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Bilbao: Looking for magic

por Mariano de la Torre

“El viajar es un placer que no suele suceder”. La inmortal rima de los celebrados poetas Gaby, Fofó y Miliki sigue teniendo hoy en día toda su validez, al menos en la vida del que firma estas líneas. Y es que lo de “no suele suceder” no es ningún eufemismo en mi caso: iba a volver a subirme a un avión después de veinte años. Ahí es nada.

El motivo: acudir a una de las liturgias que de tanto en tanto el reverendo Springsteen y sus acólitos imparten por esta zona del sur del viejo continente. Como esta vez Barcelona no había sido agraciada -muy bien acostumbrados estábamos- con una de estas ceremonias, convencí sin mucho esfuerzo a mi mujer para acercarnos hasta Bilbao en una escapadita de un par de días. Así pues y arrastrando penosamente mis instintos y temores de animal de costumbres al que no le gusta demasiado alejarse de su hogar, me lié la manta a la cabeza y me decidí a probar de nuevo, tras dos décadas de olvido, el que dicen sistema de transporte más seguro del mundo. Como casi cualquier otro aspecto en esta vida, el proceso resultó en una sucesión de experiencias de signo diverso aunque con un balance global bastante positivo.

La cosa empezó un poco floja ya que una de mis expectativas ante el viaje era visitar el famoso Duty Free del aeropuerto, esas tiendas que se encuentran en la zona de embarque y que se suponía que eran la pera porque estaban exentas de impuestos. Bueno, parece claro que esa filosofía ha pasado a mejor vida, ya que de gangas, ni rastro. Casi diría que al contrario porque oye, una novela a veintiún euros o un Pro Evolution Soccer de Playstation 3 a ¡ochenta y nueve euros! en vez de oferta parece un timo, sobretodo lo segundo.

Por cierto, un consejo: hay que ir al aeropuerto con dos horas de antelación. Ese detalle, que me parecía exagerado, lo entiendo ahora perfectamente. No hubo problemas para facturar la única maleta que llevábamos, pero no costaba demasiado imaginar las colas kilométricas en momentos de mucha afluencia -y los viajeros plasta como la tía que nos encontramos delante que no paraba de preguntar absurdidades a la mujer del mostrador-. Y los nervios que se tienen que pasar cuando la hora del vuelo se te echa encima.

Una vez pasado el trámite y tras el decepcionante paseo por las tiendas del aeropuerto, a esperar la hora de embarque. Y ésta, oh sorpresa, se produce un cuarto de hora antes de lo previsto. Tanto es así que al final el avión despega con diez minutos de antelación. Así pues, niños y niñas, llegad pronto al aeropuerto si tenéis que volar: nunca se sabe.

Siguiente experiencia: el avión. Vamos a ver. Yo suponía, en mi ignorancia aeronáutica, que un avión era un cacharro muy grande. Y seguramente, haberlos, haylos. Pero el Airbus 319 no entra seguramente dentro de esa categoría. Vaya lata de sardinas. Un servidor no es que juegue precisamente en la NBA. Tengo una estatura media normal y corriente. Pues bien, debo decir que la mayoría de ascensores me producen menos sensación de claustrofobia que el dichoso aparatejo. Incluso veo con renovada benevolencia los trenes de cercanías de dos pisos que siempre me habían parecido más cercanos al transporte de ganado que al de personas. Escuetos, por así decir. Repasando con mi móvil -ese juguete que sirve para todo- algunas de las fotos del viaje, vi algunas que había tomado el día anterior en el interior de un vagón de cercanías casi vacío. Y me pareció una fiesta de espacio comparándolas con las del avión. En fin, que aquello era muy pequeño, coño. Que no pude ni leer el libro que llevaba porque me lo tenía que poner tan cerca de la cara que me molestaba la vista.

Por suerte, volar de Barcelona a Bilbao es un suspiro de poco más de cincuenta minutos. Se pasa “volando” y perdón por el chiste fácil. Además, tuvimos suerte con el compañero de fila que resultó ser un bilbaíno bastante enrollado que finalmente nos acercó en su coche hasta el hotel en el centro de Bilbao, ahorrándonos unos cuantos quebraderos de cabeza buscando un bus o unos cuantos euros si hubiésemos tomado un taxi. Eso sí, antes de agradecer de corazón la hospitalidad vasca, se me pasó por la cabeza que podíamos acabar tirados en una cuneta y sin las entradas… aunque claro, como por aquel entonces aún no estaban en nuestro poder, la situación podía haber resultado interesante :-p

Pero bueno, son sólo jugarretas que me gasta de tanto en tanto mi calenturienta imaginación de inventor de historias.

