27 octubre, 2010

The Promise: Luces y sombras de un documental

por Julio Valdeón Blanco

Leve decepción. Me refiero a The promise, el documental de una hora y veintisiete minutos que acompañará a la caja dedicada al Darkness on the edge of town. Dicho en corto, jamás se lo pondría a un neófito como intro al de New Jersey. Ni ciego de estupefacientes, en pleno delirio de apostolado acrítico, aspiraría a que sea la invitación que atice el deseo, la fragante postal que inocule centellas en su pecho.

Tal honor correspondería, sin dudarlo, a Houston 78, también incluido en la caja. Ahí sí, ahí sí puedes tirarte el nardo de lo increíble que era Springsteen, consciente de que no vendes un coche usado, de que se trata de uno de los conciertos más salvajes que jamás hayas visto. Si John Lennon sostenía que para explicarle a un extraterrestre qué fue aquello del pop bastaría con ponerle «Be my baby», el himno de las Ronettes, yo afirmo que para contar en qué consistía el rock and roll, la música del diablo, el misterioso elixir, hijo bastardo del blues y el country, sobra con este concierto. ¿Tan bueno es? Tanto, que sólo el asombroso doble disco de inéditas que también incluye la caja puede eclipsarlo. Houston 78, con independencia de filias y fobias, más allá de banderías y devociones, imagino que decepcionará a los audiófilos, empeñados en que una grabación añeja ha de sonar perfecta. Para ellos, cualquier caca con reluciente envoltorio bastaría. Para nosotros, sobra con chutarse un directo arrasador, que muge como un búfalo en celo y acuna con la tersura de un campo de estrellas.

Si buscas arte, belleza sin cortar, emociones no adulteradas, opiaceos de primera, si quieres recordar porque cojones amas la música y olvidaste las razones del romance, si creciste enamorado de Jerry Lee Lewis y Mississippi John Hurt, de los Stones y Roy Orbison, de Neil Young, los Stooges, las Crystals, Sam Cooke, los Ramones, Brian Wilson, Doc Pomus, Steve Earle, Johnny Cash o Etta James, entonces te encuentras ante uno de tus conciertos de cabecera, un must incluso si Springsteen te da pereza merced a la insufrible insistencia de unos medios que siempre apuestan ganador con varias décadas de retraso. Lo de sus últimas giras, con tanto principito en la grada y tanto bombo en el telediario, quizá canse, pero amigo, con Houston 78, y con el doble de luminosos descartes, hablamos de algo mágico.

Quizá por eso, comparado con semejante gloria, el documental sabe a poco.

¿Ocasión perdida dice usted? ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser un frenazo en falso una película rodada por el ganador de un premio Grammy, Thom Zimny, repleta de imágenes inéditas, con Bruce y la banda tocando en el estudio, que ha contado con la participación de protagonistas como Patti Smith, y dedicada a una de sus obras mayores, al disco fundacional de su voz adulta?

Hummm. No negaré que abundan los instantes sublimes, ensayos del 77 en el salón de casa de Springsteen, directos en Red Bank cantando «It’s my life» junto a los vientos de los Asbury Jukes, tomas primerizas de «Factory» y «Something in the night», aquella gloriosa «Candy’s boy» que mutó en «Candy’s room», confesiones de los miembros de la E Street Band, discusiones sin edulcorantes, una «Talk to me» sobrecogedora, etc.

Y sin embargo, ay, el listón de los documentales musicales alcanzó la estratosfera merced al magnífico No direction home que Scorsese dedicó a Bob Dylan (o al enciclopédico Runnin’ down a dream de Peter Bogdanovich sobre Tom Petty, o a los rutilantes trabajos de Jonathan Demme con Neil Young) y Darkness on the edge of town no merecía menos.

No si dispones de horas de filmación histórica, con la cámara de Barry Rebo husmeando en el Record Plant, pero obvias que antes grabaron en los Atlantic Studios (con todo lo que eso significa). No si pasas de ampliar el campo de batalla con la gira del 78, a la que apenas dedicas cinco minutos, y guardas bajo llave unas actuaciones, léase Passaic, Largo o, cielos, el cameo de Cleveland junto a Soutshside Johnny, que hubieran salpimentado el guiso con pasajes electrizantes y desconocidos por el noventa y nueve por ciento del personal, que no tiene ni sabe donde encontrar bootlegs (por no hablar de Red Bank 76, que debiera de ocupar el hueco de Paramount 2009).


Claro que toca atenerse al rollo de que ahora, en 2010, la E Street Band suena como nunca, etc. Una impostura comprensible, humana, necesaria para justificarse, pero que avergüenza al colocar aquella enloquecida máquina de facturar r&r, r&b y soul, que tenía todo por demostrar y nada que perder, con el grupo de virtuosos profesionales del show business en que se transformaron hace siglos. Asunto distinto, puestos a comparar, sería el Springsteen de las giras en blanco y negro, en solitario, de «Tom Joad» y «Devils», encarnación en la que intuyo se encuentra más cómodo y que siempre nos escamotean (¿Para cuándo un DVD y doble CD de la gira de 2005? ¿Los conciertos del Christic Institute del 90?).

