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Good Rockin’ Tonight: el final de la gira Magic

por Salvador Trepat

Verano de 2008/verano de 1978.
Han pasado treinta años desde la mítica gira de Darkness on the Edge of Town. Aunque ambas giras no son comparables (lo de 1978 es, sencillamente, irrepetible), sí que ha habido cierta similitud entre ambas giras durante los meses de verano. ¿Habrá estado Springsteen escuchando grabaciones de esa época para la rumoreada re-edición del álbum Darkness on the edge of town con motivo de su 30 aniversario? Lo cierto es que este mes Springsteen ha recuperado muchas de las canciones que tocó también en esa gira, en especial versiones de sus canciones favoritas del rock, desde «Good Rockin’ Tonight» a «I Fought the Law», «Summertime Blues», «You Can’t Sit Down», «Not Fade Away» o «Little Queenie». Todas ellas trepidantes rocks con los que solía abrir o cerrar sus conciertos en el verano de 1978 o bien usaba como introducción a «She’s the One» (es el caso de «Mona», «Not Fade Away» o «Gloria»). Y ha recuperado también la electricidad que desprendía en esa época, con auténticos derroches de energía en actuaciones de más de tres horas (¡y sin descanso!).

Nashville, 21 de agosto.
Empezamos nuestra ruta de verano en Nashville. La ciudad respira y transmite música por los cuatro costados. Su calle principal, Broadway, es un nido de bares y restaurantes de aspecto vaquero, más bien cutre, donde hay actuaciones sin descanso de bandas locales. Puedes entrar en cualquier bar y encontrar un grupo tocando country o rock. Bandas eficientes pero más bien carentes de interés, y todo demasiado enfocado al público turista. A una calle de Broadway se encuentra el Country Hall of Fame Museum. Visita obligada para amantes del country, se trata de un espectacular colección de objetos, artefactos y proyecciones de toda la historia del género. Puedes pasar horas y horas para absorverlo todo. En medio de la exposición (de varios pisos) se muestran un Cadillac de Elvis, vestidos de Dolly Parton o las guitarras de Hank Williams.

En el propio museo venden entradas para una ruta por el «Music Row», las calles donde se agolpan todos los estudios de grabación y los sellos discográficos. Allí podemos visitar el Studio B, donde Elvis grabó algunas de sus canciones, o Roy Orbison grabó «Only the Lonely» o «Dream Baby». Las visitas al impresionante Ryman Auditorium (donde Springsteen actuó en 1996) y el Grand Ole Opry (por donde pasaron todos los mitos del country) ponen punto final a la ruta turística. Sin su historia musical (más bien pasada), Nashville sería sólo otra ciudad olvidable en el centro del país. Lo más interesante de Nashville el 21 de agosto era el concierto de Springsteen en el Sommer Center, un espectacular y moderno pabellón de hockey en Broadway.

Antes del concierto el personal de Springsteen pone pulseras numeradas a todos los que se presentan entre las 2 y las 5 de la tarde con entrada de pista. A las 5 en punto, con los mil y pico fans presentes (todos en perfecto orden numérico), se procede al sorteo. Tenemos la pulsera 290 y el número que sale ganador es el 257. ¡Bingo! Poco a poco hacen entrar a los 500 que están entre el nº 257 y el 757. Nos quedamos en el pasillo interior del pabellón, desde donde se ve y escucha la prueba de sonido: ¡está sonando «Mountain of Love»! el estupendo tema de Harold Dorman que Bruce tocó en contadas ocasiones a principios de 1975 (la versión más famosa es la del concierto en el Main Point, de febrero de ese año). Minutos más tarde Bruce y los suyos ensayan «Let The Good Times Roll» durante un rato. A pesar de que suenan ya como si las hubieran tocado cada día, finalmente quedarán sólo como un recuerdo del ensayo. Cuando Bruce abandona el escenario nos dejan bajar al pit, uno a uno, sin carreras, con total calma. Los americanos se toman esto muy en serio, y cada diez metros hay personal de seguridad y todo el mundo camina con una calma absoluta. El que corra ya sabe su destino: fuera de la zona reservada. Sin ningún tipo de histeria los 500 que estamos en el pit nos sentamos en el suelo hasta el inicio del concierto. Nadie intenta colarse, ni ganar unos centímetros. Si uno va al baño, al volver su posición sigue libre.