Un poco antes de las doce de la noche del sábado veinticuatro de noviembre de dos mil siete, llegábamos al céntrico hotel -a un paso de El Corte Inglés de Bilbao- que nos albergaría durante unos días muy especiales…

… y que nos llevarían hasta una noche aún más especial.

He dejado pasar unos días. Era necesario. Estas cosas es mejor reposarlas un poquito.

Sí, claro. Como si eso fuera a darme una dosis extra de imparcialidad o algo por el estilo.

Es tiempo perdido. Hay ecos que no se apagan por mucho tiempo que pongas de por medio. Eso es lo que sucederá en mi mente con la magia que presencié el pasado veintiséis de noviembre en la ciudad vasca de Barakaldo.

Bruce Springsteen & the E Street Band. Live. Una garantía de emoción y pasión. Una provisión inagotable de momentos para el recuerdo.

Las luces se apagan. El rumor del público se convierte en rugido por la aparición intuida de los músicos sobre el escenario al son de un organillo de feria. Aún con las luces apagadas, el Jefe pregunta por dos veces “Is there anybody alive out there?”-¿hay alguien vivo ahí fuera?- antes de arrancar con una furiosa versión de «Radio Nowhere». La banda entra al galope, Springsteen pone la intensidad y comienza el viaje. Todo cobra sentido: todo el tiempo, el dinero y el esfuerzo invertidos en llegar hasta la misa de este particular culto rockero han merecido la pena.

Sin pausa, cambios de guitarras y una trepidante versión de «Night» se abre paso. Todo el mundo enchufadísimo. Bruce y Little Steven comparten micro por segunda vez en dos canciones. Clarence Clemons clava sus partes de saxo, y empalme directo con «Lonesome Day», con gran participación del público.

«Gypsy Byker» parece echar un poco el freno tras las primeras tres sin descanso. Error. Es un tema que va creciendo despacio, pero que trae uno de los
mejores momentos de la noche, con Steven y Bruce intercambiando solos inspiradísimos. Una autentica gozada y uno de los momentos inolvidables de la noche para un servidor. Muy grande Steven con un trabajo claro y precioso con la guitarra. Springsteen acaba la canción dándole un gran abrazo a su “Gypsy Guitarist”. Una imagen de amistad y cariño que tengo la fortuna de haber visto muchas veces entre estos dos tipos que tanto admiro. Me considero privilegiado una vez más.

El primer paréntesis en el ritmo llega con «Magic», el tema que da título al último disco y pieza básica en el mensaje de crítica que transpira todo él. Buena interpretación junto a una Soozie Tyrell excelente en sus múltiples facetas como comodín de la banda. A continuación un arrastre de boogie-blues guitarrero -no puedo evitar acordarme de ZZTop- comienza a sonar. Bruce se mete con la armónica en un quejido rítmico y lastimero y al cabo de unos segundos la canción explota en una de las versiones más impresionantes que el genio de New Jersey haya revisitado a lo largo de su extensa carrera: «Reason To Believe». Sí, sí, el tema de Nebraska, convertido en una tormentosa y espectacular pieza, además de en una de las mejores sorpresas que me he llevado nunca en un concierto de Springsteen, que es mucho decir. Pedazo de solo de Nils Lofgren, Bruce distorsiona su voz y el tema acaba en un torbellino de electricidad y armónica sensacional. Me quedé literalmente con la boca abierta.

Como se quedó gran parte del pabellón cuando comenzó a sonar «Jackson Cage«, una de esas canciones tan poco habituales en los set lists como apreciadas por fans y entendidos. Una agradabilísima sorpresa que hacía presagiar una de “esas noches” de las que está forjada la mitología springsteeniana. Por si fuera poco, su final se solapa con una de mis piezas favoritas: «She’s The One», otro de los números imprescindibles de la banda en directo, convertida en esta ocasión en un sprint sin concesiones a la galería que bien podría haber salido de la gira del 75. «Livin’ In The Future», «The Promised Land» -otro clásico que nunca falta- y «I’ll Work For Your Love» -uno de los temas más celebrados de Magic– forman un trío musicalmente elegante e impecable, aunque el mensaje que transmiten encaje a la perfección con el tono general del show. Springsteen encauza todo lo que se había venido filtrando desde el inicio del concierto, de forma implícita o explícita, a través del speech rabioso -llamada a la lucha incluida- sobre la situación política y el recorte de las libertades civiles previo a «Livin’ In The Future» y ese entorno no nos abandonará hasta el apoteósico final con «American Land».

