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Only the Strong Survive: una humilde carta de amor a sus ídolos

por Asier Miner

Desde que se publicó el nuevo álbum de Bruce Springsteen, Only the Strong Survive, el pasado 11 de noviembre, estoy inmerso en una discusión conmigo mismo. ¿Me convence o me deja frío? ¿Esperaba más o cumple con mis expectativas? Ha sido realmente complicado llegar a una conclusión, dejar a un lado la euforia inicial de las primeras escuchas y formular un punto de vista más reposado.

Comencemos, por un lado, por la idea que ha impulsado esta obra. Cuando se oficializó que iba a estar elaborada por versiones de clásicos del soul, pensaba que representaba un camino más que interesante para el de Nueva Jersey debido a su imprevisibilidad. A estas alturas de su carrera debe dejar a un lado los movimientos lógicos y racionales, así como las premisas comerciales. Se ha ganado a pulso el derecho a sorprendernos, a encapricharse por proyectos que no sigan un patrón predecible. Por lo tanto, ¿tiene sentido que, a escasos meses de comenzar su gira mundial estrene un álbum que no contiene temas propios y cuyo material, probablemente, no abunde en sus próximos directos? No, y ahí reside parte de su encanto.

Ahora bien, por muy ilusionante que pueda parecer la obra a priori, es el resultado final lo que cuenta. Ya sabíamos cuáles iban a ser las canciones que Bruce versionaría, de modo que el éxito iba a depender de las interpretaciones, de si sería capaz de hacerlas suyas, de impregnar su personalidad y llevarlas a un territorio novedoso e imaginativo. En este sentido, me esperaba algo más de riesgo, que saliera del guión con mayor frecuencia. Springsteen ha optado por una vía menos ambiciosa a nivel artístico y encara las canciones con absoluta fidelidad hacia las originales, sin cambios sustanciales respecto a ellas.

Esto ya se apreció en el primer adelanto, “Do I Love You (Indeed I Do)”. Aunque, dicho sea de paso, el gancho con el que canta, la adrenalina que tanto él como los coros imprimen, son absolutamente contagiosos. Esta pieza figura entre lo más destacado de un álbum que posee sus innegables puntos álgidos, pero que no está exento de ligeros bajones.

Son precisamente algunos de estos baches los que me dejan con la sensación de que el disco podría haber sido más de lo que es. Las tres canciones que culminan la obra, “7 Rooms of Gloom”, “What Becomes of the Brokenhearted” y “Someday Well be Together” no llegan a las cotas de excelencia que esperaba y generan un regusto algo insípido. Pese a que cumplen con dignidad los controles de calidad exigidos, no están a la altura del colofón apoteósico que habría merecido el álbum. Me ocasionan una paulatina desconexión, a la espera de una traca final que, desgraciadamente, no hace acto de presencia.

Aun así, esto no debería desvirtuar una apuesta que tiene mucho que ofrecer. Dos aspectos que están en boca de muchos críticos son la producción y la manera de cantar de Springsteen. En primer lugar, el disco está bien producido. Es cierto que se puede echar en falta la intervención de una verdadera banda (la mayoría de los instrumentos los ha tocado el productor, Ron Aniello), pero es evidente que el sonido es pulcro y cada instrumento goza de su espacio para lucirse. Además, los coros llevan a cabo una fantástica labor, emergiendo en los momentos oportunos y embelleciendo las piezas con sus discretas, pero solventes apariciones.

En cuanto a la voz de Bruce, a diferencia de lo que sostienen algunos, no me suena forzada o poco natural, sino poderosa y electrizante. Aunque utiliza un registro poco frecuente en él, rebosa vitalidad y energía. La presencia de Springsteen resuena por cada corte con esplendor y brío, rezumando autenticidad y buen gusto. No hay más que poner el foco en el tema titular, “Only the Strong Survive”, para apreciar el inmenso estado de forma en el que se encuentra esta garganta a sus 73 primaveras.

Al mismo tiempo, impresiona la facilidad con la que pasa del fervor de “Any Other Way” a la melancolía de “I Forgot to be Your Lover” o la desesperación de “I Wish it Would Rain”, dos joyas que destilan pasión desenfrenada, cantadas con el alma, como requiere la ocasión. Sin olvidar el plato fuerte del disco, “The Sun Ain’t Gonna Shine Anymore”, portentosa en su delicadeza y simplicidad. Sentida, rebosante de duende y pellizco.

