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Las noches mágicas (y 3)

por Julio Valdeón Blanco

A quienes poseíamos entrada nos distinguías en las inmediaciones del Madison Square Garden por la sonrisa cómplice, la jeta entre expectante y relajada de quien sabe que accederá al paraíso, que tiene en el bolsillo un salvoconducto para temblar a cielo abierto, que al contrario de tantas otras madrugadas rememoradas en cientos de bootlegs de dudosa calidad vas a asistir en primera persona a un instante con aura, luego repetido en libros y crónicas, mil veces pirateado y marcado a rojo incluso antes de celebrarse, un concierto de los que te acompañan cuando vienen jodidas, de esos que, en contrapartida, mejor puntúan a la altura de las expectativas creadas previamente si es el artista, en este caso Springsteen, no quiere tragarse un sapo bien gordo.

Tras el bendito atracón del día anterior, señoras y señores, The River.

The river pertenece por derecho a la etapa dorada que hizo de su autor clásico entre los clásicos, unos años en los que parecía no terminar la sucesión de discos impagables, dotados de sentimiento, alma, arrebatadora poesía, ensoñaciones desgarradas, emotividad, fiereza, electricidad por un tubo y entresabores de sal y caramelo, cualidades que desbordan cada una de sus obras arrancando con Greetings from Asbury Park, NJ (1973), siguiendo con The wild, the innocent & the E street shufle (1973), alcanzando una de las cimas expresivas del siglo XX (Born to run, 1975), enroscándose con brío en los arrabales de la ciudad gracias a Darkness on the edge of town (1978) y prosiguiendo triunfales hasta besar los labios sepias del Nebraska (1982).

En mitad del torbellino creativo publicó The river. Apareció en 1980, cuando ya se había consagrado como el gran intérprete de rock en directo del momento, tras un disco abortado (The ties that bind, en 1979) y una reaparición, durante el festival No Nukes, que dejó al personal boquiabierto. Uno de sus singles, «Hungry heart», lo catapultó al estrellato internacional. La gira ulterior, que alcanzó hasta 1981 y lo trajo por vez primera a España (mítico concierto en Barcelona), fue impecable, intachable en términos de pasión, desgarro, calidad y perfecta estructuración del repertorio.

Aunque el disco, doble, presentaba veinte canciones, la prodigalidad de su autor obligó a dejar fuera innumerables, e inmejorables, obras de arte, tres de las cuales aparecieron como caras B de singles («Help up without a gun» y, atención, «Be true» y, años más tarde, «Roulette)», diez terminaron, dieciocho años más tarde, en la a todas luces insuficiente colección de inéditas denominada Tracks (entre otras, maravillas como «Loose ends», «Restless nights», «Where the bands are», «Take ‘em as they come», etc.), otra acabó en el recopilatorio Essential («From small things») y, al menos, otras dos docenas (la dulcísima «Cindy», la imponente «Chevrolet deluxe», la trepidante, infecciosa «White lies», etc.), permanecen lamentablemente olvidadas, pasto de piratas y foros, flotando en un limbo del que algún día, oremos, debieran de ser rescatadas. Nada nuevo para quien siga a Springsteen. De Darkness, con diez canciones entre sus dos caras y otras cinco recuperadas en Tracks, faltan por publicar, mínimo, treinta. La mayoría, asombrosamente buenas. Si escribo estas obviedades es para subrayar el pasmo que todavía me causa aquel artista; también, para contextualizar, sin asomo de duda, porqué los conciertos del Madison nos han tenido embriagados. Rememorar aquel periodo, siquiera con nostalgia, supone el equivalente a meterse gloria sin cortar y en vena.

En esas estaba, dándole vueltas a la jodida suerte que tenía de haber depositado mis reales posaderas en las gradas del Madison, cuando Bruce Springsteen y la E Street Band salieron al escenario. Las preguntas, en la calle, en el hall, habían rebotado insistentes. La noche previa arrancó con Thundercrack, ¿no? ¿Empezaría ahora con una inédita de The river? ¿Remediaría la ocasión fallida de haber tocado Darkness y Born in the USA sin incluir «The promise», «The way» o «Sugarland»? ¿Tocaría «Bring on the night» o «Living on the edge of the world»? ¿Max reventaría las baquetas con «Roulette»? ¿Embellecerían el disco, en suma, con algunas de las fastuosas piezas olvidadas durante su elaboración?