A estas alturas no creo equivocarme mucho si digo que la gente estaba francamente encantada. Tras algunos problemas de saturación iniciales -«Radio Nowhere» había sonado como si fuera el fin del mundo y la electricidad hubiera sido lo único en sobrevivir-, el sonido había ido mejorando paulatinamente y de forma clara. Así que las primeras notas de Roy Bittan encarando «Backstreets» llegaron claras y cristalinas a las dieciséis mil personas hipnotizadas en el Bizkaia Arena. Bruce y la banda se entregan en una versión impecable y compacta, digna heredera de tantas otras que se han sucedido a lo largo de los años desde que fuera publicada en 1975. Emocionante. El único punto flaco de la noche para un servidor vino con «Darlington County», no por el tema en sí mismo, que puede ser muy disfrutable en otra posición del set list -Springsteen es un maestro en mezclar temas de diferente corte para crear una experiencia musical completa y gratificante, donde pueden tener cabida desde «Jungleland» hasta «Working On The Highway», sin que se le caigan los anillos-, sino porque después de «Backstreets» parecía como si todo el clima conseguido se esfumara en una concesión, no tanto a la grada sino quizá a un Nils Lofgren un tanto eclipsado por tanto protagonismo de Little Steven junto al Boss. Asi pues, pasamos el momento “ligero” gracias al estribillo facilón del tema antes de sumergirnos en la recta final de la parte principal del show.

«Devil’s Arcade» suena con toda la intensidad que ya imaginé cuando la escuché por primera vez en el disco. Un tema muy denso y atmosférico, el séptimo extraído de Magic que suena en la noche -que no el último-, deja a las claras que el de New Jersey apuesta a las claras por su nuevo material, como siempre ha hecho por otra parte. Si el par anterior de temas no había acabado de encajar muy bien juntos, me sorprendo agradablemente de lo bien que entra «The Rising» a continuación, sonando incluso con más “pegada” que la versión que interpretaban durante la gira con su nombre. «Last To Die» ahonda un poco mas en el sentimiento y en la crítica ya evidenciados hasta para el más sordo –¿quién será el último en morir por en un error?, se pregunta en el estribillo- para dar paso a ese clásico instantáneo que es «Long Walk Home». Pura emotividad contenida en un tema que ejemplifica algunas de las muchas virtudes de Springsteen como escritor. Suena fresco y a la vez cómo si hubiera salido directamente de 1978. El violín de Soozie en la intro y el piano de Roy en todo el tema lo elevan al olimpo del repertorio del de Freehold. El saxo de Clemons trae cierta humedad a mis ojos, como si estuviera escuchando una canción de mi juventud que hubiera significado mucho para mí.

No importa que el disco tenga fecha de 2007. Ese es el poder evocador de las mejores piezas del maestro. Como leí en una ocasión, Bruce es como ese viejo amigo que te encuentras después de un tiempo y que te cuenta las mismas historias de siempre. Pero te ríes igualmente porque ya no te acordabas de ellas. Convertir lo particular en universal y lo universal en anécdota, haciéndote sentir como si escucharas tu primer disco de rock con quince años. Eso es «Long Walk Home». Eso y mucho más. Little Steven se queda con el micro mientras Springsteen anima al público -cómo si hiciera falta- en un rush final a la altura de las mejores noches de una banda para la leyenda. El pabellón vibra como una sola persona.

Pero el sensacional solo final de Clarence aún nos tiene que llevar un poco más arriba, mientras arranca una arrasadora versión de «Badlands». La inmortal estrofa –El pobre quiere ser rico / El rico quiere ser rey/ Y el rey no estará satisfecho hasta que lo gobierne todo-, nunca resultó más apropiada que ahora. Las gradas, que ya no me ofrecieron mucha confianza al entrar, se mueven y torsionan de un modo que acojona al más pintado. La marea humana bota, salta y grita como si buscase una especie de catarsis rítmica y nunca he estado mas cerca de ser protagonista de una fra
se hecha: aquello se venía abajo.
Por suerte, la grada resiste, las luces se apagan y entre los cánticos, te quedas pensando si será posible mantener el nivel en unos bises que lo tienen un poco difícil para igualar tanto acierto.