En resumen: Only the Strong Survive dista mucho de ser una obra maestra. Le faltan fogonazos que puedan dejarte pegado al asiento, con el corazón en un puño y el entusiasmo saliendo a borbotones. A todos nos hubiese encantado que se pudiese codear con cumbres del soul como Don’t Give Up on Me, el incandescente trabajo de Solomon Burke. Bruce tampoco ha pretendido entregar un disco comparable al canon de este género, sino una carta de amor a sus grandes ídolos, a las canciones que marcaron y definieron su juventud. Un homenaje a sus mentores que, en su esencia humilde, logra su propósito y aporta una valiosa lección acerca de la atemporalidad de una música inextinguible y hermosa.

Springsteen y el Roxy: 44 años de un mito

por Asier Miner

Darkness on The Edge of Town. La obra que consagró definitivamente los poderes de Bruce Springsteen.

Un disco oscuro, sincero, donde la realidad de la vida se impone. Los sueños presentes en su anterior entrega, Born to Run, la certidumbre de que un futuro mejor aguarda al final del camino, se diluyen en Darkness. Bruce ha madurado y ha sufrido, ha saboreado las mieles del éxito y, también, la decepción tras un amargo juicio con Mike Appel, mánager y amigo que se aprovechó de su ingenuidad cuando se unieron sus caminos.

El de Nueva Jersey estuvo dos años sin pisar un estudio de grabación. Por razones contractuales, debía tener el permiso de Appel para hacerlo. Tampoco era el dueño de sus canciones, en manos de su entonces mánager. El juicio supuso la única alternativa posible para recuperar el control de su obra, la libertad artística y, también, para dejar atrás la precariedad económica a la que estaba sometido, con Appel recibiendo el doble de ingresos.

Una vez superado el litigio, alzándose vencedor, llegó la hora de cocinar Darkness on The Edge Of Town. Su gestación estuvo claramente marcada por la frustración previa, la incertidumbre, la posibilidad de que su trayectoria se fuese al garete, el golpe de realidad al ver que las promesas pueden ser rotas con la fragilidad de una copa de cristal. Los personajes del disco deben hacer frente a vidas vacías, sin mayor ilusión que la de tratar de evadirse, como les sucede a los protagonistas de “Racing in The Street”. Mientras algunas personas mueren poco a poco, minuto a minuto, sin nada por lo que luchar, en esta perfecta composición él y ella prefieren hacer carreras a medianoche para limpiar sus pecados, para no dejar que la crueldad del día a día los devore.

En general, el disco sigue por esta estela de desasosiego, pero siempre con una pequeña luz de esperanza en el horizonte, transmitiendo el mensaje de que, pese a los reveses de la vida, la evaporación de los sueños, las desilusiones generadas por la traición, las certezas ahora convertidas en dolorosas dudas, siempre vale la pena luchar, rendirse no es una opción.

Épica gira por Estados Unidos con parada en el Roxy de L.A

A la publicación del disco le siguió una gira por Estados Unidos, considerada como la más incandescente y épica ofrecida por Springsteen en toda su trayectoria. Entre los conciertos más recordados se encuentra el acaecido en el Roxy de Los Ángeles, un pequeño recinto con capacidad para apenas 500 personas, donde la intimidad que se respiraba entre el artista y su público creó un aura mágica, cuya leyenda llega hasta nuestros días. Se celebró el 7 de julio de 1978, hace exactamente 44 años.

El directo fue ofrecido en primicia por una emisora FM, al igual que otros cuatro durante la gira. Así pues, el brutal impacto de aquellas noches no fue únicamente recibido por las personas que las disfrutaron en vivo, sino también por miles de oyentes que quedaron hechizados por la abrumadora electricidad que emergía de sus diales.

