Philadelphia 2007

por Jesús Jerónimo
www.cielovacio.com


No eres objetivo, me repito constantemente. No eres objetivo, me recuerdo cada cinco minutos, enfrentado a esta crónica. ¿Y como pudiera ser para hablar de una experiencia que saca lo mejor de mi? ¿Cómo ser objetivo con la felicidad?

La otra noche, un poco antes de empezar el show, mi compañero accidental de pit, Edgar, me dijo una frase que sigo repitiendome para mis adentros: «Aún me sorprende la capacidad de este tal Bruce Springsteen para hacerme feliz»
. Que razón tienes, Edgar. A todos nos sorprende. En mi vida han pasado los años y las cosas. Y sin embargo, Bruce sigue consiguiendo arrancar todo el cinismo y la insatisfacción de este perro mundo de mi corazón. Sigue haciéndome soñar y viajar a sitios donde jamás soñé llegar. Este debería ser otro artículo, como tantos otros miles, donde me limitase a dar gracias. Y sin embargo, no puedo. Porque me gusta creer que a él le viene tan bien como a mí. Me gusta pensar que me necesita, que nos necesita. Que esto es tan importante para él como para mí.

Asi que cuando un Springsteen sonriente y animado se me pone a dos metros y revienta la noche con los primeros acordes de «Radio Nowhere» o «Night», me limito a escuchar. He esperado semanas este momento, he contado los días hasta la próxima vez. Y la próxima vez ha llegado. Mucho antes de lo esperado y mucho más tarde de lo deseado. ¿Qué importa ya todo eso? En un concierto de Springsteen sólo cuenta el aquí y el ahora. Sólo cuenta estar orgulloso de seguir vivo. Y yo, pobre de mí, sigo vivo. Sigo sintiendo. Escucho «No Surrender», o quizá sea «Prove It All Night», tú y yo sabemos que no importa lo mas mínimo. Solo importa aquí y ahora. El hombre suda, se desgañita bajo los focos, respira y vive a través de nosotros. No me digais que no es así: yo lo sé mejor. Lo he visto en sus ojos.

Y a partir de ese momento, llega la explosión. Ya da igual lo que toquen, da igual que el escenario se llene de luz o se difumine entre las sombras. Esta gente está tocada por los dedos de la genialidad. Una contundente «Reason To Believe», puente imposible entre ZZ Top y Tom Waits, la perfecta «Candy’s Room», la magia casi tribal de «She’s The One» y la explosión de «The Promised Land». La rabia contenida de «Last To Die», la nostalgia esperanzada de «Long Walk Home» o el enfado de «Badlands», convertida de nuevo en el grito angustiado que jamás debió dejar de ser. Temas todos ellos incrustados en el inconsciente colectivo de varias generaciones que ahora bailan, cantan y gritan a los pies de este humano fascinante y seguro de sus dones que se llama Bruce Springsteen.

Por supuesto, esto es un concierto, hay momentos mas flojos («Livin’ In The Future» no da la talla en directo, quizá precisamente por el empeño de su autor en explicar un mensaje político que es tan claro y patente que no necesita ni aditivos ni artículos). A todos nos llega el momento. A los primeros acordes en el piano de «Incident on 57th Street» las lágrimas acuden a mis ojos. Mi cuerpo entero se llena de electricidad y solo puedo pensar en una mojada y miserable calle de New York mientras canto eso de ‘Goodnight, it’s all right, Janeee…’. La nada de los vivos. El veneno de los muertos. Diez minutos de éxtasis casi místico. Mi canción favorita de la historia, tan arriconada por su propio creador, encarnada delante de mis ojos merced a la gracia de una banda que por diez minutos volvió a ser mítica. Órganos, piano y guitarras desgarran el silencio. Me gusta pensar que una parte de mi corazón se murió dulcemente durante aquellos 600 segundos que duró el incidente. Inolvidable esa guitarra final, llena de lágrimas y VIDA, muriendo lentamente en las calles como cualquier héroe anónimo. Sobrecogedor e inolvidable.

Llega la recta final. «Girls In Their Summer Clothes» revive el mas puto espíritu E Street Band: el pueblo, nuestros origenes, la tristeza y la noche. «Thundercrack», el vals de los locos, vale su peso en oro. Y sí, como no puede ser otra manera, las luces del Wachovia Center se encienden y llega «Born to Run», lleno de frases que son y serán siempre verdad. Algún día, y no sé cuando podrá ser, vamos a llegar a ese sitio donde siempre quisimos ir y caminaremos al sol, pero en tanto llegue ese momento, nacimos para correr.

Canto, bailo, me desgañito, me quedo ronco. Doy vueltas, recuerdo a todos mis seres importantes. Una vez más, sin sorpresas ya, este americano lejano y millonario ha conseguido tocar lo mas íntimo que llevo dentro. Una vez más, se despide entre vítores y sonrisas. Y llegarán muchas más veces. Y a lo mejor toca las mismas canciones. ¿Qué importa ya lo que toque? Lo único que merece la pena es vivir, vivir, vivir y seguir viviendo. Si, me digo al acabar este artículo, realmente no he sido objetivo.

¿Y quién lo necesita? Yo he tocado la magia con los dedos hace solo unos días.

Las fotos de arriba en este artículo son de Edgar Aguilera (mil gracias, amigo!!)

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