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We Shall Overcome: paseo desenfrenado por la música americana

por Jesús Jerónimo

Llevo todo el fin de semana escuchando por fin el nuevo álbum de Springsteen: We Shall Overcome – The Seeger Sessions. Cuando se anunció un nuevo disco folkie del de New Jersey basado en los temas de Pete Seeger (una leyenda del folk y no menos de la izquierda americana), muchos nos esperamos una nueva entrega de guitarras de palo e intimismo. Porque hacía muchos años que Bruce no se relajaba: parecía que todo tenía que ser serio y reflexivo, que el mensaje iba antes que la música.

Pues bien, todo ello está dentro de este Seeger Sessions, pero por fortuna, Bruce esta vez se ha decidido por un formato mucho mas variado en lo musical. Armado de un puñado de temas cuyo origen se hunde en la noche de los tiempos (recomendable leer el interesantísimo ensayo de Dave Marsh sobre cada tema en la página oficial de Springsteen) y de una banda de desconocidos veteranos de esto de la música americana, Springsteen ha conseguido dar salida a sus obsesiones y de paso crear un disco para la historia. Banjos, violines, trombones y trompetas reinan, y de qué manera, en este disco de versiones de Springsteen.

WSO (We Shall Overcome, Venceremos!) sale directamente de las húmedas y cuasi-olvidadas ruinas de New Orleans, bebe de la frustración de sus abandonados habitantes y nos lleva de paseo por esa verdadera música americana que salió de las tripas de la ciudad de Lousiana. Imposible obviar las múltiples referencias a canales e inundaciones que pueblan un disco lleno de rabia contenida, sí, pero sobre todo de esperanza. Significativas en ese sentido son «Oh, Mary Don’t You Weep» y «Erie Canal». El bardo americano plantea su crítica al neoliberalismo de la administración Bush y su olvido de los débiles utilizando argumentos realmente antiguos: un puñado de temas provenientes de aquellos lejanos tiempos cuando América era una promesa, donde todo el mundo tenía su oportunidad (o eso nos ha contado) en lugar del arrabal de seres humanos rotos en que el capitalismo salvaje a ultranza ha convertido a toda una nación.

Musicalmente, es un disco variado, irreprochable y absolutamente vertiginoso. Jazz, bluegrass, gospel, blues. Springsteen toma como punto de partida un cancionero conocido y lo transporta a otra dimensión, llevando al oyente de la mano a un paseo desenfrenado por la música americana. Sólo Bob Dylan con su Love & Theft había llegado tan lejos. Es difícil destacar momentos en concreto, quizá el desenfreno de «Oh, Mary Don’t You Weep», cruce de caminos donde se encuentran preciosos coros gospel con el jazz, o la serena grandeza de «Shenandoah», con unos metales finales que erizan el cuero cabelludo. Son los mejores ejemplos de la naturalidad de este apasionante álbum.

En otros temas Springsteen recorre una parte del camino ya transitado por Tom Waits, particularmente en «Erie Canal» y «Eyes On The Prize» (el mejor tema del disco, y mira que es díficil quedarse con uno) donde el sonido seco del banjo con un contrapunto de metales nos coloca directamente en la América profunda de los desolados y los freaks.

En resumen, un disco inmenso y que estaremos escuchando con admiración dentro de muchos años.

El mito sigue creciendo.

We Shall Overcome: canción a canción

por Miguel Martínez

Como siempre, las primeras escuchas se rozan con el juicio precipitado, con el ansia que provoca lo nuevo y, en fin, con esa incertidumbre de contestar correctamente, con temple de adivino, a la pregunta de “¿es esto bueno, regular, malo?”. Aquí estamos una vez más, con las antenas tiesas ante un nuevo disco de Bruce Springsteen. Lo digo ya: me está gustando mucho. Pero que mucho. También avanzo que “We Shall Overcome: The Seeger Sessions” va de una música y de una, digamos, cosmovisión con la que comulgo desde hace años. Pero eso no basta para justificar el subidón que me provoca enfrentarme a esta grabación una y otra vez (y ya llevo unas cuantas, y varias en el coche y a buen volumen, que es casi como la música mejor te devora): porque esta grabación supura una celebración de la vida a borbotones y a chorros, es un grito de agua sin cloro y, qué diablos, te empapa a gusto. Si el rock’n’roll, como a veces alguien ha escrito, ha existido siempre será porque estaba en canciones como éstas, sobre todo en canciones como éstas pero interpretadas como aquí se tocan y se cantan. Sin darle respiro al artificio, sin ensayos, sin cortarse un pelo. Espirituales, swing, Kansas City y Nueva Orleans, Irlanda, oh Irlanda, marineros y estibadores, pendencieros y plegarias. Un álbum magnífico.

