“American Beauty” – En el laberinto

por Héctor G. Barnés

Este no es un disco de descartes. En todo caso, es un disco de descartes de descartes. Se trata, al mismo tiempo, del que probablemente sea uno de los trabajos de la discografía de Springsteen más difíciles de catalogar. No sólo porque no haya un discurso que lo focalice todo como suele ocurrir en grandes álbumes de su autor, sino porque, aún más que en High Hopes, estos temas pertenecen a momentos y facetas muy diferentes de Springsteen, y raramente interactúan entre sí. Una vez conscientes de ello, las cuatro canciones de American Beauty son como espejos reflectantes en el laberinto de referencias que siempre ha sido la prolífica producción de su autor. Canciones que recuerdan a otras, pero también, canciones que invocan a los Springsteen que conocimos durante los últimos años, y anticipan a aquellos que nos faltan por conocer.

AMBEAUTY PROMO
“Belleza americana, ¿serás mía para siempre en esta carretera, contando las líneas blancas?” Aquel verso que en “Gypsy Biker” reflejaba la desesperada huida hacia adelante de su protagonista, se convierte en el tema titular del disco en un eufórico retorno a las promesas de Born to Run, matizadas por la melancolía de Magic. Como ha dicho Springsteen en infinidad de ocasiones, no se escriben tantos buenos versos como para desperdiciarlos, y aquí reaparecen líneas de “Down in the Hole” y “Livin’ in the Future”. Probablemente nada más que una maqueta que nunca llegó a ser terminada hasta el año pasado, “American Beauty” es la mejor muestra de lo que ocurre cuando su autor intenta recuperar las formas musicales de su juventud (como también ocurría con sus primas hermanas “Frankie Fell in Love” y “My Lucky Day”): cada cosa tiene su tiempo y su lugar, y probablemente Springsteen tuviese toda la razón al lamentarse, a finales de los noventa, de que había perdido su voz rockera. Que compare esta canción con Exile on Main Street, como ya hiciera con “Frankie Fell in Love”, no quiere decir mucho, aparte de que quizá no haya escuchado demasiado bien el clásico de los Rolling Stones: no hay nada aquí del exuberante abandono de aquel disco, sino esa pesada y fría sobreproducción a la que recurre Springsteen cuando quiere recordar a Spector. Lo peor del lote, quizá porque “American Beauty” es Springsteen intentando hacer lo que se espera de él. Y deja un detalle para la polémica: asegura que es algo así como Exile on E Street Band… Cuando el único miembro de la banda que aquí toca es el teclista Charlie Giordano.

Más simpática resulta “Hurry up Sundown”, una canción que nos vuelve a recordar que quizá su autor está más cómodo en los últimos años haciendo pop y sacando lustre a una buena melodía que apretando los dientes y empuñando la eléctrica. Muy en la línea de los últimos discos de REM, el tema concilia el escapismo del tedio cotidiano de “Queen of the Supermarket” con el romanticismo kitsch de “Kingdom of Days” o “This Life”. Lejos de la sutileza del mejor sunshine pop, una buena liposucción favorecería a un tema, no obstante, más apreciable que “American Beauty”.

Pero si algo hay aquí que pueda interesar al fan son “Mary, Mary” y “Hey Blue Eyes”, que reúnen algunas de las cualidades de las mejores composiciones de su autor en los últimos 30 años. “Mary, Mary” es una bonita compañera de canciones como “Two Faces” o “Leah”, uno de esos sentidos medios tiempos que reflexionan sobre las alegrías y derrotas del amor a partir de pequeñas pinceladas líricas, y que también evoca la juventud perdida de “Girls in their Summer Clothes” o “The Last Carnival”. ¿Mi momento preferido del EP? Cuando Springsteen canta “summer storm blew in soft and cool” llevado en volandas por el bucle de cuerdas a lo Van Morrison que puntea la canción, uno de esos pequeños espejismos que recuperan al Springsteen más sensorial, el que era capaz de crear imágenes en cinemascope con cinco palabras y dos notas. La sobriedad del tema proporciona una interesante vía de futuro para el Springsteen maduro.

