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Bruce Springsteen: el mito en directo. Primera parte: 1973

por Pablo Surja

Para quienes no estén tan familiarizados con la biografía completa de Bruce Springsteen y no conozcan a fondo la mejor época del cantante, queremos hacer una pequeña guía sobre su carrera en directo y las mejores grabaciones existentes de esos años. Desde sus comienzos en el 73, hasta la gira de The River en el 81, nueve años que forman parte de la historia del mejor rock que se ha hecho nunca.

Hablaremos en general de todas esas épocas, poniendo un poco de contexto, pero tratando de centrarnos en el material disponible. Recomendaremos los mejores shows teniendo en cuenta la interpretación, pero de entre los conciertos con mejor sonido. Hay muchísimos conciertos en circulación, pero no merece la pena escuchar muchos de ellos con sonido nefasto. Hay que ser muy fan, o tener afán historiador, para pretender oirlo todo.

Nadie ha estado en todos los conciertos, ni los ha oído todos. ¿Cuáles son los mejores? No se puede saber, pero hay grabaciones suficientes como para hacerse una idea y poder elegir lo más destacable.

Quizá no estés de acuerdo con nuestras recomendaciones, o con alguna de nuestras opiniones, pero en lo importante vamos a estar todos de acuerdo.

Bruce Springsteen fue una genialidad musical que se gestó a principios de los 70 en pequeños clubs. Fue evolucionando en el ambiente de la época hasta explotar en el 75, llegó a ser algo grande en el 76 y 77, y alcanzó la perfección en el 78, teniendo su máximo apogeo esos años, entre el 78 y el 81. Después vinieron los estadios que lo desvirtuaron todo a partir del 84, para tener un final bastante digno, en Buenos Aires en el 88.

A partir de ahí todo cambió. Experimentos de todas clases, y reuniones con una banda, que ya no es exactamente la misma, que toca en un contexto muy diferente, y con una actitud distinta.

Si le has visto tocar en estos últimos años, seguro que te ha gustado, porque sigue siendo algo grande, y porque casi nadie hace algo parecido. Pero para hacer honor a la verdadera historia hay que dar a conocer aquellos increíbles años de música que forjaron el mito, los comprendidos entre 1973 y 1981.

1973

Vamos a empezar en el 73, cuando la E Street Band aún tiene como teclista a David Sancious, desde mayo, y a Vini Lopez en la batería. No es aun la banda clásica, pero ya están ahí casi todos los elementos.

Danny Federici: órgano, acordeón
Garry Tallent: bajo, tuba
David Sancious: piano
Vini Lopez: batería
Clarence Clemons: saxo

Aun no está Steve Van Zandt y Bruce hace todo el trabajo de las guitarras.

Springsteen se embarca en una gira todo el año, sin descanso: 173 fechas por todo Estados Unidos y Canadá, en pequeños clubs y auditorios, sobre todo por la costa este, o en sitios más grandes teloneando a gente como Stevie Wonder, Chicago, The Beach Boys, Chuck Berry, John Mayall y otros.

A veces hace dos sesiones por noche, o sale con algún cómico, pero siempre es presentado como Bruce Springsteen, sin la E Street Band. Todo lo más que pone en los carteles es que es un artista de Columbia Records.

Por supuesto los conciertos no son los maratones de después, solo toca unas diez canciones, o incluso menos, 45 minutos si es telonero, pero entre hora y media y dos horas cuando toca solo. Al menos esto es lo que se deduce de los datos incompletos que hay, ya que no se sabe qué canciones tocó en muchos conciertos de los que apenas hay información.

Los documentos sonoros de esta época son escasos, solo hay audio de 17 de esos 173 conciertos. Ya es bastante asombroso que haya una sola de estas grabaciones de hace tantos años. Pero lo más curioso es que la calidad de sonido de algunos de esos 17 shows es excepcional. Es sonido profesional, gracias a que en aquel entonces algunos conciertos eran retransmitidos por la radio, y se conservan esas emisiones.

También hay curiosas entrevistas con actuación incluida en estudios de radio en los que Bruce interpreta su repertorio en formato acústico. Son grabaciones muy curiosas, con muy poca gente en el estudio, con un ambiente muy simpático.

Vídeo: agosto 1972, antes de firmar con CBS. Presentación en el Max’s Kansas City de Nueva York. Incluye versiones acústicas de la inédita «Henry Boy» y de «Growin’ Up», la cual formaría parte de su primer álbum en 1973. El vídeo fue filmado por Barry Rebo, amigo personal de Springsteen y autor de gran cantidad de vídeos en directo grabados ente 1972 y 1978. Muchos de ellos aparecen en el documental ‘Wings for Wheels’.
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En las grabaciones que hay se recoge a la perfección el sonido de esos locales pequeños, con voces muy secas, el saxo suena también muy seco. Pero hay registros interpretativos en este tipo de sala que hoy se han perdido absolutamente. Por ejemplo, es habitual que Bruce susurre trozos de canciones, cosa totalmente imposible de hacer en grandes recintos.

Su voz es muy diferente, no estoy seguro de saber describir cuál es la diferencia, pero si has escuchado la voz de esos años suena más limpia, menos rasgada, y más «afectada», demasiado expresiva a veces.

La actitud del público es también diferente. Están callados, escuchando, se percibe ambiente de atención, y en las pausas no gritan como las masas de los estadios, es de agradecer. Esto también permite a Bruce tener esos diálogos que solía tener con el público, con una naturalidad pasmosa, sin golpes de efecto, y en un tono muy natural y desenfadado.

De esta manera las interpretaciones con guitarra acústica adquieren un contexto perfecto. Mary Queen Of Arkansas suena maravillosa, con la intensidad y la sensibilidad requerida. Esta canción, como tantas otras, dejó de ser habitual con el salto a los pabellones, lógicamente.

La sensación general de estos primeros conciertos es totalmente distinta a lo que vino a partir del 75. Se percibe la intensidad en la propia música, en las ganas de hacerlo bien, se nota que aún no hay carreras por los escenarios. Se nota menos fiesta por así decirlo. Bruce hace un trabajo a la guitarra más complejo, y ejecuta solos con un sonido muy limpio y armónicos artificiales, por ejemplo en Thundercrack, de una manera que también se ha perdido.

Vídeo: «Thundercrack», grabada en directo en Los Angeles en 1973. Extraída del documental ‘Wings for Wheels’. F
ilmada por Arnold Levine para CBS
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Pero quizá lo más característico de la música de estos primeros años sea la peculiar batería de Vini Lopez, que aporta un aire más jazzístico. Hay un cierto flirteo con un estilo que se acerca más al jazz que al rock. Son baterías muy densas, con mucha nota, muy opuestas a las de Max.

Incluso hay un acercamiento descarado al blues más clásico con canciones como Walking the dog, en las que Bruce se descubre como un solista excepcional a la guitarra, siempre original, siempre muy expresivo, y alejándose de los riffs obvios del blues, aportando su estilo de manera brillante. Es curioso porque Bruce no ha seguido después por este camino.