Old Dan Tucker
Esta canción ya era famosa en 1843. Juegos de palabras que recuerdan al Dylan de mediados de los 60 y a “Blinded By The Light” (todo eso nos lo dice Dave Marsh en los excelentes créditos del libreto). El banjo marca el paso y la voz de Bruce entra arrasando. Folk-rock montañés.

Jesse James
Como la “Seeds” acústica, ¿recordáis, pero con todo el atrezo del Lejano Oeste, ampliada, aireada. Siéntense en el saloon y escuchen la historia del bandido Jesse James, aquel cabrón al que la leyenda popular pintó como un Robin Hood. La canción cabalga sobre un caballo trotón.

Mrs. McGrath
Si hay un país que sobrevuela el disco, ése es Irlanda. Pues aquí está una balada antibélica irlandesa por excelencia. Allá por 1815 ya circulaba por Dublín. Los violines se hacen con el mando. Parece que en cualquier momento vaya a aparecer Shane MacGowan, de The Pogues.

Oh, Mary Don’t You Weep
Hay tres espirituales negros en el álbum y éste es el primero que suena. Es como si un grupo de esclavos fuese en procesión por la calle y Springsteen, al frente, les instase a cantar con orgullo sobre la esperanza en la liberación. La cosa va de brodas and sistas y es bien emocionante.

John Henry
Una de las canciones donde la garganta de Bruce se tensa más. Es la vieja historia del hombre contra la máquina, que acabó con un héroe (John Henry) muerto pero con la rebeldía intacta. El tema va cogiendo calor y se convierte en un tour de force entre Texas, los trenes y el cajun.

Erie Canal
Seguimos con Irlanda, ni que sea en el espíritu. Otro himno de bar para una canción sobre un canal que significó mucho para Nueva York durante el siglo XIX. El banjo y el acordeón se reparten los más destacados papeles secundarios, el principal recae en un Bruce melancólico.

Jacob’s Ladder
Segundo espiritual. Un in crescendo como no se le escuchaba desde ¿”Backstreets”? Es decir: vamos de más a más, y subiendo. Los coros se inflan, él se lo toma a pecho y les coge la delantera y así estrofa tras estrofa. ¿Dónde ocurre todo esto? Se diría que por Nueva Orleans.

My Oklahoma Home
Otra que, como Jesse James, va sobre un caballo, sólo que éste camina más tranquilo, disfrutando de paisajes lejanos. No en vano es una composición sobre la nostalgia. Está cantada con ese tono cercano, de recién levantado, que pone cuando quiere incitarnos a la morriña.

Eyes On The Prize
Un himno sagrado. Mucho más recogido y lento que los dos anteriores, es un rezo que nos llega más desde la habitación que a través del altar. Un violín subraya la tristeza. La Biblia (Viejo y Nuevo Testamento) inspiran sus palabras. La trompeta la hace bailar con sentimiento.

Shenandoah
¿Alguien dijo Ennio Morricone? Pues pensemos que está sentado en una taberna, sí, otra vez una taberna y otra vez irlandesa, que llueve fuera, que se acuerda de algún río lejano, el Missouri por ejemplo, y que ayer reescuchó a Van Morrison y eso le ronda por la cabeza.

Pay My Money Down
Será uno de los highlights de los directos de la gira. Muy negro, aunque esto no va de iglesias sino de calpyso y de estibadores portuarios reclamando su salario. Si se quieren similitudes estamos ante el “Waiting On A Sunny Day” del Springsteen folky. ¡Te he dicho que me pagues!

We Shall Overcome
Es la misma versión que grabó en 1998 para el disco de homenaje a Pete Seeger,pero se ha añadido algún mínimo retoque (ahora no tengo delante aquella toma). Ya sabéis: un lento vals de reafirmación en el poder del “la unión hace la fuerza”.

