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El Springsteen lector

NYCtimesbook interview 2014El pasado mes de octubre el periódico The New York Times entrevistó a Bruce Springsteen en su suplemento dominical literario. Una jugosa entrevista que muestra facetas poco conocidas del artista y donde éste revela sus autores favoritos, de García Márquez a Chekhov pasando por Philip Roth, Bertrand Russell o Cormac McCarthy.

 

por Miguel Martínez

Recuerdo que entre aquellas conversaciones clásicas, o tópicas, que solían darse entre los aficionados a Bruce en los años 90, o pongamos que a partir de la portada de Tunnel Of Love, aparecía muy a menudo el factor Jon Landau. Jon Landau y “la” Sony (el “la” siempre precedía a la mención del sello, como si fuera una especie de bruja mala con escoba). Que si son unos peseteros, que si Bruce se ha vendido por culpa de ellos, que si nos lo han robado, que si ya no es auténtico (?) porque Landau y su discográfica solo quieren que llene estadios… Bendita inocencia. Vivíamos en otro mundo, sin Google ni YouTube ni el maldito euro. A otro ritmo. Imaginábamos más las cosas, la información secreta nos caía encima gota a gota. Supongo que eso, la inocencia, sigue siendo todavía un poco así, porque románticos nunca suelen faltar, solo que ahora es un sentimiento que se vive de otra manera, muy acelerado. Han pasado muchos años y pocos de los que leáis esto, por no decir nadie, escucha casetes piratas del de Nueva Jersey.

AmericanPastoralPhilipRothHa llovido mucho, sí, y uno ya puede preguntarse, casi sin miedo a errar la respuesta, cómo habría sido la carrera de Springsteen sin la guía de Landau. En el documental sobre la elaboración de Darkness On The Edge Of Town ya vimos varias claves iniciales de aquel empujón. En el artículo publicado estos días en “The New York Times” sobre la faceta lectora de Bruce vemos las literarias consecuencias de aquella apertura mental. ¿Habría acabado considerando a Philip Roth el súper ídolo que hoy, o desde hace ya unos cuantos años, es para él? No sin Jon. “La sensación de leer a Roth en su plenitud me recuerda cómo te sientes cuando escuchas una gran canción de Bruce Springsteen. Hay una encantadora simplicidad que enmascara una gran verdad. Un respeto por la vida y las aspiraciones de la gente corriente, y un deseo de confrontar las grandes preguntas”, han escrito en ‘The Guardian’. Su gran escenario sobre los hombros, hasta nuestros días.

La apertura mental, decíamos. Jon se la inyectó a Bruce en aquella segunda mitad de los 70 y luego él le dio rienda suelta. “Estaban Flannery O’Connor, James M. Cain, John Cheever, Sherwood Anderson, y Jim Thompson, el gran escritor de novela negra. Esos autores contribuyeron grandiosamente al giro que dio mi música entre 1978 y 1982. Trajeron un sentido de la geografía y flanneryoconnorwisebloodesa oscura tensión en mi escritura, ampliaron mis horizontes sobre qué debe conseguirse con una canción pop y son todavía, literalmente, la piedra angular de lo que intento conseguir hoy día”, afirma Springsteen en el citado artículo del “The New York Times”. Seguramente sin ellos, y sin Landau, su lenguaje post-Born To Run se podría haber descompuesto, su diálogo caer en la parodia, su carácter, en el estereotipo. Podría haber ocurrido porque era un riesgo más que evidente. Como dice Greil Marcus en su reciente libro “La historia del rock and roll en diez canciones”: “En 1976, el rock and roll podría haber parecido la misma historia de siempre, fijo y estático, con todos sus secretos revelados y una realidad que había que aceptar: precisamente con un gobierno, dirigido por unas pocas discográficas y media docena de iconos sin vida”. Marcus andaba en esa página con el nacimiento del punk. Bruce andaba en 1976 con lo de cómo aplicarle gravedad terrestre al hijo de Johnny B. Goode y Peggy Sue para que no fuera absorbido por el agujero negro que se llevó a Elvis. Ese hijo era él y tenía que luchar para llegar donde necesitaba ir mientras se escabullía de lo que estaba seguro. Tocaba subirse a una nueva alfombra mágica. Y, en buena parte, fueron los libros.