Algo semejante ocurre con “Hey Blue Eyes”, turbadora alegoría de los Estados Unidos de Bush que nos presenta al Springsteen más sórdido: “esta noche te tendré desnuda y gateando, atada a mi correa”. Es el lado oscuro de “Worlds Apart”, pasado por el filtro lírico del John Wesley Harding de Dylan, un tema que sacado de su contexto quizá pierda parte de su potencia, pero que publicado en 2007 podría haber significado un importante golpe en la mesa por parte de Springsteen, que quizá se encontraba poco cómodo con la dureza de la letra. Sea como fuere, en su parsimoniosa elegancia, “Hey Blue Eyes”, junto a “Mary Mary”, harán soñar a unos cuantos con el retorno del Springsteen más intimista, aquel que tiene por delante el reto de dejar para la posteridad alguna que otra obra maestra más a la altura de la leyenda del de Nueva Jersey.

(American Beauty se publicó en vinilo el 19 de abril, en una edición limitada especial para el Record Store Day. También se puede comprar en formato digital en iTunes y Amazon, o escuchar en Spotify)

15 años del reencuentro con la E Street Band

Hoy se cumplen 15 años de aquellos dos históricos conciertos en el Palau Sant Jordi de Barcelona, los días 9 y 11 de abril de 1999. Diez años después de que Bruce Springsteen comunicara a los miembros de la E Street Band la disolución de la banda, se reunieron para una gira mundial, y la ciudad elegida fue Barcelona.

Mar Cortés y Jordi Bianciotto relataron con precisión el histórico acontecimiento en su libro Bruce Springsteen en España (Quarentena Ediciones, 2011).

(fotos: René Van Diemen)

sant jordi 99

REUNION TOUR – EL REENCUENTRO

El 14 de diciembre de 1998, Springsteen acude a Madrid en el marco de una insólita gira promocional europea, y registra dos canciones en directo, “Born in the USA” y “This Hard Land”, en versión acústica, para Televisión Española. Es entonces cuando, durante su rueda de prensa en el Teatro Real, confirma la noticia de la reunificación de la E Street Band y anuncia una próxima gira internacional que se llamará Tour 1999-2000 pero que aquí bautizaremos como Reunion Tour. (…) La excitación general se mezcla con una sombra de preocupación. Algunas voces expresan dudas razonables sobre si se trata realmente de un renacimiento o de una mera operación comercial para rentabilizar réditos de tiempos mejores. (…)

La expectación por el regreso a los escenarios de la mítica banda de la calle E era infinita, como inmenso había sido el desconsuelo que había provocado su disolución. (…) Pero para la prueba de fuego, para la vuelta a la carretera, para el debut internacional de la reunificada E Street Band en shows de dos horas y cuarenta y cinco minutos de duración sin interrupción, Bruce Springsteen escoge… Barcelona. La noticia sorprende y entusiasma a la ciudad. Evidentemente, Springsteen hace un cálculo de riesgo adecuado al elegir una de sus plazas más fuertes a nivel mundial para empezar a engrasar su vieja maquinaria. Pero la coincidencia entre la elección de Barcelona para iniciar la gira y el hecho que el último concierto hasta la fecha de la E Street Band (sin contar la gira de Amnistía Internacional) hubiera sido también aquí, aquel lejano 3 de agosto de 1988, tiñe la cita de simbología y complicidades.
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Springsteen & I, análisis de una audiencia devota

por Jesús Jerónimo
Un hombre cualquiera de mediana edad conduce su coche y mientras una antigua canción suena, nos detalla las razones por las que le gusta Bruce Springsteen. Tras una serie de anécdotas mas o menos irrelevantes, el hombre duda, musita algo sobre entrever la vida de otros en las canciones del americano, nos dice que de un puñado de letras le surge un sentimiento de empatía con las victorias y derrotas de gente a la que no conoce… y se pone a llorar entrecortado.

Tal es el efecto que Bruce Springsteen provoca en montones de personas alrededor del mundo. Debe ser dificil ser uno mismo cuando hay cientos de miles de anónimos admiradores que te han transformado en la personificación de sus sueños. Springsteen & I es un documental creado a partir de clips filmados por cientos de fans donde se intenta mas descubrir qué significa una imagen elaborada en tu propia cabeza que constatar una realidad tangible.

Buscar a ese Bruce Springsteen ideado, soñado, quizá hasta inventado, no es tarea fácil. Cada uno de nosotros, a través de interminables noches escuchando discos, rememorando directos, caminando encogidos a casa con los auriculares a punto de estallar, nos hemos creado a nuestro propio Bruce. Y los diferentes personajes que aparecen en la película, reales como nosotros mismos lo somos, también han creado su propia imagen del de New Jersey, muchas veces a su propia semejanza. Resulta curioso encontrar como muchos de los que hablan anhelan en Bruce la solución a sus propias carencias.