Froggie Went-A-Courtin’
Empezábamos con aire montañero y así acabamos. Baja el telón una canción infantil (igual que “Pony Boy” cerraba “Human Touch” y la nana agridulce pero adulta de “My Best Was Never Good Enough” hacía lo propio en “The Ghost Of Tom Joad”). La armónica da la última nota.

The Seeger Sessions: a flor de piel

por Miguel Martínez

La casualidad ayuda. Motivos laborales le llevaron a uno al festival South By Southwest de Austin y resultó que en su programa de actos estaba la primera listening party oficial del disco We Shall Overcome: The Seeger Sessions. Era 17 de marzo y tuvo lugar en la tienda Waterloo Records, que repetía primicia: también ahí, en el marco del South By Southwest de 2005, debutaron las listening parties de Devils & Dust.

No somos ni un centenar de personas las que hemos acudido al local para escuchar a Springsteen cantar en la encrucijada donde se encuentran los ríos del folk. Me esperaba más. Dice el dueño que hace un año aquello estaba hasta los topes. Hay gente que ha ido con sus hijos pequeños y los hay que caminan por la tienda bebiendo cervezas. Los unos y los otros aciertan: estamos a punto de disfrutar de música apta para todos los públicos (o así debería ser) y que incita a mojarse los labios, sobre todo porque (como vamos a comprobar) ha sido grabada en satisfactorio estado de casi embriaguez.

Primero se nos pasa el DVD en una pantalla de generosas dimensiones. Muestra el proceso de elaboración del disco, muy en plan cinema verité. Parece que no se hayan editado las imágenes, que aquello estuviese en crudo. Bruce silbándole a Soozy Tyrell como quiere que suene el violín, Bruce diciéndole a los músicos que beban, ¡qué beban!, Bruce tocando el acordeón (imaginario) al aire, Bruce alzando vasos pequeños y vasos grandes… ¡Bruce everywhere! El casi centenar de asistentes ríe y flipa: nuestro hombre, sí, parece un poco proetílico, o algo parecido, en más de un momento, y no sólo no lo disimula sino que lo enfatiza. ¡Y anima a su banda a que lo imite! Dice que quiere un sonido salvaje, en plan cervecero o borracho de whisky. ¿Estamos ante Shane McGowan de The Pogues? Vemos como lo lleva a la práctica. Primero escuchamos la grabación de John Henry, después Pay Me My Money Down. La primera parece folk-rock de antes del folk-rock, con mucha bravura; la segunda, cajun para bailar en la iglesia de unos braceros en paro. Sí, es un disco para bailar y/o llevar el ritmo con la suela del zapato, pisando fuerte el suelo, martilleándolo. Es efusivo, es un brindis. Springsteen está conectado, enchufado, a las canciones. Les pone nervio y el grupo tiene la cancha que necesita. Se graba con todos sentados en círculo, muy en directo. Todos menos la sección de viento, situada en lo que parece el pasillo. La escena del crimen es una habitación de madera llena de micrófonos y cables, nos recuerda lo leído y visto sobre The Basement Tapes. The Band y Bob Dylan circa 1967 nos sobrevuelan.

Bruce aparece también sentado con un sombrero en plan “mafioso en su finca”. Podría salir así en Los Soprano y daría el pego. Con esas pintas habla de la música folk y de su verdad. De que no necesita electricidad y puede ser tocada en cualquier lugar. A continuación lo vemos con la banda en el jardín, interpretando todos a pelo Buffalo Gals. De la teoría pasan a la práctica. Y de ese jardín al interior de la casa con O, Mary, Don’t You Weep, que nos remite al gospel campesino negro. Escenas de camaradería, de hermandad. Patti y su marido hombro a hombro, la cámara siguiéndola. Ella tiene protagonismo: en los créditos su nombre es el segundo en leerse, tras el de Bruce. Él sigue fiel a su camisa de cuadros azules. ¿Cuántos años hace que la tiene, más de diez?