«Wrecking ball» liquidó dudas. Estrenada durante la ronda del Giants, tiene aroma a la Seeger sessions, un componente celta, como de jolgorio irlandés, que pierde un poco por culpa de una letra entre simpática y grogui, y todavía más si lo que viene a continuación es «The ties that bind», fluorescente, ruidosa y tierna. «Sherry darling» devolvió la mejor versión de Clarence Clemons, un Clarence que por motivos de edad o salud venía muy renqueante en los últimos años y que hoy bordaba todos y cada uno de sus solos, cada maldita nota y cada puente, y no contento con ello improvisaba y añadía y amontonaba nuevos sonidos, emergentes llamaradas, imprevistos retoques, orgasmos de soul, a sus apariciones.

«Jackson cage», gema poco frecuentada, comandada por la Fender de doce cuerdas, y la veloz «Two hearts», con su fenomenal acento r&b; (incluida la pequeña maravilla de la coda «It takes two» cantada entre Steve y Bruce) prologaron una «Independence day» que escupía lágrimas, desolación y torbellinos negros, que guardaba en su seno el peso de la despedida entre ese hijo prófugo y ese padre huérfano de hijo; un tema, no en vano, nacido durante las sesiones de Darkness, arrasado de lluvia como una lámina
muy triste o un bosque donde perderse, y que abría la espita a un «Hungry heart» desprovisto de acentos sobados al incorporarse al ciclo de canciones para el que fue concebido.

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La tripleta «Out in the street», «Crush on you», «You can look (but you better not touch)» nos envió a la lona. Como tantos otros, puedes considerar que fue una pena que incluyeran en The river algunas de estas muestras de frat-rock (en la onda de «Twist and shout», etc.) despendolado y a ratos tontorrón, en detrimento de otras canciones más graves, pero amigo, incrustadas una tras otra imponen. En el rock and roll hay sitio para recogerse el alma y sobrevolar pastos de extática belleza, y también para la trompa de cascabeles, las chispas a discreción, la fundición de risas y los bailes de madrugada que hagan crujir tus huesos; en «Out in the street», etc., cantadas con la entonación y la velocidad perfectas, tenías la muestra. O como acabo de leerle a alguien en Backstreets hace cinco minutos, (esas canciones) «demostraron el domingo que gran disco es The river. Una perfecta mezcla de luz y oscuridad. Nadie que estuviera en el Garden podrá negar la pura diversión que procuró escuchar esas «tontas» canciones de rock, y al cabo de eso se trata, ¿no?».

De eso se trata, sólo que encima puede mejorar si eres un Bruce Springsteen poseído por los demonios, alternativamente, de Little Richard, Sam Cooke y Elvis Presley, y lo siguiente que haces es agarrar unas maracas y marcarte, en plan baladista consumado, una aterciopelada versión de «I wanna marry you» que abre la espita de los sueños y acciona los sístoles de la nostalgia, sostenida, una y otra vez, por los colchones que la E Street Band cose. Te baña con restos de otras vidas. Te inunda con el recuerdo de tantos vinilos soul, con el romanticismo urbano, decadente, grafitteado, sucio, como de fotograma robado a Canción triste de Hill Street o instantánea tomada por Robert Frank que se hubiera escapado de la exhibición que el MoMA dedica a Los Americanos.

The river, más extenso que cualquier biografía, iba a afrontar entonces uno de sus momentos cruciales con su canción señera. Interpretada sin los arreglos perezosos de la gira de reunión (1999/2000), te deja tieso, mudo, mientras Springsteen gasta voz de granito y los aullidos finales, terribles, sumían al pabellón en un estado hipnótico que enlazaba con los parajes de sepulturas y ceniza que sobrevuelan Nebraska. El duende viciado de tristeza no abandonó entonces el escenario. Palabras mayores: «Point blank», esa violencia en las frases, la sobriedad del tono, el velo de humo fabril y llano enlutado que recorre el espinazo de un tema interpretado con menos brusquedad que en el disco, esponjado de silencios, que te vuela los sesos y te deja boca abajo en el cemento, incapaz de asimilar que hace un minuto que ha terminado y que ahora suena «Cadillac ranch». Divertida, roncanrolera, ejecutada con ganas, pero, quién sabe, puede que un peldaño por debajo de «I’m a rocker», que en directo muestra sus pezuñas de bestia parda, de mula inyectada con el enloquecido ántrax parido por Sam Phillips y cia., y que abrió paso a una escalofriante revisión de «Fade away» rematada con Springsteen de rodillas, y una estelar «Stolen car».

