A Montpellier con Point Blank. Woody, Elvis y el ritual


por Miguel Martínez

Ausentes incluso los ligeros contratiempos, los dos autocares fletados por Point Blank recorrieron la distancia que separa Barcelona de Montpellier sin novedad en el frente. Una vez en la ciudad francesa, los primeros brotes de histerismo empezaron a hacer acto de presencia -esos nervios para ver a Bruce entrar en el recinto…-, aunque sin ir más allá del pronóstico “menos grave”. Mientras Springsteen realizaba la prueba de sonido, un grupo reducido de expedicionarios conseguimos sacar la oreja por la sala (las medidas de seguridad eran escasas: hubo quien llegó a plantarse ante la abierta puerta del camerino) y pudimos comprobar que el de New Jersey se tomaba los preparativos con calma. Faltaban sólo un par de horas para el concierto.

En comparación con su anterior paso por Europa, este tramo final del “Solo Acoustic Tour” ha mostrado a Bruce más curtido y suelto con el repertorio, hasta el punto de romper el guión cuando el guión lo pedía (y no es una paradoja). Pero también -y ahí está el verdadero problema- ha dejado constancia de que para la gran mayoría de aficionados esta gira ya se ha convertido en otro “ritual de lo habitual” donde vuelve a importar más ver que escuchar –y si puede ser en primera fila mejor, claro está– y donde parece que muchos-as sólo están allí para hacer fotografías con flash y coger posiciones antes de la avalancha que sigue a “Across The Border”. Penoso. La excepcionalidad (el “boss” ahí, a dos palmos) se ha pervertido y la pasión ha podido a la emoción. Lástima, porque por culpa de ese fanatismo los bises de Montpellier (con intentos de invasión de escenario incluidos) se convirtieron en un trámite a medio gas donde un Springsteen con cara de circunstancias -quiere ser Woody Guthrie y su público sólo ve al Elvis de las lentejuelas- dejó caer su karaoke del 84 (“No Surrender”, “Bobby Jean”, “Working On The Highway”) para contentar y calmar la sed de populismo. Las semillas mal sembradas, aquellas concesiones al macroestadio, son las que ahora se recogen.

Pero esas nubes no han de tapar una actuación donde el hijo de Douglas y Adele andó sobrado de inspiración desde que la armónica de “The Ghost Of Tom Joad” –sinuosa e incisiva, más incluso que al inicio de la gira– dio la señal de salida. El desenfreno hillbilly de “Red Headed Woman”, la cortante quietud de “Point Blank”, la desnudez emocional de “Dry Lightning” o la descarnada trilogía fronteriza –“The Line”, “Balboa Park” y “Sinaloa Cowboys”– dejaron clara, por si aún alguien tenía dudas, la profunda intensidad que Bruce ha logrado tejer con su solitario proyecto de “folk singer” del realismo sucio. Y qué decir del incendiario látigo de “Born In The U.S.A.”, donde el “slide” arrastró al Ry Cooder de “Alamo Bay” hasta el Neil Young de los riffs rabiosos; de la frenética “Johnny 99”, con una introducción hiperrevolucionada digna de los buenos tiempos del dúo Woody Guthrie-Sonny Terry; o de una antológica versión de “For You” donde Springsteen se vació (seguramente porque la cantó para él, que es como su tensión más conmueve: recuérdense las dos actuaciones de 1990 en el Shrine Auditorium de L. A.).

Cuando se encendieron los focos llegó el momento de intercambiar impresiones sobre el concierto y con él la constatación de que los aficionados de Springsteen se han dividido en dos bloques que cada vez se encuentran más alejados. En uno, el mayoritario, los que vibran con la liturgia de las banderas, el puño en alto y los estribillos a coro, aquellos que ven sobre el escenario a una especie de dios y se sienten partícipes de una comunión que comparten con el resto del público. Son quienes añoran a la E Street Band y no entienden que en los bises de esta gira no haya sonado “Born To Run” o “Thunder Road”. Y en el otro bloque, minoritario, encontramos a aficionados que no miran hacia el pasado y aplauden que “Streets Of Philadelphia” se editase con caja de ritmos o que “Galveston Bay” rompa el alborozo de los bises para recordarnos que el núcleo central de esta gira se encuentra sentado en un taburete y pensando en la frontera mejicana, no en los viejos himnos. Son quienes no añoran a la E Street Band –eso no quiere decir que renieguen de ella– y apuestan por un Bruce que en sus próximos discos se vaya alejando a pasos agigantados del cliché de “mega star” que todavía le acompaña. También son quienes, más que un ídolo de masas, buscan a un escalofriante contador de historias. Por lo visto en Montpellier, parece que el cisma entre ambas facciones no sólo es inevitable, sino necesario. Y es que, guste o no guste, mientras unos buscan a Jon Bon Jovi o a una especie de “spice boy” que les sirva de héroe, los otros andan detrás de Townes Van Zandt (q.e.p.d.), Johnny Cash, Jayhawks o la saga Uncle Tupelo. Mensajes opuestos, lenguajes diferentes.

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