Por su propia naturaleza, Springsteen & I no es un documental perfecto. Sobran esas madres arrobadas que presumen con orgullo de haber iniciado a sus retoños en la iglesia Springsteeniana. Y normalmente, cuando se desliza hacia el drama resulta un poco cargante. Las partes mas flojas e impostadas suelen venir de historias dramáticas: el chico abandonado por su novia y que solicita abrazos paternales del músico a través de carteles, el hombre ya mencionado mas arriba que llora en su coche. Resultan poco creibles por artificiales.

El resto es puro disfrute, comedia, alegria y diversión. La entrañable narración que Nick (from Philadelphia!!) hace de su subida al sacrosanto templo de la E Street Band disfrazado de Elvis para interpretar “All Shook Up”, la diversión de una pareja que nunca han visto a Bruce en directo pero que viven su amor a través de sus canciones, el humor inglés de un no fan harto de acompañar a su novia a cientos de viajes siempre interrumpidos por “a bloody concert” y muchas mas historias que no son la de Springsteen, si no la de una devota audiencia que le tiene por poco menos que un santo y que habla de él con la naturalidad con que lo harían si fuera alguien de la familia. Bruce por aquí, Bruce por allá… y siempre esa sensación de que esa lejana estrella fulgurante, que a sus 63 años sigue al pie del cañón, aun fuera uno de los nuestros.

Me pregunto que sentirá el propio Bruce, viendo desfilar una tras otra a tantas personas contando sus propias historias de derrotas, redenciones, traiciones y alegría a través de sus canciones. Me resulta imposible entender cómo debe sentirse uno atravesando de esta manera los corazones de medio mundo. Debe sentar bien.

Lo reconozco: salí del cine emocionado. No directamente por las historias que había escuchado, si no por esa innata capacidad del ser humano de soñar que las cosas son mucho mejores de lo que realmente son. Por una cierta ternura que todos los que disfrutamos muchísimo de algo transmitimos con nuestro entusiasmo. Por ese algo que permite que haciendo lo que a priori parecería ridiculo, acabemos transmitiendo algo importante a los demás. Por ese sentimiento tan diferente y tan compartido de formar parte de algo mucho más grande que tú mismo.

En fin, que Springsteen & I despertó algo en mí que se va durmiendo a medida que te haces mayor: la ilusión. Y creo que no puedo hacer mayor piropo que ese a una película de aspiraciones bastante modestas. Tengo ilusión por muchas cosas y ningún miedo a sentirme ridiculo por tenerlas.

A veces, hasta la mas cínica de las personas acaba por creerse que todo se arregla bebiendo cerveza bajo la lluvia en una cálida noche de verano.

Y quizá sea así.

Roma, la apoteosis

Bruce Springsteen preparó algo especial para Roma. Estuvo ensayando dos días con su banda en un club de la ciudad, a puerta cerrada. Como Steve Van Zandt confesó al día siguiente en Radio Città, “íbamos a tocar el disco Wild & Innocent entero, pero el concierto tomó su propio curso…”. A pesar de dejar 3 de esas canciones en el tintero, Bruce aún sorprendió con un concierto inmenso, impredecible e inesperado, en el cual contó con la sección de cuerdas de la Roma Sinfonietta, la orquesta del maestro Morricone, para una soberbia versión de su obra maestra “New York City Serenade”. Cristina Magdaleno nos manda su crónica desde Roma.

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ROMA: APOTEOSIS EN ESTADO PURO

“Ganarte un público es duro. Mantener un público es duro. Requiere una consistencia en la idea, en el propósito y en la acción durante un largo período de tiempo”. Así define Bruce Springsteen su trabajo. Sin embargo, cuando actúa en directo, el proceso en el que logra establecer una conexión con los fans y dejar grabado a fuego en la memoria de la gente las más de tres horas que acostumbran a durar sus conciertos, parece la cosa más sencilla y natural del mundo. A lo largo de los años ha sabido reciclarse y hacer que sus canciones suenen igual de frescas que hace 30 ó 40 años. Lo que hizo Bruce ayer y, en general, durante casi toda su vida, tendrá eco en la eternidad.