Después del (fabuloso) DVD llega la hora de escuchar las canciones del CD. La selección empieza con Old Dan Tucker, con el acordeón y el banjo fogosos y Bruce estrujando su garganta. Jesse James no se queda atrás. Estamos ante la E Street Jug Band, viajamos en un circo con Kitty (recordad: Kitty’s Back) tarareando los dos volúmenes de Mermaid Avenue (recordad: esos en que Billy Bragg y Wilco recuperan a Woody Guthrie), seguimos la estela de una hipotética Asbury Thunder Review. Percibimos mucho aroma irlandés. De taberna irlandesa. De un tiempo al margen de los relojes. El disco no suena nostálgico ni fuera de época. Harán falta más escuchas, claro está, para llegarle al tuétano, pero tiene toda la pinta de que va a tocar la fibra de los seguidores abiertos a desafíos: al que no esté preparado para algo así le parecerá un disco feísimo, tal vez, tan feísimo como pueda parecerle escuchar los muy bellos y dolidos blues de Skip James o los vudús de Nueva Orleans del hechicero Dr. John. En Waterloo Records los padres acabaron bailando con sus hijos, y la versión de We Shall Overcome (muy parecida a la de 1998, tanto que dudé si era la misma) pintó caras de emoción. Con eso quiero decir: la música atravesó la piel. Que es de lo que se trata.

Pete Seeger: Alto y Claro

por Miguel Martínez
Cualquier maldito loco es capaz de hacer algo complejo, pero hace falta un genio para hacer algo simple. Son palabras de Pete Seeger, el único cantante folk y activista político que puede hacer sombra histórica a Woody Guthrie. Un detalle importante: Seeger sigue con nosotros y el 3 de mayo cumplirá 87 años. Pocas leyendas vivas quedan en el mundo musical de su talla. Hablemos de él ahora, no cuando muera. Este estadounidense, pionero de lo que se dio en llamar la canción protesta en los años 50 y 60, autor, coautor y adaptador de himnos tan populares como “Where Have All The Flowers Gone”, “If I Had A Hammer”, “We Shall Overcome” y “Turn, Turn, Turn”, inició su carrera en solitario en 1958 tras su paso por formaciones como The Almanac Singers (que fundó junto a Guthrie) y The Weavers. Desde ahí y hasta ahora la suya ha sido una trayectoria marcada por la implicación política (su militancia comunista le ha acarreado miles de problemas en su país y le ha hecho un habitual de “las listas negras” y las censuras). Siempre ha llevado en la solapa el compromiso social y la defensa de los valores eternos del folk (en ese saco, preso de la ira, fue capaz de meter su oposición a la electrificación guitarrera, eran otros tiempos: famosa es su explosión verbal contra Bob Dylan en el festival de Newport de 1965). Los seguidores de Springsteen pueden sorprenderse si contemplan imágenes de Seeger en la época 1967-68 y las comparan con el Bruce de la gira de “The Ghost Of Tom Joad”: son tal para cual, aunque como Seeger ha dicho, y no seremos mal pensados, el plagio es la base de todas las culturas. Otro dato: hacia el final de los 60 Pete adquirió notoriedad por una canción que alegóricamente comparaba al entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, y su apoyo a la guerra del Vietnam con un capitán loco cuyas órdenes casi matan a sus soldados en unas maniobras militares (finalmente, el que fallece es el capitán). La canción se titulaba “Waist Deep In The Big Muddy”, y cualquiera que haya escuchado con atención el disco “Lucky Town” sabe de qué habla. Con palabras sencillas, Seeger lleva décadas expresándose claro y a la contra. Hace falta valor y hace falta un genio.

Foto: Pete Seeger y Bruce en el concierto de homenaje a Woody Guthrie
del 29 de septiembre de 1996 en Cleveland, Ohio, editado en el disco Till We Outnumber Them.

A Montpellier con Point Blank. Woody, Elvis y el ritual


por Miguel Martínez

Ausentes incluso los ligeros contratiempos, los dos autocares fletados por Point Blank recorrieron la distancia que separa Barcelona de Montpellier sin novedad en el frente. Una vez en la ciudad francesa, los primeros brotes de histerismo empezaron a hacer acto de presencia -esos nervios para ver a Bruce entrar en el recinto…-, aunque sin ir más allá del pronóstico “menos grave”. Mientras Springsteen realizaba la prueba de sonido, un grupo reducido de expedicionarios conseguimos sacar la oreja por la sala (las medidas de seguridad eran escasas: hubo quien llegó a plantarse ante la abierta puerta del camerino) y pudimos comprobar que el de New Jersey se tomaba los preparativos con calma. Faltaban sólo un par de horas para el concierto.

