Apartando el brillante disfraz: Bruce en el Teatre Tivoli, Barcelona, 6 y 7 de mayo 1996

por Miguel Martínez

El mismo esqueleto, con leve cambio de tejidos. Los dos días de Bruce en el Tívoli mostraron la esencia poco alterable de una gira donde el de New Jersey ha retomado las riendas de una carrera a la deriva: Lúcidos golpes de timón en el estudio casero, como Tunnel of Love o Lucky Town, mantenían a flote a un escritor de canciones que desde 1984 andaba desbordado por el éxito de un personaje que ocupaba su lugar. Los síntomas nos dicen que ha saldado cuentas con aquel disfraz. Y lo ha hecho desde la aridez, que para Springsteen parece ser uno de los sinónimos de la autenticidad. La apuesta deliberada por el sonido seco y austero de Darkness on the Edge of Town, aquella maqueta que publicó en el 82 o su encuentro con el fantasma de Tom Joad en 1995 han sido sus tres formas de tocar conciencias desde el terreno estéril al fuego de artificio. Su gira en solitario refuerza esa voluntad. Más cáustico que en cualquiera de sus formatos sonoros, estos conciertos le devuelven a uno de los dos lugares que gusta ocupar: un heredero del hillbilly y de Guthrie, un cantautor llevado al folk por una voz que busca dúos con Hank Williams, Johnny Cash y sus guitarras de palo, que escucha a los lejos a Jimmy Rodgers entonar «Brakeman’s Blues» y al Zimmerman de Duluth removiendo entre el polvo para sacar a la luz a «Stack a Lee» en pleno 1993. El otro territorio al que Bruce pertenece le lleva hacia Chuck Berry y Elvis Presley estirando el rhythm and blues, a Dylan electrificando guitarras, a las Fender saturadas y a Duane Eddy, al soul y el rockabilly conocido y por conocer, crudos mejor que cocidos. Ha bebido de muchas fuentes, sin atragantarse. De ahí ha sacado dos enfoques, que divergen. Dr. Jekill y Mr. Hyde. Ese hombre de dos caras se presenta ahora sólo con una.

Lo que el 6 de mayo fue «Adam Raised a Cain» pasó a convertirse en «Atlantic City» el 7. Y así con el trío siguiente: «Nebraska» en «Mansion on the Hill»; «If I Should Fall Behind» en «Pilgrim in the Temple of Love» (una hilarante canción donde Santa Claus y la felación comparten protagonismo); y «Youngstown» en «Point Blank». Va a gustos, pero no creo que el orden de estos factores altere el producto. Los dos inicios fueron coincidentes: griterío ensordecedor en el recibimiento de la audiencia y actitud de contraste en el escenario, marcando las distancias, donde inalterable empezaba a hablar el fantasma de Bruce Springsteen por boca del de Tom Joad. La repesca de clásicos subía el mercurio del aficionado musical con capas de profundidad, el que siente asco cuando ve a su lado, o en la distancia, a esos engendros envueltos en la bandera de las barras y las estrellas, con cintas en el pelo y demás parafernalia al uso, a esa horda fundamentalista de público malogrado y superficial: «Darkness» rasgada con fiereza; «Johnny 99» con el tono alterado, riéndose con desespero de su desgracia; «Born in the U.S.A.» convertida en lamento blues, escorada hacia el Ry Cooder de «Alamo Bay». Las tres sirvieron para despistar a los arribistas y convencer a los agnósticos sin prejuicios. Las actuaciones se alteraron por arriba y por debajo antes de llegar a su núcleo central. «Red Headed Woman» se encargó de calentar los motores, en otra nueva muestra de esas raíces del country descubiertas a finales de los 70, y de helarlos se ocuparon «Youngstown» y «Point Blank», una cada día. Urdida ya la trama, con calculadas subidas y bajadas de tensión, todo estaba listo para el paquete definitivo del lote, ese que va desde «Dry Lightning» hasta «Across the Border» y que entre medio deshoja la letanía misericorde de «Sinaloa Cowboys», «The Line» y «Balboa Park». La media hora que dura la disección de esos cinco temas encierra el porqué de esta gira y del disco que la ha precedido.