CormacMcCarthyBloodMeridianLo del ‘The New York Times” está ahí fuera, podéis repasarlo. Quién sabe, tal vez os sirva de acicate para descubrir algunos de esos autores y libros que cita, si no los conocéis y habéis leído ya. Tal vez ese artículo de Springsteen os sirva igual que a él le sirvieron aquellas recomendaciones de Landau. Llegué tarde a Philip Roth y lo hice por la insistencia de Bruce en alabarle en las entrevistas de cuando The Rising. Pienso ahora en la historia de “Reno”, en esa crudeza sexual tan a lo “El teatro de Sabbath”, una de las obras maestras de Roth, cómica, épica. “Todo el mundo se masturba en las bibliotecas, para eso están”, en ese plan. O en “My Best Was Never Good Enough” y lo mucho que te conduce a Lou Ford, el protagonista de “El asesino dentro de mí” de Jim Thompson. Por no hablar de la presencia constante de Flannnery O’Connor, ya desde “The River” (título también de un relato de la autora sureña, al igual que “A Good Man Is Hard To Find”, como aquella otra de Tracks) y sobre todo a lo largo de «Nebraska» y en su captura de la maldad. Os recomiendo sus “Cuentos completos”, más de ochocientas páginas sin desperdicio. Poco hay que discurrir para ver que “Hunter Of Invisible Game” es puro Cormac McCarthy (y si quedaba alguna duda, ahí está ese largo vídeo) ni para palpar que a través de las canciones de The Ghost Of Tom Joad va chorreando aquí y allá su meridiano de sangre… Y así podríamos seguir con decenas de ejemplos. Pero no me voy a extender más para no hacerme pesado en la divagación. Y ojalá Bob Dylan publique pronto la segunda parte de sus “Crónicas”. Le tengo tantas ganas a esas páginas como les tenía a aquellas casetes piratas que nos llegaban contra reembolso. Cuánto ha llovido.

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BORN IN THE U.S.A. – 30 ANIVERSARIO (II)

tumblr_mhanp7hkPN1qk04hlo2_500BORN IN THE U.S.A., cómo no te voy a querer
por Miguel Martínez

El cinismo, esa obscenidad descarada, la desvergüenza en el mentir, cada vez está más arraigado. Son los tiempos, que marcan la pauta. En ese sentido, renegar de Born In The U.S.A., más o menos sacando pecho, podría considerarse desde hace años, y diría que la costumbre no va a menos, un estándar cínico, en el mundo springsteeniano y en el otro, sobre todo cuando los listillos de turno, que abundan, como en casi todo, se las dan de auténticos. Uhm, demasiado comercial. Uhm, es el preferido de los que no entienden, de los arribistas. Uhm, es cuando Bruce se vendió. Y que si Jon Landau por aquí, ese fenicio, y que si Born To Run por allá, que aquello sí eran himnos, y que si el sintetizador de “Dancing In The Dark”. Zzzzzzz. Aburrido.