Tres horas más tarde empieza el concierto con «Out in the Street». La intensidad se palpa desde el inicio del concierto, la vuelta a los pabellones es beneficiosa para todos, banda y público. El tamaño de este pequeño pabellón de hockey permite una cercanía que aumenta la excitación del momento. Tras «Spirit in the Night», baño de masas incluido, con Bruce literalmente encima de la gente, llegan las primeras sorpresas tras recoger una docena de carteles con peticiones: «Good Rockin’ Tonight», un clásico de R&B; reconvertido en un acelerado rock’n’roll que no tocaba desde 1980, seguida de «Growin’ Up». El cartel que la pedía decía, literalmente: «toca Growin’ Up con la historia de la maldita guitarra». Y así lo hace Bruce. Como en 1978, incluye la historia de su padre maldiciendo que tocara la «maldita» guitarra, para años después pedirle que dejara de tocar la «bendita» guitarra. Un momento especial. Le siguen «I’m Goin’ Down» y «Held Up Without a Gun» seguida sin pausa por una emocionante versión de «Loose Ends».

La intensidad del show no desciende en este momento sino todo lo contrario: a las peticiones especiales de los fans le siguen las versiones más intensas que recuerdo de «Youngstown» y «Murder Incorporated», directamente enlazadas con «She’s the One», ésta vez incluyendo la intro de «Mona» (Bo Diddley), como lo hacía en 1978. Otro momento especial para un concierto especialmente bueno. Tras el tostón de «Livin’ in the Future» y «Mary’s Place» (momento que el público aprovecha para abandonar masivamente el local en busca de bebida y comida o para visitar el baño), Bruce homenajea a Nashville con una brevísima versión del clásico de Johnny Cash «I Walk the Line» antes de enlazar directamente con «I’m on Fire». El set principal acaba, como es habitual, con «The Rising», «Last to Die», la cada vez más intensa «Long Walk Home» y una versión de «Badlands» excesivamente larga al final. Los bises mantienen la intensidad del concierto con incendiarias versiones de «Rosalita» y «I Fought The Law» (de Bobby Fuller, un clásico que no sonaba desde 1984, y estreno en la gira), dedicada al aniversario de Joe Strummer de The Clash.

I Fought The Law:

Rosalita (con Dave Bielanko, de Marah):

Salimos del concierto pensando que hemos asistido a una de las mejores noches de la gira, del mismo nivel que los conciertos en marzo en Milwaukee o Indianapolis, y nos adentramos de nuevo en la calle Broadway, pasando del rock’n’roll más auténtico y sincero al country postizo de los bares y restaurantes repletos de sombreros y botas de cowboy y decadentes luces de neón.

St.Louis 23 de agosto.
Una fecha para marcar en el calendario. La ciudad de Missouri, famosa por su gigantesto arco frente al Mississippi, ha sido parada obligatoria en cada gira de Springsteen. Aquí sucedió, en 1980, la anécdota más famosa de la gira de The River. El día antes de sus dos conciertos en la ciudad, el 16 de octubre, Bruce se va al cine a ver Stardust Memories de Woody Allen. Dos fans le reconocen y le invitan a sentarse junto a ellos. Al acabar la película le proponen ir a cenar a su casa; Springsteen acepta y pasa varias horas junto a la familia de los dos fans. Desde entonces, Sophie Satanovsky (ver vídeo) y sus hijos Steve and Lisa no se pierden ni un concierto en su ciudad, siempre invitados por Springsteen.

El concierto del 23 de agosto es para enmarcarlo. En las pruebas de sonido pudimos ver a Springsteen ensayar «Then She Kissed Me», «When You Walk in the Room» y «Little Queenie», canciones que solía tocar en 1975 en clubs como el Bottom Line o el Roxy, donde dio conciertos que fueron retransmitidos por radio y que sin duda todos atesoramos. Con hora y media de retraso, sobre las nueve de la noche empieza el concierto en el Scottrade Center con una intensa versión de «Then She Kissed Me», de The Crystals, que nos pone los pelos de punta y marca el tono para el resto de la noche. La versión de «Radio Nowhere» que le sigue es la mejor que hemos oido en la gira, con Springsteen y la E Street Band hiperrevolucionados y Max Weinberg enloquecido con imponentes redobles de batería. Parece que toquen como si fuera el último concierto de su vida. Se mantiene la tensión con «Out in the Street» y una desbocada versión de «Adam Raised a Cain» que, de nuevo, sube el listón con desquiciados solos de guitarra como pocas veces hemos visto.

Then She Kissed Me:

Adam Raised a Cain:

Llevamos 5 canciones y estamos ya boquiabiertos. ¿Qué le pasa hoy a Springsteen? ¿Se ha tomado la pildora de la eterna juventud, las espinacas de Popeye o ha tocado la kriptonita de Superman? Tras otra excitante versión de «Spirit in the Night» revolcándose sobre la gente de las primeras filas, empieza la recogida de carteles y la tanda de peticiones de los fans. Esta vez la selección es impecable y las interpretaciones de «Rendezvous», «For You» y «Backstreets» son escalofriantes, junto al estreno de «Mountain of Love» que pone a todo el pabellón en pie. Como dicen los americanos, «holy shit moments», uno tras otro, sin descanso.