Por supuesto, Clarence está muy presente, en canciones como Spirit in The Night, acompañando al saxo toda la canción. No es una cuestión de que ahora esté mayor y entonces estuviera joven, las canciones de aquella época estaban pensadas para muchos arreglos de saxo. Tokyo, Santa Ana y Thundercrack son tres grandes canciones que tuvieron su sitio en estos años, y que sólo han vuelto de manera fugaz. El gran público ya conoce Thundercrack, gracias a su publicación en la caja Tracks, en el 98, es una gran canción que merece un comentario aparte.

Audio: «Tokyo» (canción inédita, también conocida como «And the Band Played») en directo en el club Main Point el 24 de abril de 1973. Concierto retransmitido por radio en Filadelfia.
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De los cientos de canciones que no llegaron a ser publicadas en un disco, se podría decir que ésta es de las más apreciadas por los conocedores de estas pequeñas joyas, o la que más incluso, siendo muy especial. Al oirla sabes definitivamente que es una canción diferente, que sin duda les daba mucho juego en el escenario, con muchos coros, muchas partes diferentes, sitio para riffs de órgano, de piano y solos de saxo, es la canción perfecta para oir a esta banda.

Era larguísima, con un parón en el medio, en el que Bruce hacía tonterías con la guitarra, dando notas con el volumen bajado, sin ataque, emulando a un violín, y el parón culminaba con la frase «Thundercrack (Bruce)… Baby’s back (Clarence)». Era el show-stopper, el final de concierto apoteósico, función más adelante adoptada por Rosalita.

El solo de guitarra es de esos que salían de la mente de Bruce, con varias partes muy características, y siempre tratando de sacar armónicos artificiales de su guitarra. Es una técnica en la que se golpean las cuerdas poniendo los dedos muy cerca de las cuerdas al sujetar la púa, y salen unos agudos muy característicos. Bruce rara vez hace esto desde entonces.

Y se acaba el año igual que empezó, e igual que empezará el siguiente. Tocando muchísimo.

Estas son las grabaciones de mejor calidad del 73, ampliamente compartidas y difundidas en los distintos foros de internet dedicados al artista:

10 de enero de 1973 – WBCN, Boston
31 de enero de 1973 – Max’s Kansas City, New York, NY
2 de marzo de 1973 – Community Theater, Berkeley, CA
24 de abril de 1973 – The Main Point, Bryn Mawr, PA
31 de mayo de 1973 – WGOE Studios, Richmond, VA
31 de julio de 1973 – My Father’s Place, Roslyn, NY

Audio: «It’s Hard to be A Saint in the City», en directo en My Father’s Place el 31 de julio de 1973. Concierto emitido por radio.
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Audio: «You Mean So Much to Me», en directo en los estudios WGOE de Richmond el 31 de mayo de 1973.
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Audio: «Lost in the Flood» en directo en Berkeley, California, 2 de marzo de 1973. Sonido de mesa de mezclas. En este concierto Springsteen era el telonero del grupo Blood, Sweat & Tears.
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Las noches mágicas (y 3)

por Julio Valdeón Blanco

A quienes poseíamos entrada nos distinguías en las inmediaciones del Madison Square Garden por la sonrisa cómplice, la jeta entre expectante y relajada de quien sabe que accederá al paraíso, que tiene en el bolsillo un salvoconducto para temblar a cielo abierto, que al contrario de tantas otras madrugadas rememoradas en cientos de bootlegs de dudosa calidad vas a asistir en primera persona a un instante con aura, luego repetido en libros y crónicas, mil veces pirateado y marcado a rojo incluso antes de celebrarse, un concierto de los que te acompañan cuando vienen jodidas, de esos que, en contrapartida, mejor puntúan a la altura de las expectativas creadas previamente si es el artista, en este caso Springsteen, no quiere tragarse un sapo bien gordo.

Tras el bendito atracón del día anterior, señoras y señores, The River.

The river pertenece por derecho a la etapa dorada que hizo de su autor clásico entre los clásicos, unos años en los que parecía no terminar la sucesión de discos impagables, dotados de sentimiento, alma, arrebatadora poesía, ensoñaciones desgarradas, emotividad, fiereza, electricidad por un tubo y entresabores de sal y caramelo, cualidades que desbordan cada una de sus obras arrancando con Greetings from Asbury Park, NJ (1973), siguiendo con The wild, the innocent & the E street shufle (1973), alcanzando una de las cimas expresivas del siglo XX (Born to run, 1975), enroscándose con brío en los arrabales de la ciudad gracias a Darkness on the edge of town (1978) y prosiguiendo triunfales hasta besar los labios sepias del Nebraska (1982).

En mitad del torbellino creativo publicó The river. Apareció en 1980, cuando ya se había consagrado como el gran intérprete de rock en directo del momento, tras un disco abortado (The ties that bind, en 1979) y una reaparición, durante el festival No Nukes, que dejó al personal boquiabierto. Uno de sus singles, «Hungry heart», lo catapultó al estrellato internacional. La gira ulterior, que alcanzó hasta 1981 y lo trajo por vez primera a España (mítico concierto en Barcelona), fue impecable, intachable en términos de pasión, desgarro, calidad y perfecta estructuración del repertorio.

Aunque el disco, doble, presentaba veinte canciones, la prodigalidad de su autor obligó a dejar fuera innumerables, e inmejorables, obras de arte, tres de las cuales aparecieron como caras B de singles («Help up without a gun» y, atención, «Be true» y, años más tarde, «Roulette)», diez terminaron, dieciocho años más tarde, en la a todas luces insuficiente colección de inéditas denominada Tracks (entre otras, maravillas como «Loose ends», «Restless nights», «Where the bands are», «Take ‘em as they come», etc.), otra acabó en el recopilatorio Essential («From small things») y, al menos, otras dos docenas (la dulcísima «Cindy», la imponente «Chevrolet deluxe», la trepidante, infecciosa «White lies», etc.), permanecen lamentablemente olvidadas, pasto de piratas y foros, flotando en un limbo del que algún día, oremos, debieran de ser rescatadas. Nada nuevo para quien siga a Springsteen. De Darkness, con diez canciones entre sus dos caras y otras cinco recuperadas en Tracks, faltan por publicar, mínimo, treinta. La mayoría, asombrosamente buenas. Si escribo estas obviedades es para subrayar el pasmo que todavía me causa aquel artista; también, para contextualizar, sin asomo de duda, porqué los conciertos del Madison nos han tenido embriagados. Rememorar aquel periodo, siquiera con nostalgia, supone el equivalente a meterse gloria sin cortar y en vena.