Bruce salió al escenario del Roxy palpablemente disgustado, ya que muchas de las entradas fueron repartidas por la compañía discográfica a unos pocos privilegiados de la industria musical, el caso de artistas, mánagers o periodistas. El resultado de aquella decisión fue que muchos seguidores se quedaron fuera tras horas de espera. Nada más pisar el escenario, este fue el discurso del protagonista de la velada: “Hola, ¿Qué tal lo lleváis? Bueno, primero, quiero daros las gracias por haber venido, agradecer a L.A por tratarnos tan bien, los últimos dos días en la ciudad han sido fantásticos. Sé que hay mucha gente que ha estado esperando ahí fuera, y muchos de ellos no han podido entrar por una u otra razón y quiero pedirles disculpas. Si pudiera, invitaría a toda la ciudad. Me gustaría decirles, a quienes no pudieron entrar o lo han pasado mal en la calle, que lo siento y que es culpa mía. Yo no estaba tratando de convertir esto en una fiesta privada porque ya no doy fiestas privadas. Así que dadme sonido en este micrófono, vamos a tocar un poco de rock and roll para vosotros…”.

El concierto arrancó con una versión de “Rave On”, de Buddy Holly. Acto seguido, la primera pieza de Darkness, “Badlands”, donde Bruce escupió fuego por la boca en una interpretación más vigorosa y electrizante que la registrada en el estudio. Las otras composiciones de la obra del 78 que figuraron en el Roxy fueron: “Darkness On The Edge Of Town”, “Candy’s Room”, “The Promised Land”, “Prove It All Night” y “Adam Raised a Cain”, alcanzando todas su máxima expresión, con un nivel de intensidad que pone los pelos de punta y dejó a los allí presentes extasiados. Y cómo olvidar “Racing in The Street”, colocada justo antes que “Thunder Road”, lo que se repitió durante toda la gira. Ambas canciones se complementan a la perfección, reflejando la cohesión existente en la obra del de Nueva Jersey.

Lo explica inmejorablemente Julio Valdeón en su ensayo American Madness, Bruce Springsteen y la creación de Darkness On The Edge Of Town: “La naturalidad con la que ambas canciones enlazan hace creer, aunque sabes que no es así, que nacieron juntas, que ya en la cabeza de Bruce habían germinado para ser compañeras. Racing toma la historia allí donde acabó Thunder Road, con los jóvenes amantes un poco más viejos y jodidos, pero, buen conocedor del pulso que necesitaba un concierto, de que el público acudía para soñar, les daba la vuelta, ofreciendo primero el bocado de amargura y más tarde la promesa”.

Uno de los múltiples hechos que hace de este concierto algo especial es que en él se estrenaron dos de sus temas más memorables, inéditos en ese momento, que serían publicados en su siguiente obra, The River. Hablamos de “Point Blank” e “Independence Day”. La primera ya hacía gala de su descomunal dramatismo y amenazadora oscuridad, mientras que la segunda fue interpretada con el piano como único acompañamiento a la voz de Springsteen, quien dedicó la canción a su padre: “Escribí esta canción hace mucho tiempo. Mi padre siempre me decía que debía hacer las cosas mejor que él. Esta es para él”. Precisamente, la letra aborda los problemas entre un hijo y su progenitor, la enorme distancia que hay entre ellos, la nula comprensión de una relación abocada al fracaso, una frialdad que obliga a que cada unotome su propio camino, sin rencor pero sin vuelta atrás.

No faltaron clásicos como “Born To Run”, “Spirit In The Night”, “She’s The One” o “Backstreets”. Tampoco descartes de Darkness como “Fire” o “Because The Night”, maravillas por las que cualquier otro artista daría un brazo. En total, 24 canciones y 147 minutos en los que regaló, indiscutiblemente, uno de los mejores conciertos de su carrera. El del Roxy no fue el único episodio glorioso de una gira plagada de ellos, de recitales que marcan y definen una trayectoria. Sirvan como ejemplo el directo del Passaic (Nueva Jersey) o la experiencia sobrecogedora vivida en Winterland (San Francisco).  Cada noche, Springsteen y su banda poseían una bola de partido para demostrar que no tenían rival sobre las tablas, que habían regresado para quedarse, que eran un huracán escénico inolvidable. Daba la sensación de que la vida de Bruce pendía de un hilo y que aquellos conciertos eran su único pasaporte hacia la salvación. En los años venideros facturó giras extraordinarias, pero nunca más volvió a estar al borde del precipicio, en un abismo del que se libró por los pelos. En el 78, luego de unos años previos atroces y convulsos, buscaba la redención.

