008, polos opuestos, emociones compartidas
Los dos últimos conciertos publicados en la colección Archive Series nos ofrecen dos polos opuestos de la carrera de Bruce Springsteen. Por un lado la majestuosa gira acústica de 1995-97, conocida como Solo Acoustic Tour, y en el otro extremo una de las giras más importantes del siglo XXI con la E Street Band, la gira Magic de 2007-2008.
Como el nombre indica, Asbury Park 11/26/96 incluye el concierto íntegro celebrado en Asbury Park ese día, el tercero de tres noches benéficas en la ciudad que le vio crecer como músico y que dio título a su álbum de debut. Fueron tres noches repletas de sorpresas, donde mezcló las canciones que formaban el esquema de esa gira austera (temas como «Straight Time», «Sinaloa Cowboys», «The Line», «Across the Border» o «The Ghost of Tom Joad») con multitud de canciones de toda su carrera, dando especial énfasis a las canciones que gestó en la propia Asbury Park en 1973 y que formaron parte de sus dos primeros discos. A saber: «For You», «It’s Hard to be a Saint in the City» (ambas como apertura del concierto), «Wild Billy’s Circus Story», «Spirit in the Night», «Sandy» y «Rosalita», momentos irrepetibles acompañado de invitados de la talla de Vini Lopez, Danny Federici, Richard Blackwell, Big Danny Gallagher y Steve Van Zandt, en un claro tributo a sus primeros años de carrera.
Tres canciones de Tunnel of Love aportan otro punto único a esta velada. Acompañado de la voz de Patti, el acordeón de Danny Federici o el violín de Soozie Tyrell, Springsteen borda las versiones de «Tougher Than the Rest», «All That Heaven Will Allow» o la infrecuente «When You’re Alone» (solo 12 versiones en directo en toda su historia). Completan la actuación otras joyas como «Shut out the Light» (apropiadamente seguida de «Born in the USA»), «Two Hearts», «This Hard Land», «I Don’t Wanna Go Home» o el diamante que fue esa noche «Racing in the Street», con especial lucimiento de Soozie y su violín en una versión deslumbrante. Íntimo, sorprendente y relevante, cuatro adjetivos que definen al Springsteen de esa gira en solitario.
En el lado opuesto, Nashville Aug. 21, 2008 nos muestra el lado más eléctrico, ruidoso y emocionante de Bruce con la E Street Band. El concierto en Nashville, antepenúltimo de la gira Magic, hubiera pasado a la cumbre de los conciertos de esa era sino fuera porque dos días después llegó el aclamado concierto en St. Louis (también publicado oficialmente), que lo eclipsó todo y los expertos consideran como el mejor concierto del artista desde 1984.
En un final de gira donde Springsteen se mostró pletórico, el concierto de Nashville destacó por su intensidad y por un repertorio repleto de guiños a sus conciertos de los años 70. De entrada, en las pruebas de sonido de esa tarde se pudo escuchar a la E Street Band ensayando «Let the Good Times Roll», «Then She Kissed Me», «Mountain of Love» y «When you Walk in the Room», dos de las cuales pronto sonarían en público en St. Louis.
De modo sorprendente el concierto arrancó con «Out in the Street», seguida de «Radio Nowhere», el trallazo eléctrico que abría Magic. Tras una intensa «Spirit in the Night» llegó el «momento carteles». Bruce se paseaba por la primera fila recogiendo peticiones de los fans en forma de cartel. Luego escogía 3 o 4 canciones, una lotería que podía resultar en algo mágico o algo más bien estéril dependiendo de su elección, y ponía a prueba a la banda tocando canciones sin previo ensayo. A Nashville le tocó noche de magia y Bruce eligió «Good Rockin’ Tonight» (frenética, él mismo recordó que la había tocado en Passaic en 1978), seguida de «Growin’ Up» con historia incluida en su parte central tal como hacía en las míticas giras de los 70… «Well, there I was, it was Christmas Eve …1964…», trasladándonos casi de forma inmediata al Agora Show de 1978.
Acabado el paseo por los 70, suena «I’m Goin’ Down», la canción de Born in the USA más olvidada en sus conciertos, seguida de «Held Up Without a Gun», un minuto de auténtica euforia roquera procedente de las sesiones de The River (con sólo 5 apariciones en concierto), y otra outtake de The River: «Loose Ends». Sin tiempo a respirar, el concierto vuelve a su caudal habitual, con las hiper-eléctricas «Youngstown» y «Murder Incorporated», momentos de ruido guitarrero al máximo volumen.