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A su lado, «Ramrod» requirió de toda la energía posible para remontar. «Fade away» y «Stolen car» (que no cantaba desde hace un cuarto de siglo) expulsan demasiada imaginería atroz y demasiadas calles pintadas de ocre, demasiados cubos de basura, pulseras rotas, fotografías veladas, como para ponerte a botar en cuanto acaban. El lento resbalar por los tres inolvidables escalones que encofran The river, «The price you pay», con su evocadora música y sus reminiscencias folk-rock, hermana candente y tímida de «The promised land», «Drive all night», más majestuosa, si cabe, que nunca, y en la que Clarence derrochó un solo doble e hirviente, repetido y estremecedor, y «Wreck on the highway», bellísima decantación country, olvidada, como «Stolen car», desde la gira del Born in the USA, en la que el protagonista, aterido, rememora cristales machacados y charcos de sangre abrazado al silencio mientras su chica duerme, la sucesión de esas tres piezas de orfebrería emocional, digo, remató la partida con una mano de ases.

¿Cómo te las apañas para proseguir? En 2009, claro, con «Waitin’ on a sunny day».

«Atlantic City», inesperada, recuperó el paso firme, y «Badlands» y «Born to run» hicieron honores a unos homenajes que incluyeron la trepidante «Seven nights to rock», clásico rockabilly firmado por Moon Mullican, el himno de Arthur Conley y Otis Redding «Sweet soul music» que en 1967 declaraba su amor por Sam Cooke, Wilson Pickett, James Brown, etc., y «Can’t help fallin’ in love», clásico de Elvis que, como «Sweet soul music», solía aparecer en los directos de la gira Tunnel of love, a finales de los ochenta. Con «No surrender», o el toque spectoriano, «American Land», «Dancing in the dark» y «Higher and higher» acabó la noche en la que Bruce Springsteen y la E Street Band volvieron al río, al caudal azul lamento que fue «Una puerta hacia el futuro. Escrito y grabado durante un periodo de recesión (…) Entonces, como ahora, mucha gente lo estaba pasando mal. The river condujo a Nebraska, Stolen car, a Tunnel of love. En este disco quise mantener y seguir a los personajes del Darkness on the edge of town».

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Dicen que Springsteen y Landau especulan con publicar en DVD las dos citas del Madison, que sus obligaciones contractuales los obligan a empaquetar material con carácter de urgencia, que unos conciertos grabados en 2009 seducen más a los contables y conjuran, de paso, el miedo a ser considerado un acto nostálgico. Ok. Lo entiendo. De paso, afirmo: constituiría un error trágico si, en vez de ser complementarios, sustituyen a un lanzamiento de la caja conmemorativa de Darkness o una futura de The river. Y eso que, aún quedando muy lejos, en términos de importancia artística, de los directos de 1976-77, 1978 ó 1980-81, el pasado fin de semana me ha servido para recordar porqué comencé a escucharlo y porque, después de tantas decepciones, tantos y tan blanditos Working on a dream, tanto estadio de mierda y tantas ceremonias repletas de guiños tópicos y tanta profesionalidad mecanizada y tantos niños cantando y tantos recopilatorios paridos en Wal-Mart, etc., todavía salgo a la calle dando vítores al dios de las seis cuerdas y diciendo «Oh, boy», cual Buddy Holly, cuando al muchacho de la calle E, casi abuelo, le da por convidarnos a ese licor colorista y convulso, whisky eléctrico o alucinada cerveza, a la que unos tipos en Memphis, allá por los cincuenta, llamaron rock and roll.

Quién lo viera en Nueva York, el 7 y 8 de noviembre de 2009, sabe de lo que hablo.

Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»

Las noches mágicas (2)

por Julio Valdeón Blanco

La primera noche acudimos hechizados.

Cómo no, si después de casi un año de dar la matraca con «Outlaw Pete» y demás sobreactuaciones melódicas Springsteen pondría en pie un disco colosal.

