31 marzo, 2006

The Seeger Sessions: a flor de piel

por Miguel Martínez

La casualidad ayuda. Motivos laborales le llevaron a uno al festival South By Southwest de Austin y resultó que en su programa de actos estaba la primera listening party oficial del disco We Shall Overcome: The Seeger Sessions. Era 17 de marzo y tuvo lugar en la tienda Waterloo Records, que repetía primicia: también ahí, en el marco del South By Southwest de 2005, debutaron las listening parties de Devils & Dust.

No somos ni un centenar de personas las que hemos acudido al local para escuchar a Springsteen cantar en la encrucijada donde se encuentran los ríos del folk. Me esperaba más. Dice el dueño que hace un año aquello estaba hasta los topes. Hay gente que ha ido con sus hijos pequeños y los hay que caminan por la tienda bebiendo cervezas. Los unos y los otros aciertan: estamos a punto de disfrutar de música apta para todos los públicos (o así debería ser) y que incita a mojarse los labios, sobre todo porque (como vamos a comprobar) ha sido grabada en satisfactorio estado de casi embriaguez.

Primero se nos pasa el DVD en una pantalla de generosas dimensiones. Muestra el proceso de elaboración del disco, muy en plan cinema verité. Parece que no se hayan editado las imágenes, que aquello estuviese en crudo. Bruce silbándole a Soozy Tyrell como quiere que suene el violín, Bruce diciéndole a los músicos que beban, ¡qué beban!, Bruce tocando el acordeón (imaginario) al aire, Bruce alzando vasos pequeños y vasos grandes… ¡Bruce everywhere! El casi centenar de asistentes ríe y flipa: nuestro hombre, sí, parece un poco proetílico, o algo parecido, en más de un momento, y no sólo no lo disimula sino que lo enfatiza. ¡Y anima a su banda a que lo imite! Dice que quiere un sonido salvaje, en plan cervecero o borracho de whisky. ¿Estamos ante Shane McGowan de The Pogues? Vemos como lo lleva a la práctica. Primero escuchamos la grabación de John Henry, después Pay Me My Money Down. La primera parece folk-rock de antes del folk-rock, con mucha bravura; la segunda, cajun para bailar en la iglesia de unos braceros en paro. Sí, es un disco para bailar y/o llevar el ritmo con la suela del zapato, pisando fuerte el suelo, martilleándolo. Es efusivo, es un brindis. Springsteen está conectado, enchufado, a las canciones. Les pone nervio y el grupo tiene la cancha que necesita. Se graba con todos sentados en círculo, muy en directo. Todos menos la sección de viento, situada en lo que parece el pasillo. La escena del crimen es una habitación de madera llena de micrófonos y cables, nos recuerda lo leído y visto sobre The Basement Tapes. The Band y Bob Dylan circa 1967 nos sobrevuelan.

Bruce aparece también sentado con un sombrero en plan “mafioso en su finca”. Podría salir así en Los Soprano y daría el pego. Con esas pintas habla de la música folk y de su verdad. De que no necesita electricidad y puede ser tocada en cualquier lugar. A continuación lo vemos con la banda en el jardín, interpretando todos a pelo Buffalo Gals. De la teoría pasan a la práctica. Y de ese jardín al interior de la casa con O, Mary, Don’t You Weep, que nos remite al gospel campesino negro. Escenas de camaradería, de hermandad. Patti y su marido hombro a hombro, la cámara siguiéndola. Ella tiene protagonismo: en los créditos su nombre es el segundo en leerse, tras el de Bruce. Él sigue fiel a su camisa de cuadros azules. ¿Cuántos años hace que la tiene, más de diez?

Después del (fabuloso) DVD llega la hora de escuchar las canciones del CD. La selección empieza con Old Dan Tucker, con el acordeón y el banjo fogosos y Bruce estrujando su garganta. Jesse James no se queda atrás. Estamos ante la E Street Jug Band, viajamos en un circo con Kitty (recordad: Kitty’s Back) tarareando los dos volúmenes de Mermaid Avenue (recordad: esos en que Billy Bragg y Wilco recuperan a Woody Guthrie), seguimos la estela de una hipotética Asbury Thunder Review. Percibimos mucho aroma irlandés. De taberna irlandesa. De un tiempo al margen de los relojes. El disco no suena nostálgico ni fuera de época. Harán falta más escuchas, claro está, para llegarle al tuétano, pero tiene toda la pinta de que va a tocar la fibra de los seguidores abiertos a desafíos: al que no esté preparado para algo así le parecerá un disco feísimo, tal vez, tan feísimo como pueda parecerle escuchar los muy bellos y dolidos blues de Skip James o los vudús de Nueva Orleans del hechicero Dr. John. En Waterloo Records los padres acabaron bailando con sus hijos, y la versión de We Shall Overcome (muy parecida a la de 1998, tanto que dudé si era la misma) pintó caras de emoción. Con eso quiero decir: la música atravesó la piel. Que es de lo que se trata.