Sin pausa Bruce vuelve a recuperar el espíritu de los 70 enlazando con la tremenda «She’s the One», incluyendo la BoDiddleyana «Mona» en su momento inicial (y la cabeza se nos va de forma inconsciente a esa noche en el Winterland en 1978). En homenaje al country de Nashville se permite cantar una parte del clásico «I Walk the Line» de Johnny Cash antes de «I’m On Fire» y de dar paso al habitual fin de concierto en esa gira, con «The Rising», las indispensables «Last to Die» y «Long Walk Home», y «Badlands».
En los bises se sale de nuevo del guión y añade «Rosalita» junto a una inesperada versión del «I Fought the Law» de Bobby Fuller, otro guiño al pasado y una buena sesión de rockabilly clásico con riff de guitarra contagioso. En resumen, dos conciertos de alto nivel que están ya entre lo mejor que ha salido del Archive Series. Queda ver qué concierto de su archivo sin fondo publicará el artista antes de acabar este mes, como suele hace cada año alrededor de las fechas navideñas.

El sonido, estupendamente remezclado por Bob Clearmountain de las cintas multi-pistas originales, añade más contundencia al visionado. Tras un recibimiento clamoroso, Bruce arranca con la impetuosa «Prove it All Night» y lo primero que adivinamos es que la voz de esa gira ’78 sigue intacta, con Bruce dejándose la garganta en cada estribillo y sonando con la misma fuerza que en esa gira. El solo final de la primera canción así lo demuestra: incendiario. Max, esa bestia de la batería, aporrea como si no hubiera mañana y Bruce no para ni un segundo.
«The Promised Land», con intro de doble armónica, supone la primera toma de contacto con las primeras filas. Bruce se pasea por ambos lados del escenario y la zona frontal mientas aulla «blow away the dreams that break your heart», levanta el puño y siente el palpitar de sus seguidores más excitados justo delante de él. Acaba la canción y encontramos el primer incidente de la noche (hasta ahora todo lo visto es del concierto del día 22): un fan le entrega un pastel de cumpleaños. «¡No me lo recuerdes!» grita un Springsteen algo ofuscado pero medio sonriente. A continuación lanza el pastel hacia el público y dice «Enviadme la factura de la lavandería». Un gesto innecesario en una noche en que tenía los nervios a flor de piel.
Para romper la tensión creada, y pidiendo disculpas por el incidente anterior («Ya no puedo fiarme de mí mismo», afirma), llega la festiva «Sherry Darling», de nuevo en su versión original de 1978. Eufórica, excitante, de ritmo contagioso. Los juegos y carreras con Clarence provocan el entusiasmo general, y tras un largo solo de saxo, ambos corren hacía la parte trasera del escenario, para sorpresa de un público ya sobreexcitado que los recibe con entusiasmo. La guitarra de Bruce se desconecta (no había aun tecnología inalámbrica fiable en esa época) y los esfuerzos de su técnico Mike Batlan por re-enchufarla se convierten en una alocada y divertida persecución por el escenario hasta el fin de la canción.
Seguimos en el día 21 con la inmensa «Jungleland», y me hace un nudo en la garganta ese largo y memorable instrumental de saxo al final de la misma. Es impresionante, aquí y en todo el concierto, ver la extraordinaria agilidad y fuerza del imponente Clarence Clemons, su complicidad con Bruce en todas las canciones, sus juegos constantes, las carreras, los guiños, la potencia bestial con la que emprendía cada solo hasta llevar cada canción a un estado superior.
Vuelven al escenario con sorpresas: Jackson Browne, Rosemary Butler y… ¡Tom Petty! (y aquí es cuando uno no puede contenerse y asoma la primera lágrima). «Stay» (día 22 de nuevo), popularizada por Browne en los 70, abre la tanda de bises. La cantan Jackson, Rosemary, Bruce y Tom, una estrofa cada uno. El momento Petty, ¡tremendo!, seguido de un solo de saxo marca de la casa y los cuatro cantando al unísono en el estribillo final. Sin pausa enlaza, con la magia de la edición, con el «Detroit Medley» del día 21. Una apisonadora de rock’n’roll, incluyendo el gag del «aviso de emergencia» habitual en sus conciertos en los 70 (no diré más, hay que verlo).
Ignorado el incidente, vemos el final apoteósico de la canción, con Bruce simulando un desmayo, para revivir a continuación tras la asistencia de los «enfermeros» Clarence y Steve, y finalizar el tema con un vigor y una épica como pocas veces se ha visto, con unos minutos de delirio y descontrol absoluto.



