Donostia: Boss Time

por Cris Magdaleno
La segunda parada de la gira The River tuvo lugar en Donostia, Euskadi, este martes 17 de Mayo. Los fans se dieron cita en el Estadio de Anoeta para otro maratoniano concierto de Springsteen que, durante más de 3 horas y media, extasió y agotó a las 35.000 personas que se concentraban en el campo de la Real Sociedad.
En Europa, y seguramente también en Estados Unidos o en cualquier otra parte en la que Bruce es ya un habitual, encontrarás a muchos seguidores de Springsteen que te aseguren que su ciudad es especial. Que con ellos el de New Jersey tiene algo que no tiene con el resto del mundo. Este martes casi todo giraba en torno a los grandes conciertos que Bruce ha hecho en la capital de Gipuzkoa. Cierto o no, es un hecho que a Bruce le gusta mucho Donosti. Ha venido en varias ocasiones únicamente de vacaciones y, por lo menos ayer, se le notaba muy a gusto. Aunque quizá sea porque tiene ese don. Puede meterse en el bolsillo a un estadio entero aquí, en Australia o en Argentina. Y a los que viajamos expresamente para verle nos hace sentir todas las noches como en casa.
Bruce Springsteen se debió levantar en su habitación del María Cristina sintiendo un pequeño gusanillo rockabilly que le llevó a abrir el concierto con Working on the Highway. Después, simplemente, disparó un trallazo de rock and roll calcado al de Barcelona, enlazando No Surrender, My Love Will Not Let You Down y The Ties That Bind, que daba comienzo al contenido de The River.
No hubo que esperar demasiado para uno de los grandes momentos de la noche. Haciendo gala de un viejo truco, cogió una pancarta de una canción que tenía previsto tocar y la enseñó a la cámara como si se hubiese salido de un guión perfectamente medido: tiempo para Independence Day. Bruce estaba algo más hablador que en Barcelona e introdujo la canción hablando de padres e hijos, del momento vital en el que escribió este tema y lo que significó para él descubrir que su padre era humano, que tenía sueños y esperanzas. Tras este paréntesis, continuó la fiesta con Hungry Heart y Out In The Street.
El debut de Fire, gracias a una petición en un abanico, permitió que Bruce y Patti pudiesen mostrarse intensos y pasionales ante los ojos de miles de espectadores, que se desgañitaban cuando el silencio se abría paso y había que gritar el título de la canción.
Sin tiempo para envidiar lo muy enamorados que parecen, que tampoco es que sea demasiado relevante para el espectáculo, arrancó la maravillosa I Wanna Marry You, con Here She Comes como introducción. Los fans deberían rezar para que sea fija en todos los conciertos. Es una combinación tan perfecta y bella que sería un sacrilegio que se cayese de los setlists. Aunque con Springsteen nunca se sabe.
El trío de canciones más duro del concierto, por sus letras desoladoras y brutales interpretaciones, lo formó The River, Point Blank (que, otra vez, mostró a un Roy Bittan espectacular al piano), contando la historia sólo con el teclado y sin necesidad de nada más, para que después Springsteen la cantase apretando los dientes, como si de verdad le estuviesen disparando a quemarropa estrofa tras estrofa, y una Murder Incorporated que puso fin a este tramo y precedió el momento erótico-festivo del show. Ramrod, Darlington County, I’m Goin’ Down y Waitin’ On A Sunny Day, con niña cantora incluida. Mucho se habla de los pocos artificios que Bruce necesita para elaborar un show completo y muy por encima de lo que muchos artistas son capaces de hacer utilizando grandes escenarios y espectáculos de luces. Lejos de darle
outtakes y rarezas a los que sacrifican su tiempo para estar en el pit, sabe muy bien que para que las miles de personas que acuden a sus conciertos canten, bailen y griten como si estuviese a punto de llegar el apocalipsis tiene que tirar de greatest hits facilones y poco complejos, pero que parecen hacerle muy feliz.