Y es que, sabiendo de antemano cuales eran los temas que venían sonando en la última parte del concierto, no estaba muy seguro de si lo mejor ya había quedado atrás. Parafraseándome a mí mismo: «¡hombre de poca fe!”. Nadie podía prevenirme acerca de lo que estaba a punto de presenciar. Resumiendo: la mejor tanda de bises que haya visto en mucho, mucho tiempo. Tal y como suena. Y eso que ninguna de las seis canciones que sonaron están en un hipotético top ten de mis favoritas. Así de increíble fue la cosa. Elegancia, potencia y precisión descomunales, con un público entregado en un tour de force final impresionante, cerrando el concierto en el puñetero punto mas alto. En otras giras, «Land Of Hope And Dreams» -gran canción por otra parte- nos llevaba a un final precioso aunque algo tristón -propiciado en parte por el mismo tema, de un corte mas sensible y sentimental-. En esta ocasión, tras el encanto pop de «Girls In Their Summer Clothes», el espectáculo: «Tenth Avenue Freeze-Out» tan impecable y vibrante como inesperada; «Kitty’s Back» de cinco estrellas, sin miedo a la ausencia de Danny y con la banda en plan máquina de precisión. Sensacional y para recordar. «Born To Run» y «Dancing In The Dark» a toda pastilla y en plena histeria colectiva -temo nuevamente por la consistencia del suelo bajo mis pies-; y finalizando, «American Land», rápida, intensa y con mala gaita, no sólo cerrando el show en todo lo alto sino además redondeando el mensaje crítico de toda la noche, de la gira y del disco.

Un final para enmarcar sí o sí, con chulería y sin miedo: las luces encendidas a tope durante la mayor parte del tiempo. Fuera efectismos y mandangas. Toma ROCK “in your face”, que decimos los del basket.

La banda se despide al borde del escenario. Gracias por una noche inolvidable.

Las luces se encienden y te quedas durante unos segundos pensando si habrá sido todo un espejismo.

It’s Gonna Be A Long Walk Home.

PD: Agradecimientos

A mi mujer por embarcarse en la aventura
A Salva por hacer posible la experiencia
A Tante por prestarme sus increíbles fotos

La magia de un acorde

por Fernando Navarro

Cuando leí el reportaje que The New York Times publicó sobre el lanzamiento de Magic y los primeros ensayos de Bruce Springsteen y la E Street Band en Asbury Park para comenzar juntos una nueva gira, una frase se selló en mí sin remedio. A mitad del texto, el periodista escribía que, practicando la transición de “The Rising” a su siguiente número, Bruce instó a todos los componentes de la banda a sostener un acorde e hizo repetir al menos una docena de veces la canción, porque ese acorde, según palabras de Bruce, “no puede morir”.

Es curioso como en el concierto de Madrid lo primero que pensé al entrar en el Palacio de Deportes fue en el valor de ese acorde. No era la primera vez que iba a ver a Bruce Springsteen y la E Street Band en directo, y seguro no será la última, pero inevitablemente me sentía algo nervioso ante lo que podía suceder. Cosa aún más extraña cuando uno sabe que un concierto de esta gente es una certeza. No conozco a ninguna persona que exija la devolución del dinero de la entrada, por cara que ésta sea, tras más de dos horas de rock’n’roll de alta graduación, como pocas veces puede verse sobre un escenario. Pero de pie y a la espera de que el concierto arrancase, lo único que importaba es que aquello volvía a ser como la primera vez y yo estaba ante las mismas preguntas de siempre.

Con las luces apagadas y los redobles de batería, “Radio Nowhere” hace saltar por los aires muchas cosas, entre ellas la inhabitual espera. El rock a veces es tan sencillo y contundente como una canción de estas características, que empalmada con “No Surrender” da buena cuenta de lo que significa un principio básico del rock: si tienes buenas guitarras, dales salida. El caso es que la E Street Band tiene guitarras excelentes, un lujo para cualquier banda del mundo. Steve Van Zandt es como un gran jugador de fútbol veterano. Parece que no está en el partido pero, si coge el balón, te cambia el resultado. Sólo basta una de sus primeras aportaciones en “Gypsy Biker” para sentar cátedra.