En esas estaba, dándole vueltas a la jodida suerte que tenía de haber depositado mis reales posaderas en las gradas del Madison, cuando Bruce Springsteen y la E Street Band salieron al escenario. Las preguntas, en la calle, en el hall, habían rebotado insistentes. La noche previa arrancó con Thundercrack, ¿no? ¿Empezaría ahora con una inédita de The river? ¿Remediaría la ocasión fallida de haber tocado Darkness y Born in the USA sin incluir «The promise», «The way» o «Sugarland»? ¿Tocaría «Bring on the night» o «Living on the edge of the world»? ¿Max reventaría las baquetas con «Roulette»? ¿Embellecerían el disco, en suma, con algunas de las fastuosas piezas olvidadas durante su elaboración?

«Wrecking ball» liquidó dudas. Estrenada durante la ronda del Giants, tiene aroma a la Seeger sessions, un componente celta, como de jolgorio irlandés, que pierde un poco por culpa de una letra entre simpática y grogui, y todavía más si lo que viene a continuación es «The ties that bind», fluorescente, ruidosa y tierna. «Sherry darling» devolvió la mejor versión de Clarence Clemons, un Clarence que por motivos de edad o salud venía muy renqueante en los últimos años y que hoy bordaba todos y cada uno de sus solos, cada maldita nota y cada puente, y no contento con ello improvisaba y añadía y amontonaba nuevos sonidos, emergentes llamaradas, imprevistos retoques, orgasmos de soul, a sus apariciones.

«Jackson cage», gema poco frecuentada, comandada por la Fender de doce cuerdas, y la veloz «Two hearts», con su fenomenal acento r&b; (incluida la pequeña maravilla de la coda «It takes two» cantada entre Steve y Bruce) prologaron una «Independence day» que escupía lágrimas, desolación y torbellinos negros, que guardaba en su seno el peso de la despedida entre ese hijo prófugo y ese padre huérfano de hijo; un tema, no en vano, nacido durante las sesiones de Darkness, arrasado de lluvia como una lámina
muy triste o un bosque donde perderse, y que abría la espita a un «Hungry heart» desprovisto de acentos sobados al incorporarse al ciclo de canciones para el que fue concebido.

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La tripleta «Out in the street», «Crush on you», «You can look (but you better not touch)» nos envió a la lona. Como tantos otros, puedes considerar que fue una pena que incluyeran en The river algunas de estas muestras de frat-rock (en la onda de «Twist and shout», etc.) despendolado y a ratos tontorrón, en detrimento de otras canciones más graves, pero amigo, incrustadas una tras otra imponen. En el rock and roll hay sitio para recogerse el alma y sobrevolar pastos de extática belleza, y también para la trompa de cascabeles, las chispas a discreción, la fundición de risas y los bailes de madrugada que hagan crujir tus huesos; en «Out in the street», etc., cantadas con la entonación y la velocidad perfectas, tenías la muestra. O como acabo de leerle a alguien en Backstreets hace cinco minutos, (esas canciones) «demostraron el domingo que gran disco es The river. Una perfecta mezcla de luz y oscuridad. Nadie que estuviera en el Garden podrá negar la pura diversión que procuró escuchar esas «tontas» canciones de rock, y al cabo de eso se trata, ¿no?».

De eso se trata, sólo que encima puede mejorar si eres un Bruce Springsteen poseído por los demonios, alternativamente, de Little Richard, Sam Cooke y Elvis Presley, y lo siguiente que haces es agarrar unas maracas y marcarte, en plan baladista consumado, una aterciopelada versión de «I wanna marry you» que abre la espita de los sueños y acciona los sístoles de la nostalgia, sostenida, una y otra vez, por los colchones que la E Street Band cose. Te baña con restos de otras vidas. Te inunda con el recuerdo de tantos vinilos soul, con el romanticismo urbano, decadente, grafitteado, sucio, como de fotograma robado a Canción triste de Hill Street o instantánea tomada por Robert Frank que se hubiera escapado de la exhibición que el MoMA dedica a Los Americanos.

The river, más extenso que cualquier biografía, iba a afrontar entonces uno de sus momentos cruciales con su canción señera. Interpretada sin los arreglos perezosos de la gira de reunión (1999/2000), te deja tieso, mudo, mientras Springsteen gasta voz de granito y los aullidos finales, terribles, sumían al pabellón en un estado hipnótico que enlazaba con los parajes de sepulturas y ceniza que sobrevuelan Nebraska. El duende viciado de tristeza no abandonó entonces el escenario. Palabras mayores: «Point blank», esa violencia en las frases, la sobriedad del tono, el velo de humo fabril y llano enlutado que recorre el espinazo de un tema interpretado con menos brusquedad que en el disco, esponjado de silencios, que te vuela los sesos y te deja boca abajo en el cemento, incapaz de asimilar que hace un minuto que ha terminado y que ahora suena «Cadillac ranch». Divertida, roncanrolera, ejecutada con ganas, pero, quién sabe, puede que un peldaño por debajo de «I’m a rocker», que en directo muestra sus pezuñas de bestia parda, de mula inyectada con el enloquecido ántrax parido por Sam Phillips y cia., y que abrió paso a una escalofriante revisión de «Fade away» rematada con Springsteen de rodillas, y una estelar «Stolen car».

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A su lado, «Ramrod» requirió de toda la energía posible para remontar. «Fade away» y «Stolen car» (que no cantaba desde hace un cuarto de siglo) expulsan demasiada imaginería atroz y demasiadas calles pintadas de ocre, demasiados cubos de basura, pulseras rotas, fotografías veladas, como para ponerte a botar en cuanto acaban. El lento resbalar por los tres inolvidables escalones que encofran The river, «The price you pay», con su evocadora música y sus reminiscencias folk-rock, hermana candente y tímida de «The promised land», «Drive all night», más majestuosa, si cabe, que nunca, y en la que Clarence derrochó un solo doble e hirviente, repetido y estremecedor, y «Wreck on the highway», bellísima decantación country, olvidada, como «Stolen car», desde la gira del Born in the USA, en la que el protagonista, aterido, rememora cristales machacados y charcos de sangre abrazado al silencio mientras su chica duerme, la sucesión de esas tres piezas de orfebrería emocional, digo, remató la partida con una mano de ases.

¿Cómo te las apañas para proseguir? En 2009, claro, con «Waitin’ on a sunny day».

«Atlantic City», inesperada, recuperó el paso firme, y «Badlands» y «Born to run» hicieron honores a unos homenajes que incluyeron la trepidante «Seven nights to rock», clásico rockabilly firmado por Moon Mullican, el himno de Arthur Conley y Otis Redding «Sweet soul music» que en 1967 declaraba su amor por Sam Cooke, Wilson Pickett, James Brown, etc., y «Can’t help fallin’ in love», clásico de Elvis que, como «Sweet soul music», solía aparecer en los directos de la gira Tunnel of love, a finales de los ochenta. Con «No surrender», o el toque spectoriano, «American Land», «Dancing in the dark» y «Higher and higher» acabó la noche en la que Bruce Springsteen y la E Street Band volvieron al río, al caudal azul lamento que fue «Una puerta hacia el futuro. Escrito y grabado durante un periodo de recesión (…) Entonces, como ahora, mucha gente lo estaba pasando mal. The river condujo a Nebraska, Stolen car, a Tunnel of love. En este disco quise mantener y seguir a los personajes del Darkness on the edge of town».