Born In The U.S.A. es un disco magnífico. Fue un disco magnífico. Aquel fogonazo de rock’n’roll en technicolor en el ecuador de los 80, con un single detrás de otro, sonando en las radios (importantísima, la radio, entonces era fundamental como correa de transmisión) y colándose entre banalidad y banalidad. No tenía precio estar en casa y, de repente, notar que ponían “Bobby Jean”. Subidón adolescente en la onda media. Accesible, dinámico, con dobles lecturas música-letra, musculoso… Un pepinazo que abrió la puerta del planeta del de Nueva Jersey a decenas de miles que no lo conocían y que le abrió a él la puerta a otro planeta, el que habitaban esas decenas, centenares, de miles a quienes quería llegar, porque un porcentaje de Bruce superior al 50 por ciento siempre soñó ser Elvis Presley, Chuck Berry, The Rolling Stones… Le gustarán todo lo que le gusten Slim Dunlap y Peter Case, Phosphorescent y, si miramos hacia atrás, Frank Wilson, pero él quería jugar en la Gran Liga. Le puso palos a esa rueda porque tenía la mosca de la inseguridad detrás de la oreja (mayor palo que Nebraska es difícil que exista), pero en 1984 se decidió, por fin, a asumir esa realidad.

xkpzbqA pesar de lo que dijo Dave Marsh con aquel (¿cínico?) comentario de que “Downbound Train” era lo peor que Springsteen había hecho hasta la fecha (puesto en entredicho, sin ir más lejos, por la versión que de ese tema ha hecho Kurt Vile, o las del propio Bruce sobre el escenario, pongamos las de 2009 a esta parte), el álbum está lleno de estados de shock de principio a fin. El corte titular, canción protesta en pleno paroxismo, “Cover Me” o el tema que hoy sería el hit ochentero de culto de Donna Summer de habérsela pasado a la diva, “Working On The Highway” o cómo debió sonar / sonará el Nebraska eléctrico, esa joya de la corona de los mitos ocultos que tanto tiempo llevamos esperando (¿en el Tracks 2?), los saxos de Clarence entrando y saliendo como cartuchos de postas en asaltos de bar band que están a la par con los mejores de The River, ya sea “Darlington County” o “I’m Going Down”, Johnny Cash puesto al día en “I’m On Fire”, tan tórridamente… Y “Dancing In The Dark”, su single valiente en mayúsculas. Qué momento, en 2002, Barcelona, cuando la entonó y una pareja de ciegos delante mío se levantó de sus asientos para bailarla cogida de las manos, mientras lloraban a lágrima tendida. Donde otros no entendían nada ellos lo entendían todo. Porque esa es la lacra que arrastra este álbum, la de haber sido malentendido, a pesar de ser el que se facturó de manera más clara para llegar a un mayor número de gente, etcétera. Volví a percibir lo mismo cuando “Queen Of The Supermarket” (¿tan diferente es su forma y fondo de “I Wanna Marry You”?), por no hablar de varios momentos del doble lanzamiento de 1992 (el cinismo se quedó a gusto: a Bruce tocaba entonces apalearlo, de tal manera que quién iba a sacar punta a “Cross My Heart” y su relación con Sonny Boy Williamson II, etcétera).

Reflexiones de un sábado por la tarde, con el verano llamando a la puerta. No me hagáis mucho caso, para qué, pero poneros una vez más “I’m Goin’ Down”. Sin esa canción igual yo no estaría aquí escribiendo esto. Ni habría descubierto “Highway Patrolman”.

BORN IN THE U.S.A. – 30 ANIVERSARIO (I)

Alternate Flag ShotFoto: Annie Leibovitz

MUERTE Y GLORIA
por Héctor G. Barnés

Las discusiones sobre la autenticidad resultan por lo general bastante baldías y mucho más anacrónicas de lo que nos gustaría pensar. Como explica recientemente Bob Stanley en su entrevista con Kiko Amat, citando el libro Faking It de Hugh Barker y Yuval Taylor, si Robert Johnson registró un puñado de oscurísimos blues a mediados de los años 30, no fue porque hubiese descendido al último círculo del infierno de Dante y hubiese vuelto para contarlo, sino entre otras cosas, porque su productor, Don Law, prefirió obviar la parte más pop, jazz y swing de su repertorio y quedarse únicamente con la leyenda del negro maldito con el objetivo de vendérsela al público blanco. No es que Johnson vendiese su alma al capital. Más bien, entendió que el mundo gira a una velocidad diferente a la que nos gustaría, y si no nos adaptamos, terminaremos perdiendo pie.