El Boss y la E Street Band regresaban tras cuatro años a Roma, última cita del 2013 en tierras italianas, con casi cuatro de días de descanso tras sus fantásticos dos conciertos en Alemania. Éste era un punto de la gira en donde todo podía ocurrir. Y así fue. Ocurrió de todo.

Tras la habitual entrada de los miembros de la banda acompañados de la música de Ennio Morricone, Charles Giordano comenzó a tocar con el órgano “Spirit in the Night”, pero sin Bruce aún en el escenario. Después de algunos segundos de incertidumbre se escucharon las primeras palabras de Springsteen, escondido todavía en el backstage. Quizá tenía miedo a salir por lo que podría pasar bajo el cielo de la ciudad imperial. Y no era para menos.

Hubo una explosión de rock durante “My Love Will Not Let You Down”, “Badlands” y “Roulette” (segunda aparición consecutiva de esta rareza recogida en el disco de outtakes Tracks) y el público italiano se volvió absolutamente loco, haciendo gala de un derroche de energía al alcance de muy pocas ciudades.

A pesar de que no hubo tantos temas de los 90 como en Alemania, Bruce parece seguir empeñado en reivindicar esa parte de su carrera, asi que tocó “Lucky Town”, con un sensacional solo de guitarra al final, justo antes del tramo rockabilly del concierto. El verano empezó oficialmente cuando sonó “Summertime Blues”, en una potente versión del tema de Eddie Cochran. Continuó con “Stand on it”, un outtake de Born in the USA, y finalizó con “Working on the Highway”.

Roma era la apoteosis en estado puro, pero un exhausto Springsteen decidió bajar las revoluciones del concierto relatándonos los entresijos de la habitación de Candy, justo antes de dejarnos sin aliento en uno de los tantos grandes momentos de la noche cuando “Mona” y “Not Fade Away” introdujeron “She’s the One”, que a su vez precedió a “Brilliant Disguise”. ¿Estaba ocurriendo de verdad? Hasta ese punto del concierto ya nada era normal. El setlist, la energía sobrehumana (incluso más de lo que nos tiene acostumbrados) y la comunión con los romanos habían alcanzado niveles elevados, pero nada comparado con lo que vendría a continuación.

Alguien definió hace años a la cara B del segundo disco de Springsteen como los mejores 30 minutos de la música moderna y, sin embargo, Bruce no acostumbra a regalarnos semejante delirio musical. La cara B del The Wild, the Innocent and the E Street Shuffle, como gran parte de su discografía, ha envejecido muy bien y, a pesar de que ya han pasado cuatro décadas desde su publicacion, ayer sonó como si estuviésemos en un club de Asbury Park. Él tiene esa fascinante habilidad: es capaz de convertir un gran concierto en el que están presentes 40.000 almas, en un pequeño bar de Nueva Jersey. Ya lo hizo el año pasado cuando apareció Southside Johnny en el Bernabéu y lo volvió a hacer el jueves trasladando a Roma a los años 70.

Y es que regresó Kitty… y de qué manera. Un comienzo potentísimo y, a la mitad, unos solos espectaculares de prácticamente toda la banda. Bruce extasiado y Roy Bittan y la sección de vientos haciendo gala de su enorme poder. Era el inicio de la hazaña. Porque siguió con “Incident on 57th Street”, acompañado del silencio sepulcral que ofrecía la noche romana. Lo único que brillaba en la oscuridad eran los ojos de miles de fans que ni en sus mejores sueños habrían imaginado una velada así. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Enlazar “Incident…” con “Rosalita”? Imposible. Pero así sucedió. Y volvió, de nuevo, una de las protagonistas de la noche: la locura.

Tras el final de “Rosalita” muchos sentíamos un fuerte nudo en el estómago pensando en lo que podría seguir a continuación. Lo imaginábamos, lo deseábamos, pero nos parecía demasiado. Incluso para él. Probablemente jugaba con nosotros. Nos estaba poniendo el caramelo en la boca para después quitárnoslo y arrancar con “Waitin’ on a Sunny Day”. Pero corrió a las primeras filas y agarró una gran pancarta, la enseñó a la cámara y nosotros, fieles, la leímos. Todos nos hicimos la misma pregunta: ¿Tiene límites Bruce Springsteen? ¿Hay algo que no pueda hacer?