Hacía frío, y a la puerta del Madison la cola bajaba por las escalinatas de la Séptima y giraba hacia la 34. Los días previos fueron frenéticos, con todo dios en Backstreets y foros similares dándole a la pandereta de la histeria. Las entradas, que el día antes de anunciarse el prodigio todavía eran fáciles de encontrar, volaban en la reventa a precios abusivos.

Sentado tras el escenario, sección 318, bebí a sorbos cortos una cerveza y aguardé a que arrancara el concierto. Que empezó con Bruce avisando que la ocasión era única y lanzándose a bocajarro en pos de «Thundercrack«, inédita de The Wild, the innocent & the E Street shuffle que abría inmejorablemente el repertorio. La poderosa «Seeds» y la siempre bienvenida «Prove it all night» anunciaban una noche memorable, si bien el pistón bajó de revoluciones cuando ensayó sus paseítos entre el respetable al son de «Hungry heart» (que canta sofocado por culpa de las exhibiciones físicas, las carreritas y el insufrible ritual de surfear sobre la multitud) y, bueno, «Working on a dream», que no está taaan mal, con ese punto orbisoniano que en directo refuerzan los coros, pero tampoco, ni mucho menos, deslumbra.

Pasado el relativo bajonazo, ejerciendo de improvisado director de una sección de vientos que reproduciría fielmente la metálica cacofonía que abre su disco del 73, Springsteen iniciaba los acordes de una exuberante versión de «The E street shuffle». «4th of July, Asbury Park (Sandy)» conoció una recreación de recta y sabrosa hondura, más cercana, por increíble que parezca, a la versión original que a la que ha venido interpretando en directo desde que la publicara. «Kitty´s back» (con mucho, lo mejor del concierto del Giants de hace un mes, cuando tocó el BITUSA), arrolló entre zarpazos soul, improvisaciones desatadas y solos de Charles, Curt Ramm y el propio Bruce. Menos enloquecida, quizá, que en otras ocasiones, pero se trataba de encajarla en el fluir del disco, no de una rara avis fuera de contexto.

Mecidos por el poderío negroide de unas canciones que rebosan grasa, espumeantes de guiños a Stax, Ray Charles, Van Morrison y Atlantic, podías jurar que quizá no fue tan buena idea enfurruñarse con Appel, que el rumbo artístico previo al Born to run no era tan alocado como barruntó Landau. «Wild Billy’s Circus Story», que ya escuché hace unas semanas durante su actuación en el Apollo junto a Elvis Costello, recuperó el ambiente de feria, caballos de cartón y farolitos de papel de una obra que tiene la mitad de su corazón radicado en la costa de Nueva Jersey y la otra mitad en una Nueva York mítica, reventona de ángeles caídos, chupas ensangrentadas, rascacielos multicolores y cocodrilos con librea, como muy bien había explicado su autor.

«Incident on 57th Street», limpia y caliente, derritió los aceros del pabellón, con la banda marcando el trote con un trueno de notas en cada mano, reúniendo las mejores virtudes del escritor de entonces, el lirismo líquido, la imaginería romántica, el ambiente a lo West Side Story, la convicción en el cante y el crujido estrangulado de una guitarra solista que echa humo. Mágica. Mucho más si, tras apagarse el último rescoldo, suena «Rosalita (come out tonight)», con sus riffs juguetones, su saxofón titilante, sus subidas y bajadas por una montaña rusa que perfecciona el método ensayado en «Thundercrack» para enloquecer a la audiencia, recuerdo de cuando tocaban en bares, hace siglos, y necesitaban temas imparables , vacilones, frenéticos, para enganchar a la audiencia. Todavía enamora su letra zumbona y juvenil, soñadora, desplegando el eco rabioso del adolescente convencido de que tiene ante sí la gran oportunidad, el contrato del millón de dólares. Repetida mil veces en tiempos, olvidada durante años, «Rosalita» es un extraño y delicioso ejemplo de canción despreocupada, concebida para que bailes o rías, y al mismo tiempo alejada de los clichés rockistas. Dicho de otra forma, puedes escucharla mil veces y no aburrirte nunca, algo impensable en el caso de sus bises más trillados.