Tras Waitin’, la maravillosa y emocionante Drive All Night (la declaración de amor más absoluta: “conduciría toda la noche únicamente para comprarte unos zapatos.”) con un poderoso solo de saxo, la vigorosa voz de Bruce y una luz azul muy tenue que nos metía a todos de nuevo, durante un par de minutos, en una actuación algo más íntima.
Thunder Road, coreada y muy sentida por las masas, como siempre, y un Badlands que hizo temblar hasta el último centímetro de Anoeta cerraron el mainset del tercer show en la historia de Donostia.
Born in the USA abrió los bises, sin sorpresas aunque sin la habitual Shout, copados de material del Born in the USA y la sempiterna y necesaria Born to Run. Twist and Shout parecía el final con que el Boss echaría el cierre, pero aún le quedaba algo más de gasolina para seguir dos canciones más. Bobby Jean fue el último tema con la E Street Band, que se despidió después tres horas y media tocando sin parar.
Bruce volvió a salir, esta vez ya para cerrar de verdad, armado con su guitarra acústica, su armónica y su voz rasgada. A cappella, nos dijo casi al oído que permaneciésemos fuertes, hambrientos y muy vivos. Y que si no podíamos, nos encontraríamos «in a dream of This Hard Land«. Allí nos veremos siempre. Agur.
Donosti… <<You’ve just seen the heart stopping, pants dropping, house rocking, earth quaking, booty-shaking, Viagra-taking, history-making, le-gen-da-ry… E – Street – Band>>.
Fotos: S.Trepat (2,3,5)/J.Aguilera (1)/C.Magdaleno (4)

por Cris Magdaleno
“¡Hola Barcelona! ¡Hola Catalunya!” y a partir de ahí… éxtasis absoluto. El concierto que anoche abrió la gira es toda una declaración de intenciones por parte de Bruce, que encadenó éxito tras éxito haciendo vibrar desde las primeras filas del pit hasta la Grada Nord del estadio. Badlands, No Surrender, My Love Will Not Let You Down y The Ties That Bind, con un espectacular Max Weinberg relampagueando y haciendo trizas su batería, marcando el ritmo de la noche, casi sin parpadear y chorreando sudor desde la primera nota. Una tras otra, sin medias tintas, sin mediar palabra: no hacía falta decir absolutamente nada. The Ties That Bind inició la veda para que Springsteen nos adentrase en el río.
Las posibilidades de Bruce Springsteen, con un repertorio tan amplio, son infinitas. Sus conciertos, de manera general bastante imprevisibles, dejan gratas sorpresas que difícilmente olvidas. Los conciertos de Bruce son catárticos y liberadores, pero también cuenta con partes profundas y un tanto oscuras que estremecen. La voz desgarrada de Bruce dejó sin aliento a sus fans durante el tramo en el que tocó I Wanna Marry You (la intro con Here She Comes es sumamente bella y perfecta), The River, Atlantic City (que aunque no pertenezca al disco que da nombre a la gira, su temática encaja muy bien con las demás piezas) y Point Blank. La crudeza de la vida. Por eso The River es nosotros. Porque hay momentos de alegría (Sherry Darling, Out in the Street…), o de amor (Drive All Night), pero también hay lágrimas, decepciones y fracasos. Fue difícil no tener escalofríos mientras los dedos de Roy Bittan acariciaban las primeras notas dePoint Blank.
Mucho se ha comentado sobre los posibles problemas de salud del Boss. “Tiene dolores en la espalda”. “Está un poco más viejo”. “Ya no corre por el escenario como antes y está más lento”. Vi muy poco de eso ayer en Barcelona. Lo que vi fue a un Springsteen enérgico, con ganas de entregarse, como es habitual, muy a gusto sobre el escenario y aparentemente contento. La E Street Band toca como nunca. O como siempre, según se vea.