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El mejor espectáculo del Mundo

Por Belén Teruel
fotos (concierto Valladolid): Raúl Nieto

Poco podía imaginar el domingo por la tarde que estaba cerca de asistir al mejor espectáculo del mundo. El mejor espectáculo musical del mundo. El viaje de Barcelona a Bilbao para verlo iba a ser una de les mejores experiencias vividas “con y “gracias a” El Boss. Estaba a punto de empezar el primer concierto en España de la gira Working on a Dream.

Después de un fin de semana intenso con Clara, Carles y Luzma visitando Bilbao (y tomando primero unas tapillas en Logroño), por fin llega el momento de entrar en el estadio de San Mamés, la Catedral, y de buscar los asientos desde donde iba a vivir una experiencia prácticamente indescriptible. Era el momento de disfrutar de la gira Working on a Dream de Bruce Springsteen & The E Street Band. Esta vez Barcelona había quedado fuera, pero sin dudar ni un momento compramos las entradas para desplazarnos a Bilbao y poder ver el que después ha resultado ser “el mejor espectáculo del mundo”.

Con unos 25 minutos de retraso empieza la sesión. Nils Lofgren salta al escenario y aparece con un acordeón. ¿Qué es esto? Ostras… ¡es ni más ni menos que «Desde Santurce a Bilbao»! San Mamés ruge. Ya estamos de camino al bolsillo del Boss. Ha elegido una pieza popular que todo el mundo conoce, todo el mundo canta. La gente se ríe y me doy cuenta de que la noche de hoy será “especialmente especial”. No me equivoco.

Bruce aparece en el escenario acompañado por Clarence Clemons, y saluda con un “¡Kaitxo Bilbao!” que hace que el público estalle. Entonces empieza el repertorio de la noche, y la canción elegida para hacerlo es «The Ties that Bind», una canción que me transmite buen rollo y que me anima (más aún) a dejarme llevar y sorprender por el viaje rockero que Bruce me ofrecerá durante unas cuantas horas. Él sabe, como no he visto hacerlo a ningún otro artista, arrastrar a todos los que asistimos a sus conciertos a lo más profundo de su bolsillo. Un paso más lo consigue con «Badlands», y el camino está prácticamente recorrido cuando empiezan los acordes de «Hungry Heart». Como es habitual, el Boss nos cede la palabra. Nos deja cantar a nosotros la primera estrofa de esta canción que habla de corazones hambrientos. Los nuestros, los de los 36.000 seguidores que llenamos San Mamés, también tienen hambre. Queremos masticar la música de Bruce Springsteen y la E Street Band.

La exhibición continúa con la épica «Outlaw Pete», que me provoca los primeros síntomas de piel de gallina gracias a la portentosa voz del Boss. “Can you hear me?”, grita. Paisajes desérticos de Estados Unidos pasan por la pantalla que ocupa la parte trasera del escenario, mientras Bruce se coloca un sombrero de cowboy para interpretar la parte final de esta canción, una de mis preferidas del último álbum.

Yo ya estoy en su bolsillo, pero los que aún no han entrado lo hacen cuando suenan los primeros acordes de «Working on the Highway», que acaba de levantar de sus asientos a los que habían osado sentarse. La canción empieza con el toque impecable de Max Weinberg a la batería. Bruce se refresca y acaricia la guitarra con fuerza mientras se acerca al micrófono situado en la pasarela inferior del escenario, que permite a los afortunados de las primeras filas ver de muy cerca todos sus movimientos y sus caras divertidas. Incluso se apoya sobre los que están más cerca de él. Nosotros, el resto, cantamos y bailamos la que seguramente es una de las piezas más coreadas de la discografía del Boss.

Sin pausa llega otro tema del álbum Working on a Dream; es la canción que da título al disco. En medio de ella, entre aplausos y vítores, Bruce se dirige de nuevo a todo el mundo en castellano: “¡Kaixo Bilbao! ¡Buenas noches, Bilbao! ¡Qué bueno veros! Esta noche vamos a liarla con música, con espíritu y con ruido! ¡Nosotros ponemos la música, vosotros ponéis el ruido!”. El estadio se viene abajo. El estrépito es ensordecedor. Sabemos que dice la verdad.