Los directos eran su válvula de escape, el lugar donde exteriorizar sus demonios internos. Era alguien que había conocido los senderos del infierno y que ahora tenía la oportunidad de conquistar la tierra a base de canciones incontestables, interpretadas con pasión y, sobre todo, con una verdad que conmueve, que inspira y contagia, provoca el llanto o la alegría, melancolía u optimismo, pero nunca indiferencia, porque todas y cada una de las personas que fueron testigos de la gira vivieron, junto a él, unos sentimientos tan reales como imperecederos. Cada concierto representaba la vida misma condensada en tres horas.

Esperando a Bruce

por Asier Miner

Crece la desesperación. La espera por ver a Bruce Springsteen en directo comienza a ser insoportable. La situación mundial es tan incierta como cambiante, de modo que se antoja demasiado precipitado pensar en el regreso de eventos multitudinarios. El riesgo de que los planes no salgan según lo esperado es evidente, al menos por el momento.

Ante esta tesitura, no queda otro remedio que buscar refugios, alternativas que permitan apaciguar la creciente necesidad de un concierto del boss. La opción más obvia reside en sus álbumes en directo. A mi juicio, los dos mejores, los más apabullantes por el repertorio y la pasión desatada de Bruce y la E Street Band, además de por el momento en el que se produjeron, son el del Hammersmith Odeon londinense, de 1975, y el último lanzamiento de Springsteen, los No Nukes Concerts, acaecidos en 1979.

El primero tuvo lugar tras la publicación del inmenso Born to Run, la obra que lo catapultó hacia la fama y, no lo olvidemos, que impidió que su carrera se diluyera en el olvido luego de dos trabajos, Greetings From Asbury Park, NJ y The Wild, The Innocent and The E Street Shuffle, muy poco exitosos comercialmente pese a su innegable calidad. La enorme repercusión conseguida por su tercer álbum propició la visita de Springsteen a Europa por primera vez, siendo el de Londres su destino más trascendental y mediático.

Su discográfica, Columbia, consciente de la necesidad de generar revuelo, colocó numerosos carteles por la ciudad: “Al fin, Londres está lista para recibir a Bruce Springsteen”, se apuntaba en la publicidad. No obstante, el artista quedó totalmente descontento con la decisión y, sin pensárselo dos veces, comenzó a arrancar todos los que pudo. “No deseaba distraer al público con mensajes promocionales. Si quieres que sepan lo que vales, debes mostrárselo”, indica Bruce en su autobiografía.



Quizás por el suceso de los carteles, el concierto en Londres se desarrolló con un alto nivel de tensión por parte de Springsteen. En ningún momento se encontró cómodo sobre el escenario, imbuido por una enorme inseguridad. Un malestar imperceptible para los demás, ya que desde fuera el cantante lució pletórico, repleto de vitalidad, sabedor de que estaba ante una inmensa oportunidad de abrir sus fronteras y conquistar a un público desconocido para él. Se la jugaba, debía confirmar lo que por aquel entonces muchos intuían: que iba a ser uno de los abanderados del rock durante los años venideros.

La presión no pudo con él y, junto al impagable trabajo de la E Street Band, regaló una actuación brillante, eterna e histórica. Se metió a los asistentes en el bolsillo desde el primer tema, una arrebatadora interpretación de ‘Thunder Road’ acompañada únicamente por el piano. Además de ‘Thunder Road’, destacaron sobre el resto ‘Tenth Avenue Freeze-Out’, ‘Spirit in The Night’, ‘Lost in the Flood’, ‘Backstreets’ y ‘Kitty’s Back’, en un repertorio de dieciséis canciones totalmente mágico.

El segundo directo al que hacía referencia, The Legendary 1979 No Nukes Concerts, muestra a un artista y a una banda en su época dorada, aquella en la que las canciones no se interpretaban, se vivían y sentían como si la existencia de Bruce solamente adquiriera sentido en aquellos conciertos. Cada uno suponía una maratón sin precedentes, con el Boss y su banda desplegando todo su potencial, su explosión de entusiasmo y adrenalina en vena.

Springsteen, junto a otras estrellas como Tom Petty o Jackson Browne, fue el cabeza de cartel del festival No Nukes, celebrado en señal de protesta por la energía nuclear. El escenario elegido fue el Madison Square Garden neoyorquino y actuó durante dos noches consecutivas, el 21 y 22 de septiembre.