Encima, costumbre obliga, el asunto debe salir barato: recuerda el relativo truño del DVD de Hyde Park tras descartar St. Louis 08, etc. Así pues, nada de comprar treinta segundos de Centauros del desierto, Las uvas de la ira, Gun crazy o Retorno al pasado para ilustrar el momento en el que te refieres a Ford, Joseph H. Lewis o Tourneur, y mucho menos, que son aún más caros, fotogramas de las películas de Terrence Malick o Sidney Lumet (¿Tarde de perros?, ¿no?, el ¿Taxi driver de Scorsese con el que tanto comparte Darkness? ¿Ni siquiera Malas tierras?), y cero grabaciones de Hank Williams, los Animals, Woody Guthrie, John Fogerty, las Shirelles, Dion, Elvis Presley o Ray Charles, por no hablar de las hordas punk, Ramones, etc., a las que Springsteen seguía con atención.

¿Qué tal, de paso, haber contextualizado un poquito la época, haber tirado de imágenes del convulso Nueva York de finales de los setenta? El viaje superficial que trazan sufre sobremanera al no salir del estudio, al escamotear las referencias a una ciudad sitiada, con la bragueta abierta y picada de heroína, donde el Bronx ardía y un haz de mierda y devoción, miedo y creatividad, bañaba las calles. Por supuesto, prohibido invitar a alguien ajeno a la organización, no vayan a dar puntos de vista antagónicos con el guión oficial. ¿Dónde están los músicos que se reunían en el Roxy de West Hollywood, aquella bohemia de cantautores californianos, Jackson Browne y cía.? ¿A nadie se le ocurrió entrevistar a Warren Zevon antes de que palmara? ¿Y a Southside Johnny, con el que trabajaron en This time it’s for real y Hearts of stone? ¿Y los críticos, dónde olvidaron a los críticos? ¿Acaso Robert Christgau, Greil Marcus y el resto, que seguían su carrera entonces, no hubieran añadido comentarios sabrosos? ¿No hubiera sido interesante escuchar a Robert Hilburn, crítico de Los Angeles Times, quien tras escuchar a la banda en el Roxy se volvió hacia Dave Marsh, otra inexplicable ausencia, y preguntó «¿Cómo vuelvo y hago la crítica de esto después de haber dicho que el concierto del Forum era uno de los mejores que jamás hayamos visto en Los Angeles. Quién va a creerme?».

También echamos de menos a oyentes más jóvenes, músicos que hayan sido influidos por el Darkness, por ejemplo a Patterson Hood y Mike Cooley, de los Drive-By Truckers, al ubicuo Connor Oberst, al matrimonio formado por Régine Chassagne y Win Butler, núcleo de Arcade Fire, a Carla Torgerson y Chris Eckman de los Walkabouts, acaso a Jeff Tweddy, a Mark Olson y a Gary Louris, o a Brian Fallon, de los Gaslight Anthem.

Los Rolling Stones, siempre tan zorros, han comprendido bien la importancia de autoproclamarse contemporáneos, todavía relevantes, por el procedimiento de invitar a un puñado de cachorros en el reciente documental dedicado a Exile on Main Street. Por no hablar de veteranos con, fijo, mucho que contar, caso de Steve Earle, Emmylou Harris, que versioneó «Racing in the street» en aquel Last date de 1982, Lucinda Williams, etc. Tampoco hubiera sido malo que tipos como Bob Benjamin, amigo temprano y manager de Joe Grushecky, Lou Cohan, cofundador de Thunder road, o Charles Cross, de Backstreets, y presentes, respectivamente, en los directos de Buffalo, Seattle y Winterland 78, hubieran aportado lo suyo.

¿Qué tal, uh, Lynn Goldsmith? ¿Obie? ¿Ken Viola? ¿Peter Knobler o Richard Meltzer de la seminal revista Crawdaddy!? Por si fuera poco, y decididos a que todo lo que cuentan tenga su respectiva traducción en imágenes, The promise obvia la mayoría de las canciones que no fueron registradas por Rebo. Pero ya digo que el defecto esencial, fruto de no haber contado con nadie ajeno a la organización, sea el de escuchar a Springsteen y la E Street Band ejerciendo como reseñistas de su propia carrera en lugar de emplearse a fondo en los hechos para complementarlos luego, con mayor y más creíble enjundia, por la visión histórica y el apunte crítico de testigos, discípulos y escribas.

Ese empeño, el de colocar a los sujetos protagonistas como actor principal, guionista y crítico, jugando a juez y parte, torpedea un documento para el que existía una millonaria cantidad de mimbres. Merecían mejor suerte, y una mano ajena, más fría y también más dotada para la poesía, que el funcionarial, solvente e intuyo que dócil Zimny. Con todo, justifican el gasto Houston 78, el memorable libreto de la caja, y el disco The promise, doble CD que, descontada la opinión de los talibanes (que si el segundo coro, a partir de los 3:08 minutos, es nuevo, que si ese acorde de guitarra no estaba en la original y blablablá. ¡Cómo si alguna vez hubiéramos dispuesto de las originales remachadas y no de una puta mierda de copias que nunca supimos si eran definitivas!), y si bien deja fuera la parte de la historia más salvaje y sombría (siguen pendientes de edición «Preacher’s daughter», la monumental «Janey needs a shooter», las bestiales «Goin’ back» y «Crazy rocker», etc.), no desmerece junto a los clásicos del autor.