La intensidad musical de Bruce Springsteen y la banda de la calle E aumenta con «Murder Incorporated». La fuerza de las guitarras y la voz desgarrada del Boss se unen perfectamente a los coros de los espectadores. La canción se enlaza con una versión fabulosa de «Johnny 99», con un aire más roquero que el de la versión grabada en Nebraska y donde piano, teclados y violín transmiten una magnífica sensación. La fiesta es ya desenfrenada. Yo sudo, hace calor en San Mamés, pero ya no sé si es la temperatura de julio o el calor que desprende Bruce Springsteen. Además, intuyo que estoy viviendo uno de los mejores recitales de rock’n’roll que hasta ahora me ha regalado. El Boss no nos deja descansar, y nos invita a corear unos “¡Uh, uh!” que simulan las locomotoras de los trenes, mientras él no deja de sonreír y de tocar la guitarra. Bruce y Stevie juegan con sus guitarras mientras hacen un parón momentáneo en la canción.

«Because the Night» es la siguiente canción del set list, la pieza que Bruce Springsteen compuso durante las sesiones de grabación del álbum Darkness on the Edge of Town pero que es famosa en todo el mundo también por la interpretación de Patti Smith. Bruce nos regala esta excelente canción, con exhibición de Nils Lofgren incluida, que sigue provocando la vibración de la grada y el césped de San Mamés. Después llega una de las sorpresas más emocionantes de la noche: «Factory». La guitarra acústica, el piano, la armónica y la magnífica voz de Bruce consiguen hacer que me siente unos minutos, y aislarme del resto por primera vez en este concierto. Vuelve la piel de gallina a mis brazos…

La armónica vuelve a protagonizar los siguientes momentos de la noche. Es el principio de «This Hard Land» encanta esta canción. Me emociona especialmente. Aún estoy recorriendo el camino de vuelta a la Tierra cuado me doy cuenta de que empieza otro tema: es «Raise Your Hand», una canción que siempre presagia que alguna cosa pasará, además de las manos arriba de toda la audiencia, el público, los amigos de Bruce, que no descansan porque el Jefe no lo permite. “Yo hago el concierto, pero éste no es posible sin vuestra colaboración”, parece pensar. Así que a mitad de la canción vuelve a acercarse a las primeras filas para hacer la que es ya un ritual habitual de las últimas giras: recoger carteles y pancartas varias de las primeras filas de afortunados para empezar a plantear las canciones que tocaran él y la banda a petición de los fans. Recoge decenas de ellas, que mira con cara de alegría e ilusión, la misma alegría e ilusión que debe de ver en todas las personas que tiene ante él.

En seguida elige la primera. Es una flor de peluche con una fotografía en medio: la señala, la enseña a cámara. Se ve una foto en blanco y negro donde salen Papá Noel y un niño pequeño. Entonces grita: “Is that me? Is that Santa Claus?”, y después suenan los acordes de «Santa Claus is Coming to Town». Me gusta muchísimo esta canción, y por supuesto no esperaba oírla en directo en pleno mes de julio. ¡Qué gracia! ¡Qué sorpresa más insólita y más agradable! ¡Bruce, eres un c
rack! ¡¡¡Gracias!!!

El relevo lo toma, a mi parecer, la más esencial de todas las canciones escritas por Bruce Springsteen. La más grande, la más bonita, la más emotiva, la más evocadora, la historia más fabulosa de esperanza, de idealismo, de espíritu joven y de vida: «Thunder Road». La carretera del Trueno. En este momento pienso cómo de importantes debemos de ser nosotros para Bruce Springsteen, un hombre que nos está dando lo mejor de él mismo, que nos está obsequiando con un repertorio fantástico, espectacular. Tengo la sensación de que con «Thunder Road» ya no cabemos todos en su bolsillo. Estamos inflados. Nos deja cantar, nos anima, se ríe. “Oh, oh, come take my hand (…) I know it’s late but we can make it if we run”. Nos invita a unirnos a sus expectativas de vida, y nosotros estamos con él, hemos saltado al asiento de su coche, dispuestos a llegar con él hasta el final en su viaje por la carretera del Trueno y por todo lo que nos proponga.

