Springsteen en Madrid: 8 de mayo 1996

por José A. Díez Madrigal

Ante todo, The Ghost of Tom Joad me pareció, y me parece, un disco excesivamente serio y monótono, tan trascendental que llega a rozar la línea del aburrimiento, justo en ese punto donde mis oídos se rebelan al escuchar al salvador de Sting o a excesos de Pink Floyd. Aún he sido incapaz de resistir una audición entera del disco, lo he intentado, lo juro, incluso me lo grabé para escucharlo en el coche… hay temas que me gustan mucho, otros que me gustan y algunos que me aburrren, y en general esa puñetera manía de usar sintetizadores en plan colchón en las canciones me saca de mis casillas. Continuemos. Mi relación con Bruce ha recorrido diversos caminos, y en estos momentos no puedo esconder que la tensión existe entre nosotros, aunque nos respetamos, pero cada uno va un poco por su lado.

Bruce descubrió una buena tarde de los ochenta que yo era un cínico, que me cerraba en conceptos tradicionales y sagrados del rock, de canciones; que la música y el negocio no eran buenos aliados, excepto en la pasta, y que como muchas veces ocurre en la vida diaria hay que predicar con el ejemplo, y yo no puedo exigir lo que soy incapaz de hacer. Sigamos. Jamás he entendido los fanatismos radicales, nadie es mejor ni peor por oir a Bruce, ser del Barça o votar a Gallardón. Se puede defender lo defendible, lo que no, por muchas vendas que nos pongamos en los ojos, no cuela. Deseo que los que hayan llegado hasta este punto no se estén acordando ya de mi familia, porque demostraría una teoría que sobrevuela el entorno del fan: la intolerancia. Y eso es fascismo. Retomemos el hilo. Yo fui a Madrid por deportividad, sin entrada y dispuesto a pasar por el trance de la reventa en plan dieta pobre. Sin embargo Salvador, editor de tan insigne publicación, me facilitó una entrada sin pasar por el juego de la reventa. Tanto pides tanto pagas, otras vez gracias.

El público, en su mayoría jóvenes conocedores de Bruce probablemente después de Born in the U.S.A., fascinado y enloquecido por el mito. Cientos de chavales y chavalas que llenaban los asientos del Palacio de Congresos, haciendo creer que el escenario sería ocupado por alguno de los iconos de la nueva cultura pop en vez de por un veterano rocker, cercano a los 47 años, que podría ser padre de la generación Kronen que tenía por audiencia. ¿Dónde estaban los veinti y mucho añeros, los treintañeros y algún cuarentón que crecieron, amaron y vivieron con Born to Run, Darkness o The River? Ya lo dice la canción: «Bailaré sobre tu tumba». El ritual estaba preparado. Mi ánimo previo al concierto no era muy esperanzador, un disco aburrido como banda sonora, mucho folk y poco rock’n’roll no alentaba mi cerebro. El reclamo para el corazón era el lugar, teóricamente pequeño, aunque para alguien de pueblo como yo casi dos mil personas me siguen pareciendo mucha gente. ¿Podría recuperar San Bruce mi falta de fe? La respuesta estuvo en un concierto áspero, duro, tosco. Bruce desnudó su imagen más folkie, como si el escenario estuviese en pleno Greenwich Village. Volvió a demostrar que como «entretenedor» no hay nadie igual, conoce todos los resortes, las tablas son para él el reino donde se desenvuelve con soltura y la epístola volaba hacia sus fieles. Como en cualquier liturgia, un oficiante lleno de sabiduría (o al que se le presume cierta sabiduría) y unos devotos dispuestos a cualquier cosa por escuchar su palabra.

Podríamos, que se puede, crucificar al santo por las formas, por el fondo, por la parafernalia… pero no estamos para eso, aunque las dudas sobrevuelen por mi cabeza. Pero después de dos horas acercando el mito a los humanos y tras un concierto emotivo, intenso, creíble y sobre todo profesional, las dudas se desvanecen. The Ghost of Tom Joad seguirá siendo un disco aburrido, pero la simpleza de sus canciones e historias ganan con el directo. Bruce sigue siendo un gran cronista, con las dudas, inquietudes y temores que todos tenemos, y su concierto de Madrid, notable.

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