Sucede lo mismo con Nils Lofgren, lo que pasa que este pequeño gigante siempre estará en un segundo plano ante el carisma del gitano Little Steven. Siempre hubo jerarquías, hasta en las mejores familias. Pero las descargas eléctricas de Lofgren en, por ejemplo, la apisonadora “Reason to Believe” o la sorprendente “Tunnel of Love” desbocan el corazón. Fueron de los mejores momentos de la noche, porque Nils se desata a la guitarra como una tormenta de verano.

Con “Magic”, Bruce tiene que mandar callar a ese público siempre insoportable que arrastra y que da palmas como niños en un patio de recreo. No es para menos. Un concierto es un espectáculo, pero también es el modo más humano de defender y compartir una obra musical. En Springsteen, mucho antes que el bufón está el artista. De ahí que se preocupe en decir en castellano antes de la canción que ésta describe “un tiempo donde las mentiras son la verdad, y la verdad es mentira”. El mensaje que en “Magic” es de calado emocional, en “Reason to Believe” adquiere categoría divina. Sencillamente, porque esa armónica revolviéndose al principio para enlazar con esa banda al unísono, que ya en los setenta la prensa norteamericana calificó como “la máquina del rock”, suena a gloria bendita. El sonido de esa América profunda y devastadora, como un chiste con gracia de ZZ Top, pide paso como un tren de mercancías descarrilado. Lo más sensato es dejarse atropellar por la canción y lo que viene después: “Darkness of Edge Town” y “Candy’s Room”.

Se pone de manifiesto que el antiguo cancionero de Bruce vuelve a estar de actualidad. Los retratos sombríos de la América en crisis de los setenta y de Watergate y Vietnam, que vertebraron las mejores obras del músico de New Jersey, conectan con los problemas de ahora, donde la economía estadounidense está en descenso picado e Irak y los escándalos de corrupción galopantes envuelven a la Administración Bush. Tal vez, por eso, “Living in the future” no suena a mera promesa. Y, tal vez, por eso, Bruce vuelve a referirse a los derechos civiles y las guerras ilegales en un discurso en castellano.

Aún así, treinta años han tenido que pasar para que algún despistado u oportunista deje de señalar a Springsteen con el dedo acusador de jugar al despiste. Algunas canciones pierden fuelle, como “Devil’s Arcade” o “The Rising”, para que después vuelvan los viejos tiempos. En “Long Walk Home”, un tema de sabor clásico, el saxo de Clarence Clemons vuelve a sonar intenso y bello, recordando que el viento en una banda de rock puede vestir de gala una composición. Y el vigor y la fuerza de antaño se recuperan en “Badlands”, menos festiva que en las últimas giras y resonando definitiva en cada zambullido de Max Weinberg a la batería.

A Max, Nils y Bruce parecen faltarles canciones y minutos para sacar todo su repertorio. Clarence y Steve, en cambio, edad obliga, miden sus fuerzas. Roy Bittan, por su parte, pierde el protagonismo que ha tenido en otras giras con un set-list que no le deja lucirse.

Los bises son apoteósicos. No hay otro calificativo si se habla de esa opereta llamada “Girls in their Summer Clothes”, que hace que sobrevuele el espíritu de Roy Orbison por los corazones solitarios. Si el bueno de Roy Orbison no hubiese muerto, hoy esta canción sería en su boca todo un himno de los sentimientos a flor de piel. Como “American Land”, que cierra el concierto, es un himno al legado folk y gamberro que late aún en tierra americana.

Y, entre medias, posiblemente, las dos canciones que definen a este artista, que marcaron su vida y la de aquellos que creyeron cada una de sus palabras: “Thunder Road” y “Born to Run”. Dos composiciones que todavía hoy, muchos años después, suenan vivas y renuncian a sufrir el riguroso paso del tiempo. Dos canciones que fueron enlazadas por un acorde. El mismo que no puede morir. Ese acorde que, como decía Bruce al periodista de The New York Times, tiene que surgir como si el mundo se viniera abajo y por el que todavía hay que subir a un escenario, o disfrutar de la música. Un acorde, la transición, esos 30 segundos que retumban como únicos y en los que tomas una decisión. Das un portazo. Quieres saber qué se siente. Te largas. Vuelves. Pe
ro está siempre. El espacio en el que se mueve una vida. No puede morir.

fotos: Madrid 25.11.2007 Enric Nonell/fotofotos.com para Point Blank (arriba) y René Van Diemen (foto inferior)

Boston 19 Noviembre 2007: una noche histórica

por Chris Phillips
publicado bajo licencia de Backstreets.com

Entre rumores de que la salud de Danny Federici le impediría viajar a Europa la próxima semana, Bruce y la E Street Band cerraron su periplo norteamericano con un concierto contundente en Boston. Y aunque creemos con firmeza en el respeto a su intimidad, simplemente no podemos hablar de esta noche sin hablar de Danny. Su talento, el amor de sus compañeros hacia él, el amor del público por su persona… todo estaba allí.

