Noticias e información en castellano sobre Bruce Springsteen

Artículos

Entrevista con Steve Van Zandt (Little Steven) (2008)

por Esteban Hernández y Fernando Navarro
fotos: David Trepat y Enric Nonell

Bruce Springsteen reconoce haber admirado a Steve Van Zandt desde el mismo instante en que le conoció. Siempre le veía con su guitarra en la mano, que tocaba a todas horas y en cualquier parte, mientras hablaba con pasión del rock de los Stones, Yardbirds y Beatles o del soul de Aretha Franklin, Otis Redding y Arthur Conley. Eran los tiempos de los garitos de Asbury Park, cuando ambos eran dos ratas callejeras que aprendían de cada disco que escuchaban allá por finales de los 60. Pero poco ha cambiado el ahora guitarrista de la E Street Band, que sigue mostrando un entusiasmo desbordante cuando habla al otro lado de la línea de teléfono y promete que volverá a llamarte, y lo hace a las cinco de la madrugada hora americana, para seguir charlando.

Pese a los años, Van Zandt mantiene el mismo espíritu que le llevó a meterse en esto del rock’n’roll. Menos subordinado al férreo control del boss, con el que le une una inquebrantable amistad, Little Steven ha sabido desarrollar un admirable camino personal, basado en la enorme determinación con que defiende sus creencias musicales, artísticas y políticas. Por su pertenencia a esa máquina de rock y dinero que es la E Street Band, hubiese podido vivir de las rentas o convertirse en una caricatura de sí mismo, pero la actitud es lo que marca su carrera. Mientras otros derrochan, él se lanza al vacío en cada proyecto en solitario, produce a los músicos que le gustan, monta festivales, graba programas de radio o dirige una discográfica.

Ese sentimiento de fidelidad, que desprende con cada acto, es el mismo que tiene hacia la magia del rock’n’roll. Sincero, real y humano, muestra una efusiva naturalidad en sus palabras que recuerda a algunos de los hitos musicales que llevan su firma en obras maestras como The River. Aunque es en su álbum Born Again Savage donde más pone el acento sobre sí mismo cuando canta: “No temo el fuego del infierno, sólo temo malgastar mi tiempo”. Se ha empeñado en cumplir esta frase al pie de la letra. Wicked Cool es su última empresa por el rock’n’roll. Y hay que decirlo: este hombre es la esencia misma de ese sueño que vive, y soñamos, en una canción.

¿Cómo surgió la idea de crear una discográfica?
Comenzamos con un programa de radio, donde yo pinchaba música de toda la vida, el mejor rock’n’roll de los sesenta, por ejemplo, o el mejor rock’n’roll de ahora. Se puede decir que fuimos los únicos en Estados Unidos que nos hemos puesto las pilas por sacar el mejor viejo rock’n’roll de los sesenta. Pero algunas de las bandas que son de ahora y pinchaba en el programa vinieron y me dijeron que estaba haciendo mucho por ellas. Después de una temporada, algunos oyentes me preguntaban por esas bandas, cada vez más, y me empezaron a pedir que hiciese un sello que las agrupara. Por eso empezamos.

Entre tus preferencias hay muchas bandas de garage. ¿Te consideras un músico de garage?
Bien, sí, cuando empecé en los sesenta, por supuesto. Te hablo de la tercera generación del rock’n’roll, la que yo mamé. Es la generación del garage. Cuando empecé a tocar en 1965, 1966 y 1967 mi influencia directa era lo que llamamos la Invasión Británica. Es la tercera generación del rock. La primera son los pioneros, antes de los sesenta. Los inventores del rock’n’roll, como Bo Diddley, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Little Richard y todos esos chicos. La segunda generación es la Invasión Británica, bandas como The Beatles, Rolling Stones, The Kinks, Animals… y tras eso las bandas se convierten en populares. Antes, realmente, no había concepto de banda en EE UU. Eran pequeños grupos pero con la Invasión Británica se introduce la idea de bandas para todos. Todo el mundo quiere tocar, cantar, escribir canciones, ser parte de una banda. Eso me influyó, nos influyó a todos en los sesenta, y empezamos a ser los que damos el salto generacional. La generación del garage nos íbamos a las afueras de la ciudad, todos en un coche, a tocar en garajes. A eso pertenezco.

Siempre reivindicas esos tiempos, que defines como la época de la vieja escuela. ¿A qué te refieres?
La vieja escuela es el regreso directo a los sesenta y setenta. Cuando se reivindica la canción y la vitalidad del rock. Todo viene de allí y por eso lo defiendo.

¿Cómo de diferente es esa vieja escuela con el rock actual? ¿Te quedas con lo primero?
Sí, me quedo con la vieja escuela. Incluso aunque pincho bandas de ahora en mi programa de rock, ellas tienen raíces e influencias que vienen de los sesenta y setenta. Y el sello discográfico es una manera de defender ese sonido y reverenciar a aquellos años con bandas actuales como The Chesterfield Kings, The Gurus, Babies Killers, The Maggots o Los Coronas, la banda española.

Y tal y como están las cosas, ¿te consideras un tipo insatisfecho?
Mira, lo bueno es bueno, lo magnífico es magnífico. No importa de dónde venga. Siento que tengo que apoyar lo que suena fenomenal para mí. Hay que tener cuidado con lo que se pincha y se toca. Entre todos, intentamos que lo bueno se mantenga y también crezca porque viene de muy abajo. Si escuchas la radio ahora, el rock contemporáneo, es sencillamente mediocre, muy mediocre. Es muy aburrido. Tenemos que intentar mantener vivas las cosas buenas, a la gente joven. Si escuchas lo mejor, si te influye lo mejor, lo que se hizo antes, el sonido de esas generaciones de las que hablamos, y hacemos por conectar con esas raíces, conectar con esas fuentes, tienes muchas más posibilidades de encontrar tu propia identidad. Si conectas con lo superficial de los setenta, más en los ochenta, más en los noventa y más ahora, esto decae. Hay que escoger lo mejor de cada década. Tienes que regresar a las raíces para saber de dónde vienes y es mucho mejor para encontrar tu propio camino y el compromiso contra lo mediocre.

¿Y crees que existe algún álbum hoy en día, de los que pinchas, que pueda vivir durante décadas como los de antes?
Sí, sí, no me cabe ninguna duda. Los últimos dos álbumes de The Chesterfield Kings, por ejemplo. Ellos dan paso al garage de ahora. Ellos son una razón de todo esto. Puedes coger cualquier canción de cualquiera de sus últimos discos. Y creo que se ve que intentan crear grandes y excitantes álbumes.

Los programas de DJ han sido una tradición en la radio americana. ¿Recuerdas alguno que te haya inspirado para el tuyo?
Hay varios, en parte porque crecí pensando que algún día sería como alg
uno de ellos poniendo mi música. Era demasiado joven para escuchar el de Alan Freed. Me quedo con el de Cousin Brucie (Bruce Morrow, ndr), que todavía lo tiene hoy desde los sesenta. Pero son muchos. Eran muy divertidos y podíamos además disfrutar de ellos mientras conducíamos en nuestros coches. Fascinante.