“Solo per Roma”, gritó mientras posaba la guitarra acústica sobre sus hombros. El mundo se paró durante doce minutos y las primeras notas de “New York City Serenade” se deslizaron en las yemas de los dedos de un, otra vez, espectacular Roy Bittan. Fue el momento exacto en el que nos pudimos dar cuenta de que, tal y como dice “Thunder Road”, había magia en la noche. Totalmente embobados por la belleza, nos dejamos llevar y escuchamos como, al fin, Springsteen sacaba a pasear a su chica por las calles de Broadway. Iba acompañado no sólo por sus 17 músicos, sino contando también con la presencia de siete violines de la Roma Sinfonietta, que en numerosas ocasiones ha sido dirigida por Ennio Morricone. El surrealismo y la sorpresa habían alcanzado niveles etéreos. Nadie podía explicar lo que estaba ocurriendo.

Pero aunque parezca difícil, la vida siguió después de “New York City Serenade”. Tras las habituales “Shackled and Drawn”, “Waitin’ on a Sunny Day” o “The Rising”, cerró el mainset con una sensacional “Land of Hope and Dreams”.

En los bises no hubo demasiado espacio para la sorpresa, pero tras semejante show, nadie tenía derecho a quejarse. “Born in The USA”, “Born to Run”, “Dancing in The Dark” (con proposición de matrimonio incluida), “Tenth Avenue Freeze-Out”, “Twist and Shout” y un “Shout” que llevó casi hasta la extenuación dieron paso a la despedida de toda la banda. Menos Bruce, que decidió volver a coger la guitarra acústica por si no habíamos tenido suficiente con lo que había hecho ya.

La intro con la armónica señalaba que era tiempo para levitar con “Thunder Road”. Bruce acariciaba levemente las cuerdas de la guitarra y, prácticamente casi a cappella, su voz desgarrada acabó desgarrando el corazón a los pocos que aún lo tenían entero.

Roma ciudad eterna, sí. Pero sólo desde ayer.

Cristina Magdaleno
@CrisMag23

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BRUCE SPRINGSTEEN – WRECKING BALL

BRUCE SPRINGSTEEN – WRECKING BALL

UN PUÑADO DE PENSAMIENTOS SOBRE UN PUÑADO DE CANCIONES DE NUESTROS TIEMPOS

por Héctor G. Barnés

En el pequeño lema que se situaba debajo del logo de la revista Broadside, aquella publicación neoyorquina que a principios de los años sesenta recopilaba las canciones de los compositores folk más políticos, se podía leer “a handful of songs about our times” (“un puñado de canciones sobre nuestros tiempos”). Es un subtítulo que podría haber llevado perfectamente este Wrecking Ball, disco de la Crisis de un Springsteen cuya inspiración, a partir de la sima crítica y comercial que significaron Human Touch y Lucky Town, ha necesitado casi siempre una motivación externa para espolear su inspiración y enfocar el concepto de su álbum, ya sea a través del trabajo periodístico de Dale Maharidge en The Ghost of Tom Joad, el 11 de Septiembre en The Rising, o la era Bush en la trilogía Devils & Dust, We Shall Overcome y Magic. Sólo el vilipendiado Working on a Dream parece responder a motivaciones diferentes: la experimentación formal con el lenguaje del pop y la representación de una determinada tranquilidad emocional que ya aparecía en aquellos álbumes de 1992. Pero como bien afirmó el propio músico, parece ser que los discos felices no gustan a sus fans, y en cierta forma, la gira confirmó cierta mala conciencia por publicar un disco feliz en tiempos de crisis al recuperar canciones como «Seeds», «Johnny 99» o «Youngstown».

Volviendo a Broadside y a los músicos que en ella publicaban —Bob Dylan, Phil Ochs, Peter La Farge, Pete Seeger, Tom Paxton, por nombrar a los más conocidos, pero también a la vertiente “blanca” del asunto—, Wrecking Ball intenta recuperar y actualizar su espíritu. Y si es este y no otro es por la relación que dichos músicos mantenían con su pasado: el folk de comienzos de los sesenta era la derivación autoconsciente, urbana, moderna, de la música tradicional. Una música nacida de la convicción de una América invisible unida por una misma música que ya no era local sino nacional, de costa a costa, algo posible tras el éxito del rock’n’roll. No se trataba, por mucho que haya quien lo pretenda, del folk primigenio, originario, sino una nueva oleada que se fijaba en modelos pretéritos, considerados en muchos casos como anacrónicos y superados ya en esos años.