Este concierto era por y para Dan Federici. El repertorio (y… oh, menudo setlist!), se preparó con él en mente. Hubo los dos estrenos en esta gira: «This Hard Land», dando a Danny el papel protagonista; «Tenth Avenue Freeze-Out» recordando la formación de la E Street Band, de la cual Danny, por supuesto, fue un miembro fundador (es fácil olvidarse de que sólo él, Clarence y Garry están desde el principio). Y luego las tres canciones de esos primeros días salvajes e inocentes -recuperando el doblete Sandy/The E Street Shuffle» del concierto de Albany-, y añadiendo «Kitty’s Back» para colmo, todas ellas dando a Danny oportunidades de destacar.

El solo de Federici en «Kitty’s Back», a petición de Bruce, siguió y siguió. «Sandy», también, fue un momento destacado, con Danny dominando el acordeón. Llevándole al centro del escenario, Bruce proclamó «Señoras y señores, ¡el campeón de la Hora Amateur de Ted Mack!» (nota:: concurso de acordeonistas que Danny ganó de niño). Aunque improvisado con rapidez, ese momento del concierto me parece significante cuando pienso en el concierto de hoy. Fue una noche de buen humor. Una noche de músicos, de historia, de historia compartida, y del gozo de hacer música juntos en el momento actual. No fue una noche de lagrimeo.

No hubo ninguna referencia explícita a una baja temporal, ni ciertamente ninguna mención de problemas de salud. ¿Qué hacer por tanto ante estos hechos? Subes al escenario y tocas. Y se dejaron la piel tocando. «Darkness» ardió. El cachondeo funky al final de «E Street Shuffle» fue matador, con Max volviéndose loco con su batería. «The Rising» fue más energético que ninguna versión desde 2003. «Tenth Avenue» fue una caña, endemoniada, incluso con un pasadillo Peter Wolf vacilante junto a Patti.

¿Y qué más haces? Si eres Nils, te pasas tanto tiempo como puedes subido a la tarima del órgano, tocando codo con codo. Si eres Bruce, te diriges a Danny durante los saludos al final del concierto, le rodeas con tus brazos, con una mirada en tu cara que dice «joder, ya sé que hemos quedado en que no hablaríamos de ésto esta noche, pero eso no me impedirá hacer esto», y te lo llevas en medio de toda la banda, en el centro, y le dejas que haga su propio saludo. Y si eres el público, cantas «Danny! Danny!, Danny!». Fue tan espontáneo como el cántico «E Street Band!» en el Madison Square Garden el 1 de julio de 2000 -con más ojos llorosos, me imagino, tanto sobre el escenario como fuera de él.

Foto: Backstreets Magazine/A.M. Saddler



Philadelphia 2007

por Jesús Jerónimo
www.cielovacio.com


No eres objetivo, me repito constantemente. No eres objetivo, me recuerdo cada cinco minutos, enfrentado a esta crónica. ¿Y como pudiera ser para hablar de una experiencia que saca lo mejor de mi? ¿Cómo ser objetivo con la felicidad?

La otra noche, un poco antes de empezar el show, mi compañero accidental de pit, Edgar, me dijo una frase que sigo repitiendome para mis adentros: «Aún me sorprende la capacidad de este tal Bruce Springsteen para hacerme feliz»
. Que razón tienes, Edgar. A todos nos sorprende. En mi vida han pasado los años y las cosas. Y sin embargo, Bruce sigue consiguiendo arrancar todo el cinismo y la insatisfacción de este perro mundo de mi corazón. Sigue haciéndome soñar y viajar a sitios donde jamás soñé llegar. Este debería ser otro artículo, como tantos otros miles, donde me limitase a dar gracias. Y sin embargo, no puedo. Porque me gusta creer que a él le viene tan bien como a mí. Me gusta pensar que me necesita, que nos necesita. Que esto es tan importante para él como para mí.