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A la fiesta callejera de Rosie le sucedió la rarísima (por lo poco que se prodiga), majestuosa «New York City serenade». Desde las primeras notas desplegadas por Roy Bittan se veía a la legua que rematarían la faena por lo grande, arrobados de estar tocando unas canciones tan jodidamente buenas sin pedir disculpas por ello, convencido Springsteen, por una vez en la vida, de que el público también disfruta con sus gemas menos previsibles. Fue una interpretación pletórica. Volaba como un murciélago fluorescente o un flechazo de rímel sobre la ciudad a la que el músico, siendo adolescente, escapaba cada vez que discutía con su padre. A una obertura sensacional al piano, de esas que pinzan los nervios con cada nota, le siguió un cantante que parecía rejuvenecido, casi transportado al instante en el que por vez primera enchufó la Fender y registró ese maremoto de calles retorcidas, mujeres subacuáticas, cubos de basura, soledades verticales y luces amarillas: el mejor cierre posible para un disco que había sido recreado con precisión no exenta de riesgo y exactitud millonaria en matices, muy lejos de la facilidad hiperprofesional o las versiones amojamadas que otros intérpretes regalan cuando toca sacarle brillo al canon, panorámica y sentimental, enorme.

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Inmediatamente después caía «Waiting on a sunny day», y, curioso curioso, no resultó tan anticlimática como otras veces. Homenaje, según ha reconocido, a Smokey Robinson, «concebida para el que público cante conmigo», es una afortunada y chispeante declaración de optimismo que quedaría mejor si la alternara con otras canciones de su especie (tipo, pienso, «Girls in their summer clothes»), si bien, ya digo, esta vez funcionaba sin problemas, quizá porque habíamos acumulado suficientes provisiones en forma de temas épicos.

«Raise your hand», que abre el capítulo de peticiones, recibió el tratamiento completo, con Springsteen cantando la letra y redondeando el sentimiento soulero que desprendía a chorros el repertorio. «Does this bus stop at 82nd street?», tan zumbona, y «Glory days» (en honor a los Yankees, campeones de las Series Mundiales de beisbol), que postula el A-B-C del rock’n’roll sin pretensiones y siempre sube enteros cuando reparas en la melancolía de su letra, se balancearon codo con codo en complicado pero lustroso equilibrio.

«Human touch», que no me gustó en disco y sigue sin gustarme demasiado ahora que algunos la reivindican, abrió la espita de lo previsible, esa sucesión que empieza en «Lonesome day», prosigue con «The rising» y desemboca en la siempre maravillosa pero mil veces escuchada «Born to run», y «Wrecking ball» (a la que me referiré al hablar del segundo concierto), «Bobby Jean», «American land» y «Dancing in the dark» sonaron mejor, menos desgastadas que de costumbre debido a la euforia desatada con anterioridad. No importaba (no demasiado) ser arrullado con sus piezas más comerciales, con los himnos quemados: te había conquistado antes, merced a la catarata de relámpagos que custodia The Wild, the innocent & the E Street shuffle; y el resbalón por la pendiente del estribillo azucarado resultaba agradable.

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«Higher and higher», inmortal pieza de Jackie Wilson que no tocaba desde el 77 y que ha recuperado en la parte final de esta gira, puso un apropiado broche a un aluvión de rock inmejorable en el que sólo duele, puestos a torturarnos, que las mejores canciones tengan más de un cuarto de siglo. Da que pensar, pero también confirma que somos unos puritanos, que a lo peor solicitamos cualidades casi divinas a un simple mortal y despellejamos a nuestros héroes en cuanto levantan el pie del acelerador, olvidando que, rodeados de tantos enjambres de podredumbre y mesianismo bastante tienen con sobrevivir cuerdos, con entregar de vez en cuando discos tan espeluznantes como The ghost of Tom Joad (de calle, lo mejor que ha grabado en los últimos veinte años), con no sucumbir frente al reflejo de un pasado imposible de igualar por cuanto los años no perdonan y el hambre, las ganas de comerse el mundo, hace siglos que yacen enterradas. Bastante logra Springsteen entregando un concierto como éste, obscenamente bueno aún a pesar de ciertos reparos.

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Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»

Nov. 13th: Auburn Hills

Saying «good evening Ohio» is certainly not the best way to open a show… in Michigan. Bruce also changed the lyrics of «Wrecking Ball» to suit «tonight Ohio is going down in flames». In the introduction to «Working on a Dream» Bruce once again mentioned Ohio for the third until Steve Van Zandt informed Bruce of his mistake, after a few boos. Bruce shouted out «Where Am I?» a few times during the show, getting a strong answer (Detroit!!!) from the audience.

The concert continued the trend of the tour, with an intense version of «Prove it all night» (Nils back in the phenomenal guitar solo), the full Born to run album, and some interesting sign requests, with «Ramblin Gamblin Man», from local hero Bob Seger, followed by the inevitable «Detroit Medley» and then «Because the Night» with a scorching solo from Springsteen included. Fifteen minutes of unbridled rock in the hands of the E Street Band.

«Born in the USA» makes an appearance in the encores (not much new besides this one), culminating with the explosive «Rosalita» and «Higher and Higher».

See complete set list.

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13 de noviembre: Auburn Hills

No empezó con muy buen pie el concierto a las afueras de Detroit. Springsteen saludó al personal con un hola a «Ohio», el estado vecino, ante la atónita mirada del público de Michigan. Cambió también la letra de «Wrecking Ball» para adaptarla a «tonight Ohio is going down in flames». En la introducción a «Working on a Dream» vuelve a mencionar Ohio por tercera vez, hasta que con buen humor Steve Van Zandt le corrige y Bruce se pasa el resto de la noche preguntado «¿donde estoy?».

Olvidos de un lado, el concierto siguió la tónica de la gira, con una intensa versión de «Prove it all night» (Nils de nuevo en el fenomenal solo de guitarra), la interpretación del Born to run entero y una sesión de rock intrépido a petición del público, con «Ramblin Gamblin Man», del ídolo local Bob Seger, seguida por el inevitable «Detroit Medley» a todo trapo y un «Because the Night» con abrasador solo de Springsteen incluido. Quince minutos de rock desbocado en manos de la E Street Band.

«Born in the USA» hace una aparición en los bises (nada nuevo), culminados con las explosivas «Rosalita» y «Higher and Higher».

Ver set list completo.

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Las noches mágicas (1)

por Julio Valdeón Blanco

Escribía Lester Bangs, añorado crítico de rock, que «Tanto como el producto grabado, la escena de los conciertos de rock and roll parece increíblemente insana estos días». ¿Pesimista? Quizá, pero lo hacía de hinojos, el 12 de noviembre de 1970, tras haber asistido a los conciertos que unos imbatibles Rolling Stones ofrecieron durante dos días consecutivos en el Madison Square Garden. Casi cuarenta años después sus palabras suenan proféticas, con la industria herida y sin saberse ya muy bien si sobrevivirá o si tiene sentido, mientras Bruce Springsteen, uno de sus últimos iconos, tomaba el escenario del Madison para retomar tan maltrecha promesa, marcándose, de paso, dos de sus discos más importantes.

Un asunto, el de ofrecer íntegros discos clásicos, que varias estrellas han repetido en los últimos tiempos. ¿Oportunismo o moda? ¿Validación legítima de viejas hazañas o revitalización creativa del fondo de armario? Mmm. En el caso de Van Morrison y Astral weeks se habló de tocar una obra clásica y poco frecuentada en directo. Algo similar habría espoleado a Lou Reed cuando revisitó Berlin.

Respecto al autor de «Used cars» o «Long walk home», que durante el último mes venía tocando Born to run, Darkness on the edge of town y Born in the USA (BITUSA en adelante), desconocemos sus razones últimas, si bien cabe especular con motivos crematísticos (o sea, relacionados con la necesidad de agotar las entradas ahora que finaliza la gira), con una hipotética y fastuosa despedida de la E Street Band (lo dudo, aunque quizá no sería mala idea) o, también, con el hecho de que tras tanta morralla destinada a complacer a los espectadores ocasionales, luego de conciertos y conciertos que oscilan entre lo sublime y lo populista, decidiera complacer a sus fans más dedicados, a quienes saben qué significa Winterland (apoteósico concierto de diciembre de 1978, mil veces pirateado) o «Sad eyes» (sublime interludio en mitad de Backstreets durante el tour de Darkness), y también, por qué no, a los que sin necesidad de doctorarse aprecian la diferencia entre «Johnny 99» y «The rising», «Dry lighting» y «Bobby Jean», «The wish» y «Human touch», «Point blank» y «Working on a dream», etc., o sea, entre la faceta arrebatadora y la convencional de un artista que desde el 84 vive desdoblado entre su musa, tanta veces sublime, y el rock corporativo. No digo que a ratos no encontráramos, ay, guiños machacones o enervante blandenguería, sino, más bien, que dado que unos discos asombrosos ocuparían buena parte de los conciertos, había menos margen o espacio para estrellarse.