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Dicen que Springsteen y Landau especulan con publicar en DVD las dos citas del Madison, que sus obligaciones contractuales los obligan a empaquetar material con carácter de urgencia, que unos conciertos grabados en 2009 seducen más a los contables y conjuran, de paso, el miedo a ser considerado un acto nostálgico. Ok. Lo entiendo. De paso, afirmo: constituiría un error trágico si, en vez de ser complementarios, sustituyen a un lanzamiento de la caja conmemorativa de Darkness o una futura de The river. Y eso que, aún quedando muy lejos, en términos de importancia artística, de los directos de 1976-77, 1978 ó 1980-81, el pasado fin de semana me ha servido para recordar porqué comencé a escucharlo y porque, después de tantas decepciones, tantos y tan blanditos Working on a dream, tanto estadio de mierda y tantas ceremonias repletas de guiños tópicos y tanta profesionalidad mecanizada y tantos niños cantando y tantos recopilatorios paridos en Wal-Mart, etc., todavía salgo a la calle dando vítores al dios de las seis cuerdas y diciendo «Oh, boy», cual Buddy Holly, cuando al muchacho de la calle E, casi abuelo, le da por convidarnos a ese licor colorista y convulso, whisky eléctrico o alucinada cerveza, a la que unos tipos en Memphis, allá por los cincuenta, llamaron rock and roll.

Quién lo viera en Nueva York, el 7 y 8 de noviembre de 2009, sabe de lo que hablo.

Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»

Las noches mágicas (2)

por Julio Valdeón Blanco

La primera noche acudimos hechizados.

Cómo no, si después de casi un año de dar la matraca con «Outlaw Pete» y demás sobreactuaciones melódicas Springsteen pondría en pie un disco colosal.

Hacía frío, y a la puerta del Madison la cola bajaba por las escalinatas de la Séptima y giraba hacia la 34. Los días previos fueron frenéticos, con todo dios en Backstreets y foros similares dándole a la pandereta de la histeria. Las entradas, que el día antes de anunciarse el prodigio todavía eran fáciles de encontrar, volaban en la reventa a precios abusivos.

Sentado tras el escenario, sección 318, bebí a sorbos cortos una cerveza y aguardé a que arrancara el concierto. Que empezó con Bruce avisando que la ocasión era única y lanzándose a bocajarro en pos de «Thundercrack«, inédita de The Wild, the innocent & the E Street shuffle que abría inmejorablemente el repertorio. La poderosa «Seeds» y la siempre bienvenida «Prove it all night» anunciaban una noche memorable, si bien el pistón bajó de revoluciones cuando ensayó sus paseítos entre el respetable al son de «Hungry heart» (que canta sofocado por culpa de las exhibiciones físicas, las carreritas y el insufrible ritual de surfear sobre la multitud) y, bueno, «Working on a dream», que no está taaan mal, con ese punto orbisoniano que en directo refuerzan los coros, pero tampoco, ni mucho menos, deslumbra.

Pasado el relativo bajonazo, ejerciendo de improvisado director de una sección de vientos que reproduciría fielmente la metálica cacofonía que abre su disco del 73, Springsteen iniciaba los acordes de una exuberante versión de «The E street shuffle». «4th of July, Asbury Park (Sandy)» conoció una recreación de recta y sabrosa hondura, más cercana, por increíble que parezca, a la versión original que a la que ha venido interpretando en directo desde que la publicara. «Kitty´s back» (con mucho, lo mejor del concierto del Giants de hace un mes, cuando tocó el BITUSA), arrolló entre zarpazos soul, improvisaciones desatadas y solos de Charles, Curt Ramm y el propio Bruce. Menos enloquecida, quizá, que en otras ocasiones, pero se trataba de encajarla en el fluir del disco, no de una rara avis fuera de contexto.

Mecidos por el poderío negroide de unas canciones que rebosan grasa, espumeantes de guiños a Stax, Ray Charles, Van Morrison y Atlantic, podías jurar que quizá no fue tan buena idea enfurruñarse con Appel, que el rumbo artístico previo al Born to run no era tan alocado como barruntó Landau. «Wild Billy’s Circus Story», que ya escuché hace unas semanas durante su actuación en el Apollo junto a Elvis Costello, recuperó el ambiente de feria, caballos de cartón y farolitos de papel de una obra que tiene la mitad de su corazón radicado en la costa de Nueva Jersey y la otra mitad en una Nueva York mítica, reventona de ángeles caídos, chupas ensangrentadas, rascacielos multicolores y cocodrilos con librea, como muy bien había explicado su autor.

«Incident on 57th Street», limpia y caliente, derritió los aceros del pabellón, con la banda marcando el trote con un trueno de notas en cada mano, reúniendo las mejores virtudes del escritor de entonces, el lirismo líquido, la imaginería romántica, el ambiente a lo West Side Story, la convicción en el cante y el crujido estrangulado de una guitarra solista que echa humo. Mágica. Mucho más si, tras apagarse el último rescoldo, suena «Rosalita (come out tonight)», con sus riffs juguetones, su saxofón titilante, sus subidas y bajadas por una montaña rusa que perfecciona el método ensayado en «Thundercrack» para enloquecer a la audiencia, recuerdo de cuando tocaban en bares, hace siglos, y necesitaban temas imparables , vacilones, frenéticos, para enganchar a la audiencia. Todavía enamora su letra zumbona y juvenil, soñadora, desplegando el eco rabioso del adolescente convencido de que tiene ante sí la gran oportunidad, el contrato del millón de dólares. Repetida mil veces en tiempos, olvidada durante años, «Rosalita» es un extraño y delicioso ejemplo de canción despreocupada, concebida para que bailes o rías, y al mismo tiempo alejada de los clichés rockistas. Dicho de otra forma, puedes escucharla mil veces y no aburrirte nunca, algo impensable en el caso de sus bises más trillados.

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A la fiesta callejera de Rosie le sucedió la rarísima (por lo poco que se prodiga), majestuosa «New York City serenade». Desde las primeras notas desplegadas por Roy Bittan se veía a la legua que rematarían la faena por lo grande, arrobados de estar tocando unas canciones tan jodidamente buenas sin pedir disculpas por ello, convencido Springsteen, por una vez en la vida, de que el público también disfruta con sus gemas menos previsibles. Fue una interpretación pletórica. Volaba como un murciélago fluorescente o un flechazo de rímel sobre la ciudad a la que el músico, siendo adolescente, escapaba cada vez que discutía con su padre. A una obertura sensacional al piano, de esas que pinzan los nervios con cada nota, le siguió un cantante que parecía rejuvenecido, casi transportado al instante en el que por vez primera enchufó la Fender y registró ese maremoto de calles retorcidas, mujeres subacuáticas, cubos de basura, soledades verticales y luces amarillas: el mejor cierre posible para un disco que había sido recreado con precisión no exenta de riesgo y exactitud millonaria en matices, muy lejos de la facilidad hiperprofesional o las versiones amojamadas que otros intérpretes regalan cuando toca sacarle brillo al canon, panorámica y sentimental, enorme.

