De Barcelona a Santander

Apoteósico, espectacular, increíble, sensacional, histórico… son adjetivos repetidos una y mil veces en cada visita de Springsteen a España y a Barcelona en particular. Generalmente suenan a exageración tras un ejercicio de catarsis colectiva. Pero en ocasiones, y aunque suene a tópico, el adjetivo «apoteósico» incluso se queda corto.

Fue así cuando Springsteen visitó Barcelona por primera vez en 1981. Ninguna grabación en audio o vídeo podrá hacer justicia con la experiencia vivida esa noche. Porque de eso se trata, de vivir una experiencia única y distinta. No se trata simplemente de pasar un buen rato o ver un buen concierto. Lo que la gente busca (y, en general, encuentra) en un concierto de Bruce Springsteen va más allá de una simple actuación o un despliegue técnico espectacular. Se trata de emociones. Y Springsteen es un maestro en eso. Lo demostró en el mencionado concierto de 1981, y en aquellas dos noches de nostalgia que supusieron el regreso de la E Street Band en 1999 en el Palau Sant Jordi, o en aquella electrizante noche de octubre de 2002 (presentando The Rising) que quedó filmada para la posteridad, y de nuevo el pasado martes 24 de octubre.

Cuatro ocasiones especiales para las que cualquier epíteto se queda corto. De pcoo sirven las explicaciones, hay que estar allí y sentirlo. Cuando sale en escena el mejor Springsteen y se produce la mágica conexión entre público y artista que ha ocurrido en esas cuatro ocasiones, el resultado es una noche memorable de música, pasiones y sentimientos.

Lo sorprendente del concierto del pasado martes en el Sant Jordi (y de cualquiera de los otros cuatro conciertos en España) es que Springsteen no venía con la legendaria E Street Band, sino con otra banda -la Seeger Sessions Band, de reciente formación- y nada hacía prever que esta propuesta sería acogida con tanto entusiasmo ni que la banda conseguiría llegar al nivel musical de la banda clásica de Springsteen. Pero lo consiguieron.

Ya desde la inicial «John Henry» se desató la euforia y el pabellón vibró con la energía contagiosa que se desprendía desde el escenario. Canción a canción el entusiasmo se acrecentaba. Y llegó «Growin’ Up», y «Factory», y «The River», cambiadas pero no menos emotivas, y la impactante «Poor Man», y la explosión de vientos de «My Oklahoma Home» y «Jacob’s Ladder», y el desenfreno swing de «Open All Night». Momentos que perdurarán en la memoria de los asistentes a esa fiesta musical que supuso el desembarco en el escenario de la extensísima Seeger Sessions Band. Una vez más Springsteen consiguió sorprender. Cinco canciones extras en la tanda de bises (todas excepcionales, desde el estreno de «Land of Hope and Dreams» al espléndido final con «This Little Light of Mine» y «American Land») llevaron el Palau Sant Jordi al éxtasis.

Hubiera sido un final de gira perfecto, pero aún quedaba Santander. Y se repitió el fenómeno. Ante un público distinto y menos conocedor del artista (salvo en la pista), Springsteen derrochó talento y, poco a poco, cual artesano, conquistó al personal hasta llevarlos al delirio. Le costó más que en otras ciudades, pero al final de «Oklahoma Home», y en especial con «Jacob’s Ladder», explotó la grada y se rindió a los pies del genio de New Jersey. Quizá entraron 2.000 fans convencidos en el pequeño pabellón de Santander (ideal para conciertos), pero salieron otros 6.000 igual de rendidos a sus pies ante otra actuación magistral. Bruce abandonó el escenario exhultante y con otra victoria en el bolsillo. Los espectadores, como premio, se llevaron de recuerdo una canción extra («Froggie Went A-Courtin'») y una exquisita versión de «Fire».



fotos: R.V.Diemen, R.H., S.T. y Diario Montañés

Ir arriba