En 1982, Springsteen se encontraba en una de las grandes encrucijadas de su vida. The River lo había depositado a las puertas de la fama y el éxito incipiente de estrellas como Michael Jackson sugería que los ochenta podían ser la época de los grandes blockbusters discográficos. En su mano estaba hacer con el rock lo que Jackson había hecho con el soul, pero, ¿estaba preparado (mental, emocionalmente) para amplificar el estallido de Born to Run hasta el infinito? En la vida americana, el éxito lo justifica todo: llegar a la cima te concede la legitimación definitiva. En ese sentido, Born in the USA era el último paso, el final de su carrera. Al otro lado del espejo, Nebraska se erigía la seductora alternativa al megaestrellato. Una vida anónima, convertido en un corredor de fondo, escribiendo y grabando lo que quisiera, tocando en pequeños teatros. Pero Springsteen nunca quiso tener un perfil bajo. Así que decidió dejar de grabar canciones y pasar a hacer historia.

nebraska teac 144 3Eso sí, tomó para ello la vía más inteligente: repetir Nebraska, ese disco deprimente y asfixiante, con el sonido panorámico de la E Street Band. Born in the USA es Nebraska y Nebraska es Born in the USA, y no sólo porque «Born in the USA», «Working on the Highway» o «Downbound Train» fuesen grabadas para aquel, al igual que otras canciones como «Atlantic City». Ambos discos describen, en primera persona en Nebraska, y en tercera persona en Born in the USA (o, mejor dicho, en primera persona del plural, ese “nosotros” que se ha convertido en el principal sujeto de la obra de Springsteen) el estado de ese país que se sitúa en los miles de kilómetros que separan Nueva York de Los Ángeles. Se ha utilizado a menudo el apelativo de heartland rock para definir esa declinación tan propia de Springsteen de la experiencia del rock’n’roll: no se trata sólo de una música escapista, bailable o que permite expresar la propia subjetividad de su autor, sino de una experiencia compartida que trasciende la relación entre artista y oyente. Es el sonido del país entero. De ahí que Bobby Jean tenga un nombre tan rústico, que se hable de béisbol, que se aluda al condado de Darlington y de que, finalmente, se vuelva al pueblo para decirle a Kate que es hora de irse. El telón de fondo no es esa Nueva York mítica, ni la oscuridad en las afueras de la ciudad. Son todas las multitudes que contenía Walt Whitman. Una arriesgada empresa que debía responder una pregunta: ¿cómo se hace un super ventas rockero? Springsteen (y Landau) tenían la respuesta. Y quizá Little Steven tuviese algo que objetar en todo ello.

Tiende a olvidarse, pero Born in the USA es un prodigio de marketing. Tan bueno como la fórmula de la Coca-Cola, pero menos dañino que esta. Todas las reservas que Springsteen ha planteado posteriormente a la edición del disco suenan a excusa. ¿Deberían haber figurado «This Hard Land», «Frankie», «Murder Incorporated» o «My Love Will Not Let You Down», canciones probablemente mejores que la mayoría de las editadas? No está tan claro: Born in the USA funciona como una síntesis de The River que, como aquel, utiliza la infalible estructura de pares de canciones para construir su narración: de la desesperación de la América moderna («Born in the USA», «Cover Me») a la frívola diversión con trasfondo un tanto nihilista («Darlington County», «Working on the Highway») y los claroscuros del amor, el deseo y el sexo («Downbound Train», «I’m on Fire»). La cara B arranca con dos himnos de resistencia y amistad, «No Surrender» y «Bobby Jean», seguidos por la traca final: «I’m Goin’ Down», «Glory Days» y «Dancing in the Dark». «My Hometown» es el retorno a casa, y también una despedida. Tengo 35 años, ha nacido mi hijo, quizá sea hora de dejar todo lo que conocí atrás. El sueño del rock and roll se había cumplido para Springsteen, ahora tenía otro reto más importante por delante: el de la madurez. «Life and How to Live It», como cantaban REM.