Como resultado, una hora y media de energía incandescente a cargo de un artista incontenible, que quemaba el escenario gracias a unas canciones demoledoras, siempre inmejorablemente acompañado por una apoteósica E Street Band que elevaba cada nota, cada acorde, hasta las nubes. El disco es imprescindible no solo para corroborar que Springsteen, en sus mejores días, no tuvo rival sobre las tablas, sino también para descubrir uno de los directos más épicos y adictivos de la historia del rock.

Los conciertos tuvieron un sabor especial por varios motivos. El primero, porque el día 23 de septiembre el de Nueva Jersey cumplía 30 años. El segundo y, quizás el más destacado, debido a que el día anterior fue la primera vez en la que interpretó el tema ‘The River’ en directo. En el álbum se recoge ese histórico instante, en una recreación de la balada que pone la piel de gallina, donde el cantante siente cada palabra con una profunda intensidad, desbordando un sentimiento tan real como poderoso. Sin duda, uno de los platos fuertes del disco, que ya de por sí es sobrecogedor. Durante 90 minutos cae una cascada de algunas de las mejores composiciones del Boss, desde una inmortal ‘Jungleland’, hasta una ‘Born To Run’ que circula a 300 kilómetros por hora, pasando por ‘Badlands’, ‘Prove It All Night’ o la siempre majestuosa ‘Thunder Road’, en esta ocasión interpretada con el acompañamiento de la banda al completo.

Estos dos álbumes no solo ofrecen una panorámica de la mejor vertiente de nuestro protagonista y sus inseparables camaradas, la que les ha reservado un lugar en el olimpo del rock and roll. También aliviarán unas expectativas que se están demorando hasta la extenuación. Nos queda el consuelo de saber que cada vez queda menos. A priori, los planes de una gira en 2022 se han venido abajo. Las miradas están puestas en 2023. Bruce, te estamos esperando.

La épica de Springsteen


por Salva Trepat

A pesar de su reluctancia a participar en actos de carácter político, Bruce Springsteen aceptó formar parte de los conciertos No Nukes en 1979 tras la insistencia de su amigo Jackson Browne, uno de los fundadores de M.U.S.E., la organización anti-nuclear formada por varios músicos.

En medio de las sesiones de grabación del que sería su álbum The River un año después, Springsteen se tomó un respiro para dar sendas actuaciones en el Madison Square Garden de Nueva York los días 21 y 22 de septiembre, acompañado de la E Street Band. Hacía sólo nueve meses que había terminado la gira Darkness on the Edge of Town, probablemente la más celebrada de su carrera, con conciertos apoteósicos de tres horas de duración que marcaron época. Las expectativas eran enormes.

Ambos conciertos fueron filmados por un equipo profesional de cine dotado de 6 cámaras estratégicamente situadas alrededor del escenario, tres de ellas justo delante de la zona central del mismo, donde Bruce entraba en contacto directo con los fans, y dos de ellas en los laterales (cerca de Danny y Roy), además de una cámara en el lado opuesto del pabellón que ofrecía un plano general del escenario y el público del Garden. Es precisamente la situación de esas cámaras la que nos ofrece una visión privilegiada de los conciertos, y nos lo hace vivir como si fuéramos espectadores situados justo en la primera fila, con la oportunidad de ver cada detalle de los movimientos de Bruce y su banda.

El sonido, estupendamente remezclado por Bob Clearmountain de las cintas multi-pistas originales, añade más contundencia al visionado. Tras un recibimiento clamoroso, Bruce arranca con la impetuosa «Prove it All Night» y lo primero que adivinamos es que la voz de esa gira ’78 sigue intacta, con Bruce dejándose la garganta en cada estribillo y sonando con la misma fuerza que en esa gira. El solo final de la primera canción así lo demuestra: incendiario. Max, esa bestia de la batería, aporrea como si no hubiera mañana y Bruce no para ni un segundo.

