Bruce Springsteen en Barcelona: el mundo se detiene durante tres horas

por Asier Miner
Domingo 30 de abril, segundo concierto de Bruce Springsteen y la E Street Band en Barcelona como parte de su gira de 2023. Llego al Estadio Olímpico tras un aguacero. La lluvia no borra mi ilusión, sino al contrario, espero la salida de los protagonistas de la velada con la esperanza de que eliminen todas las nubes del cielo e iluminen las estrellas con su actuación. Las expectativas son altas. El inicio de la gira por Estados Unidos concitó elogios prácticamente por unanimidad. Hasta ahora el repertorio ha sido más fijo que de costumbre, sin cambios destacables, sin improvisación. Un guion muy estructurado que Springsteen y sus camaradas siguen con fidelidad.
La primera sorpresa llegó cuando el reloj todavía no marcaba las nueve de la noche. La banda sale antes de la hora prevista. El público responde con devoción, el estadio es una olla a presión. Los asistentes querían prolongar la fiesta que comenzó dos días antes, el viernes 28, en el mismo escenario, en el que fue el pistoletazo de salida del tour europeo. La segunda sorpresa llega de forma inmediata. Arranca el concierto con un tema inédito hasta ese momento en la gira, “My Love Will not Let you Down”. Inmejorable carta de presentación de lo que nos espera en las próximas tres horas.
Aún intento asimilar que, efectivamente, lo que estoy viviendo no es producto de mi imaginación. El tan ansiado día ha llegado. El primer corte de Letter To You no tarda en aparecer. «Ghosts» suena con la fuerza de sus clásicos. Es una canción sobre el poder redentor de la música y enlaza perfectamente con el mensaje que transmite Letter To You y esta gira. Hay que aprovechar el momento. El mañana nunca está asegurado. No importa la edad que tengas, la vida está para exprimirla porque nunca sabes cuándo se agotará tu tiempo. Esto es lo que nos quiere recordar Bruce en estos conciertos.
La banda suena rodada, sólida, contundente. Los temas se suceden uno tras otro sin respiro. Bruce, con una intensidad abrumadora, ataca su repertorio sin contemplaciones, concentrándose en lo verdaderamente importante, en lo esencial: las composiciones y su interpretación. Cada palabra, cada solo de guitarra, los aborda con una fiereza pasmosa. No se entretiene tratando de jugar con el público, no alarga las canciones innecesariamente. Todo suena fresco y dura lo que tiene que durar.

El repertorio elegido es un acierto absoluto. Hay espacio para recorrer toda su sobresaliente discografía y detenerse en joyas que durante años parecían olvidadas. En este sentido, impacta escuchar «Kitty’s Back», pese a que haya sido fija en Estados Unidos. Es sin duda, uno de los puntos álgidos del concierto, con cada miembro de la E Street Band a quemarropa aprovechando su momento para lucirse. Parece mentira que sean septuagenarios, pero lo son. Lo que han podido perder en energía lo han ganado en sobriedad.
Tras “Nightshift”, que en directo gana enteros respecto a la versión de estudio, llega el turno de un momento sobrecogedor: la inmensa “Trapped”, que me puso un nudo en la garganta por el sentimiento que le imprime Bruce, la garra, ese poderoso y potente estribillo. Otro punto de inflexión lo protagoniza “Last Man Standing”. En las pantallas se puede leer lo que Springsteen nos está contando, aquella inolvidable experiencia en su primer grupo, The Castiles, sus recuerdos de juventud y cómo ahora, casi 60 años después, es el único superviviente de aquella primeriza aventura que le enseñó los fundamentos del rock and roll y, también, el valor de la amistad.
Y claro, si hablamos de amistad debemos mencionar “Backstreets”, recreada en una interpretación sublime, llena de carga emocional, donde la promesa que se hicieron aquellos amigos parece más presente y valiosa que nunca. El recuerdo de las personas las mantiene vivas para siempre. El broche de oro corrió a cargo de las insustituibles “Badlands”, disparada a una velocidad endiablada en un tremendo derroche de fuerza; “Thunder Road”, donde las 57.000 afortunadas gargantas que se congregaron se erigieron en protagonistas; “Born in The U.S.A” y su habitual vigor, y como no podía ser de otra manera, la siempre bienvenida y eterna “Born To Run”.
“Ramrod” y “Glory Days” hicieron desear que el fin de fiesta estuviese lejos, aunque todos sabíamos que el ocaso del concierto se avecinaba. “Bobby Jean” recapituló con eficacia el mensaje que sobrevolaba por una noche barcelonesa cuyo cielo quedó despejado definitivamente ante la lección impartida por la pandilla de la Calle E.
Llegamos al final. Después de la previsible “Dancing in The Dark”, regresan los sentimientos a flor de piel gracias a una “10th Avenue Freeze-Out” en la que se homenajea a Clarence Clemons y Danny Federici con imágenes y vídeos en las pantallas del estadio. El recuerdo de los amigos caídos, de estas dos personas que dejaron una huella imborrable, nos acompaña hasta “I’ll see you in my dreams”, la última canción. Ya con el resto de los miembros del grupo fuera del escenario, Bruce, acompañado solamente por su guitarra acústica, nos brinda un regalo de despedida de la manera más sentida y conmovedora posible. El público se rinde a sus pies cantando al unísono, prácticamente susurrando el estribillo (“Te veré en mis sueños”).
Abandono el estadio entre eufórico y nostálgico, consciente de habar disfrutado de una noche que me marcará para el resto de mis días. Sabedor de que lo que acabo de ver se convertirá en un recuerdo que guardaré en mi corazón como el tesoro más preciado. Bruce mantiene el secreto de cómo tocar la fibra, cómo encandilar y enamorar a su audiencia. Regreso a casa feliz por seguir su consejo y vivir esas tres horas como si el mundo se hubiese detenido. Rezando por volverle a ver, y no sólo en mis sueños.