Después, llegó la invasión de pasillos, los bises. Alguna aspirante a «groupie» aprovechó para buscar su ración de quince segundos de fama, pero, por suerte, no hubo que lamentar más desgracias personales. «This Hard Land» tiró del lote final, con la audiencia alborotada, partícipe de esa comunión -esperanza desde el pesimismo- que se invoca entre líneas en el outtake recuperado en Greatest Hits. Y al rebufo de ese éxtasis llegaron «No Surrender» y «Bobby Jean», donde el populismo arrebatador conectó con la nostalgia del viejo equipaje, dos revisitaciones traicioneras que incitaban al éxtasis colectivo, a compartir estribillos. Y cuando parecía que el caballo se desbocaba, el jinete apretó las riendas. «Galveston Bay» ralentizó las emociones, metiéndolas por el estrecho camino, esa cuerda floja que pisa Tom Joad, la misma que se tensó en «The Promised Land», el tema del 78 que cerró el concierto. La guitarra era entonces una caja que golpear, los versos se arrastraban, con silencios, les costaba respirar. Fue un lento caer del telón. Una plegaria que cerraba, en tonos oscuros, la película que durante dos horas había pasado ante los allí presentes, el libro que nos había mostrado una veintena de retratos sobre la vida en blanco y negro. Si es verdad la cita bíblica que nos dice «los últimos serán los primeros», bien ha estado que la gira acústica pasase por España en el final de su trayecto. Pequeños detalles -ya se sabe que son las pequeñas cosas las que cuentan- demostraron que las canciones se han ido rebozando de matices: los acordes intermedios de «Darkness»; la introducción con «slide» de «Born in the U.S.A.» cercana a Ry Cooder; la nueva entonación de «Johnny 99»; los cambiantes solos de armónica de «The Ghost of Tom Joad»; el punteo de «Across the Border»; la aparición de sorpresas («If I Should Fall Behind», «Point Blank»); la inclusión en los bises de «Bobby Jean»; o la reforma de «The Promised Land». Todo esto se palpó en el teatro barcelonés. Y eso que no cayeron las guindas del «tour»: «Reason to Believe» y «Murder Incorporated», cénit de sus revisitaciones.

Digeridos los conciertos del Tívoli, el que esto escribe opina que lo allí ofrecido tuvo una enorme trascendencia artística. Sobrecogedora en grado sumo, convincente en igual medida. ¿Destacar unas emociones por encima de otras? «Johnny 99» o «Red Headed Woman» pulsaron la fibra con unas convulsiones de country ancestral arrebatadoras; «Dry Lightning» y «Across the Border» emocionaron desde el sabor fronterizo, la segunda con ese aullido final que convierte la canción en plegaria; «Point Blank», desde el susurro, en una versión donde cada palabra era un lamento, o «Spare Parts», que buscaba el mismo fin pero sin contener la rabia; ¿Mejor solo que acompañado? Tampoco es eso. El de New Jersey arropado por una banda es una propuesta más que excitante. Siempre que lo haga en un recinto accesible por sus dimensiones: no más macroconciertos. Pero ahora es el momento de caminar sólo con Tom Joad. Como también es verdad que una gira de similares características se podría haber realizado antes. Por ejemplo, tras Tunnel of Love, un disco que incitaba a la banda de pequeño formato dando fuelle al cantante, en distancias cortas. Veremos cuáles son los próximos pasos: pero después de este intento de reinventarse a la baja, de retomar unas raíces y echar un pulso a un entorno musical donde abunda el egocentrismo hueco, sería triste que la nueva vuelta de tuerca se apoyase en un voluntario, o consentido, retorno al megaestrellato. A ver si no es así y poco a poco quedan eliminados, consumidos en su propia estupidez, los fantasmas que tanto irritan a Tom Joad: esos «Capitán Améri
ca» que se disfrazan con banderas que hacen de capas y con «merchandising» abundante. ¿Son ellos lo que vemos o sólo un brillante disfraz?, ¿los restos de aquel brillante disfraz?