29 noviembre, 2007

La magia de un acorde

por Fernando Navarro

Cuando leí el reportaje que The New York Times publicó sobre el lanzamiento de Magic y los primeros ensayos de Bruce Springsteen y la E Street Band en Asbury Park para comenzar juntos una nueva gira, una frase se selló en mí sin remedio. A mitad del texto, el periodista escribía que, practicando la transición de “The Rising” a su siguiente número, Bruce instó a todos los componentes de la banda a sostener un acorde e hizo repetir al menos una docena de veces la canción, porque ese acorde, según palabras de Bruce, “no puede morir”.

Es curioso como en el concierto de Madrid lo primero que pensé al entrar en el Palacio de Deportes fue en el valor de ese acorde. No era la primera vez que iba a ver a Bruce Springsteen y la E Street Band en directo, y seguro no será la última, pero inevitablemente me sentía algo nervioso ante lo que podía suceder. Cosa aún más extraña cuando uno sabe que un concierto de esta gente es una certeza. No conozco a ninguna persona que exija la devolución del dinero de la entrada, por cara que ésta sea, tras más de dos horas de rock’n’roll de alta graduación, como pocas veces puede verse sobre un escenario. Pero de pie y a la espera de que el concierto arrancase, lo único que importaba es que aquello volvía a ser como la primera vez y yo estaba ante las mismas preguntas de siempre.

Con las luces apagadas y los redobles de batería, “Radio Nowhere” hace saltar por los aires muchas cosas, entre ellas la inhabitual espera. El rock a veces es tan sencillo y contundente como una canción de estas características, que empalmada con “No Surrender” da buena cuenta de lo que significa un principio básico del rock: si tienes buenas guitarras, dales salida. El caso es que la E Street Band tiene guitarras excelentes, un lujo para cualquier banda del mundo. Steve Van Zandt es como un gran jugador de fútbol veterano. Parece que no está en el partido pero, si coge el balón, te cambia el resultado. Sólo basta una de sus primeras aportaciones en “Gypsy Biker” para sentar cátedra.

Sucede lo mismo con Nils Lofgren, lo que pasa que este pequeño gigante siempre estará en un segundo plano ante el carisma del gitano Little Steven. Siempre hubo jerarquías, hasta en las mejores familias. Pero las descargas eléctricas de Lofgren en, por ejemplo, la apisonadora “Reason to Believe” o la sorprendente “Tunnel of Love” desbocan el corazón. Fueron de los mejores momentos de la noche, porque Nils se desata a la guitarra como una tormenta de verano.

Con “Magic”, Bruce tiene que mandar callar a ese público siempre insoportable que arrastra y que da palmas como niños en un patio de recreo. No es para menos. Un concierto es un espectáculo, pero también es el modo más humano de defender y compartir una obra musical. En Springsteen, mucho antes que el bufón está el artista. De ahí que se preocupe en decir en castellano antes de la canción que ésta describe “un tiempo donde las mentiras son la verdad, y la verdad es mentira”. El mensaje que en “Magic” es de calado emocional, en “Reason to Believe” adquiere categoría divina. Sencillamente, porque esa armónica revolviéndose al principio para enlazar con esa banda al unísono, que ya en los setenta la prensa norteamericana calificó como “la máquina del rock”, suena a gloria bendita. El sonido de esa América profunda y devastadora, como un chiste con gracia de ZZ Top, pide paso como un tren de mercancías descarrilado. Lo más sensato es dejarse atropellar por la canción y lo que viene después: “Darkness of Edge Town” y “Candy’s Room”.

Se pone de manifiesto que el antiguo cancionero de Bruce vuelve a estar de actualidad. Los retratos sombríos de la América en crisis de los setenta y de Watergate y Vietnam, que vertebraron las mejores obras del músico de New Jersey, conectan con los problemas de ahora, donde la economía estadounidense está en descenso picado e Irak y los escándalos de corrupción galopantes envuelven a la Administración Bush. Tal vez, por eso, “Living in the future” no suena a mera promesa. Y, tal vez, por eso, Bruce vuelve a referirse a los derechos civiles y las guerras ilegales en un discurso en castellano.

Aún así, treinta años han tenido que pasar para que algún despistado u oportunista deje de señalar a Springsteen con el dedo acusador de jugar al despiste. Algunas canciones pierden fuelle, como “Devil’s Arcade” o “The Rising”, para que después vuelvan los viejos tiempos. En “Long Walk Home”, un tema de sabor clásico, el saxo de Clarence Clemons vuelve a sonar intenso y bello, recordando que el viento en una banda de rock puede vestir de gala una composición. Y el vigor y la fuerza de antaño se recuperan en “Badlands”, menos festiva que en las últimas giras y resonando definitiva en cada zambullido de Max Weinberg a la batería.

A Max, Nils y Bruce parecen faltarles canciones y minutos para sacar todo su repertorio. Clarence y Steve, en cambio, edad obliga, miden sus fuerzas. Roy Bittan, por su parte, pierde el protagonismo que ha tenido en otras giras con un set-list que no le deja lucirse.

Los bises son apoteósicos. No hay otro calificativo si se habla de esa opereta llamada “Girls in their Summer Clothes”, que hace que sobrevuele el espíritu de Roy Orbison por los corazones solitarios. Si el bueno de Roy Orbison no hubiese muerto, hoy esta canción sería en su boca todo un himno de los sentimientos a flor de piel. Como “American Land”, que cierra el concierto, es un himno al legado folk y gamberro que late aún en tierra americana.

Y, entre medias, posiblemente, las dos canciones que definen a este artista, que marcaron su vida y la de aquellos que creyeron cada una de sus palabras: “Thunder Road” y “Born to Run”. Dos composiciones que todavía hoy, muchos años después, suenan vivas y renuncian a sufrir el riguroso paso del tiempo. Dos canciones que fueron enlazadas por un acorde. El mismo que no puede morir. Ese acorde que, como decía Bruce al periodista de The New York Times, tiene que surgir como si el mundo se viniera abajo y por el que todavía hay que subir a un escenario, o disfrutar de la música. Un acorde, la transición, esos 30 segundos que retumban como únicos y en los que tomas una decisión. Das un portazo. Quieres saber qué se siente. Te largas. Vuelves. Pe
ro está siempre. El espacio en el que se mueve una vida. No puede morir.

fotos: Madrid 25.11.2007 Enric Nonell/fotofotos.com para Point Blank (arriba) y René Van Diemen (foto inferior)