19 abril, 2006

We Shall Overcome: paseo desenfrenado por la música americana

por Jesús Jerónimo

Llevo todo el fin de semana escuchando por fin el nuevo álbum de Springsteen: We Shall Overcome – The Seeger Sessions. Cuando se anunció un nuevo disco folkie del de New Jersey basado en los temas de Pete Seeger (una leyenda del folk y no menos de la izquierda americana), muchos nos esperamos una nueva entrega de guitarras de palo e intimismo. Porque hacía muchos años que Bruce no se relajaba: parecía que todo tenía que ser serio y reflexivo, que el mensaje iba antes que la música.

Pues bien, todo ello está dentro de este Seeger Sessions, pero por fortuna, Bruce esta vez se ha decidido por un formato mucho mas variado en lo musical. Armado de un puñado de temas cuyo origen se hunde en la noche de los tiempos (recomendable leer el interesantísimo ensayo de Dave Marsh sobre cada tema en la página oficial de Springsteen) y de una banda de desconocidos veteranos de esto de la música americana, Springsteen ha conseguido dar salida a sus obsesiones y de paso crear un disco para la historia. Banjos, violines, trombones y trompetas reinan, y de qué manera, en este disco de versiones de Springsteen.

WSO (We Shall Overcome, Venceremos!) sale directamente de las húmedas y cuasi-olvidadas ruinas de New Orleans, bebe de la frustración de sus abandonados habitantes y nos lleva de paseo por esa verdadera música americana que salió de las tripas de la ciudad de Lousiana. Imposible obviar las múltiples referencias a canales e inundaciones que pueblan un disco lleno de rabia contenida, sí, pero sobre todo de esperanza. Significativas en ese sentido son «Oh, Mary Don’t You Weep» y «Erie Canal». El bardo americano plantea su crítica al neoliberalismo de la administración Bush y su olvido de los débiles utilizando argumentos realmente antiguos: un puñado de temas provenientes de aquellos lejanos tiempos cuando América era una promesa, donde todo el mundo tenía su oportunidad (o eso nos ha contado) en lugar del arrabal de seres humanos rotos en que el capitalismo salvaje a ultranza ha convertido a toda una nación.

Musicalmente, es un disco variado, irreprochable y absolutamente vertiginoso. Jazz, bluegrass, gospel, blues. Springsteen toma como punto de partida un cancionero conocido y lo transporta a otra dimensión, llevando al oyente de la mano a un paseo desenfrenado por la música americana. Sólo Bob Dylan con su Love & Theft había llegado tan lejos. Es difícil destacar momentos en concreto, quizá el desenfreno de «Oh, Mary Don’t You Weep», cruce de caminos donde se encuentran preciosos coros gospel con el jazz, o la serena grandeza de «Shenandoah», con unos metales finales que erizan el cuero cabelludo. Son los mejores ejemplos de la naturalidad de este apasionante álbum.

En otros temas Springsteen recorre una parte del camino ya transitado por Tom Waits, particularmente en «Erie Canal» y «Eyes On The Prize» (el mejor tema del disco, y mira que es díficil quedarse con uno) donde el sonido seco del banjo con un contrapunto de metales nos coloca directamente en la América profunda de los desolados y los freaks.

En resumen, un disco inmenso y que estaremos escuchando con admiración dentro de muchos años.

El mito sigue creciendo.