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Las noches mágicas (2)

por Julio Valdeón Blanco

La primera noche acudimos hechizados.

Cómo no, si después de casi un año de dar la matraca con «Outlaw Pete» y demás sobreactuaciones melódicas Springsteen pondría en pie un disco colosal.

Hacía frío, y a la puerta del Madison la cola bajaba por las escalinatas de la Séptima y giraba hacia la 34. Los días previos fueron frenéticos, con todo dios en Backstreets y foros similares dándole a la pandereta de la histeria. Las entradas, que el día antes de anunciarse el prodigio todavía eran fáciles de encontrar, volaban en la reventa a precios abusivos.

Sentado tras el escenario, sección 318, bebí a sorbos cortos una cerveza y aguardé a que arrancara el concierto. Que empezó con Bruce avisando que la ocasión era única y lanzándose a bocajarro en pos de «Thundercrack«, inédita de The Wild, the innocent & the E Street shuffle que abría inmejorablemente el repertorio. La poderosa «Seeds» y la siempre bienvenida «Prove it all night» anunciaban una noche memorable, si bien el pistón bajó de revoluciones cuando ensayó sus paseítos entre el respetable al son de «Hungry heart» (que canta sofocado por culpa de las exhibiciones físicas, las carreritas y el insufrible ritual de surfear sobre la multitud) y, bueno, «Working on a dream», que no está taaan mal, con ese punto orbisoniano que en directo refuerzan los coros, pero tampoco, ni mucho menos, deslumbra.

Pasado el relativo bajonazo, ejerciendo de improvisado director de una sección de vientos que reproduciría fielmente la metálica cacofonía que abre su disco del 73, Springsteen iniciaba los acordes de una exuberante versión de «The E street shuffle». «4th of July, Asbury Park (Sandy)» conoció una recreación de recta y sabrosa hondura, más cercana, por increíble que parezca, a la versión original que a la que ha venido interpretando en directo desde que la publicara. «Kitty´s back» (con mucho, lo mejor del concierto del Giants de hace un mes, cuando tocó el BITUSA), arrolló entre zarpazos soul, improvisaciones desatadas y solos de Charles, Curt Ramm y el propio Bruce. Menos enloquecida, quizá, que en otras ocasiones, pero se trataba de encajarla en el fluir del disco, no de una rara avis fuera de contexto.

Mecidos por el poderío negroide de unas canciones que rebosan grasa, espumeantes de guiños a Stax, Ray Charles, Van Morrison y Atlantic, podías jurar que quizá no fue tan buena idea enfurruñarse con Appel, que el rumbo artístico previo al Born to run no era tan alocado como barruntó Landau. «Wild Billy’s Circus Story», que ya escuché hace unas semanas durante su actuación en el Apollo junto a Elvis Costello, recuperó el ambiente de feria, caballos de cartón y farolitos de papel de una obra que tiene la mitad de su corazón radicado en la costa de Nueva Jersey y la otra mitad en una Nueva York mítica, reventona de ángeles caídos, chupas ensangrentadas, rascacielos multicolores y cocodrilos con librea, como muy bien había explicado su autor.

«Incident on 57th Street», limpia y caliente, derritió los aceros del pabellón, con la banda marcando el trote con un trueno de notas en cada mano, reúniendo las mejores virtudes del escritor de entonces, el lirismo líquido, la imaginería romántica, el ambiente a lo West Side Story, la convicción en el cante y el crujido estrangulado de una guitarra solista que echa humo. Mágica. Mucho más si, tras apagarse el último rescoldo, suena «Rosalita (come out tonight)», con sus riffs juguetones, su saxofón titilante, sus subidas y bajadas por una montaña rusa que perfecciona el método ensayado en «Thundercrack» para enloquecer a la audiencia, recuerdo de cuando tocaban en bares, hace siglos, y necesitaban temas imparables , vacilones, frenéticos, para enganchar a la audiencia. Todavía enamora su letra zumbona y juvenil, soñadora, desplegando el eco rabioso del adolescente convencido de que tiene ante sí la gran oportunidad, el contrato del millón de dólares. Repetida mil veces en tiempos, olvidada durante años, «Rosalita» es un extraño y delicioso ejemplo de canción despreocupada, concebida para que bailes o rías, y al mismo tiempo alejada de los clichés rockistas. Dicho de otra forma, puedes escucharla mil veces y no aburrirte nunca, algo impensable en el caso de sus bises más trillados.