A partir de este momento de la noche, soy plenamente consciente de la posibilidad de estar viviendo un acontecimiento musicalmente histórico. Después de «Thunder Road» nos espera «Does this bus stop at 82nd Street?», una nueva sorpresa. Sencillamente brillante. Una canción que prácticamente sentenciaba el concierto como memorable. Sin tregua (como es habitual), la fiesta sigue con «My love will not let you down», con un Max Weinberg de nuevo pletórico, que da paso a uno de los momentos más emotivos de la noche: el turno de «Waitin’ on a Sunny Day». Desde la primera vez que escuché esta canción en directo, allá por el año 2002 en el Palau Sant Jordi, se ha convertido en una de las que para mí son imprescindibles en los conciertos de Bruce Springsteen y la E Street Band. Y no es una afirmación gratuita, porque siempre, cada vez que la tocan, sucede algún detalle especial. El domingo el protagonista de ese detalle fue un niño que estaba en las primeras filas. Primero, cuando el niño, con una cara de emoción para la que no tengo palabras, besa en la mejilla a Bruce. El Boss se ríe, y se agranda. Después, cuando Bruce se vuelve a acercar a él y le cede el micrófono: “I’m waitin’, waitin’ on a sunny day, gonna chase the clouds away, I’m waitin’ on a sunny day”. El niño acaba subiendo al escenario a petición de Bruce, para que pueda saludar al público, que lo aclama con una gran ovación. Yo me pregunto quién está más emocionado, si el niño o el propio Bruce Springsteen, que además decide regalarle al niño su armónica.

Me seco las últimas lágrimas mientras reconozco las primeras notas de «The Promised Land», una de mis canciones preferidas. En momentos bajos, la escucho y me animo. Siempre. Irremediablemente. Escucharla en directo me traslada nuevamente a otra galaxia. Otra vez la armónica. Otra vez una letra sublime, y otra vez la voz sin igual de Bruce Springsteen, que hoy está pletórica de fuerza, registros y pasión. Si no supiera que es imposible, pensaría que el concierto está especialmente dedicado a mí…, y más aún cuando acaba «The Promised Land» y empieza «The River». Recuerdo que quiero sentarme, pero no puedo. Me quedo allí, inmóvil, mirando a Bruce y escuchando la canción, y noto cómo la emoción me sobrepasa y se me escapan unas lágrimas. Esta canción provoca en mí un efecto difícil de definir. Su principio hace saltar mi corazón, y a partir de entonces entro en un estado en que creo que no existe nada más que Bruce Springsteen y yo misma. Él, con su voz profunda y dulce a la vez, emotiva y salvaje, y yo, hipnotizada durante unos 6 minutos.

Después de «The River» el concierto entra en una fase de locura desenfrenada. Primero explota la eléctrica «Radio Nowhere», seguida de «Lonesome Day» y «The Rising». El estadio vibra sin parar, preparándose para la famosa “comunión” entre el público y la banda, que llega a continuación con la magnífica «Born To Run». Reconozco la Fender, y aviso a Luzma: “ahora tocará Born To Run…”. Y Bruce consigue de nuevo que levantemos los brazos, que los hagamos subir y bajar, que los movamos a izquierda y derecha, que cantemos la canción de principio a fin. Que todos seamos uno. Que haya una energía devastadora en San Mamés, una energía que ya no parará hasta el final del concierto y que, cuando acabe, nos acompañará durante unas cuantas semanas. Como siempre.

Así, llega la hora de empezar los bises. Pero eso Bruce lo hace también sin pausa, de manera que, una vez más, nadie tiene tiempo de descansar. En seguida nos explica que a continuación empezará a sonar una canción de Chuck Berry. Es otra petición que se convierte en toda una sorpresa. Se trata de «You never can tell», que es coreada y bailada por todos los espectadores como si se tratara del éxito más comercial de Bruce Springsteen & The E Street Band. Bruce y Soozie Tyrell se marca un baile improvisado. Él se está divirtiendo tanto como nosotros. Miro a mi alrededor y veo unos señores y señoras de unos “60 y algo” (¡madre mía, poco más mayores que Bruce!), que no han dejado de moverse durante todo el concierto. Y que no tienen intención de hacerlo. Y sonrío. Adoro lo que Bruce Springsteen es capaz de conseguir, y lo admiro muchísimo.