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Inmediatamente después caía «Waiting on a sunny day», y, curioso curioso, no resultó tan anticlimática como otras veces. Homenaje, según ha reconocido, a Smokey Robinson, «concebida para el que público cante conmigo», es una afortunada y chispeante declaración de optimismo que quedaría mejor si la alternara con otras canciones de su especie (tipo, pienso, «Girls in their summer clothes»), si bien, ya digo, esta vez funcionaba sin problemas, quizá porque habíamos acumulado suficientes provisiones en forma de temas épicos.

«Raise your hand», que abre el capítulo de peticiones, recibió el tratamiento completo, con Springsteen cantando la letra y redondeando el sentimiento soulero que desprendía a chorros el repertorio. «Does this bus stop at 82nd street?», tan zumbona, y «Glory days» (en honor a los Yankees, campeones de las Series Mundiales de beisbol), que postula el A-B-C del rock’n’roll sin pretensiones y siempre sube enteros cuando reparas en la melancolía de su letra, se balancearon codo con codo en complicado pero lustroso equilibrio.

«Human touch», que no me gustó en disco y sigue sin gustarme demasiado ahora que algunos la reivindican, abrió la espita de lo previsible, esa sucesión que empieza en «Lonesome day», prosigue con «The rising» y desemboca en la siempre maravillosa pero mil veces escuchada «Born to run», y «Wrecking ball» (a la que me referiré al hablar del segundo concierto), «Bobby Jean», «American land» y «Dancing in the dark» sonaron mejor, menos desgastadas que de costumbre debido a la euforia desatada con anterioridad. No importaba (no demasiado) ser arrullado con sus piezas más comerciales, con los himnos quemados: te había conquistado antes, merced a la catarata de relámpagos que custodia The Wild, the innocent & the E Street shuffle; y el resbalón por la pendiente del estribillo azucarado resultaba agradable.

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«Higher and higher», inmortal pieza de Jackie Wilson que no tocaba desde el 77 y que ha recuperado en la parte final de esta gira, puso un apropiado broche a un aluvión de rock inmejorable en el que sólo duele, puestos a torturarnos, que las mejores canciones tengan más de un cuarto de siglo. Da que pensar, pero también confirma que somos unos puritanos, que a lo peor solicitamos cualidades casi divinas a un simple mortal y despellejamos a nuestros héroes en cuanto levantan el pie del acelerador, olvidando que, rodeados de tantos enjambres de podredumbre y mesianismo bastante tienen con sobrevivir cuerdos, con entregar de vez en cuando discos tan espeluznantes como The ghost of Tom Joad (de calle, lo mejor que ha grabado en los últimos veinte años), con no sucumbir frente al reflejo de un pasado imposible de igualar por cuanto los años no perdonan y el hambre, las ganas de comerse el mundo, hace siglos que yacen enterradas. Bastante logra Springsteen entregando un concierto como éste, obscenamente bueno aún a pesar de ciertos reparos.

Leer Parte 3

Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»

Las noches mágicas (1)

por Julio Valdeón Blanco

Escribía Lester Bangs, añorado crítico de rock, que «Tanto como el producto grabado, la escena de los conciertos de rock and roll parece increíblemente insana estos días». ¿Pesimista? Quizá, pero lo hacía de hinojos, el 12 de noviembre de 1970, tras haber asistido a los conciertos que unos imbatibles Rolling Stones ofrecieron durante dos días consecutivos en el Madison Square Garden. Casi cuarenta años después sus palabras suenan proféticas, con la industria herida y sin saberse ya muy bien si sobrevivirá o si tiene sentido, mientras Bruce Springsteen, uno de sus últimos iconos, tomaba el escenario del Madison para retomar tan maltrecha promesa, marcándose, de paso, dos de sus discos más importantes.

Un asunto, el de ofrecer íntegros discos clásicos, que varias estrellas han repetido en los últimos tiempos. ¿Oportunismo o moda? ¿Validación legítima de viejas hazañas o revitalización creativa del fondo de armario? Mmm. En el caso de Van Morrison y Astral weeks se habló de tocar una obra clásica y poco frecuentada en directo. Algo similar habría espoleado a Lou Reed cuando revisitó Berlin.

Respecto al autor de «Used cars» o «Long walk home», que durante el último mes venía tocando Born to run, Darkness on the edge of town y Born in the USA (BITUSA en adelante), desconocemos sus razones últimas, si bien cabe especular con motivos crematísticos (o sea, relacionados con la necesidad de agotar las entradas ahora que finaliza la gira), con una hipotética y fastuosa despedida de la E Street Band (lo dudo, aunque quizá no sería mala idea) o, también, con el hecho de que tras tanta morralla destinada a complacer a los espectadores ocasionales, luego de conciertos y conciertos que oscilan entre lo sublime y lo populista, decidiera complacer a sus fans más dedicados, a quienes saben qué significa Winterland (apoteósico concierto de diciembre de 1978, mil veces pirateado) o «Sad eyes» (sublime interludio en mitad de Backstreets durante el tour de Darkness), y también, por qué no, a los que sin necesidad de doctorarse aprecian la diferencia entre «Johnny 99» y «The rising», «Dry lighting» y «Bobby Jean», «The wish» y «Human touch», «Point blank» y «Working on a dream», etc., o sea, entre la faceta arrebatadora y la convencional de un artista que desde el 84 vive desdoblado entre su musa, tanta veces sublime, y el rock corporativo. No digo que a ratos no encontráramos, ay, guiños machacones o enervante blandenguería, sino, más bien, que dado que unos discos asombrosos ocuparían buena parte de los conciertos, había menos margen o espacio para estrellarse.

El sábado 7 estaba reservado para The Wild, The Inocent and the e Street Shufftle (1973), catálogo completo y soberbio del Bruce desajustado y genial, proteico y lírico, enamorado de Morrison y alentado en su divina verborrea por Mike Appel en el papel del Bautista. Muchos lo consideran su mejor disco. Otros tantos, donde sí figuro, opinan que se trata de un plástico genial, irregular y apabullante (la cara B, insuperable).