WITH COURTNEY COXLa serie de álbumes comprendidos entre The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle y Nebraska no tiene parangón en la historia del rock, ni siquiera con Dylan o los Beatles. El destino llamó a la puerta del camerino de Springsteen quizá en esa noche de agosto de 1981 cuando tocó delante de los veteranos de Vietnam y miró a los ojos de su público. Puede ser que fuese en ese momento cuando se dio cuenta de que tenía a su país en el bolsillo, que ya no tenía que ganar seguidores uno a uno. Podía dar jaque mate al espíritu de América si movía la pieza adecuada. Así lo hizo, claro está, y la odisea que siguió a aquel éxito es la propia del guerrero que vuelve de un lugar maravilloso en el que sólo se puede vivir poco tiempo. Como todo hombre llamado por el destino, Springsteen se dejó llevar por él en volandas, rechazando sus propios deseos (y principios). Quizá en algunos momentos, como en el primer concierto en estadio en Slane Castle, sintiese algo parecido a lo que le pasaría por la cabeza a Napoleón en Waterloo: el destino se ha cumplido pero quizá no como lo imaginaba. Hacía ya unos cuantos meses que había tomado la decisión de su vida. Entre la muerte y la gloria, entre ser olvidado y recordado, Springsteen eligió ambas cosas. Siempre lo quiso todo, y lo quiso ya.

Malos tiempos para el striptease refinado

AppleMarkpor Miguel Martínez

“El descubrimiento más consistente que he hecho tras cumplir 65 años es que no puedo perder tiempo en hacer cosas que no quiero hacer”, dice Jep Gambardella, el protagonista de la extraordinaria y felliniana La gran belleza, personaje que borda Toni Servillo. A través de su delirante juego de máscaras se retratan de forma devastadora superficialidades y anhelos de Roma y de cualquier ciudad. Al hilo de esa cita, y con el 65º cumpleaños de Bruce Springsteen en un horizonte no muy lejano (faltan menos de cuatro meses), me ha dado por tender puentes entre una cosa y la otra. Miento: todo empezó a finales de abril, con la publicación del EP American Beauty y esas reacciones enconadas que leí en los foros virtuales de tanto aspirante a periodista musical (precisamente ahora, cuando el oficio agoniza) que, haciendo ostentación de limitaciones y de falta de sosiego (se trata de llamar pronto la atención, ya, el primero), sacaban punta a los tópicos (facción negativa) y al desprecio por la argumentación, esa carencia que da compás a los solitarios distraídos. Todo agitación y fast food. Ya no se teje ni se hila.

nebraska1Afirmó Charles Chaplin que sin haber conocido la miseria es imposible valorar el lujo. Ante la avalancha informativa de la actualidad, ante la avalancha de posibilidades de ver y escuchar grabaciones de estudio y directos de Springsteen de los últimos años, ante el lujo de disponer out of the blue de cuatro temas inéditos como los de American Beauty, uno, que viene de aquellos míseros tiempos en que poseer en casete -y escucharlo una y otra vez, night after night– el recopilatorio All Those Years era tener acceso a la joya de la corona (mis cortes favoritos, los ensayos para la gira de The River), tiempos en que la aparición de Crystal Cat nos dejó tan ojipláticos como el anuncio en 1996 de la colección de CDs The Lost Masters (qué momento, recibir el primero, Alone In Colts Neck. The Complete Nebraska Sessions, con “Pink Cadillac” sobrevolando Graceland a medianoche y aquel “Born In The USA” con la guitarra eléctrica dando un respingo tras “they’re still there, he’s all gone” que no sale en la versión del Tracks, ¡y con “Losin’ Kind”!)….