Dos segundos de pausa y el aullido «One, Two…» nos lleva a «Badlands». Son cinco minutos de intensidad creciente, con un énfasis vocal endiablado, Roy marcando con fuerza los clásicos acordes de piano y Max, de nuevo, redoblando con más fuerza que nunca. El apogeo llega con el solo de guitarra y los movimientos alocados a lo Pete Townsend (todo visto desde los poquísimos centímetros que separan la cámara del cuerpo de Bruce), enlazando con esa otra fuerza de la naturaleza que era Clarence Clemons, en un solo de una furia incontenible mientras Bruce salta sobre la tarima. No hay pasado ni diez minutos y el Madison es ya un delirio. Parece increíble que tras una versión como esta le quede ni un ápice de voz.

«The Promised Land», con intro de doble armónica, supone la primera toma de contacto con las primeras filas. Bruce se pasea por ambos lados del escenario y la zona frontal mientas aulla «blow away the dreams that break your heart», levanta el puño y siente el palpitar de sus seguidores más excitados justo delante de él. Acaba la canción y encontramos el primer incidente de la noche (hasta ahora todo lo visto es del concierto del día 22): un fan le entrega un pastel de cumpleaños. «¡No me lo recuerdes!» grita un Springsteen algo ofuscado pero medio sonriente. A continuación  lanza el pastel hacia el público y dice «Enviadme la factura de la lavandería». Un gesto innecesario en una noche en que tenía los nervios a flor de piel.

Inmediatamente arranca con una versión de «The River» memorable, me atrevería a decir que la mejor que haya interpretado nunca (la que conocíamos hasta ahora era de la primera noche). Bruce la borda. Siente cada palabra que recita, susurra o grita. Pocas veces le veremos tan emocionado (y casi con lágrimas en los ojos) cantando una canción. Eran otras épocas. Danny y Roy se muestran magníficos en sus instrumentos, junto a un hábil Garry Tallent bordando estupendas melodías al bajo.

Para romper la tensión creada, y pidiendo disculpas por el incidente anterior («Ya no puedo fiarme de mí mismo», afirma), llega la festiva «Sherry Darling», de nuevo en su versión original de 1978. Eufórica, excitante, de ritmo contagioso. Los juegos y carreras con Clarence provocan el entusiasmo general, y tras un largo solo de saxo, ambos corren hacía la parte trasera del escenario, para sorpresa de un público ya sobreexcitado que los recibe con entusiasmo. La guitarra de Bruce se desconecta (no había aun tecnología inalámbrica fiable en esa época) y los esfuerzos de su técnico Mike Batlan por re-enchufarla se convierten en una alocada y divertida persecución por el escenario hasta el fin de la canción.

Aquí es donde la película da un salto y nos encontramos ahora en el primer concierto, el del 21 de septiembre, con una espléndida versión de «Thunder Road» (de nuevo, y seguramente adrede, esta versión no es la misma que ya teníamos en la película original No Nukes, que era del día 22). Emocionante, intrépida y bellísima versión culminada, de nuevo, con un extraordinario arranque de Clarence, encaramándose con Bruce a las tarimas situadas detrás de Max, quien sonriente y eufórico golpea con fuerza en el tramo final del tema, mientras el jefe toma carrerilla y se desliza de rodillas por el escenario hasta los pies de Clemons.

Seguimos en el día 21 con la inmensa «Jungleland», y me hace un nudo en la garganta ese largo y memorable instrumental de saxo al final de la misma. Es impresionante, aquí y en todo el concierto, ver la extraordinaria agilidad y fuerza del imponente Clarence Clemons, su complicidad con Bruce en todas las canciones, sus juegos constantes, las carreras, los guiños, la potencia bestial con la que emprendía cada solo hasta llevar cada canción a un estado superior.

La recta final del concierto (recordemos: son sólo 10 canciones y tres bises) es tremenda: «Rosalita» (precedida de una breve introducción con «Stagger Lee») en su versión más acelerada, con presentación de la banda incluida, repleta de momentos de complicidad con su compinche Miami Steve Van Zandt, con quien canta a duo los estribillos. Bruce salta sobre el piano, corre como un poseso hacia los laterales, sube de nuevo a las tarimas y monitores y se lanza sobre la primera fila al acabar la canción. Tremendo. Sin pausa enlaza con la épica «Born to Run», poniendo el cierre a un concierto superlativo.