¿Es cierto que todas las emisoras rechazaron el proyecto de tu programa de radio?
Sí, nadie quería mi programa de radio. Ninguna emisora lo quiso porque no había programado poner algo que en la radio ya está programado poner desde el principio. ¿Entiendes? Ante esa posibilidad, dije que no porque lo que te ofrece la radio no es lo que yo quiero hacer. No es sólo material antiguo, sino también rock’n’roll de ahora. En la radio convencional, puedes oír hip-hop, heavy metal, indie rock, pop, pero no puedes oír verdadero nuevo rock’n’roll. No hay lugar en Estados Unidos. No hay formato en la radio para esto. Así que hicimos un formato que es mi programa Underground & Garage, un espacio al rock’n’roll. Nació como algo personal que ahora se puede escuchar las 24 horas por Internet y en emisoras convencionales que apuestan por él, como en España Rock&Roll.;

¿Y no te preocupa que la radio esté así en tu país?
Claro, es que es imposible colocar un programa de rock’n’roll como los de antes, pero Internet está poniendo las cosas mejor. Sirius Radio, por ejemplo, da muchas opciones, además de distintos canales diferentes y sin anuncios. Eso es bueno.

Llevas emitidos decenas de programas. ¿Esperabas durar tanto tiempo?
No, en absoluto (risas). No sabía que esto iba a pasar antes de hacerlo (risas), ahora simplemente se trata de continuar.

Con todo lo ocupado que estás, ¿cómo haces para grabarlo, más aún cuando estás de gira con la E Street Band?
Suelo grabarlos después de los conciertos, en la habitación del hotel. Vuelvo a Nueva York, y allí en mi estudio los edito. Intento organizarme y grabo cuatro o cinco programas antes de salir de gira, pero ya se sabe que nuestras giras son muy largas (risas).

Bueno, encima ahora vas y te metes a dirigir un sello musical. Te quitará tiempo y posiblemente dinero. ¿Tienen las discográficas independientes alguna viabilidad económica actualmente?
Lo cierto que es muy difícil sacar adelante un sello independiente en estos días, casi imposible. Es una larga una historia la de pelear por un sello pero para resumirla diría que es un negocio por completo diferente. Tienes que intentar encontrar un camino, gastar parte de tu vida en que salgan las cosas. Encontrar anuncios en la televisión, que suenen algunas canciones en algunas películas determinadas, pero siendo muy cuidadoso de que no te desgastas demasiado. Es una gran responsabilidad. Tienes artistas que realmente te gustan y te preocupa que todo salga bien. Al final lo más importante es hacer que la música sea buena. Personalmente, creo que dentro de unos cinco años, Internet y las descargas podrían ser lo único que importe. Lo que tenga que pasar pasará. Es ley de vida en el negocio.

¿Y qué vibraciones tienes ante las grandes compañías?
Cada discusión que tienes con gente de las compañías de lo único que te hablan es de tecnología, tecnología, jodida tecnología. ¡Que le jodan a la tecnología! A mí no me importan ni me gustan las tecnologías para esto. ¡No son el origen! No saben lo que son los días dorados. Yo hablo del sonido. Eso, el sonido es lo único que te tiene que preocupar, como antes. Por eso digo lo de regresar a la vieja escuela. Y se lo digo a todas las compañías: olvidad las tecnologías. ¡Joder, esa conversación, con cualquier tipo de una gran compañía, es jodidamente aburrida! De lo que se trata es de hablar de música. ¡Música! Digitalizar el sonido, sonido digital, sonido digital, nuevas tecnologías para el sonido… ¿pero de qué cojones estamos hablando?, ¿pero qué mierda de disco quieres hacer? ¿De eso se preocupa la jodida industria musical? ¿Qué sonido y qué sistema es éste? ¿A quién le importa? ¡Preocúpate de desarrollar tus sentimientos y tus creencias con el sonido, eso es la jodida música que importa, preocúpate de la canción! Seguro que sale un buen sonido. Por eso me preocupa tanto regresar a la escuela.

Y con este panorama, ¿no crees que el rock’n’roll pueda convertirse en una opción musical de un círculo reducido como el blues o el jazz?
No, no, no, no. Porque cuando la gente joven escucha rock’n’roll, le encanta. Te puedo decir que mucha gente joven escucha mi programa y les encanta. ¡Se vuelven locos con el rock’n’roll! Hay que facilitar ese lugar para escuchar rock, tanto material antiguo como nuevo. A los jóvenes les encanta los sesenta. Sí. Les encanta.

Pero muchos adolescentes empiezan a tener como referencias a los Jonas Brothers, Hannah Montana y demás productos prefabricados, cuando gente como tú teníais a los Rolling Stones, Beatles o Grateful Dead.
Mira, la gente joven, los niños, van al pop muy rápidamente pero luego muchos acuden al rock’n’roll y lo disfrutan más aún. Yo soy de la generación del rock’n’roll, y sé lo que es eso. Y si digo que hay que regresar a las raíces es porque a la gente joven le encanta. Créeme.

Llevas a cabo una auténtica cruzada. También organizas todos los años un festival llamado Underground Garage por el que han pasado decenas de bandas y recuperaste antes que nadie a gente como New York Dolls o The Stooges.
Sí, funciona bien. También han tocado The Dictators, Big Star, Flamingos, Pretty Things, Raveonettes… muchos. Tocan hasta 44 grupos en un día (risas). Quiero que salga de Estados Unidos y llevarlo a España, que sé que es un país de rock’n’roll. Tal vez a finales de 2009 o principios de 2010 vayamos a vuestro país.

Incluso Bo Diddley también participó en tu festival. ¿Qué sentiste al conocer su muerte el pasado junio?
Fue muy triste. ¡Este hombre fue uno de los cinco tíos que inventó el rock’n’roll! Cuando tocó en el festival recuerdo que así le presentamos porque estaba a la altura de Chuck Berry y Jerry Lee Lewis. Para mí fue fantástico. Bo Diddley es el gran Daddy del garage. Ha sido la mayor influencia para muchos de los mejores como Pretty Things o Rolling Stones. Su rock estaba en los clubs. Todo el mundo saboreaba sus canciones y quería imitarle.

Como músico, ¿tu mayor influencia también fue gente como Diddley?
Realmente, mi mayor influencia fueron los grupos de la Invasión Británica. Soy de los sesenta y cuando era chaval no conocía en profundidad a esos chicos pioneros pero sí a The Beatles, Rolling Stones, Yardbirds, Who o Kinks.

También defiendes música contemporánea a ti como el punk. Quisiste evitar que cerraran el CBGB’s de Nueva York hace un par de años pero no lo conseguiste. ¿Qué pasó?
Fue una larga historia con final triste. Intentamos salvarlo pero no fue posible. Hablamos con el Gobierno, el alcalde… pero todo llegó tarde. El dinero no respeta al rock’n’roll. Allí, The Ramones inventaron el punk y era algo más que uno de los tantos locales de rock’n’roll que hay en Manhattan. Es una parte de nuestra historia y muy importante.

¿Crees que el rock ha desparecido de las calles? En Nueva York, que antes era el epicentro, ahora se escucha hip hop en cada esquina.
Bueno, todavía hay varios locales abiertos como el Mercury Lounge o K
nitting Factory. Pero sí, es cierto. El mainstream del rock, el pop y el hip hop es lo principal. Sin embargo, hay una energía que subsiste de rock’n’roll, es muy underground, es un rock de culto. En Nueva York, tal vez lo puedas encontrar en 25 ó 30 locales, muy pequeños, pero que siguen ofreciendo rock.

¿Y qué tiene el hip hop para que esté en todas partes?
En mi país se apoya y se escucha muchísimo. Creo que en el comienzo, alrededor de 1985 ó 1986 era interesante y muchos lo apoyaron porque había chicos como Run D.M.C. o Marley Marl. Ahora, está bien, hay cosas, pero yo no gasto tiempo en escucharlo, simplemente porque crecí en un mundo de rock’n’roll.