Uno, decía, ante este mundo que te pone a un tiro de YouTube los disfrutes por los que antes te pasabas semanas esperando al cartero y ante este mundo que se ventila una canción como “Hey Blue Eyes” con dos frases errantes dirigidas contra sí mismas, uno tiene ganas de (con perdón) vomitar. Porque, como se lee en el libro La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han, “la moderna pérdida de creencias, que afecta no solo a Dios o al más allá, sino también a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero. Nunca ha sido tan efímera como ahora. Pero no solo esta es efímera, sino también lo es el mundo en cuanto tal. Nada es constante y duradero. Ante esa falta de Ser surgen el nerviosismo y la intranquilidad”. De tal manera que se acaba la gira Wrecking Ball / High Hopes y al minuto ya toca especular con nerviosismo e intranquilidad sobre si Bruce volverá en otoño o en 2015, y que si la caja de The River ¿para cuándo?, o si esos directos clásicos estarán ¿en Navidad?, etcétera.

label_smallEl tour recién finalizado no se reposa, no se digiere. No se saborea. ¡Para qué! Será que es mejor la ansiedad, ese mecanismo de hiperactividad, como reacción a la vida desnuda. La histeria del trabajo y la producción. Cicerón incitaba a sus lectores a apartarse del foro y del jaleo de la multitud y a retirarse a la soledad de la vida contemplativa. Cuatro canciones nuevas aparecidas hace solo un mes bien podrían ser motivo de contemplación, ¿no? Cuando apareció “Streets Of Philadelphia”, una contra cuatro, hubo comida para semanas. Una gira donde han sonado cosas que de haberlo hecho en 1978 serian elevadas a la máxima potencia también debería poner en práctica la pedagogía de escuchar con calma. Pero a nivel colectivo no ocurrirá. Por suerte, y al margen de la frase inicial del protagonista sobre los 65 años y no perder el tiempo en naderías, si alguien me recuerda a Bruce en La gran belleza es esa bailarina que quiere seguir desnudándose ante el público igual que siempre y de quien su padre comenta: “Tiene 42 años y aún quiere hacer striptease refinado. Pero es el mundo el que ya no es refinado, ¿estoy en lo cierto?”.  Está en lo cierto. Cuánto juego habría dado “Hunter Of Invisible Game” si hubiera estado en aquel “lost master” con las sesiones de Nebraska. O “The Wall”, si hubiese cerrado, en plan elegía, Born In The USA, tras “My Hometown”. Eran otros tiempos.

«American Beauty» – En el laberinto

por Héctor G. Barnés

Este no es un disco de descartes. En todo caso, es un disco de descartes de descartes. Se trata, al mismo tiempo, del que probablemente sea uno de los trabajos de la discografía de Springsteen más difíciles de catalogar. No sólo porque no haya un discurso que lo focalice todo como suele ocurrir en grandes álbumes de su autor, sino porque, aún más que en High Hopes, estos temas pertenecen a momentos y facetas muy diferentes de Springsteen, y raramente interactúan entre sí. Una vez conscientes de ello, las cuatro canciones de American Beauty son como espejos reflectantes en el laberinto de referencias que siempre ha sido la prolífica producción de su autor. Canciones que recuerdan a otras, pero también, canciones que invocan a los Springsteen que conocimos durante los últimos años, y anticipan a aquellos que nos faltan por conocer.