Al día siguiente, domingo 8, piafó un animal completamente distinto. En The river (1980) asoma más la herencia Stone y el fulgor de la Invasión Británica, la de Aftermath, y también el aprovechamiento que Bruce había hecho del cancionero de Hank Williams y otros trovadores diplomados en óxido, así como los ecos del soul. De alguna forma, The river supone un compendio de todas las músicas que conforman el rock, de todos los afluentes que irrigan la obra de Springsteen, y mientras por un lado demuestra que podía alternar en un mismo disco la faceta despreocupada o cachonda con otra más intimista, urgente y sombría, por el otro abría puertas a una nueva y elaborada forma de escribir, un vocabulario oscuro, casi tenebroso, que alumbraría en años sucesivos piezas como el Nebraska.

Ambos conciertos, tomados en su conjunto, demostraron hasta qué punto su repertorio resulta apabullante con independencia de ciertos vicios muy arraigados. También confirman cómo los mejores autores post/Dylan hicieron del LP algo más que un contenedor informe de canciones. Su elección, el orden, etc., tenía sentido. Tomado de forma panorámica contaba una historia. Daba voz, sonido, humor, desgarro, perfume y ambiente a unos personajes; los acompañaba desde el primer tema.

Fue una gran conquista, al otorgarle alas al autor, poner en solfa la apariencia light de la nueva música y permitir crear una cosmovisión que en el caso de los más grandes (Lennon & McCartney, Brian Wilson, etc.), trascendía con mucho el papel simpático pero menor atribuido al género. Sgt. Pepper’s, Pet sounds, Blonde on blonde, Let it bleed, o What´s going on aprovecharon la oportunidad y demostraron que en el formato largo podrían fructificar ambiciones similares a las de la novela o el cine de autor, y así ha sido durante otros cuarenta años, hasta que con la descarga masiva de bibliotecas sónicas y el iTunes, o sea, con la revolución digital, parece que volvemos a la canción como «unidad básica de medida» (Diego A. Manrique dixit), librándonos de no pocos espasmos metafísicos pero también de cualquier atisbo de trascendencia artística más allá de los tres minutos. Una cosa es escuchar canciones de The Wild o The river aquí y allá, y otra, bien distinta, escuchar todas, en fila india y por orden.

Tiene bastante sentido que Springsteen toque discos completos. Se trata de uno de los campeones del moribundo formato. Capaz de descartar una tremenda cantidad de canciones si no encajaban en la narrativa con la que trabajaba, ha entregado obras de asombrosa coherencia. Acostumbrados a que sus conciertos sean ya una sucesión deslavazada de trallazos emocionales, rarezas, versiones afortunadas o no y guiños demagógicos, olvidados ya los repertorios calibrados al milímetro de antaño, los recitales del pasado fin de semana suponen un acontecimiento. Todo sonaba ajustado. Canción tras canción no había hueco, al menos mientras duraran los discos, para las bagatelas penúltimas, los tropiezos, los saltos. Nunca, excepto en los piratas de las giras anteriores al BITUSA o en los recitales acústicos (que aquí no cuentan) habíamos escuchado, de una tacada, tal sucesión de gemas (Thundercrack, Kitty´s Back, Incident, New York City serenade, Independence day, The river, Point blank, Fade away, Stolen car, The price you pay, Drive all night… uf).

Sí, la recreación de Darkness on the edge of town el 2 de octubre en el Estadio de los Giants fue tremenda, pero aquello sucedió en un estadio, y los estadios son eso, simpáticos estercoleros a cielo abierto donde el personal aprovecha Something in the night para mear la tercera birra. Cobijados en el legendario Madison, casi recoleto si lo comparas no ya con muchos estadios sino también con no pocos pabellones, hablamos de una experiencia inédita, y a la postre histórica.

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Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»

El mejor espectáculo del Mundo

Por Belén Teruel
fotos (concierto Valladolid): Raúl Nieto

Poco podía imaginar el domingo por la tarde que estaba cerca de asistir al mejor espectáculo del mundo. El mejor espectáculo musical del mundo. El viaje de Barcelona a Bilbao para verlo iba a ser una de les mejores experiencias vividas “con y “gracias a” El Boss. Estaba a punto de empezar el primer concierto en España de la gira Working on a Dream.

Después de un fin de semana intenso con Clara, Carles y Luzma visitando Bilbao (y tomando primero unas tapillas en Logroño), por fin llega el momento de entrar en el estadio de San Mamés, la Catedral, y de buscar los asientos desde donde iba a vivir una experiencia prácticamente indescriptible. Era el momento de disfrutar de la gira Working on a Dream de Bruce Springsteen & The E Street Band. Esta vez Barcelona había quedado fuera, pero sin dudar ni un momento compramos las entradas para desplazarnos a Bilbao y poder ver el que después ha resultado ser “el mejor espectáculo del mundo”.

Con unos 25 minutos de retraso empieza la sesión. Nils Lofgren salta al escenario y aparece con un acordeón. ¿Qué es esto? Ostras… ¡es ni más ni menos que «Desde Santurce a Bilbao»! San Mamés ruge. Ya estamos de camino al bolsillo del Boss. Ha elegido una pieza popular que todo el mundo conoce, todo el mundo canta. La gente se ríe y me doy cuenta de que la noche de hoy será “especialmente especial”. No me equivoco.

Bruce aparece en el escenario acompañado por Clarence Clemons, y saluda con un “¡Kaitxo Bilbao!” que hace que el público estalle. Entonces empieza el repertorio de la noche, y la canción elegida para hacerlo es «The Ties that Bind», una canción que me transmite buen rollo y que me anima (más aún) a dejarme llevar y sorprender por el viaje rockero que Bruce me ofrecerá durante unas cuantas horas. Él sabe, como no he visto hacerlo a ningún otro artista, arrastrar a todos los que asistimos a sus conciertos a lo más profundo de su bolsillo. Un paso más lo consigue con «Badlands», y el camino está prácticamente recorrido cuando empiezan los acordes de «Hungry Heart». Como es habitual, el Boss nos cede la palabra. Nos deja cantar a nosotros la primera estrofa de esta canción que habla de corazones hambrientos. Los nuestros, los de los 36.000 seguidores que llenamos San Mamés, también tienen hambre. Queremos masticar la música de Bruce Springsteen y la E Street Band.

La exhibición continúa con la épica «Outlaw Pete», que me provoca los primeros síntomas de piel de gallina gracias a la portentosa voz del Boss. “Can you hear me?”, grita. Paisajes desérticos de Estados Unidos pasan por la pantalla que ocupa la parte trasera del escenario, mientras Bruce se coloca un sombrero de cowboy para interpretar la parte final de esta canción, una de mis preferidas del último álbum.

Yo ya estoy en su bolsillo, pero los que aún no han entrado lo hacen cuando suenan los primeros acordes de «Working on the Highway», que acaba de levantar de sus asientos a los que habían osado sentarse. La canción empieza con el toque impecable de Max Weinberg a la batería. Bruce se refresca y acaricia la guitarra con fuerza mientras se acerca al micrófono situado en la pasarela inferior del escenario, que permite a los afortunados de las primeras filas ver de muy cerca todos sus movimientos y sus caras divertidas. Incluso se apoya sobre los que están más cerca de él. Nosotros, el resto, cantamos y bailamos la que seguramente es una de las piezas más coreadas de la discografía del Boss.