Nueva York también es la capital histórica de la Mafia, otro mundo que te moja. Tu magnífico personaje de Silvio Dante en Los Sopranos es imposible que pase desapercibido, pero choca con la imagen de Little Steven. ¿Hay algo de Silvio en Steve Van Zandt?
(Risas) No demasiado (risas). Yo puedo visitarle a él pero espero que él no me visite a mí (más risas). Bueno, gracias por valorar mi papel en la serie. Silvio es un hombre de los treinta y los cuarenta, y Little Steven es un hombre de los sesenta. La conexión es que ambos aprecian el pasado que les define. Puedes mirar atrás y ver diferentes eras en Silvio y Little Steven, diferentes placeres.

El final de Los Soprano fue muy discutido en EE UU. En España, son muchos los fans de la serie que todavía les hierve la sangre por el último episodio. ¿A ti qué te parece?
Creo que es fantástico. Creo además que David Chase es un genio y así lo demostró. Cuando hablo con la gente y les preguntó que es lo que querían haber visto al final, me dicen: “Bien, no sé, no quería haber visto eso, tal vez…” Pero no saben qué querían haber visto. Dicen: “Algo” (risas). Vale, algo un poco frustrante para la gente que no ve nada (risas). Para mí, refleja la vida de Tony Soprano en la que el tío combate las sombras y lo terrorífico de que nunca va a estar a salvo, nunca va a estar seguro y se lleva a la familia con él en todo esto. Creo que es un momento muy dramático.

¿Echas de menos grabar la serie?
Sí, claro, conozco a esos tíos, divertidos y estupendos. Hablo con ellos, con David, con James Gandolfini, Tony Sirico… Quizá en el futuro puede haber algo para mí en una película u otra serie de televisión.

Hablemos de tu carrera en solitario. Tu álbum Men without women funcionó bastante bien, pero el resto de tus trabajos no han seguido el mismo camino. ¿Cuál crees que ha sido el problema en tu carrera en solitario?
Un problema muy grande (risas), porque no hay carrera en solitario (risas). Creo que he hecho todos los álbumes muy diferentes. Musicalmente hablando son muy diferentes. Quise explicar muchas ideas. Algunos son álbumes políticos que se convirtieron para mí en discos más hablados, de explicar ideas, sin tanta consistencia musical. Y esa consistencia musical es necesaria para tener cierto éxito, y más si luego haces discos tan diferentes musicalmente. Lo correcto es decir que no tengo carrera en solitario. No me importa. Tampoco es que me gusten las carreras en solitario. Soy un hombre de banda. Me gustan las bandas. Al final siempre me quedo con una banda antes que con un artista en solitario. Por eso, tal vez no he sabido seguir los pasos por mi cuenta ni he sabido llevar mis influencias a los discos.

¿Crees que el activismo político pudo pasarte factura?
Sí, seguramente. Ya tuve suficiente activismo en los ochenta, más que suficiente, y ahora no me dedico tanto a eso. Prefiero disfrutar de lo que hago. Mi misión ahora es intentar llevar el rock’n’roll a las escuelas.

Es curioso porque, ahora que tú ya no lo eres tanto, Bruce Springsteen se ha hecho activista a favor de Barack Obama y antes de John Kerry.
Las cosas son complicadas en ambos lados, demócratas y republicanos. Y la política está ahí, ya pasé por eso. La verdadera razón por la que podemos tener un presidente negro es por la trágica situación con Bush. El desastre económico con en el que nos ha dejado. Es necesario un cambio. Por primera vez una mujer o un afroamericano han estado en la carrera. Es saludable para el país en tiempos malos como estos. Con Obama, me alegro por los afroamericanos. Se lo merecen. Pero voy a ser sincero. Temo mucho a la gente loca de mi país. Tengo que decirlo. Mi país es uno de los más locos del mundo. Hay más fanáticos en mi país que en Irán, ¿0k? Gente loca con armas en cualquier parte. Es el salvaje oeste. Olvídate de Nueva York. Nueva York no es mi país. Tampoco Los Ángeles o San Francisco. Todo lo que hay entre una costa y otra es EE UU. Da mucho miedo. Es muy peligroso. Está muy loco. Son muy religiosos. Uno se tiene que convencer que con Obama vamos a estar a salvo. Lo espero, lo espero.

Como productor tienes una carrera destacada. Trabajaste para Gary US Bonds, Southside Johnny y otros músicos. ¿Cuál crees que es tu mejor trabajo en este campo?
Ummm… difícil decidir. Creo que el mejor trabajo es uno que estoy haciendo ahora. Acabo de grabar dos canciones con un grupo de Noruega llamado The Cocktail Slippers que salen en el disco navideño Christmas a Go Go. Realmente buenos. Pero creo que hay más cosas buenas. ¡Vaya son más de 15 años produciendo! Se me olvidan grupos. Con The Chesterfield Kings creo que hay cosas interesantes. Me gusta muchísimo lo que hice con el álbum Demolition 23. Y estoy muy orgulloso de las recopilaciones que voy sacando en el sello, con algunas bandas que he producido. Por ejemplo, el disco Christmas a Go Go tiene un tema que escribí y produje para Darlene Love «Al Alone on Christmas». Esa clase de cosas me han gustado siempre y son divertidas.

Tan metido como estás en la música, ¿cuál ha sido el disco que te ha cambiado la vida?
Mi disco favorito de todos los tiempos es 12×5 de The Rolling Stones.

Algo inevitable: ¿con que canción de Springsteen te identificas más?
Honestamente mi canción favorita es «Restless Nights». Me encanta. Creo que es el mejor ejemplo de lo que a Springsteen y la E Street Band les gusta y saben hacer. Nunca la lanzamos oficialmente. Estuvo entre nuestras rarezas hasta ahora.

Ese tema forma parte de las sesiones de grabación de The River. Tu contribución al sonido de Springsteen en aquella época fue esencial. Ayudabas a la elaboración de esas composiciones de tres minutos con cierto toque a lo Spector.
Me encanta oírlo, de verdad. Gracias. Me encanta. Sí, sí. Ese material y esos años son los que me apasionan. Mi disco favorito de Springsteen es el disco 2 de la caja Tracks.

¿Y crees posible volver a grabar material como aquel con Bruce?
Bueno, quién sabe, seguimos grabando cosas. Están muy bien, pero son más pop rock energético. Trabajamos más en esa línea.

¿Qué hubiera sido de tu vida si Born To Run hubiese sido un fracaso?
Bueno, yo no produje < span style="font-style: italic;">Born To Run, pero sí fue el momento oficial en el que entré en la banda, aunque conocía a Bruce desde hacía 10 años. ¿Si no hubiese sido un éxito como el que fue (aunque sabíamos que había un material de éxito)? Pues, como nos empeñábamos en conseguirlo, el éxito llegaría unos años después con «Hungry Heart». Ese sí que fue un verdadero éxito. Hubiésemos ido más lentamente pero habríamos llegado hasta The River. Pero Born To Run hizo mucho ruido y puso a Bruce en la órbita, y más aún, será por lo que se nos recordará siempre, aunque ya no suene esta música en la radio.

