30 diciembre, 2013

High Hopes: saldando deudas

por Héctor G. Barnés, Madrid.

Cuando se anunció la publicación de High Hopes, quedó claro que Springsteen había aprendido la lección de Working on a Dream (Sony, 2009). Si aquel álbum, de carácter inequívocamente menor, fue vapuleado al presentarse como la secuela del furioso y notable Magic (Sony, 2007), Landau y su protegido han decidido apuntar más bajo con esta nueva entrega al ser presentada como un disco de rarezas y versiones, promocionado a través de la versión de Tim Scott-McConnell que da título al álbum. Por primera vez en décadas, un nuevo álbum de Springsteen no se presenta como una declaración de intenciones de su autor, sino como una colección de canciones que, en palabras de su autor, «merecían ser editadas».

Rebajado así el nivel de exigencia, cabía esperar de High Hopes un trabajo irregular pero revelador del otro Springsteen, aquel que queda enterrado bajo las exigencias de la unidad conceptual de cada álbum, y que tímidamente busca ampliar poco a poco su horizonte musical. El mismo que probó a mediados de los noventa con loops en temas como «Missing» y que ha asomado la cabeza ocasionalmente en canciones como «Lift Me Up», «The Fuse», «Paradise», «Jesus Was an Only Son», «How Can I Keep from Singing», «Devil’s Arcade», «Life Itself» o «Swallowed Up (in the Belly of the Whale)», y que aquí es recuperado en una versión ampliada, a todo color, en composiciones dotadas de un precioso brillo melódico.

Es este un Springsteen completamente diferente al de su época clásica (1972-1984), más abstracto en sus letras –imbuidas de la parquedad y retórica religiosa de un Cormac McCarthy– y más aventurado en su música, que ya no busca los beneficios de la interacción de una banda en el estudio como la elaboración sintética de un fresco musical en el que las texturas y los ambientes son más importantes que el giro melódico atractivo o la épica por acumulación. Quizá sea un Springsteen menos brillante que aquel que grabó Darkness on the Edge of Town, pero como aquel, pretende conferir a sus composiciones una cualidad cinematográfica, visual. Y, sobre todo, parece preocupado por proporcionar un nuevo trasfondo musical a las preocupaciones vitales de una persona que ha superado la barrera de los sesenta años.

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Entre el cielo y la tierra

Bruce, la biografía que Peter Ames Carlin publicó el pasado año, recurría a nada menos que al compositor Aaron Copland para definir las grabaciones que fueron desechadas en favor del grupo de canciones que finalmente compondrían Wrecking Ball (Sony, 2012). La sugerente «Hunter of Invisible Game» bien podría encajar en dicha descripción y, con su bucle de cuerdas y su compás de vals, parece emerger del mismo universo que la última trilogía de Bill Callahan. El paisaje dibujado en su letra contrasta con una atmósfera musical plácida y romántica, reminiscente del Van Morrison de los setenta y de canciones de su propio autor como «Valentine’s Day» o «Walk Like a Man».

«Down in the Hole», otra cima del álbum, encaja en esa misma línea entre lo telúrico y lo intimista de «Hunter of Invisible Game». Quizá sea una de las canciones más complejas de la discografía de su autor, que conjuga la percusión industrial con las bases de sintetizador, el falsete a lo Curtis Mayfield y el boom-chicka-boom de Johnny Cash para pintar una viñeta de desesperación vital semejante a la de «Streets of Philadelphia» o «Rocky Ground».

La trepidante «Harry’s Place» recupera al Springsteen que, como ocurría con la familia Sobotka en la segunda temporada de The Wire, identifica el crimen organizado como la deriva trágica de una clase trabajadora en descomposición, algo ya presente en temas como «Murder Incorporated», «Atlantic City», «Straight Time» o «Highway 29». No hay canción más densa en todo el cancionero de su autor que esta, que recupera el ambiente nocturno del soul de los 70 para mezclarlo con la introspección de temas como «Goin’ Cali» o «When the Lights Go Out», pasados por el filtro de los últimos trabajos de David Bowie. Es comprensible que no fuese incluida en The Rising, puesto que «Harry’s Place» toca puntos sensibles del corazón de la vida americana, y aquel era un álbum de Asuntos Exteriores.

«This Is Your Sword» parece inspirada directamente por el repertorio de Pete Seeger que Springsteen rescatase en 2006, y concretamente, por el estoicismo bíblico de «Turn Turn Turn» en la versión de los Byrds. Un pequeño himno folk que se presenta como la otra cara de la moneda de la furia de «Death to My Hometown». En coordenadas semejantes juega la muy radiable «Heaven’s Wall», country-gospel que apela a la unión comunitaria del que tanto gusta a su autor desde los tiempos de The Rising. La sentida «The Wall», una balada de inspiración irlandesa en honor de su fallecido amigo Walter Chichon, encajaría a la perfección entre «Brothers under the Bridge» y «Terry’s Song», y mejora las versiones en directo ya conocidas.

A pesar de su conexión con Steve van Zandt, «Frankie Fell in Love» es lo peor del lote, esa clase de remedo que le sale a Springsteen cada vez que intenta recuperar la inocencia de las canciones más banales de The River, y que como «My Lucky Day» o «Surprise Surprise», termina convirtiéndose en un hueco ejercicio de estilo. El bueno de Steve se merecía algo más.

Viejos conocidos

Hay que reconocer la habilidad de Springsteen para reconocer canciones ajenas afines a su mundo y encajarlas en su repertorio, como hizo en su día con «Jersey Girl» o «War». Es lo que ocurre con el «High Hopes» que grabasen The Havalinas, que aquí suena aún más rotundo que en su primera versión de 1995: un acierto de selección e interpretación. No corre la misma suerte «Just Like Fire Would», que carece de la frescura del original de The Saints y echa a perder la oportunidad de demostrar cómo podría sonar la maravillosa E Street Band Redux en un estudio. Además, goza del dudoso honor de presentar una de las peores interpretaciones vocales de toda la carrera de Springsteen.

Existe cierto consenso en considerar la versión eléctrica de «The Ghost of Tom Joad» todo un hallazgo. Sin embargo, aquí la canción funciona ante todo como un vehículo para lucimiento de Tom Morello, protagonista absoluto de sus dos minutos finales, pura pirotecnia guitarrera que se encuentra muy lejos de la genial sutileza de la versión original. Funcionará en directo cada vez que asome en los repertorios, pero palidece en comparación con otras adaptaciones similares como la de «Youngstown» o «Atlantic City».

Mejor parado sale «American Skin (41 Shots)», que recupera el interesante crescendo final que apareció por primera vez en la gira de 2009. Aunque no suponga una reinvención tan avezada como la de «Land of Hope and Dreams», es comprensible, visto el resultado, que Springsteen haya querido registrar finalmente en estudio esta conmovedora denuncia de la brutalidad policial y el racismo latente en la sociedad estadounidense. Únicamente el solo de Morello perjudica el resultado final, sobre todo en comparación con el menos melódico pero más hiriente que Springsteen aportaba a sus versiones en directo. «Dream Baby Dream» de Suicide, en cambio, sale perdiendo en comparación con la apasionante versión de la gira de Devils & Dust, al perder el carácter hipnótico de aquella.

Errático y agradable a partes iguales, High Hopes sirve, paradójicamente, para hacernos una idea de quién es y quién ha sido Bruce Springsteen durante los últimos 20 años, y quizá diga más de su autor que trabajos muy superiores como Magic o Wrecking Ball. Además, otorga al incondicional media docena de fichas más para completar un puzzle, el de Springsteen, que es mucho más complejo que lo que sus detractores piensan.

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