Sin pausa llega otro tema del álbum Working on a Dream; es la canción que da título al disco. En medio de ella, entre aplausos y vítores, Bruce se dirige de nuevo a todo el mundo en castellano: “¡Kaixo Bilbao! ¡Buenas noches, Bilbao! ¡Qué bueno veros! Esta noche vamos a liarla con música, con espíritu y con ruido! ¡Nosotros ponemos la música, vosotros ponéis el ruido!”. El estadio se viene abajo. El estrépito es ensordecedor. Sabemos que dice la verdad.

La intensidad musical de Bruce Springsteen y la banda de la calle E aumenta con «Murder Incorporated». La fuerza de las guitarras y la voz desgarrada del Boss se unen perfectamente a los coros de los espectadores. La canción se enlaza con una versión fabulosa de «Johnny 99», con un aire más roquero que el de la versión grabada en Nebraska y donde piano, teclados y violín transmiten una magnífica sensación. La fiesta es ya desenfrenada. Yo sudo, hace calor en San Mamés, pero ya no sé si es la temperatura de julio o el calor que desprende Bruce Springsteen. Además, intuyo que estoy viviendo uno de los mejores recitales de rock’n’roll que hasta ahora me ha regalado. El Boss no nos deja descansar, y nos invita a corear unos “¡Uh, uh!” que simulan las locomotoras de los trenes, mientras él no deja de sonreír y de tocar la guitarra. Bruce y Stevie juegan con sus guitarras mientras hacen un parón momentáneo en la canción.

«Because the Night» es la siguiente canción del set list, la pieza que Bruce Springsteen compuso durante las sesiones de grabación del álbum Darkness on the Edge of Town pero que es famosa en todo el mundo también por la interpretación de Patti Smith. Bruce nos regala esta excelente canción, con exhibición de Nils Lofgren incluida, que sigue provocando la vibración de la grada y el césped de San Mamés. Después llega una de las sorpresas más emocionantes de la noche: «Factory». La guitarra acústica, el piano, la armónica y la magnífica voz de Bruce consiguen hacer que me siente unos minutos, y aislarme del resto por primera vez en este concierto. Vuelve la piel de gallina a mis brazos…

La armónica vuelve a protagonizar los siguientes momentos de la noche. Es el principio de «This Hard Land» encanta esta canción. Me emociona especialmente. Aún estoy recorriendo el camino de vuelta a la Tierra cuado me doy cuenta de que empieza otro tema: es «Raise Your Hand», una canción que siempre presagia que alguna cosa pasará, además de las manos arriba de toda la audiencia, el público, los amigos de Bruce, que no descansan porque el Jefe no lo permite. “Yo hago el concierto, pero éste no es posible sin vuestra colaboración”, parece pensar. Así que a mitad de la canción vuelve a acercarse a las primeras filas para hacer la que es ya un ritual habitual de las últimas giras: recoger carteles y pancartas varias de las primeras filas de afortunados para empezar a plantear las canciones que tocaran él y la banda a petición de los fans. Recoge decenas de ellas, que mira con cara de alegría e ilusión, la misma alegría e ilusión que debe de ver en todas las personas que tiene ante él.

En seguida elige la primera. Es una flor de peluche con una fotografía en medio: la señala, la enseña a cámara. Se ve una foto en blanco y negro donde salen Papá Noel y un niño pequeño. Entonces grita: “Is that me? Is that Santa Claus?”, y después suenan los acordes de «Santa Claus is Coming to Town». Me gusta muchísimo esta canción, y por supuesto no esperaba oírla en directo en pleno mes de julio. ¡Qué gracia! ¡Qué sorpresa más insólita y más agradable! ¡Bruce, eres un c
rack! ¡¡¡Gracias!!!

El relevo lo toma, a mi parecer, la más esencial de todas las canciones escritas por Bruce Springsteen. La más grande, la más bonita, la más emotiva, la más evocadora, la historia más fabulosa de esperanza, de idealismo, de espíritu joven y de vida: «Thunder Road». La carretera del Trueno. En este momento pienso cómo de importantes debemos de ser nosotros para Bruce Springsteen, un hombre que nos está dando lo mejor de él mismo, que nos está obsequiando con un repertorio fantástico, espectacular. Tengo la sensación de que con «Thunder Road» ya no cabemos todos en su bolsillo. Estamos inflados. Nos deja cantar, nos anima, se ríe. “Oh, oh, come take my hand (…) I know it’s late but we can make it if we run”. Nos invita a unirnos a sus expectativas de vida, y nosotros estamos con él, hemos saltado al asiento de su coche, dispuestos a llegar con él hasta el final en su viaje por la carretera del Trueno y por todo lo que nos proponga.

A partir de este momento de la noche, soy plenamente consciente de la posibilidad de estar viviendo un acontecimiento musicalmente histórico. Después de «Thunder Road» nos espera «Does this bus stop at 82nd Street?», una nueva sorpresa. Sencillamente brillante. Una canción que prácticamente sentenciaba el concierto como memorable. Sin tregua (como es habitual), la fiesta sigue con «My love will not let you down», con un Max Weinberg de nuevo pletórico, que da paso a uno de los momentos más emotivos de la noche: el turno de «Waitin’ on a Sunny Day». Desde la primera vez que escuché esta canción en directo, allá por el año 2002 en el Palau Sant Jordi, se ha convertido en una de las que para mí son imprescindibles en los conciertos de Bruce Springsteen y la E Street Band. Y no es una afirmación gratuita, porque siempre, cada vez que la tocan, sucede algún detalle especial. El domingo el protagonista de ese detalle fue un niño que estaba en las primeras filas. Primero, cuando el niño, con una cara de emoción para la que no tengo palabras, besa en la mejilla a Bruce. El Boss se ríe, y se agranda. Después, cuando Bruce se vuelve a acercar a él y le cede el micrófono: “I’m waitin’, waitin’ on a sunny day, gonna chase the clouds away, I’m waitin’ on a sunny day”. El niño acaba subiendo al escenario a petición de Bruce, para que pueda saludar al público, que lo aclama con una gran ovación. Yo me pregunto quién está más emocionado, si el niño o el propio Bruce Springsteen, que además decide regalarle al niño su armónica.