¿Crees que la E Street Band seguirá siendo lo mismo tras la muerte de Danny Federici?
No es lo mismo evidentemente, pero hemos hablado de ello y mantenemos el mismo espíritu comunicativo y creemos que hay que seguir tocando, seguir construyendo buenos conciertos. La E Street Band está junta desde 1972, aunque Max y yo entramos en 1975. Pero Bruce, Gary, Danny y yo llevamos juntos 40 años, desde los tiempos de Asbury Park. Así que seguiremos tocando el tiempo que tenga que ser.

La E Street Band y Springsteen habéis avivado la llama del rock durante años. La letra de vuestra canción No Surrender reza: “Habíamos aprendido más con un disco de tres minutos, nena, que con todo lo que nos enseñaban en la escuela”. Sinceramente, ¿crees que estas palabras siguen estando vigentes?
Más que nunca. Puede que sea más difícil encontrar a alguien que escuche dos discos seguidos de rock’n’roll, o que no encuentres esos discos, pero si los encuentras, apren
des de ellos. Actualmente, se trata de llevar el rock’n’roll a lo más alto de la escuela (risas). Ahora mismo es muy difícil si quiera intentarlo porque ya de por sí es difícil encontrar rock’n’roll en la radio y en general. Pero hay que introducir el rock’n’roll en las escuelas para aprender literatura, historia y estilo. Espero que llegue algún día. A mí me cambió la vida. Comunica algo diferente a otro tipo de música, comunica amistad como si estuvieras en una banda, comunica un sentimiento de comunidad. Es como una ola diferente de vida, que emociona y que inspira, que ayuda a trabajar juntos y que pone partes individuales de uno mismo en común. El rock’n’roll es una inspiración de futuro. Yo no puedo vivir sin él. Es una parte de mi vida, es una parte de mí mismo, y sólo espero que algún día las generaciones jóvenes de hoy sientan la misma inspiración que yo siento cuando escucho rock’n’roll.

El escándalo de Ticketmaster

El lunes no fue un buen día para los fans americanos de Bruce Springsteen. Especialmente para aquellos que intentaron comprar entradas a través del servicio de venta del cuasi-monopolio Ticketmaster. El caso más flagrante y que ha levantado más polémica es el de la venta para los dos conciertos que el artista dará en Nueva Jersey a finales de mayo.


Inmediatamente después de iniciarse la venta ya aparecía una pantalla indicando que esa página web estaba parada «por trabajos de mantenimiento». En otras ocasiones, cuando se conseguía pedir entradas, aparecía como resultado una selección de entradas a precio escandaloso, entre 200 y 1000 dólares cada una. ¿Si se anunció que costaban 98 dólares cómo podían estar a más de 200 desde los primeros minutos?

Fijándose con atención en la página de resultados te dabas cuenta de que ya no ponía Ticketmaster sino TicketsNow, todo con el mismo diseño. ¿TicketsNow? ¿No era esta una página de compra-venta de entradas donde fans y, sobretodo, reventas y brokers profesionales ofrecían al mejor postor entradas de todo tipo de espectáculos?

Sorprendentemente, Ticketmaster había adquirido TicketsNow un tiempo antes, en un claro conflicto de intereses. ¿Puede el vendedor oficial de entradas formar parte de una de las webs de reventa más importantes? ¿Por qué al pedir entradas en Ticketmaster me sale un mensaje de entradas agotadas (pequeño, en la parte alta de la pantalla) y un gran recuadro con docenas de entradas a precios desorbitados?

Para colmo, los pocos que conseguían que el sistema respondiera ofreciendo entradas al precio de coste original recibían como respuesta entradas del nivel más alto del pabellón. Aparentemente, todas las entradas buenas de pista y primer nivel de grada se habían agotado en segundos y sólo quedaba «la morralla», mientras que te ofrecen simultaneamente todas las entradas buenas a precios de auténtica estafa (¿cómo las han conseguido en TicktetsNow en sólo unos minutos y en grandes cantidades?). Y todo en la web de venta oficial.

Circula también la noticia de una posible fusión entre Ticketmaster (principal empresa de venta de entradas) y Live Nation (principal promotor mundial de conciertos que ha estrenado su propio sistema de venta de entradas para competir con Ticketmaster). Si los dos mayores competidores se acaban fusionando, las cosas sólo empeorarían y el monopolio estaría garantizado.

Las quejas de los fans tuvieron eco en la prensa al día siguiente. El paso siguiente lo ha dado el congresista Bill Pascrell Jr., quien ha llevado al Congreso una petición para que la Federal Trade Commission (FTC) y el Departamento de Justicia (división Anti-monopolio) investiguen las prácticas de Ticketmaster y su relación con su compañía subsidiaria TicketsNow.

Entre muchas otras cosas, Pascrell comenta en su petición al Congreso:

«Con tantas familias luchando en la economía actual, me siento escandalizado por el precio tan caro al que han llegado las entradas para juegos, conciertos y otros espectáculos. Entiendo los principios de la economía que han hecho escalar los precios de espectáculos, pero no voy a tolerar injustas prácticas de negocio que ponen a los Americanos de a pie en desventaja.»

La reacción de Springsteen y su mánager Jon Landau no se ha hecho esperar, y ayer publicaron un comunicado en su página web, claro y contundente (ver comunicado original en inglés):

CARTA A NUESTROS FANS
Sabemos que hubo mucha confusión entre Ticketmaster y TicketsNow durante la venta de entradas del pasado lunes. Estuvimos tan confusos como vosotros, ya que no teníamos aviso previo de ningún cambio importante en el ámbito de Ticketmaster-TicketsNow (ten en cuenta que no somos clientes de ninguna compañía de venta de entradas, ya que esos tratos los hacen los locales donde actuamos con las compañías de venta de entradas).

El pasado lunes nos informaron de que Ticketmaster reenviaba las peticiones de entradas a precio de coste hacía su web TicketsNow, especializada en revender entradas a precios más altos.
Hicieron esto incluso mientras quedaban entradas a la venta al precio original.
Condenamos estas prácticas.

Las percibimos como un claro conflicto de interés. Ticketmaster está ahí para garantizar una venta justa de nuestras entradas a precio de coste más los cargos habituales por el servicio. TicketsNow se supone que es una página secundaria donde la gente que ya tiene entradas las puede intercambiar o, por desgracia, especular con ellas. Hemos pedido que este redireccionamiento desde Ticketmaster hacia TicketsNow se pare inmediatamente, y Ticketmaster ha aceptado hacerlo así en el futuro y ha eliminado esas partes no deseadas de su página y la nuestra.

Conocemos los muchos argumentos cínicos que algunos hacen para favorecer el sistema de Ticketmaster: hay rumores de que algunos artistas y mánagers participan en los cargos de Ticketmaster. Nosotros no lo hacemos. Hay rumores de que algunos artistas y mánagers reciben un porcentaje del precio extra que se pide en páginas como TicketsNow. Nosotros no lo hacemos.

Algunos artistas y mánagers quizá no perciban que haya un conflicto en que el
propio distribuidor de sus entradas las revenda en páginas como TicketsNow. Nosotros sí lo percibimos.

Mientras que muchos de nosotros hemos mandado avisos a nuestros promotores locales, quizá quieras enviar cartas informativas a la atención de Albert Lopez en Ticketmaster y él intentará responder a tus preguntas.

Una última consideración: la única cosa que podría empeorar aún más la situación para el fan es que Ticketmaster y Live Nation se fusionaran en un único sistema de venta, llevándonos a una situación de casi monopolio en la venta de entradas. Varios periódicos están informando ahora de esta situación. Si tú, como nosotros, te opones a esta idea, deberías contactar con tus representantes (en el Congreso).