En comparación con su anterior paso por Europa, este tramo final del “Solo Acoustic Tour” ha mostrado a Bruce más curtido y suelto con el repertorio, hasta el punto de romper el guión cuando el guión lo pedía (y no es una paradoja). Pero también -y ahí está el verdadero problema- ha dejado constancia de que para la gran mayoría de aficionados esta gira ya se ha convertido en otro “ritual de lo habitual” donde vuelve a importar más ver que escuchar –y si puede ser en primera fila mejor, claro está– y donde parece que muchos-as sólo están allí para hacer fotografías con flash y coger posiciones antes de la avalancha que sigue a “Across The Border”. Penoso. La excepcionalidad (el “boss” ahí, a dos palmos) se ha pervertido y la pasión ha podido a la emoción. Lástima, porque por culpa de ese fanatismo los bises de Montpellier (con intentos de invasión de escenario incluidos) se convirtieron en un trámite a medio gas donde un Springsteen con cara de circunstancias -quiere ser Woody Guthrie y su público sólo ve al Elvis de las lentejuelas- dejó caer su karaoke del 84 (“No Surrender”, “Bobby Jean”, “Working On The Highway”) para contentar y calmar la sed de populismo. Las semillas mal sembradas, aquellas concesiones al macroestadio, son las que ahora se recogen.

Pero esas nubes no han de tapar una actuación donde el hijo de Douglas y Adele andó sobrado de inspiración desde que la armónica de “The Ghost Of Tom Joad” –sinuosa e incisiva, más incluso que al inicio de la gira– dio la señal de salida. El desenfreno hillbilly de “Red Headed Woman”, la cortante quietud de “Point Blank”, la desnudez emocional de “Dry Lightning” o la descarnada trilogía fronteriza –“The Line”, “Balboa Park” y “Sinaloa Cowboys”– dejaron clara, por si aún alguien tenía dudas, la profunda intensidad que Bruce ha logrado tejer con su solitario proyecto de “folk singer” del realismo sucio. Y qué decir del incendiario látigo de “Born In The U.S.A.”, donde el “slide” arrastró al Ry Cooder de “Alamo Bay” hasta el Neil Young de los riffs rabiosos; de la frenética “Johnny 99”, con una introducción hiperrevolucionada digna de los buenos tiempos del dúo Woody Guthrie-Sonny Terry; o de una antológica versión de “For You” donde Springsteen se vació (seguramente porque la cantó para él, que es como su tensión más conmueve: recuérdense las dos actuaciones de 1990 en el Shrine Auditorium de L. A.).

Cuando se encendieron los focos llegó el momento de intercambiar impresiones sobre el concierto y con él la constatación de que los aficionados de Springsteen se han dividido en dos bloques que cada vez se encuentran más alejados. En uno, el mayoritario, los que vibran con la liturgia de las banderas, el puño en alto y los estribillos a coro, aquellos que ven sobre el escenario a una especie de dios y se sienten partícipes de una comunión que comparten con el resto del público. Son quienes añoran a la E Street Band y no entienden que en los bises de esta gira no haya sonado “Born To Run” o “Thunder Road”. Y en el otro bloque, minoritario, encontramos a aficionados que no miran hacia el pasado y aplauden que “Streets Of Philadelphia” se editase con caja de ritmos o que “Galveston Bay” rompa el alborozo de los bises para recordarnos que el núcleo central de esta gira se encuentra sentado en un taburete y pensando en la frontera mejicana, no en los viejos himnos. Son quienes no añoran a la E Street Band –eso no quiere decir que renieguen de ella– y apuestan por un Bruce que en sus próximos discos se vaya alejando a pasos agigantados del cliché de “mega star” que todavía le acompaña. También son quienes, más que un ídolo de masas, buscan a un escalofriante contador de historias. Por lo visto en Montpellier, parece que el cisma entre ambas facciones no sólo es inevitable, sino necesario. Y es que, guste o no guste, mientras unos buscan a Jon Bon Jovi o a una especie de “spice boy” que les sirva de héroe, los otros andan detrás de Townes Van Zandt (q.e.p.d.), Johnny Cash, Jayhawks o la saga Uncle Tupelo. Mensajes opuestos, lenguajes diferentes.

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