Me seco las últimas lágrimas mientras reconozco las primeras notas de «The Promised Land», una de mis canciones preferidas. En momentos bajos, la escucho y me animo. Siempre. Irremediablemente. Escucharla en directo me traslada nuevamente a otra galaxia. Otra vez la armónica. Otra vez una letra sublime, y otra vez la voz sin igual de Bruce Springsteen, que hoy está pletórica de fuerza, registros y pasión. Si no supiera que es imposible, pensaría que el concierto está especialmente dedicado a mí…, y más aún cuando acaba «The Promised Land» y empieza «The River». Recuerdo que quiero sentarme, pero no puedo. Me quedo allí, inmóvil, mirando a Bruce y escuchando la canción, y noto cómo la emoción me sobrepasa y se me escapan unas lágrimas. Esta canción provoca en mí un efecto difícil de definir. Su principio hace saltar mi corazón, y a partir de entonces entro en un estado en que creo que no existe nada más que Bruce Springsteen y yo misma. Él, con su voz profunda y dulce a la vez, emotiva y salvaje, y yo, hipnotizada durante unos 6 minutos.

Después de «The River» el concierto entra en una fase de locura desenfrenada. Primero explota la eléctrica «Radio Nowhere», seguida de «Lonesome Day» y «The Rising». El estadio vibra sin parar, preparándose para la famosa “comunión” entre el público y la banda, que llega a continuación con la magnífica «Born To Run». Reconozco la Fender, y aviso a Luzma: “ahora tocará Born To Run…”. Y Bruce consigue de nuevo que levantemos los brazos, que los hagamos subir y bajar, que los movamos a izquierda y derecha, que cantemos la canción de principio a fin. Que todos seamos uno. Que haya una energía devastadora en San Mamés, una energía que ya no parará hasta el final del concierto y que, cuando acabe, nos acompañará durante unas cuantas semanas. Como siempre.

Así, llega la hora de empezar los bises. Pero eso Bruce lo hace también sin pausa, de manera que, una vez más, nadie tiene tiempo de descansar. En seguida nos explica que a continuación empezará a sonar una canción de Chuck Berry. Es otra petición que se convierte en toda una sorpresa. Se trata de «You never can tell», que es coreada y bailada por todos los espectadores como si se tratara del éxito más comercial de Bruce Springsteen & The E Street Band. Bruce y Soozie Tyrell se marca un baile improvisado. Él se está divirtiendo tanto como nosotros. Miro a mi alrededor y veo unos señores y señoras de unos “60 y algo” (¡madre mía, poco más mayores que Bruce!), que no han dejado de moverse durante todo el concierto. Y que no tienen intención de hacerlo. Y sonrío. Adoro lo que Bruce Springsteen es capaz de conseguir, y lo admiro muchísimo.

Después de «You never can tell» llega otro momento estelar de la noche (¿más?): «Jungleland». Nueva exhibición vocal del Boss, y espectacular solo de saxo de Clarence Clemons que, aunque muestra signos de no muy buena salud, sigue siendo el mejor y el “más grande” saxofonista. Definitivamente, el concierto es memorable, espectacular, impecable. El escándalo absoluto llega con «American Land». Siento que no puedo parar de bailar, de saltar y de gritar. La diversión es total, el estadio está a punto de derrumbarse… A la canción le sigue el siempre divertido show de Bruce y Stevie, donde Bruce da a entender que ya no puede más, que está agotado, y en el que Stevie lo anima a continuar, echándole agua y señalando al público, que acaba con los dos riendo a carcajadas.

El concierto está casi a punto de terminar, pero aún tienen que venir más sorpresas. No puedo creer lo que Bruce está diciendo: “Rosie, ¡sal esta noche!”. ¿Qué? ¿¡Ahora «Rosalita»!? ¡¡¡Madre mía, este concierto es increíble!!! Así que, otra vez, noto que mi corazón está a punto de salir por mi boca. Estoy exhausta, pero este hombre tiene el poder de motivarme y emocionarme mil veces seguidas, si hace falta. «Rosalita (come out tonight)» es otra petición de los seguidores de Bruce Springsteen. Y Bruce Springsteen parece estar eligiendo sólo aquellas peticiones que podría haber hecho yo… ¡qué ilusión!

El mejor espectáculo del mundo está llegando a su fin. «Dancing in the Dark» es la penúltima canción. Bruce canta y se ríe, se ríe mucho. Está contento. Mira a su alrededor y ve un cartel donde dice, en inglés: “soy bajita, sácame al escenario”. Sin pensarlo demasiado, se acerca a la zona donde está el cartel, hace una señal a la chica y ésta sube al escenario. Abraza al Boss con todas sus fuerzas, durante un buen rato, y él responde de la misma manera, sin dejar de sonreír. Tengo que confesar que me muero de envidia… pero me alegro por la chica. Me pregunto si Bruce hubiera hecho lo mismo si estuviera Patti en el escenario…

La magnífica versión de «Twist and Shout», que ya fue final de concierto el año pasado en el Camp Nou, es también en Bilbao la canción elegida para poner el punto y final a algo más de tres horas de fiesta… ¡y qué fiesta!

Y es que este hombre es un art
ista grande… muy grande…

La lió… ¡vaya si la lió!

Sé que “el efecto Bruce” me durará muchos días. Incluso semanas. Como siempre. Pero esta vez tengo la sensación de haber asistido a uno de los mejores conciertos de Bruce Springsteen & The Street Band. Uno de los mejores por diferentes motivos: primero, la ubicación de nuestros asientos ya me hizo pensar que lo iba a pasar muy bien. Estábamos bastante cerca, con opción de ver al Jefe correr por el escenario y bailar. Además, las pantallas estaban perfectamente encaradas hacia nosotros. Después, el inicio del show, con «Desde Santurce a Bilbao» era un presagio del buen rollo que se iba a vivir y respirar en San Mamés.

Lo que no esperaba, porque siempre es una incógnita, es la espectacular selección de canciones que nos iba regalar Bruce en Bilbao. San Mamés se convirtió en la Catedral de la Música, en la Catedral del Rock. Y, además, disfruté de un Bruce Springsteen pletórico de energía, de fuerza, de buen rollo, de entrega. Disfruté de una persona cercana que propone un espectáculo cercano, lleno de gamberradas varias y de guiños al público, donde el público tiene una gran responsabilidad sobre como transcurrirá el concierto. De una persona que, a pesar de estar a punto de cumplir los 60, tiene una energía de 35. Un tío que en sus directos demuestra desde el minuto 1 que no va a hacer ningún recital, sino que va a pasarlo bien y a hacer que los demás lo pasen aún mejor. Un hombre que es capaz de conectar con su público desde el principio hasta el final.

Un artista inmenso, que es capaz de emocionar a miles de personas, que es capaz de sorprender en cada concierto, que es capaz de motivar estadios enteros sólo con su buena música y su carácter abierto y distendido, con su cercanía y con su entrega, sin artificios. Un músico que hasta puede permitirse el lujo de llevar donde se proponga el espíritu navideño en pleno mes de julio, que se rodea de grandes músicos, que tiene una banda impresionante que ojalá nos pueda ofrecer muchas más noches de rock y de emoción como la del pasado 26 de julio.

Un músico que me acompaña en muchos momentos de mi vida, y a quien sé que yo también acompaño siempre. Porque yo siempre estoy dentro de su bolsillo.