El sonido, estupendamente remezclado por Bob Clearmountain de las cintas multi-pistas originales, añade más contundencia al visionado. Tras un recibimiento clamoroso, Bruce arranca con la impetuosa «Prove it All Night» y lo primero que adivinamos es que la voz de esa gira ’78 sigue intacta, con Bruce dejándose la garganta en cada estribillo y sonando con la misma fuerza que en esa gira. El solo final de la primera canción así lo demuestra: incendiario. Max, esa bestia de la batería, aporrea como si no hubiera mañana y Bruce no para ni un segundo.
«The Promised Land», con intro de doble armónica, supone la primera toma de contacto con las primeras filas. Bruce se pasea por ambos lados del escenario y la zona frontal mientas aulla «blow away the dreams that break your heart», levanta el puño y siente el palpitar de sus seguidores más excitados justo delante de él. Acaba la canción y encontramos el primer incidente de la noche (hasta ahora todo lo visto es del concierto del día 22): un fan le entrega un pastel de cumpleaños. «¡No me lo recuerdes!» grita un Springsteen algo ofuscado pero medio sonriente. A continuación lanza el pastel hacia el público y dice «Enviadme la factura de la lavandería». Un gesto innecesario en una noche en que tenía los nervios a flor de piel.
Para romper la tensión creada, y pidiendo disculpas por el incidente anterior («Ya no puedo fiarme de mí mismo», afirma), llega la festiva «Sherry Darling», de nuevo en su versión original de 1978. Eufórica, excitante, de ritmo contagioso. Los juegos y carreras con Clarence provocan el entusiasmo general, y tras un largo solo de saxo, ambos corren hacía la parte trasera del escenario, para sorpresa de un público ya sobreexcitado que los recibe con entusiasmo. La guitarra de Bruce se desconecta (no había aun tecnología inalámbrica fiable en esa época) y los esfuerzos de su técnico Mike Batlan por re-enchufarla se convierten en una alocada y divertida persecución por el escenario hasta el fin de la canción.
Seguimos en el día 21 con la inmensa «Jungleland», y me hace un nudo en la garganta ese largo y memorable instrumental de saxo al final de la misma. Es impresionante, aquí y en todo el concierto, ver la extraordinaria agilidad y fuerza del imponente Clarence Clemons, su complicidad con Bruce en todas las canciones, sus juegos constantes, las carreras, los guiños, la potencia bestial con la que emprendía cada solo hasta llevar cada canción a un estado superior.
Vuelven al escenario con sorpresas: Jackson Browne, Rosemary Butler y… ¡Tom Petty! (y aquí es cuando uno no puede contenerse y asoma la primera lágrima). «Stay» (día 22 de nuevo), popularizada por Browne en los 70, abre la tanda de bises. La cantan Jackson, Rosemary, Bruce y Tom, una estrofa cada uno. El momento Petty, ¡tremendo!, seguido de un solo de saxo marca de la casa y los cuatro cantando al unísono en el estribillo final. Sin pausa enlaza, con la magia de la edición, con el «Detroit Medley» del día 21. Una apisonadora de rock’n’roll, incluyendo el gag del «aviso de emergencia» habitual en sus conciertos en los 70 (no diré más, hay que verlo).
Ignorado el incidente, vemos el final apoteósico de la canción, con Bruce simulando un desmayo, para revivir a continuación tras la asistencia de los «enfermeros» Clarence y Steve, y finalizar el tema con un vigor y una épica como pocas veces se ha visto, con unos minutos de delirio y descontrol absoluto.