Mountain of Love:

Springsteen nos noquea definitivamente con la más incendiaria versión oida de la recuperada «Gypsy Biker», donde parece no querer acabar nunca el duelo de guitarras con Little Steven, seguida de «Because the Night» y la imprescindible «She’s the One», esta vez precedida de «Not Fade Away», otro guiño a la gira ’78. El concierto está en su momento álgido, la tensión es increible e incluso «Livin’ in the Future», «Cover Me» y «Mary’s Place» se digieren sin disgusto cuando Springsteen está en plena efervescencia. Y llega el momento más esperado por muchos fans: «Drive all Night», el clásico eterno de The River, en una versión de 10 minutos con un crescendo final memorable.

La noche es ya histórica pero Springsteen no ha agotado las energías. Tras la breve pausa que sigue a «Badlands», los músicos vuelven al escenario para 7 bises, donde destacan especialmente la impecable versión de «Jungleland» y un trepidante «Detroit Medley». Tras «American Land» el pabellón explota en un griterío ensordecedor como sólo habíamos oido en el Palau Sant Jordi. Se hace necesario taparse los oidos. La gente se ha vuelto loca, y Springsteen se ve obligado a volver al escenario. Dedica «Thunder Road» al nadador Michael Phelps y a su manager Barbara Carr. Una versión acelerada y más fiel a la original que la que suele tocar en estos últimos años. El griterío al final de la canción no cesa y Bruce nos sorprende con los acordes iniciales de la fenomenal «Little Queenie» de Chuck Berry (St.Louis es la ciudad natal de Berry).

El público estalla y los cinco minutos siguientes son totalmente indescriptibles, en un inesperado final que nos lleva al delirio. Imposible quedarse pasivo ante lo que estamos viviendo. Tras varias repeticiones, la canción acaba, el público aplaude, grita y salta como nunca mientras Bruce y la banda se despiden tras más de tres horas de concierto. Imposible contenerse. Springsteen agarra de nuevo su guitarra, la banda corre a sus posiciones mientras Bruce grita «for Sophie!», señalando en la grada lateral a Sophie y sus hijos, con quienes compartió esa noche de otoño en 1980, y les dedica «Twist & Shout». Son cinco minutos extras a ritmo trepidante, como en los mejores tiempos. ¿De dónde saca la energía? ¿Cómo definir un final así? ¿Genial? ¿Delirante? ¿Explosivo? Se agotan los adjetivos. El público está (estamos) totalmente exhausto, agotado, cansado, pero saliendo más satisfecho que nunca de un concierto inolvidable.

Los comentarios en la calle por parte de fans que han visto más de 400 conciertos desde 1973 son unánimes
: este es el mejor concierto desde 1984, ó 1981 para algunos. No ha sido otra noche más sino algo especial e irrepetible.

Kansas City, 24 de agosto.
La experiencia de la noche anterior en St. Louis había puesto el listón demasiado alto incluso para el propio Springsteen. Fuimos al concierto con muchas expectativas y preparados para cualquier cosa. Y fue, sin duda, una noche repleta de sorpresas. Desde el inicio con la inédita «Ricky Wants a Man of Her Own», seguida de «Cynthia» (ambas de la caja Tracks) o el estreno en la gira de «Devils & Dust». Lo más sorprendente fue ver a Max Weinberg cantar. Bruce recogió un cartel que decía «Let Max Sing!», e hizo que Max cantara «Boys», el tema de las Shirelles que Ringo Starr cantaba en un disco de los Beatles. Más tarde es Soozie la que canta «It’s All Over Now» de los Rolling Stones, a duo con Bruce. Momentos curiosos, pero algo fuera de lugar en el concierto, que dio un bajón importante (al que seguro que contribuyó también la petición de «Working on the Highway»). Sólo se recupera la tensión con «Candy’s Room» y una impresionante «Gypsy Biker», aunque el concierto pierde fuelle según avanza, incluyendo los diversos errores de la banda en «Mary’s Place», en una larguísima versión.

«Sandy», dedicada a Danny Federici, es el primer bis, seguido de «Tenth Avenue Freeze-Out», nuevamente con dos errores garrafales de la E Street Band, que fuerzan a repetir la introducción inicial y parte del final. El concierto, y la gira (como el propio Bruce indica, «este es el último concierto oficial de nuestra gira Magic») acaba con una buena versión de «Rockin’ all Over the World» de John Fogerty, celebrada por los 15.000 asistentes que llenan el Sprint Center.

El público levanta en ese momento docenas de carteles con la frase «Thank You». Bruce recoge emocionado uno de ellos y lo muestra al público. Ahora sí, Springsteen agradece al público una y mil veces («Gracias por apoyar la gira, gracias por venir a nuestros conciertos, gracias por dar apoyo al disco Magic y a toda nuestra música durante años. Gracias Kansas, gracias E Street Nation») y se va por la parte trasera del escenario, saludando al público una última vez antes de desaparecer (foto).

Boys/Cadillac Ranch: