13 noviembre, 2009

Las noches mágicas (1)

por Julio Valdeón Blanco

Escribía Lester Bangs, añorado crítico de rock, que «Tanto como el producto grabado, la escena de los conciertos de rock and roll parece increíblemente insana estos días». ¿Pesimista? Quizá, pero lo hacía de hinojos, el 12 de noviembre de 1970, tras haber asistido a los conciertos que unos imbatibles Rolling Stones ofrecieron durante dos días consecutivos en el Madison Square Garden. Casi cuarenta años después sus palabras suenan proféticas, con la industria herida y sin saberse ya muy bien si sobrevivirá o si tiene sentido, mientras Bruce Springsteen, uno de sus últimos iconos, tomaba el escenario del Madison para retomar tan maltrecha promesa, marcándose, de paso, dos de sus discos más importantes.

Un asunto, el de ofrecer íntegros discos clásicos, que varias estrellas han repetido en los últimos tiempos. ¿Oportunismo o moda? ¿Validación legítima de viejas hazañas o revitalización creativa del fondo de armario? Mmm. En el caso de Van Morrison y Astral weeks se habló de tocar una obra clásica y poco frecuentada en directo. Algo similar habría espoleado a Lou Reed cuando revisitó Berlin.

Respecto al autor de «Used cars» o «Long walk home», que durante el último mes venía tocando Born to run, Darkness on the edge of town y Born in the USA (BITUSA en adelante), desconocemos sus razones últimas, si bien cabe especular con motivos crematísticos (o sea, relacionados con la necesidad de agotar las entradas ahora que finaliza la gira), con una hipotética y fastuosa despedida de la E Street Band (lo dudo, aunque quizá no sería mala idea) o, también, con el hecho de que tras tanta morralla destinada a complacer a los espectadores ocasionales, luego de conciertos y conciertos que oscilan entre lo sublime y lo populista, decidiera complacer a sus fans más dedicados, a quienes saben qué significa Winterland (apoteósico concierto de diciembre de 1978, mil veces pirateado) o «Sad eyes» (sublime interludio en mitad de Backstreets durante el tour de Darkness), y también, por qué no, a los que sin necesidad de doctorarse aprecian la diferencia entre «Johnny 99» y «The rising», «Dry lighting» y «Bobby Jean», «The wish» y «Human touch», «Point blank» y «Working on a dream», etc., o sea, entre la faceta arrebatadora y la convencional de un artista que desde el 84 vive desdoblado entre su musa, tanta veces sublime, y el rock corporativo. No digo que a ratos no encontráramos, ay, guiños machacones o enervante blandenguería, sino, más bien, que dado que unos discos asombrosos ocuparían buena parte de los conciertos, había menos margen o espacio para estrellarse.

El sábado 7 estaba reservado para The Wild, The Inocent and the e Street Shufftle (1973), catálogo completo y soberbio del Bruce desajustado y genial, proteico y lírico, enamorado de Morrison y alentado en su divina verborrea por Mike Appel en el papel del Bautista. Muchos lo consideran su mejor disco. Otros tantos, donde sí figuro, opinan que se trata de un plástico genial, irregular y apabullante (la cara B, insuperable).

Al día siguiente, domingo 8, piafó un animal completamente distinto. En The river (1980) asoma más la herencia Stone y el fulgor de la Invasión Británica, la de Aftermath, y también el aprovechamiento que Bruce había hecho del cancionero de Hank Williams y otros trovadores diplomados en óxido, así como los ecos del soul. De alguna forma, The river supone un compendio de todas las músicas que conforman el rock, de todos los afluentes que irrigan la obra de Springsteen, y mientras por un lado demuestra que podía alternar en un mismo disco la faceta despreocupada o cachonda con otra más intimista, urgente y sombría, por el otro abría puertas a una nueva y elaborada forma de escribir, un vocabulario oscuro, casi tenebroso, que alumbraría en años sucesivos piezas como el Nebraska.

Ambos conciertos, tomados en su conjunto, demostraron hasta qué punto su repertorio resulta apabullante con independencia de ciertos vicios muy arraigados. También confirman cómo los mejores autores post/Dylan hicieron del LP algo más que un contenedor informe de canciones. Su elección, el orden, etc., tenía sentido. Tomado de forma panorámica contaba una historia. Daba voz, sonido, humor, desgarro, perfume y ambiente a unos personajes; los acompañaba desde el primer tema.

Fue una gran conquista, al otorgarle alas al autor, poner en solfa la apariencia light de la nueva música y permitir crear una cosmovisión que en el caso de los más grandes (Lennon & McCartney, Brian Wilson, etc.), trascendía con mucho el papel simpático pero menor atribuido al género. Sgt. Pepper’s, Pet sounds, Blonde on blonde, Let it bleed, o What´s going on aprovecharon la oportunidad y demostraron que en el formato largo podrían fructificar ambiciones similares a las de la novela o el cine de autor, y así ha sido durante otros cuarenta años, hasta que con la descarga masiva de bibliotecas sónicas y el iTunes, o sea, con la revolución digital, parece que volvemos a la canción como «unidad básica de medida» (Diego A. Manrique dixit), librándonos de no pocos espasmos metafísicos pero también de cualquier atisbo de trascendencia artística más allá de los tres minutos. Una cosa es escuchar canciones de The Wild o The river aquí y allá, y otra, bien distinta, escuchar todas, en fila india y por orden.

Tiene bastante sentido que Springsteen toque discos completos. Se trata de uno de los campeones del moribundo formato. Capaz de descartar una tremenda cantidad de canciones si no encajaban en la narrativa con la que trabajaba, ha entregado obras de asombrosa coherencia. Acostumbrados a que sus conciertos sean ya una sucesión deslavazada de trallazos emocionales, rarezas, versiones afortunadas o no y guiños demagógicos, olvidados ya los repertorios calibrados al milímetro de antaño, los recitales del pasado fin de semana suponen un acontecimiento. Todo sonaba ajustado. Canción tras canción no había hueco, al menos mientras duraran los discos, para las bagatelas penúltimas, los tropiezos, los saltos. Nunca, excepto en los piratas de las giras anteriores al BITUSA o en los recitales acústicos (que aquí no cuentan) habíamos escuchado, de una tacada, tal sucesión de gemas (Thundercrack, Kitty´s Back, Incident, New York City serenade, Independence day, The river, Point blank, Fade away, Stolen car, The price you pay, Drive all night… uf).

Sí, la recreación de Darkness on the edge of town el 2 de octubre en el Estadio de los Giants fue tremenda, pero aquello sucedió en un estadio, y los estadios son eso, simpáticos estercoleros a cielo abierto donde el personal aprovecha Something in the night para mear la tercera birra. Cobijados en el legendario Madison, casi recoleto si lo comparas no ya con muchos estadios sino también con no pocos pabellones, hablamos de una experiencia inédita, y a la postre histórica.

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Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»

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