Foto: Lawrence Kirsch

Una de las cosas más destacadas de estos conciertos es ver a una E Street Band absolutamente compenetrada, una máquina musical arrolladora, contundente y totalmente eficiente, respondiendo a la perfección a cualquier signo o guiño de su líder. Una banda en su máximo apogeo (entonces sí, diga Bruce lo que diga año tras año, gira tras gira), en el periodo intermedio entre sus dos mejores giras: Darkness on the Edge of Town (1978-79) y The River (1980-81).

Y si creíamos que tras tal derroche de energía ya poca cosa quedaría en la reserva, llega la tanda de bises y asistimos con asombro a una exhibición de fuerza, sudor, energía y vigor que nos deja perplejos. Incluso desde el sofá de casa es agotador seguir el intenso ritmo que marca Bruce desde el inicio. Y no, no me refiero a la intensidad de la gira 78, pues allí había pausas y diversas baladas que permitían un respiro (al público, a la banda y al propio Bruce). Es la misma intensidad de esa mítica gira multiplicada por dos, sin pausas y concentrada en 90 minutos arrasadores.

Vuelven al escenario con sorpresas: Jackson Browne, Rosemary Butler y… ¡Tom Petty! (y aquí es cuando uno no puede contenerse y asoma la primera lágrima). «Stay» (día 22 de nuevo), popularizada por Browne en los 70, abre la tanda de bises. La cantan Jackson, Rosemary, Bruce y Tom, una estrofa cada uno. El momento Petty, ¡tremendo!, seguido de un solo de saxo marca de la casa y los cuatro cantando al unísono en el estribillo final. Sin pausa enlaza, con la magia de la edición, con el «Detroit Medley» del día 21. Una apisonadora de rock’n’roll, incluyendo el gag del «aviso de emergencia» habitual en sus conciertos en los 70 (no diré más, hay que verlo).

De regreso al día 22 siguen los bises con «Quarter to Three», un verdadero tour de force donde todo explota: Bruce, literalmente, enloquece y casi vierte más energía en una sola canción que en el resto del concierto. Sencillamente descomunal (¡y agotador!). ¡Qué derroche¡ ¡Qué vitalidad! ¡Este sí que es teatro del bueno!

La tijera del editor se deja ver de nuevo: «Quarter to Three» no está íntegra, ya que se ha eliminado (minuto 1:20:21) el segundo momento embarazoso de la noche, cuando Bruce, con cara de mala leche, bajó a las primeras filas al ver a su ex-novia, la fotógrafa Lynn Goldsmith (con quien había roto un año antes), le agarra el brazo, suben al escenario y Bruce anuncia al público atónito «esta es mi EX-novia!», y la lleva al lateral del escenario para que sea expulsada del pabellón. Un momento bajo para Bruce, ya que le gustara o no, Lynn era la fotógrafa oficial y autorizada de los conciertos No Nukes.

Ignorado el incidente, vemos el final apoteósico de la canción, con Bruce simulando un desmayo, para revivir a continuación tras la asistencia de los «enfermeros» Clarence y Steve, y finalizar el tema con un vigor y una épica como pocas veces se ha visto, con unos minutos de delirio y descontrol absoluto.

Mientras se inician los créditos, y con el público pidiendo más, la acción vuelve al escenario para el que fue el último bis del día 21: una hiper-acelerada versión de «Rave On» de Buddy Holly. ¡Adrenalina en vena para despedirse!

Se acaba la película y estamos exhaustos ante tan descomunal actuación. Un concierto arrebatador que te deja en estado de shock. De visionado obligatorio, The Legendary 1979 No Nukes Concerts es ya mi película favorita de Bruce Springsteen, superando con creces las expectativas y todo lo publicado hasta este momento.

Acabo con las palabras de Jon Landau en la nota de prensa (¡por una vez la hipérbole de un comunicado oficial es real!):

«Los años 70 fueron un periodo dorado en la historia de Bruce Springsteen y la E Street Band, y The Legendary 1979 No Nukes Concerts es el mejor documento de esa era que nunca tendremos. Es un espectáculo puro de rock de principio a fin, el nivel de energía es trascendente y el dominio del arte y el oficio de la música rock es sobrecogedor».