El sábado 7 estaba reservado para The Wild, The Inocent and the e Street Shufftle (1973), catálogo completo y soberbio del Bruce desajustado y genial, proteico y lírico, enamorado de Morrison y alentado en su divina verborrea por Mike Appel en el papel del Bautista. Muchos lo consideran su mejor disco. Otros tantos, donde sí figuro, opinan que se trata de un plástico genial, irregular y apabullante (la cara B, insuperable).

Al día siguiente, domingo 8, piafó un animal completamente distinto. En The river (1980) asoma más la herencia Stone y el fulgor de la Invasión Británica, la de Aftermath, y también el aprovechamiento que Bruce había hecho del cancionero de Hank Williams y otros trovadores diplomados en óxido, así como los ecos del soul. De alguna forma, The river supone un compendio de todas las músicas que conforman el rock, de todos los afluentes que irrigan la obra de Springsteen, y mientras por un lado demuestra que podía alternar en un mismo disco la faceta despreocupada o cachonda con otra más intimista, urgente y sombría, por el otro abría puertas a una nueva y elaborada forma de escribir, un vocabulario oscuro, casi tenebroso, que alumbraría en años sucesivos piezas como el Nebraska.

Ambos conciertos, tomados en su conjunto, demostraron hasta qué punto su repertorio resulta apabullante con independencia de ciertos vicios muy arraigados. También confirman cómo los mejores autores post/Dylan hicieron del LP algo más que un contenedor informe de canciones. Su elección, el orden, etc., tenía sentido. Tomado de forma panorámica contaba una historia. Daba voz, sonido, humor, desgarro, perfume y ambiente a unos personajes; los acompañaba desde el primer tema.

Fue una gran conquista, al otorgarle alas al autor, poner en solfa la apariencia light de la nueva música y permitir crear una cosmovisión que en el caso de los más grandes (Lennon & McCartney, Brian Wilson, etc.), trascendía con mucho el papel simpático pero menor atribuido al género. Sgt. Pepper’s, Pet sounds, Blonde on blonde, Let it bleed, o What´s going on aprovecharon la oportunidad y demostraron que en el formato largo podrían fructificar ambiciones similares a las de la novela o el cine de autor, y así ha sido durante otros cuarenta años, hasta que con la descarga masiva de bibliotecas sónicas y el iTunes, o sea, con la revolución digital, parece que volvemos a la canción como «unidad básica de medida» (Diego A. Manrique dixit), librándonos de no pocos espasmos metafísicos pero también de cualquier atisbo de trascendencia artística más allá de los tres minutos. Una cosa es escuchar canciones de The Wild o The river aquí y allá, y otra, bien distinta, escuchar todas, en fila india y por orden.

Tiene bastante sentido que Springsteen toque discos completos. Se trata de uno de los campeones del moribundo formato. Capaz de descartar una tremenda cantidad de canciones si no encajaban en la narrativa con la que trabajaba, ha entregado obras de asombrosa coherencia. Acostumbrados a que sus conciertos sean ya una sucesión deslavazada de trallazos emocionales, rarezas, versiones afortunadas o no y guiños demagógicos, olvidados ya los repertorios calibrados al milímetro de antaño, los recitales del pasado fin de semana suponen un acontecimiento. Todo sonaba ajustado. Canción tras canción no había hueco, al menos mientras duraran los discos, para las bagatelas penúltimas, los tropiezos, los saltos. Nunca, excepto en los piratas de las giras anteriores al BITUSA o en los recitales acústicos (que aquí no cuentan) habíamos escuchado, de una tacada, tal sucesión de gemas (Thundercrack, Kitty´s Back, Incident, New York City serenade, Independence day, The river, Point blank, Fade away, Stolen car, The price you pay, Drive all night… uf).

Sí, la recreación de Darkness on the edge of town el 2 de octubre en el Estadio de los Giants fue tremenda, pero aquello sucedió en un estadio, y los estadios son eso, simpáticos estercoleros a cielo abierto donde el personal aprovecha Something in the night para mear la tercera birra. Cobijados en el legendario Madison, casi recoleto si lo comparas no ya con muchos estadios sino también con no pocos pabellones, hablamos de una experiencia inédita, y a la postre histórica.

Leer Parte 2

Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»