Asi que cuando un Springsteen sonriente y animado se me pone a dos metros y revienta la noche con los primeros acordes de «Radio Nowhere» o «Night», me limito a escuchar. He esperado semanas este momento, he contado los días hasta la próxima vez. Y la próxima vez ha llegado. Mucho antes de lo esperado y mucho más tarde de lo deseado. ¿Qué importa ya todo eso? En un concierto de Springsteen sólo cuenta el aquí y el ahora. Sólo cuenta estar orgulloso de seguir vivo. Y yo, pobre de mí, sigo vivo. Sigo sintiendo. Escucho «No Surrender», o quizá sea «Prove It All Night», tú y yo sabemos que no importa lo mas mínimo. Solo importa aquí y ahora. El hombre suda, se desgañita bajo los focos, respira y vive a través de nosotros. No me digais que no es así: yo lo sé mejor. Lo he visto en sus ojos.

Y a partir de ese momento, llega la explosión. Ya da igual lo que toquen, da igual que el escenario se llene de luz o se difumine entre las sombras. Esta gente está tocada por los dedos de la genialidad. Una contundente «Reason To Believe», puente imposible entre ZZ Top y Tom Waits, la perfecta «Candy’s Room», la magia casi tribal de «She’s The One» y la explosión de «The Promised Land». La rabia contenida de «Last To Die», la nostalgia esperanzada de «Long Walk Home» o el enfado de «Badlands», convertida de nuevo en el grito angustiado que jamás debió dejar de ser. Temas todos ellos incrustados en el inconsciente colectivo de varias generaciones que ahora bailan, cantan y gritan a los pies de este humano fascinante y seguro de sus dones que se llama Bruce Springsteen.

Por supuesto, esto es un concierto, hay momentos mas flojos («Livin’ In The Future» no da la talla en directo, quizá precisamente por el empeño de su autor en explicar un mensaje político que es tan claro y patente que no necesita ni aditivos ni artículos). A todos nos llega el momento. A los primeros acordes en el piano de «Incident on 57th Street» las lágrimas acuden a mis ojos. Mi cuerpo entero se llena de electricidad y solo puedo pensar en una mojada y miserable calle de New York mientras canto eso de ‘Goodnight, it’s all right, Janeee…’. La nada de los vivos. El veneno de los muertos. Diez minutos de éxtasis casi místico. Mi canción favorita de la historia, tan arriconada por su propio creador, encarnada delante de mis ojos merced a la gracia de una banda que por diez minutos volvió a ser mítica. Órganos, piano y guitarras desgarran el silencio. Me gusta pensar que una parte de mi corazón se murió dulcemente durante aquellos 600 segundos que duró el incidente. Inolvidable esa guitarra final, llena de lágrimas y VIDA, muriendo lentamente en las calles como cualquier héroe anónimo. Sobrecogedor e inolvidable.

Llega la recta final. «Girls In Their Summer Clothes» revive el mas puto espíritu E Street Band: el pueblo, nuestros origenes, la tristeza y la noche. «Thundercrack», el vals de los locos, vale su peso en oro. Y sí, como no puede ser otra manera, las luces del Wachovia Center se encienden y llega «Born to Run», lleno de frases que son y serán siempre verdad. Algún día, y no sé cuando podrá ser, vamos a llegar a ese sitio donde siempre quisimos ir y caminaremos al sol, pero en tanto llegue ese momento, nacimos para correr.

Canto, bailo, me desgañito, me quedo ronco. Doy vueltas, recuerdo a todos mis seres importantes. Una vez más, sin sorpresas ya, este americano lejano y millonario ha conseguido tocar lo mas íntimo que llevo dentro. Una vez más, se despide entre vítores y sonrisas. Y llegarán muchas más veces. Y a lo mejor toca las mismas canciones. ¿Qué importa ya lo que toque? Lo único que merece la pena es vivir, vivir, vivir y seguir viviendo. Si, me digo al acabar este artículo, realmente no he sido objetivo.

¿Y quién lo necesita? Yo he tocado la magia con los dedos hace solo unos días.

Las fotos de arriba en este artículo son de Edgar Aguilera (mil gracias, amigo!!)