El abuso de nuestros fans y de nuestra confianza por Ticketmaster nos ha enfurecido tanto como a muchos de vosotros. Continuaremos haciendo todo lo posible ahora y en el futuro para asegurarnos de que estas prácticas quedan permanentemente restringidas en nuestras giras.

Bruce Springsteen, Jon Landau y todo el equipo de gira de Springsteen

Artículos relacionados:
Ticketmaster/Live Nation – The Lefsetz Newsletter
Congressman asks for Investigation – Hartford Courant
Springsteen organization Furious – Backstreets.com

Good Rockin’ Tonight: el final de la gira Magic

por Salvador Trepat

Verano de 2008/verano de 1978.
Han pasado treinta años desde la mítica gira de Darkness on the Edge of Town. Aunque ambas giras no son comparables (lo de 1978 es, sencillamente, irrepetible), sí que ha habido cierta similitud entre ambas giras durante los meses de verano. ¿Habrá estado Springsteen escuchando grabaciones de esa época para la rumoreada re-edición del álbum Darkness on the edge of town con motivo de su 30 aniversario? Lo cierto es que este mes Springsteen ha recuperado muchas de las canciones que tocó también en esa gira, en especial versiones de sus canciones favoritas del rock, desde «Good Rockin’ Tonight» a «I Fought the Law», «Summertime Blues», «You Can’t Sit Down», «Not Fade Away» o «Little Queenie». Todas ellas trepidantes rocks con los que solía abrir o cerrar sus conciertos en el verano de 1978 o bien usaba como introducción a «She’s the One» (es el caso de «Mona», «Not Fade Away» o «Gloria»). Y ha recuperado también la electricidad que desprendía en esa época, con auténticos derroches de energía en actuaciones de más de tres horas (¡y sin descanso!).

Nashville, 21 de agosto.
Empezamos nuestra ruta de verano en Nashville. La ciudad respira y transmite música por los cuatro costados. Su calle principal, Broadway, es un nido de bares y restaurantes de aspecto vaquero, más bien cutre, donde hay actuaciones sin descanso de bandas locales. Puedes entrar en cualquier bar y encontrar un grupo tocando country o rock. Bandas eficientes pero más bien carentes de interés, y todo demasiado enfocado al público turista. A una calle de Broadway se encuentra el Country Hall of Fame Museum. Visita obligada para amantes del country, se trata de un espectacular colección de objetos, artefactos y proyecciones de toda la historia del género. Puedes pasar horas y horas para absorverlo todo. En medio de la exposición (de varios pisos) se muestran un Cadillac de Elvis, vestidos de Dolly Parton o las guitarras de Hank Williams.

En el propio museo venden entradas para una ruta por el «Music Row», las calles donde se agolpan todos los estudios de grabación y los sellos discográficos. Allí podemos visitar el Studio B, donde Elvis grabó algunas de sus canciones, o Roy Orbison grabó «Only the Lonely» o «Dream Baby». Las visitas al impresionante Ryman Auditorium (donde Springsteen actuó en 1996) y el Grand Ole Opry (por donde pasaron todos los mitos del country) ponen punto final a la ruta turística. Sin su historia musical (más bien pasada), Nashville sería sólo otra ciudad olvidable en el centro del país. Lo más interesante de Nashville el 21 de agosto era el concierto de Springsteen en el Sommer Center, un espectacular y moderno pabellón de hockey en Broadway.

Antes del concierto el personal de Springsteen pone pulseras numeradas a todos los que se presentan entre las 2 y las 5 de la tarde con entrada de pista. A las 5 en punto, con los mil y pico fans presentes (todos en perfecto orden numérico), se procede al sorteo. Tenemos la pulsera 290 y el número que sale ganador es el 257. ¡Bingo! Poco a poco hacen entrar a los 500 que están entre el nº 257 y el 757. Nos quedamos en el pasillo interior del pabellón, desde donde se ve y escucha la prueba de sonido: ¡está sonando «Mountain of Love»! el estupendo tema de Harold Dorman que Bruce tocó en contadas ocasiones a principios de 1975 (la versión más famosa es la del concierto en el Main Point, de febrero de ese año). Minutos más tarde Bruce y los suyos ensayan «Let The Good Times Roll» durante un rato. A pesar de que suenan ya como si las hubieran tocado cada día, finalmente quedarán sólo como un recuerdo del ensayo. Cuando Bruce abandona el escenario nos dejan bajar al pit, uno a uno, sin carreras, con total calma. Los americanos se toman esto muy en serio, y cada diez metros hay personal de seguridad y todo el mundo camina con una calma absoluta. El que corra ya sabe su destino: fuera de la zona reservada. Sin ningún tipo de histeria los 500 que estamos en el pit nos sentamos en el suelo hasta el inicio del concierto. Nadie intenta colarse, ni ganar unos centímetros. Si uno va al baño, al volver su posición sigue libre.

Tres horas más tarde empieza el concierto con «Out in the Street». La intensidad se palpa desde el inicio del concierto, la vuelta a los pabellones es beneficiosa para todos, banda y público. El tamaño de este pequeño pabellón de hockey permite una cercanía que aumenta la excitación del momento. Tras «Spirit in the Night», baño de masas incluido, con Bruce literalmente encima de la gente, llegan las primeras sorpresas tras recoger una docena de carteles con peticiones: «Good Rockin’ Tonight», un clásico de R&B; reconvertido en un acelerado rock’n’roll que no tocaba desde 1980, seguida de «Growin’ Up». El cartel que la pedía decía, literalmente: «toca Growin’ Up con la historia de la maldita guitarra». Y así lo hace Bruce. Como en 1978, incluye la historia de su padre maldiciendo que tocara la «maldita» guitarra, para años después pedirle que dejara de tocar la «bendita» guitarra. Un momento especial. Le siguen «I’m Goin’ Down» y «Held Up Without a Gun» seguida sin pausa por una emocionante versión de «Loose Ends».

La intensidad del show no desciende en este momento sino todo lo contrario: a las peticiones especiales de los fans le siguen las versiones más intensas que recuerdo de «Youngstown» y «Murder Incorporated», directamente enlazadas con «She’s the One», ésta vez incluyendo la intro de «Mona» (Bo Diddley), como lo hacía en 1978. Otro momento especial para un concierto especialmente bueno. Tras el tostón de «Livin’ in the Future» y «Mary’s Place» (momento que el público aprovecha para abandonar masivamente el local en busca de bebida y comida o para visitar el baño), Bruce homenajea a Nashville con una brevísima versión del clásico de Johnny Cash «I Walk the Line» antes de enlazar directamente con «I’m on Fire». El set principal acaba, como es habitual, con «The Rising», «Last to Die», la cada vez más intensa «Long Walk Home» y una versión de «Badlands» excesivamente larga al final. Los bises mantienen la intensidad del concierto con incendiarias versiones de «Rosalita» y «I Fought The Law» (de Bobby Fuller, un clásico que no sonaba desde 1984, y estreno en la gira), dedicada al aniversario de Joe Strummer de The Clash.

I Fought The Law:
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=WWP3fxsBfSM]

Rosalita (con Dave Bielanko, de Marah):
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=9modKSpzpRs]

Salimos del concierto pensando que hemos asistido a una de las mejores noches de la gira, del mismo nivel que los conciertos en marzo en Milwaukee o Indianapolis, y nos adentramos de nuevo en la calle Broadway, pasando del rock’n’roll más auténtico y sincero al country postizo de los bares y restaurantes repletos de sombreros y botas de cowboy y decadentes luces de neón.

