23 febrero, 2012

Wrecking Ball: la vanguardia de los viejos tiempos


por Jesús Jerónimo

Hubo un tiempo (o eso nos cuenta la leyenda) en el que las eternas carreteras de América bullían de vagabundos aferrados a una guitarra, dedicados al eterno vagar de un sitio a otro y poniendo su alma en una canción de tres acordes, dispuestos a ser cronistas del fracaso del sueño americano. De aquellos tiempos, en los que un tipo llamado Woody Guthrie lucía una guitarra que aseguraba matar fascistas, surgió un cancionero eterno y popular que mostraba un mundo en descomposición, perdido y ofuscado en la más grave crisis económica que el mundo hasta entonces había conocido. La vida y la muerte solo costaban unos pocos doláres y un ser humano valía lo que era capaz de producir, si tenía la suerte de encontrar donde hacerlo.

De aquello han pasado mas de ochenta años. Y como aseguraba alguien, la historia se repite a sí misma tristemente. Vivimos tiempos similares, y con todas nuestras redes sociales, nuestros informativos actualizados al minuto y nuestros dispositivos móviles de última generación no hemos sido capaces de evitar que nos gasten la misma broma.

Es en ese contexto, en medio de un sombrío 2012, donde aparece el nuevo album de Bruce Springsteen. El millonario americano, aún convencido de ser la voz heredera de Guthrie, se lanza a un sorprendente y maravilloso ejercicio donde reinvidica la voz del hombre de la calle, la música de los callejones y el arrojo de la conciencia de clase. Country, irish music, gospel e incluso rap, todo vale a un Springsteen aguerrido como nunca para trenzar un fresco sobre el estado de las cosas que no dejará indiferente a nadie. Lo amas o lo odias. El de New Jersey, salvo en su previo y domesticado Working on a Dream nunca fue un hombre de medias tintas. No contento con eso, reviste al conjunto con un barniz de modernidad utilizando beats pregrabados y loops para imbuir a la mezcla resultante de un aire de modernidad insólito. Y sorprendentemente, en medio de todo ese batiburrillo sale mas que airoso, triunfante.

Desde el arranque con «We Take Care Of Our Own», mucho mas apetecible colocado en el contexto del resto del album que como single inicial, donde establece las preguntas iniciales sobre lo escasamente que nos cuidamos los unos a los otros hasta la escalofriante rememoración del espiritu de Johnny Cash (no podía faltar a la fiesta) que cierra el album en «We Are Alive», paseamos por un cancionero inspirado y reivindicativo. El álbum claramente se divide en dos partes: una primera amarga y protestona, que pasa de la tristeza de «Jack Of All Trades», dedicado a todas esas almas perdidas e infrapagadas que hacen que nuestro primer mundo funcione a base de salarios mínimos y sacrificios (versos centrales del álbum: «Aguantamos la sequía / ahora aguantaremos la inundación…[..]…. Si tuviese un arma / encontraría a esos bastardos y les dispararía» hasta la llamada a las armas de «Death To My Hometown» (quiero alistarme en las filas del ejercito del pueblo!!) todo es rabia y desesperación, puntuada por algunos temas musicalmente alegres pero líricamente amargos.

La segunda mitad se ocupa de la esperanza en que un mundo mejor está por venir, con la sensacional «Wrecking Ball», donde Bruce parece querer decirnos que sí, que si quiere podría seguir escribiendo himnos para la E Street Band si así lo desease. Mucho mas centrado alrededor del gospel, el final del disco alterna temas sorprendentes («Rocky Ground», que incluye un rapeado y muchos aires de modernidad o una extraña y emocionante versión de «Land Of Hope And Dreams», tema ya conocido de sus conciertos que raya a gran altura con el solo póstumo del desaparecido Clarence Clemons). La ya mencionada «We Are Alive» cierra un disco soberbio, reinvindicando la vigencia y el espíritu de los muchos muertos en la lucha por los mismos derechos que ahora están amenazados, quizá de forma definitiva.

Y así, poco a poco, el disco reconstruye el concepto de música del trabajador y para el trabajador. Hay quien dice que es un enorme ejercicio de hipocresía, ningún «Jack Of All Trades» se podrá permitir ir a un concierto de Springsteen este año al precio de las entradas. Tremenda paradoja.

Y sin embargo, esta es música del pueblo y para el pueblo. Es música de lucha para la lucha. Y en los tiempos que vivimos, toda lucha es poca. Así que no queda mas que agradecérselo. El americano no tendría por qué meterse en estos follones, así que uno prefiere pensar en que hay cierta dignidad en ser una estrella menguante de 62 años y que toda esta diatriba le sale del corazón. Es difícil pensar en alguien más que pueda dedicar canciones a trenes que nos llevan a todos juntos en busca de una tierra mejor y no sonar gastado, hortera o directamente cursi. Bruce lo hace y sale victorioso.

Son tiempos tristes. Y quizá sea el ejercicio de cinismo mas grande que se ha practicado, pero Bruce Springsteen, el millonario aislado en lo alto de la casa de la montaña ha dicho lo que todos deberíamos estar gritando.

Y cuando se dice la verdad, no importa quien la diga, porque no deja de ser verdad.