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A la fiesta callejera de Rosie le sucedió la rarísima (por lo poco que se prodiga), majestuosa «New York City serenade». Desde las primeras notas desplegadas por Roy Bittan se veía a la legua que rematarían la faena por lo grande, arrobados de estar tocando unas canciones tan jodidamente buenas sin pedir disculpas por ello, convencido Springsteen, por una vez en la vida, de que el público también disfruta con sus gemas menos previsibles. Fue una interpretación pletórica. Volaba como un murciélago fluorescente o un flechazo de rímel sobre la ciudad a la que el músico, siendo adolescente, escapaba cada vez que discutía con su padre. A una obertura sensacional al piano, de esas que pinzan los nervios con cada nota, le siguió un cantante que parecía rejuvenecido, casi transportado al instante en el que por vez primera enchufó la Fender y registró ese maremoto de calles retorcidas, mujeres subacuáticas, cubos de basura, soledades verticales y luces amarillas: el mejor cierre posible para un disco que había sido recreado con precisión no exenta de riesgo y exactitud millonaria en matices, muy lejos de la facilidad hiperprofesional o las versiones amojamadas que otros intérpretes regalan cuando toca sacarle brillo al canon, panorámica y sentimental, enorme.

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Inmediatamente después caía «Waiting on a sunny day», y, curioso curioso, no resultó tan anticlimática como otras veces. Homenaje, según ha reconocido, a Smokey Robinson, «concebida para el que público cante conmigo», es una afortunada y chispeante declaración de optimismo que quedaría mejor si la alternara con otras canciones de su especie (tipo, pienso, «Girls in their summer clothes»), si bien, ya digo, esta vez funcionaba sin problemas, quizá porque habíamos acumulado suficientes provisiones en forma de temas épicos.

«Raise your hand», que abre el capítulo de peticiones, recibió el tratamiento completo, con Springsteen cantando la letra y redondeando el sentimiento soulero que desprendía a chorros el repertorio. «Does this bus stop at 82nd street?», tan zumbona, y «Glory days» (en honor a los Yankees, campeones de las Series Mundiales de beisbol), que postula el A-B-C del rock’n’roll sin pretensiones y siempre sube enteros cuando reparas en la melancolía de su letra, se balancearon codo con codo en complicado pero lustroso equilibrio.

«Human touch», que no me gustó en disco y sigue sin gustarme demasiado ahora que algunos la reivindican, abrió la espita de lo previsible, esa sucesión que empieza en «Lonesome day», prosigue con «The rising» y desemboca en la siempre maravillosa pero mil veces escuchada «Born to run», y «Wrecking ball» (a la que me referiré al hablar del segundo concierto), «Bobby Jean», «American land» y «Dancing in the dark» sonaron mejor, menos desgastadas que de costumbre debido a la euforia desatada con anterioridad. No importaba (no demasiado) ser arrullado con sus piezas más comerciales, con los himnos quemados: te había conquistado antes, merced a la catarata de relámpagos que custodia The Wild, the innocent & the E Street shuffle; y el resbalón por la pendiente del estribillo azucarado resultaba agradable.

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«Higher and higher», inmortal pieza de Jackie Wilson que no tocaba desde el 77 y que ha recuperado en la parte final de esta gira, puso un apropiado broche a un aluvión de rock inmejorable en el que sólo duele, puestos a torturarnos, que las mejores canciones tengan más de un cuarto de siglo. Da que pensar, pero también confirma que somos unos puritanos, que a lo peor solicitamos cualidades casi divinas a un simple mortal y despellejamos a nuestros héroes en cuanto levantan el pie del acelerador, olvidando que, rodeados de tantos enjambres de podredumbre y mesianismo bastante tienen con sobrevivir cuerdos, con entregar de vez en cuando discos tan espeluznantes como The ghost of Tom Joad (de calle, lo mejor que ha grabado en los últimos veinte años), con no sucumbir frente al reflejo de un pasado imposible de igualar por cuanto los años no perdonan y el hambre, las ganas de comerse el mundo, hace siglos que yacen enterradas. Bastante logra Springsteen entregando un concierto como éste, obscenamente bueno aún a pesar de ciertos reparos.

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Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro «American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town»