Springsteen: ‘El silencio es antipatriota’

Bajo las capas de sonidos pop y rock que envuelven su último disco, Springsteen transmite un mensaje político claro sobre el estado de su país y del mundo: los últimos años han sido desastrosos. Y no se queda aquí. Tiene claro que hay que luchar por recuperar las libertades perdidas y usará todos los medios a su alcance para conseguir ese propósito. Canciones como ‘Gypsy Biker’, ‘Last to die’ o ‘Magic’ no dejan lugar a dudas. El texto incluido en las primeras páginas del libro de la gira, disponible en los conciertos y titulado ‘A Rock and Roll Manifesto for Tour 2007’, no puede ser más revelador:

«Gracias por volver y un saludo a los nuevos. Me complace anunciar que la E Street Band ha vuelto y está preparada para traer ‘Verdad, Justicia y Estilo Americano’ a una tierra oscura y salvaje. (…) Los años pasados desde nuestra anterior gira han sido muy negros. A la lista de cosas típicamente americanas (…) hemos de añadir la tortura, la rendición, la erosión de las libertades civiles (sin derecho al ‘habeas corpus’), las escuchas ilegales, la supresión de votantes, un asalto a nuestra Constitución y una trágica guerra en Iraq. También hemos visto como una de nuestras ciudades más culturamente importantes era arrasada mientras nuestros líderes estaban de vacaciones permanentes. ¡Salvemos New Orleans!»

En concierto esto se resume en una corta introducción hablada antes de «Livin’ in the Future’, donde en un par de minutos el artista expone con claridad sus intenciones. No hay más discursos, ni menciones al presidente americano, pues las claves de su mensaje están ya dentro de sus canciones.

‘Mi barco ‘Libertad’ zarpó / hacia un sangriento horizonte rojo. / El personal abrió las puertas / y dejó correr a los perros salvajes’ (Livin’ in the Future)

‘Los especuladores hicieron su fortuna / con la sangre que derramaste (1) / Tu madre ha sacado ya las sábanas de tu cama, / Y los mercaderes de la calle Jane / ya han vendido tu ropa y tus zapatos. / Nadie habla, porque todo el mundo sabe lo que pasa’ (Gypsy Biker)

(1) Clara referencia a Halliburton -empresa antes dirigida por el vicepresidente Cheney- y las empresas contratistas americanas que explotan los recursos en Irak, mientras muchos jóvenes soldados americanos vuelven en ataudes.

‘La hermana María está sentada con tus colores, / el hermano John está borracho e ido. / La ciudad entera se ha despertado, / ¿de qué lado estás?. / Los privilegiados marchan hacia la colina / en un desfile de locos, / cantando ‘victoria para los buenos’ / pero aquí sólo hay tumbas, / y nadie habla, / sólo esperamos a que suene el teléfono, / nuestro motorista gitano vuelve a casa’ (Gypsy Biker)

Y si aún quedan dudas de sus intenciones y motivaciones, ‘Magic’ las aclara con sus referencias a las mentiras politicas de nuestros días:

‘No te fies de nada de lo que oyes, / y menos de lo que ves. Así es como será… (…) En la carretera el sol se está poniendo, / hay cuerpos colgados de los árboles. / Así es como será». (Magic)

El tono político se muestra con total claridad en ‘Last to die’, ‘Long Walk Home’ o la impresionante ‘Devil’s Arcade’ (uno de los momentos emocionalmente más importantes del disco, y del concierto).

Muchas de las respuestas a estas ideas quedan claras en la entrevista que el programa ’60 Minutes’ emitió el 7 de octubre en la cadena CBS, donde Bruce respondía a los que le han tachado de poco patriota: «El silencio es antipatriota. Es antipatriota en cualquier momento quedarse sentado y dejar que pasen cosas que perjudican lo que tanto quieres. (…) Vivimos tiempos donde lo que es verdad puede pasar como mentira, y lo que es mentira te lo presentan como la verdad. Y creo que la manipulación con éxito de esas cosas ha caracterizado nuestras elecciones recientes. Ese nivel de soberbia y arrogancia nos ha metido en la difícil situación en que estamos ahora. Y estamos en una situación difícil.»

El mensaje se refuerza en directo con una cuidada elección de canciones: ‘Reason to believe’, ‘The Rising’, ‘The Promised Land’, ‘Born in the U.S.A.’ o ‘Badlands’ contribuyen añadiendo, como dice el refrán, más leña al fuego.

«LEVÁNTATE! SÉ FUERTE! LLEGAN TIEMPOS MEJORES! Pero primero, tenemos una tarea pendiente… La E Street Band llega a tu ciudad. Ven, únete a nosotros y que reine la libertad.»
(Bruce Springsteen, 25 septiembre 2007)