AMBEAUTY PROMO
“Belleza americana, ¿serás mía para siempre en esta carretera, contando las líneas blancas?” Aquel verso que en «Gypsy Biker» reflejaba la desesperada huida hacia adelante de su protagonista, se convierte en el tema titular del disco en un eufórico retorno a las promesas de Born to Run, matizadas por la melancolía de Magic. Como ha dicho Springsteen en infinidad de ocasiones, no se escriben tantos buenos versos como para desperdiciarlos, y aquí reaparecen líneas de «Down in the Hole» y «Livin’ in the Future». Probablemente nada más que una maqueta que nunca llegó a ser terminada hasta el año pasado, «American Beauty» es la mejor muestra de lo que ocurre cuando su autor intenta recuperar las formas musicales de su juventud (como también ocurría con sus primas hermanas «Frankie Fell in Love» y «My Lucky Day»): cada cosa tiene su tiempo y su lugar, y probablemente Springsteen tuviese toda la razón al lamentarse, a finales de los noventa, de que había perdido su voz rockera. Que compare esta canción con Exile on Main Street, como ya hiciera con «Frankie Fell in Love», no quiere decir mucho, aparte de que quizá no haya escuchado demasiado bien el clásico de los Rolling Stones: no hay nada aquí del exuberante abandono de aquel disco, sino esa pesada y fría sobreproducción a la que recurre Springsteen cuando quiere recordar a Spector. Lo peor del lote, quizá porque «American Beauty» es Springsteen intentando hacer lo que se espera de él. Y deja un detalle para la polémica: asegura que es algo así como Exile on E Street Band… Cuando el único miembro de la banda que aquí toca es el teclista Charlie Giordano.

Más simpática resulta «Hurry up Sundown», una canción que nos vuelve a recordar que quizá su autor está más cómodo en los últimos años haciendo pop y sacando lustre a una buena melodía que apretando los dientes y empuñando la eléctrica. Muy en la línea de los últimos discos de REM, el tema concilia el escapismo del tedio cotidiano de «Queen of the Supermarket» con el romanticismo kitsch de «Kingdom of Days» o «This Life». Lejos de la sutileza del mejor sunshine pop, una buena liposucción favorecería a un tema, no obstante, más apreciable que «American Beauty».

Pero si algo hay aquí que pueda interesar al fan son «Mary, Mary» y «Hey Blue Eyes», que reúnen algunas de las cualidades de las mejores composiciones de su autor en los últimos 30 años. «Mary, Mary» es una bonita compañera de canciones como «Two Faces» o «Leah», uno de esos sentidos medios tiempos que reflexionan sobre las alegrías y derrotas del amor a partir de pequeñas pinceladas líricas, y que también evoca la juventud perdida de «Girls in their Summer Clothes» o «The Last Carnival». ¿Mi momento preferido del EP? Cuando Springsteen canta «summer storm blew in soft and cool» llevado en volandas por el bucle de cuerdas a lo Van Morrison que puntea la canción, uno de esos pequeños espejismos que recuperan al Springsteen más sensorial, el que era capaz de crear imágenes en cinemascope con cinco palabras y dos notas. La sobriedad del tema proporciona una interesante vía de futuro para el Springsteen maduro.

Algo semejante ocurre con «Hey Blue Eyes», turbadora alegoría de los Estados Unidos de Bush que nos presenta al Springsteen más sórdido: “esta noche te tendré desnuda y gateando, atada a mi correa”. Es el lado oscuro de «Worlds Apart», pasado por el filtro lírico del John Wesley Harding de Dylan, un tema que sacado de su contexto quizá pierda parte de su potencia, pero que publicado en 2007 podría haber significado un importante golpe en la mesa por parte de Springsteen, que quizá se encontraba poco cómodo con la dureza de la letra. Sea como fuere, en su parsimoniosa elegancia, «Hey Blue Eyes», junto a «Mary Mary», harán soñar a unos cuantos con el retorno del Springsteen más intimista, aquel que tiene por delante el reto de dejar para la posteridad alguna que otra obra maestra más a la altura de la leyenda del de Nueva Jersey.

(American Beauty se publicó en vinilo el 19 de abril, en una edición limitada especial para el Record Store Day. También se puede comprar en formato digital en iTunes y Amazon, o escuchar en Spotify)