St.Louis 23 de agosto.
Una fecha para marcar en el calendario. La ciudad de Missouri, famosa por su gigantesto arco frente al Mississippi, ha sido parada obligatoria en cada gira de Springsteen. Aquí sucedió, en 1980, la anécdota más famosa de la gira de The River. El día antes de sus dos conciertos en la ciudad, el 16 de octubre, Bruce se va al cine a ver Stardust Memories de Woody Allen. Dos fans le reconocen y le invitan a sentarse junto a ellos. Al acabar la película le proponen ir a cenar a su casa; Springsteen acepta y pasa varias horas junto a la familia de los dos fans. Desde entonces, Sophie Satanovsky (ver vídeo) y sus hijos Steve and Lisa no se pierden ni un concierto en su ciudad, siempre invitados por Springsteen.

El concierto del 23 de agosto es para enmarcarlo. En las pruebas de sonido pudimos ver a Springsteen ensayar «Then She Kissed Me», «When You Walk in the Room» y «Little Queenie», canciones que solía tocar en 1975 en clubs como el Bottom Line o el Roxy, donde dio conciertos que fueron retransmitidos por radio y que sin duda todos atesoramos. Con hora y media de retraso, sobre las nueve de la noche empieza el concierto en el Scottrade Center con una intensa versión de «Then She Kissed Me», de The Crystals, que nos pone los pelos de punta y marca el tono para el resto de la noche. La versión de «Radio Nowhere» que le sigue es la mejor que hemos oido en la gira, con Springsteen y la E Street Band hiperrevolucionados y Max Weinberg enloquecido con imponentes redobles de batería. Parece que toquen como si fuera el último concierto de su vida. Se mantiene la tensión con «Out in the Street» y una desbocada versión de «Adam Raised a Cain» que, de nuevo, sube el listón con desquiciados solos de guitarra como pocas veces hemos visto.

Then She Kissed Me:
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=Y0GfHJGmLQ8]

Adam Raised a Cain:
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=LueDvFdv3VI]

Llevamos 5 canciones y estamos ya boquiabiertos. ¿Qué le pasa hoy a Springsteen? ¿Se ha tomado la pildora de la eterna juventud, las espinacas de Popeye o ha tocado la kriptonita de Superman? Tras otra excitante versión de «Spirit in the Night» revolcándose sobre la gente de las primeras filas, empieza la recogida de carteles y la tanda de peticiones de los fans. Esta vez la selección es impecable y las interpretaciones de «Rendezvous», «For You» y «Backstreets» son escalofriantes, junto al estreno de «Mountain of Love» que pone a todo el pabellón en pie. Como dicen los americanos, «holy shit moments», uno tras otro, sin descanso.

Mountain of Love:
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=VtrYk0ojaN0]

Springsteen nos noquea definitivamente con la más incendiaria versión oida de la recuperada «Gypsy Biker», donde parece no querer acabar nunca el duelo de guitarras con Little Steven, seguida de «Because the Night» y la imprescindible «She’s the One», esta vez precedida de «Not Fade Away», otro guiño a la gira ’78. El concierto está en su momento álgido, la tensión es increible e incluso «Livin’ in the Future», «Cover Me» y «Mary’s Place» se digieren sin disgusto cuando Springsteen está en plena efervescencia. Y llega el momento más esperado por muchos fans: «Drive all Night», el clásico eterno de The River, en una versión de 10 minutos con un crescendo final memorable.

La noche es ya histórica pero Springsteen no ha agotado las energías. Tras la breve pausa que sigue a «Badlands», los músicos vuelven al escenario para 7 bises, donde destacan especialmente la impecable versión de «Jungleland» y un trepidante «Detroit Medley». Tras «American Land» el pabellón explota en un griterío ensordecedor como sólo habíamos oido en el Palau Sant Jordi. Se hace necesario taparse los oidos. La gente se ha vuelto loca, y Springsteen se ve obligado a volver al escenario. Dedica «Thunder Road» al nadador Michael Phelps y a su manager Barbara Carr. Una versión acelerada y más fiel a la original que la que suele tocar en estos últimos años. El griterío al final de la canción no cesa y Bruce nos sorprende con los acordes iniciales de la fenomenal «Little Queenie» de Chuck Berry (St.Louis es la ciudad natal de Berry).

El público estalla y los cinco minutos siguientes son totalmente indescriptibles, en un inesperado final que nos lleva al delirio. Imposible quedarse pasivo ante lo que estamos viviendo. Tras varias repeticiones, la canción acaba, el público aplaude, grita y salta como nunca mientras Bruce y la banda se despiden tras más de tres horas de concierto. Imposible contenerse. Springsteen agarra de nuevo su guitarra, la banda corre a sus posiciones mientras Bruce grita «for Sophie!», señalando en la grada lateral a Sophie y sus hijos, con quienes compartió esa noche de otoño en 1980, y les dedica «Twist & Shout». Son cinco minutos extras a ritmo trepidante, como en los mejores tiempos. ¿De dónde saca la energía? ¿Cómo definir un final así? ¿Genial? ¿Delirante? ¿Explosivo? Se agotan los adjetivos. El público está (estamos) totalmente exhausto, agotado, cansado, pero saliendo más satisfecho que nunca de un concierto inolvidable.

Los comentarios en la calle por parte de fans que han visto más de 400 conciertos desde 1973 son unánimes
: este es el mejor concierto desde 1984, ó 1981 para algunos. No ha sido otra noche más sino algo especial e irrepetible.

Kansas City, 24 de agosto.
La experiencia de la noche anterior en St. Louis había puesto el listón demasiado alto incluso para el propio Springsteen. Fuimos al concierto con muchas expectativas y preparados para cualquier cosa. Y fue, sin duda, una noche repleta de sorpresas. Desde el inicio con la inédita «Ricky Wants a Man of Her Own», seguida de «Cynthia» (ambas de la caja Tracks) o el estreno en la gira de «Devils & Dust». Lo más sorprendente fue ver a Max Weinberg cantar. Bruce recogió un cartel que decía «Let Max Sing!», e hizo que Max cantara «Boys», el tema de las Shirelles que Ringo Starr cantaba en un disco de los Beatles. Más tarde es Soozie la que canta «It’s All Over Now» de los Rolling Stones, a duo con Bruce. Momentos curiosos, pero algo fuera de lugar en el concierto, que dio un bajón importante (al que seguro que contribuyó también la petición de «Working on the Highway»). Sólo se recupera la tensión con «Candy’s Room» y una impresionante «Gypsy Biker», aunque el concierto pierde fuelle según avanza, incluyendo los diversos errores de la banda en «Mary’s Place», en una larguísima versión.

«Sandy», dedicada a Danny Federici, es el primer bis, seguido de «Tenth Avenue Freeze-Out», nuevamente con dos errores garrafales de la E Street Band, que fuerzan a repetir la introducción inicial y parte del final. El concierto, y la gira (como el propio Bruce indica, «este es el último concierto oficial de nuestra gira Magic») acaba con una buena versión de «Rockin’ all Over the World» de John Fogerty, celebrada por los 15.000 asistentes que llenan el Sprint Center.