Todo lo que el cielo permitirá

por Asier Miner

Comenzamos a ver la luz al final del túnel. Poco a poco, aún con un fututo absolutamente incierto, pero con la sensación de que el peor momento lo hemos dejado atrás. En el caso de los amantes de la música, al menos hemos disfrutado de una compañera de viaje imprescindible a lo largo de este nefasto año. Gracias a la presencia de nuestros artistas inseparables, con el sonido de los discos y canciones que han marcado nuestras vidas, la soledad y el miedo han dolido menos, provocando que el día a día haya sido mucho más luminoso. No obstante, todavía tenemos una espina clavada: los conciertos. Cuánto se echan de menos y qué cantidad de noches habremos pasado fantaseando sobre el próximo directo mágico al lado de la mejor compañía posible.

Si eres fan de Bruce Springsteen, la agonía estará siendo incluso mayor. El de Nueva Jersey, junto a su inseparable E Street Band, llevan décadas ejemplificando los mejores valores del rock and roll. Su músculo interpretativo es tan sobrecogedor que, al presenciarlo, es prácticamente imposible no caer rendido a sus pies, especialmente al hacerlo por primera vez. Además, a la pasión desatada, desbordante energía y especial comunión que Springsteen contagia a sus aficionados, se le une otro factor igual de fundamental: el repertorio. Los casi cincuenta años de trayectoria musical del boss han dado como resultado un cancionero rico en matices, absolutamente esplendoroso. Bruce es capaz de llevarte a cualquier lugar. Su música explora territorios diversos, así como estados emocionales diametralmente opuestos. Por eso, estés triste o feliz, melancólico o rabioso, aterrado o esperanzado, su obra siempre es un camino reconfortante al que dirigirse. Siempre te sentirás comprendido por él, independientemente del estado vital en el que te encuentres.

Regresando a los conciertos, pensar que, si las condiciones lo hubiesen permitido, en 2020 Springsteen habría salido de gira debido a la publicación de su último álbum, Letter to You, provoca una sensación extraña, de oportunidad perdida. Es evidente que el tiempo pasa. Pese a su magnífica salud, los miembros de la E Street Band no son eternos. Parece mentira cuando los observas en escena, todavía pletóricos, vigentes, vertiginosos, transmitiendo un amor por su oficio envidiable. Aun así, nadie es inmune al transcurso de los años, y no tener certezas sobre el fin de la pandemia deja muchas preguntas en el aire. Está claro cuál es la principal de todas, la que merodea por la mente de los fans de Bruce: ¿Volveremos a verle?

La respuesta depende del desarrollo de la pandemia. Los conciertos regresarán cuando ésta se haya esfumado, más aún eventos tan multitudinarios como los que propicia el norteamericano. No cabe duda de que hay señales que invitan al optimismo, pero en casos como el actual la prudencia siempre es necesaria. No obstante, lo que salta a la luz es que la carretera es el territorio natural de la E Street Band. Los directos son su gasolina, la vitamina que mantiene la llama de la banda encendida. Tienen mucho que decir, no solamente por la espectacular calidad artística que siguen atesorando, sino también por el deseo por mantenerse activos que demuestran de forma constante.

Asimismo, es importante destacar el gran momento compositivo en el que se encuentra Bruce. Sus dos últimos discos, Western Stars y Letter to You, ponen de manifiesto que su inspiración le está acompañando. Mención especial merece la segunda obra, grabada con el grupo en tan solo cinco días. Un proceso que alumbró uno de los discos más sólidos y emocionantes de Bruce desde la entrada del siglo XXI, donde intérprete y banda se unieron como la familia que siempre han sido para remar en la misma dirección, con las habilidades y la ambición intactas, ayudados por el mismo fervor con el que dieron sus primeros pasos. Precisamente, esa es la sensación que prevalece después de ver el documental que acompañó a Letter to You: Springsteen no tiene una banda de apoyo, sino una familia que cree en él y continuará su estela hasta el final del trayecto.


Quizás por este motivo los conciertos de Springsteen son únicos. Porque ves pasar tu vida delante de tus ojos. Los momentos que han definido tu existencia. Tus amores y desamores, caídas y victorias, sueños cumplidos y rotos. Cuando le ves, empapado en sudor, exultante frente al micrófono, da igual la edad que tengas. Vuelves a ser el adolescente que dio su primer beso o aquel joven que daría lo que fuese por conducir toda la noche con su chica ideal. Con Springsteen te das cuenta de que todo es posible. Quién sabe todo lo que el cielo permitirá.

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