Después de «You never can tell» llega otro momento estelar de la noche (¿más?): «Jungleland». Nueva exhibición vocal del Boss, y espectacular solo de saxo de Clarence Clemons que, aunque muestra signos de no muy buena salud, sigue siendo el mejor y el “más grande” saxofonista. Definitivamente, el concierto es memorable, espectacular, impecable. El escándalo absoluto llega con «American Land». Siento que no puedo parar de bailar, de saltar y de gritar. La diversión es total, el estadio está a punto de derrumbarse… A la canción le sigue el siempre divertido show de Bruce y Stevie, donde Bruce da a entender que ya no puede más, que está agotado, y en el que Stevie lo anima a continuar, echándole agua y señalando al público, que acaba con los dos riendo a carcajadas.

El concierto está casi a punto de terminar, pero aún tienen que venir más sorpresas. No puedo creer lo que Bruce está diciendo: “Rosie, ¡sal esta noche!”. ¿Qué? ¿¡Ahora «Rosalita»!? ¡¡¡Madre mía, este concierto es increíble!!! Así que, otra vez, noto que mi corazón está a punto de salir por mi boca. Estoy exhausta, pero este hombre tiene el poder de motivarme y emocionarme mil veces seguidas, si hace falta. «Rosalita (come out tonight)» es otra petición de los seguidores de Bruce Springsteen. Y Bruce Springsteen parece estar eligiendo sólo aquellas peticiones que podría haber hecho yo… ¡qué ilusión!

El mejor espectáculo del mundo está llegando a su fin. «Dancing in the Dark» es la penúltima canción. Bruce canta y se ríe, se ríe mucho. Está contento. Mira a su alrededor y ve un cartel donde dice, en inglés: “soy bajita, sácame al escenario”. Sin pensarlo demasiado, se acerca a la zona donde está el cartel, hace una señal a la chica y ésta sube al escenario. Abraza al Boss con todas sus fuerzas, durante un buen rato, y él responde de la misma manera, sin dejar de sonreír. Tengo que confesar que me muero de envidia… pero me alegro por la chica. Me pregunto si Bruce hubiera hecho lo mismo si estuviera Patti en el escenario…

La magnífica versión de «Twist and Shout», que ya fue final de concierto el año pasado en el Camp Nou, es también en Bilbao la canción elegida para poner el punto y final a algo más de tres horas de fiesta… ¡y qué fiesta!

Y es que este hombre es un art
ista grande… muy grande…

La lió… ¡vaya si la lió!

Sé que “el efecto Bruce” me durará muchos días. Incluso semanas. Como siempre. Pero esta vez tengo la sensación de haber asistido a uno de los mejores conciertos de Bruce Springsteen & The Street Band. Uno de los mejores por diferentes motivos: primero, la ubicación de nuestros asientos ya me hizo pensar que lo iba a pasar muy bien. Estábamos bastante cerca, con opción de ver al Jefe correr por el escenario y bailar. Además, las pantallas estaban perfectamente encaradas hacia nosotros. Después, el inicio del show, con «Desde Santurce a Bilbao» era un presagio del buen rollo que se iba a vivir y respirar en San Mamés.

Lo que no esperaba, porque siempre es una incógnita, es la espectacular selección de canciones que nos iba regalar Bruce en Bilbao. San Mamés se convirtió en la Catedral de la Música, en la Catedral del Rock. Y, además, disfruté de un Bruce Springsteen pletórico de energía, de fuerza, de buen rollo, de entrega. Disfruté de una persona cercana que propone un espectáculo cercano, lleno de gamberradas varias y de guiños al público, donde el público tiene una gran responsabilidad sobre como transcurrirá el concierto. De una persona que, a pesar de estar a punto de cumplir los 60, tiene una energía de 35. Un tío que en sus directos demuestra desde el minuto 1 que no va a hacer ningún recital, sino que va a pasarlo bien y a hacer que los demás lo pasen aún mejor. Un hombre que es capaz de conectar con su público desde el principio hasta el final.

Un artista inmenso, que es capaz de emocionar a miles de personas, que es capaz de sorprender en cada concierto, que es capaz de motivar estadios enteros sólo con su buena música y su carácter abierto y distendido, con su cercanía y con su entrega, sin artificios. Un músico que hasta puede permitirse el lujo de llevar donde se proponga el espíritu navideño en pleno mes de julio, que se rodea de grandes músicos, que tiene una banda impresionante que ojalá nos pueda ofrecer muchas más noches de rock y de emoción como la del pasado 26 de julio.

Un músico que me acompaña en muchos momentos de mi vida, y a quien sé que yo también acompaño siempre. Porque yo siempre estoy dentro de su bolsillo.