El público levanta en ese momento docenas de carteles con la frase «Thank You». Bruce recoge emocionado uno de ellos y lo muestra al público. Ahora sí, Springsteen agradece al público una y mil veces («Gracias por apoyar la gira, gracias por venir a nuestros conciertos, gracias por dar apoyo al disco Magic y a toda nuestra música durante años. Gracias Kansas, gracias E Street Nation») y se va por la parte trasera del escenario, saludando al público una última vez antes de desaparecer (foto).

Boys/Cadillac Ranch:
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=kjt-wwl4B1w]

Nunca tanto supo a tan poco

por Jesús Jerónimo www.cielovacio.com
Foto: René van Diemen

Bruce Springsteen siempre camina entre la sencillez y el exceso. Ya lo he comentado en varias ocasiones, funambulista que a veces pone un pie en el arte y a veces cae en lo exageradamente comercial, llevado de los deseos de un público dividido entre seguidores veteranos de su música (los menos) que le piden intensidad, rabia y magia y otros más recientes (los más) que prefieren espectáculo, pasión desbordada (por más que no sea una impostura en demasiadas ocasiones), cánticos comunitarios y despliegue físico.

Esa, ni más ni menos, es la gran desgracia que acosa al músico americano desde hace al menos 25 años: complacer al sector más musical de su audiencia o a los otros muchos miles de personas que también pagan entrada y que poco conocen mas allá de los hits 80’s del «Jefe». El resultado final es un sofrito extraño, donde canciones tan rotundas y emocionantes como «Incident on 57th Street», «Spirit in The Night», «Sandy» o «Backstreets» se desnaturalizan en enormes y cavernosos recintos (consiguiendo en cualquier caso emocionar -pura magia dadas las circunstancias-), conviven con temas muchísimo más flojos («Dancing In The Dark», «Lonesome Day», «I’m Going Down», celebradísima ésta última) que permiten al público mas heterodoxo salir con la sensación de haber visto algo mítico.

Recuerdo mi sentimiento de desolación cuando en medio de una espeluznante «Incident» en Donosti me di cuenta de que ni siquiera un 5% de la gente sabía que es lo que estaba sonando. En España se presume de fanatismo brucero: sí, podemos presumir de ser los que más cantan, los que más saltan, los que más gritan, los que más adoran… y, sin embargo, también de ser los que menos escuchan. Todo tiene que ser pasión y fiesta. Añade al coctel unos estadios ENORMES, desoladores y te encuentras con una gira extraña, donde emocionarse es casi imposible pues no hay cercanía ninguna, solo pantallas, saltos y gestos para la galería.

Y es triste: la banda, en general, se encuentra en un estado de forma excelente, excluyendo a un Clarence Clemons en quien el tiempo ha hecho demasiada mella. Todos los demás suenan como nunca, buen tempo en la mayoría de los temas, cierta espontaneidad y mucha contundencia en los momentos mas rabiosos (desafortunadamente, apenas vistos en esta gira, benditos «Prove It All Night», «Youngstown», «Backstreets»). Sin embargo, gran parte de los shows se gasta en esfuerzos inanes de complacer a la masa: cansinos temas de «Tunnel Of Love» (¿por qué no recuperar los mejores temas de ese álbum y no los más comerciales?) pensados para las miraditas arrobadas con una Patti Scialfa recién regresada al circo para la gira española, mezclados con exitazos 80’s que poco han aportado al repertorio de la banda salvo ceros en la cuenta corriente.

Se rumorea que esta podría ser la última gira con la mítica banda: lo dudo. Habrá que sustituir a Clarence (quien de todas maneras hace ya muchos años que tiene un papel más sentimental que real en la banda) y poco más . Los demás están como nunca. Y el nombre de E Street Band siempre podrá meter en los bolsillos del americano unos cuantos más de esos dólares que tanto le gustan, que duda cabe.

El público, sin embargo, goza de estos conciertos. Bruce sigue exhibiendo una forma física envidiable para alguien cercano a los 60 años y lo cierto es que hay muchos buenos momentos. Como dijo Monsieur Rotten a la salida del show de Madrid: «te tienes que rendir, no hay remedio»…y así es. Por más que salgas pensando que aquello podría haber sido realmente mágico y que se ha quedado en sólo algunas partes muy buenas. Por una vez, Springsteen ha trasladado su show a estadios pensando en los recintos masivos y por fin hay unas buenas pantallas donde poder seguir el show decentemente.

Así mismo, quizá en un vano intento de transformar en una experiencia íntima aquello que no puede serlo por las dimensiones del acontecimiento, Bruce exagera sus estudiados gestos de complicidad con el público: se acerca, canta entre la gente de las primeras filas, se deja besar, estrechar la mano, acariciar por un público embelesado que idolatra al ídolo antes que al músico, que se pega (literalmente) por estar en la primera fila, que ofrece al dios a sus hijos (lamentables las imágenes de niños menores de 10 años arrastrados a las primeras filas por unos padres irresponsables deseosos de que el dios les dedique un gesto, un saludo o quizá una canción).

Sintomático de todo esto es la recogida de peticiones entre los carteles del público, muchas veces se interpreta un tema que ya estaba en el set list de todas maneras, pero poco importa. La pasión es así, no piensa, sólo actúa.

Y así se nos va una gira más, siempre podría haber sido la última. Con un sabor agridulce, porque hemos visto algunas cosas muy buenas, pero también algunas muy mediocres. Los conciertos de Bruce ya han dejado de ser conciertos: todos esperamos actos supremos, trascendentales donde la diversión y la emoción se fundan en uno. Cosas que suceden casi todos los días en las salas de conciertos de cualquier ciudad, cosas que jamás suceden delante de 80.000 personas que apenas pueden ver ni escuchar.

Queremos a un Bruce de perfil bajo y tenemos al Bruce mas popular y populista de la historia, concentrando sus poderes en agradar y no en emocionar. Es lo que hay: recuerdo la interpretación de «Waiting On A Sunny Day» de Barcelona como el momento más bajo de cuantos he visto en directo a esta banda, tan cercanos a la autoparodia que uno podía sentir directamente pena o vergüenza ajena. Y también recuerdo, en ese mismo día, una intensisima «Backstreets», que me llevó a las lágrimas, Bruce con los ojos cerrados gritando airado eso de «I hated you when you went away» y resumiendo parte de nuestras vidas con dos simples frases y gestos.

Y con esa imagen nos tenemos que quedar. A fuerza de vivir su estatus mítico, la estrella empieza a perder parte de su brillo. Entretenimiento y arte, dos fuerzas muchas veces enfrentadas, imposibles de mezclar. Riesgo y complaciencia, contudencia y diversión.

Nunca tanto supo a tan poco.

Springsteen, siempre Bruce y la E Street Band. Concierto en Madrid

por Fernando Navarro

fotos de René Van Diemen

Si el magnífico rock de Bruce Springsteen y la E Street Band es capaz de hacer olvidar una de las mayores aberraciones que se dan en el mundo de la música, como es la de celebrar conciertos en un estadio, entonces se constata que lo que ofrece esta pandilla de músicos que rondan los 60 años tiene tintes de un poder sobrenatural.

Ciertamente, los tiene, o al menos, para los menos creyentes, se le acerca mucho, pero conviene siempre recordar una realidad incontestable, so pena de promotores, diseñadores de campañas de publicidad e incluso protagonistas musicales del asunto: los estadios de fútbol no son ni serán nunca escenarios para conciertos. Hay que decirlo si se aprecia el arte de la música en vivo en todas sus variantes y, en este caso, el impresionante cancionero de un músico como Springsteen.

Los tópicos de futbolistas, galácticos y demás sandeces que se los dejen para los partidos de fútbol y su parafernalia, pero que no confundan una cosa con la otra. Pongan más noches en pabellones, al estilo del Madison Square Garden en Nueva York, o mejoren las prestaciones, búsquense la vida, en definitiva, para ofrecer el producto en perfectas condiciones, que para eso lo cobran al precio que lo cobran, pero no nos engañen. Este periodista lo vivió en el Estadio Santiago Bernabéu, pero pasó también en San Sebastián y Barcelona. Sonido lamentable en muchos momentos, músicos que parecían a lo lejos figuritas de futbolín, accesos penosos y la esencia musical por los suelos.

Bien es cierto que una actuación de Springteen pasó a ser hace mucho tiempo más un acontecimiento social que un concierto, y eso lleva a la catársis colectiva antes que al raciocinio individual. Pero más cierto es que Springsteen y su banda se empeñan noche tras noche en dejar este asunto en segundo plano de la única manera que saben hacerlo: ofreciendo rock del mejor a raudales. Y al final, pese a todo, es lo que queda.

Sucede que Bruce Springsteen y la E Street Band, como las mejores películas, libros o experiencias que se cruzan por el camino, forman parte de la vida de muchas personas. Sucede que su música transforma el ánimo con la misma intensidad que un beso, una lágrima o un arrebato. Y sucede que más de tres décadas después de haberse conocido conservan el espíritu intacto y eso marca a la mayoría de oyentes que se reconocen en esa vitalidad. Pueden gustar más o menos, pueden sufrir odiosas comparaciones con su glorioso pasado, pueden estar sobredimensionados por la locura fan y mediática que les rodea, y pueden ser diana perfecta de descalificativos para puristas o posmodernos, pero hay un compromiso real en su música, todavía relevante en el panorama actual.

Empezó el concierto en Madrid treinta minutos más tarde de la hora prevista y con el oscarizado Javier Bardem presentándolo ante más de 50.000 personas. Y lo hizo con un sonido pésimo, lejano y enlatado, que desfiguró esa gran canción que es “Night”. No es tan buena “Radio Nowhere”, que fue la siguiente del set list, y tampoco sonó mejor. Sin respiro, empalmando los temas como una banda de garage, llegó “Lonesome Day”, un tema que en su escucha ofrece siempre buenos presagios, pero que careció de intensidad suficiente.

Sin embargo, todo cambió con “The Promised Land”. El sonido se transformó y la armónica ponía el cuerpo patas arriba. Base de órgano, guitarras haciendo horizonte y saxo acompañando el viaje con un Bruce entregado al público. Es difícil no tomarse esta canción como la primera vez. Hay promesas que no desaparecen, aún pasen los años por ellas. También hay composiciones que guardan el ingenio como en una cajita de joyas, esto es, “Spirit in the Night”, el gran regalo del concierto. Springsteen con voz aguda y tonteando con el soul mientras escenifica, hasta resbalarse en el escenario, una letra que canta a la amistad y al desmadre juvenil. Eran tiempos de rock’n’roll y ahora se defienden con orgullo. No es casualidad que se enlace con “Summertime Blues”, himno que inspiró a aquellos días y firmado por el imprescindible Eddie Cochran.

Tras el ímpetu festivo, llega la parte emotiva. Una buenísima “Brillant Disguise”, pasto de radiofórmulas que en el fondo es una composición que palpita sentimiento. Más aún lo hace “The River”, interpretada al estilo clásico que gana enteros con respecto a otras giras. De nuevo, la armónica es la protagonista. El músico de Nueva Jersey siempre ha formado parte de esa tirada de músicos norteamericanos que dignifican este instrumento, que ayuda a fabular historias repletas de personajes de carne y hueso. En la misma línea de corte clásico, como fueron concebidas las canciones, se toca “Cover me”, composición que sólo parece pensada para sacar guitarras imponentes. Al contrario sucede con “Trapped”, recuperado tras un tiempo, pieza más tranquila y que muestra una enorme capacidad envolvente.

Regresa un sentimiento desmesurado de liberación con la tanda formada por “No Surrender”, “Out The Street”, “Because The Night” y “Cadillac Ranch”. Ahí está el músico y su banda en estado puro. En ese conjunto está una muy buena representación del poder de Springsteen. Fe en uno mismo y en los demás, el sueño vital de las calles, la magia de la noche y la inocencia en clave cadillac. Todo tejido con pasión desenfrenada, adornos de rock’n’roll verdadero y bordado con entrega. Pasajes que cuentan con un Charles Giordano haciendo las veces del desaparecido fantasma Danny Fedirici en “Out The Street”, con Nils Lofgren dando vueltas en sus zarpazos eléctricos en “Because The Night” o con Steve Van Zandt rasgando vestiduras, a su manera, con su toque irrepetible a la guitarra, en “Cadillac Ranch”. Dos buenos homenajes para dos grandes guitarristas.

Se acaba la mejor parte del concierto, que cae bastante en picado con lo siguiente. Lo que puede entenderse como una segunda fase de la actuación, con el cancionero más reciente, queda en paños menores con respecto a lo anterior escuchado. Si las grandes composiciones de Springsteen son tocadas como en los mejores tiempos, poco puede hacer lo demás, por bueno que sea. Una pena escuchar un “Livin’ In The Future” tan flojo, aún con el mensaje: “En Estados Unidos hemos tenido recortes de derechos civiles, tenemos que luchar”. “Mary’s Place” se hace pesada y soporífera. “Tunnel Of Love”
y “The Rising” pasan bastante desapercibidas. En cambio, “Long Walk Home” y “Last To Die” sugieren el estupendo disco que es Magic.

Después de la aún motivadora “Badlands”, llega la mejor canción de la noche, “Jungleland”. Interpretación sublime. Se puede adjetivar tanto esta composición cuando encima está tocada de manera maravillosa que es preferible no desgastar nada. Simplemente, “Jungleland”, tal y como sonó en Madrid, es la puerta de entrada al gran teatro del rock, donde el escenario es la vida urbana y los personajes se visten de héroes cuando son nada más que mortales sin sitio adonde ir. El piano de Roy Bittan sube el telón y el saxo de Clarence Clemons añade la cálida iluminación.

Todo cambia de nuevo con otra dosis de vitaminas: “Seven Nights Rock”, “Born To Run”, “Bobby Jean” y “Dancing In The Dark”. Aún más que otras veces, se ve a un Springsteen insaciable a sus 59 años. Los que le vean por primera vez pensarán que este hombre se chuta, los que ya le conocen podrán pensarlo, sin hacerles falta, pero al menos no les sorprenderá. Si sorprende escuchar el tema folk tradicional de “American Land”, único con las letras de fondo sobre la pantalla, tan bien ejecutado en su estilo por la E Street Band. El cierre, el imperecedero “Twist And Shout”, convierte eso que se llama estadio de fútbol en una pista de baile en la madrugada madrileña.

Bruce y los chicos de la Calle E vuelven a hacerlo. Entre ceja y ceja lo tienen metido: somos la E Street Band y lo hacemos porque queremos, porque nos gusta, porque nos encanta, grita Bruce en mitad de ese derroche. Mientras tanto, puedes desear que la próxima vez el recinto sea otro, pero sobre todo deseas por encima de todas las cosas que la noche no se acabe. A fin de cuentas, el deseo es no renunciar a esa parte de ti mismo que este tipo llamado Bruce y su E Street Band, siempre ellos, mejor saben sacar. Es la parte musical, la que suena en lo más profundo de cada uno.