Springsteen se propone como misión principal algo semejante: recoger distintas tradiciones, reescribirlas y devolverlas al público (ya ni siquiera americano, sino global) sabiendo que pocos artistas contemporáneos podrán conocer una mayor difusión. Y si en aquel grupo de cantantes Phil Ochs alternaba con el Reverendo Douglas Kirkpatrick, Pete Seeger con Elaine White y Dylan utilizaba un espiritual negro como base para «Blowin’ in the Wind», Springsteen directamente samplea dichas voces para integrarlas en su discurso. Ya no se trata de una colaboración de tú a tú que derriba las barreras entre blues y country, entre cultura negra y blanca, sino que Springsteen oficia de médium para traer, aquí y ahora, las voces de un pasado que se reconoce mejor en cuanto que fue capaz de conformar un lenguaje alternativo al de la cultura oficial y mayoritaria: el lenguaje aquí hablado es un esperanto de la social music americana.

Quizá de la utilización de dichos samples se puede descubrir gran parte del argumento del álbum, que va más allá de la furibunda gresca anti-banqueros que la gran parte de medios han querido ver, ayudada por esas referencias tan evidentes que Springsteen ha situado (quizá demasiado) estratégicamente como anzuelo, como punch lines.

Dos de los samples utilizados provienen de las grabaciones realizadas por el polémico Alan Lomax durante su prolongada relación con la América profunda. Y conviene recordar, más allá de la habitual mitología que envuelve al personaje, de dónde proviene dicha polémica: en Lost Delta Found: Rediscovering The Fisk University-Library Of Congress Coahoma County Study, 1941-1942, Lomax era acusado por otros estudiosos de orientar su visión y su investigación a ilustrar una idea preconcebida, idealizada y heroica de la música blues y tradicional, propia del hombre blanco.

Algo similar ocurre con la América imaginada y cantada por Springsteen, una improbable sociedad en la que el canto irlandés, el gospel, el blues de los trabajadores, el hip-hop y el country se encuentran al mismo nivel, forman parte de esa lengua franca que une todas las músicas que han dado voz a la clase trabajadora. Hay un alto componente espiritual y trascendente en todo el álbum, un matiz que prácticamente se ha pasado por alto en la mayor parte de referencias al disco: allí donde hay un banquero avaricioso, suele aparecer acompañado por un predicador; allí donde hay una apelación a la lucha, la hay a la fe; y por cada referencia a las armas, hay otra a Jesucristo. Springsteen explicaba bien esta dicotomía en su aparición en Spectacle, el programa de Elvis Costello, a propósito de Sam & Dave: uno era el cantante terrenal, el otro el espiritual, uno tenía sus raíces en el suelo, otro miraba hacia las alturas. Y en la conciliación de ambas facetas, aseguraba Springsteen, surge la mejor música. De eso trata Wrecking Ball.

De lo terrenal a lo espiritual

El disco se divide inequívocamente entre una primera mitad más terrenal, en la que abundan las referencias al dinero, al trabajo, a los escollos materiales y a la crisis, marcada por el ritmo del bombo y por las marchas militares, para dejar paso en su parte final a lo espiritual, a la fe y, en última instancia, a una conciliación entre la lucha social y la resurrección cristiana bastante propia del Springsteen reciente. Allí donde The Rising era una oración por los fallecidos y una plegaria por la comprensión hacia el Otro y We Shall Overcome una fiesta de taberna que recogía el lado más hedonista de la música tradicional, Wrecking Ball sintetiza ambas tendencias en una visión del mundo no tan lejana a aquella que inspiró a Martin Luther King en su famoso discurso del Capitolio y en la que no olvidemos que, utilizando el mismo procedimiento de citación que está utilizando Springsteen hoy, se basaba en «My Country ‘tis of Thee», un himno patriótico del siglo XIX, que incluía el célebre “let freedom ring” que encuentra su eco en el “bells of freedom ringin'” de «Land of Hope and Dreams».

«We Take Care of Our Own» sufre del mismo problema que arrastran todos los singles de Springsteen desde Human Touch: su condición de slogan más que de canción. De “el mundo necesita un toque humano” a “¿hay alguien vivo ahí afuera?” pasando por “vamos a alzarnos”, «We Take Care…» es apenas un himno acompañado por ese bombo a negras y crescendo recurrente extraído de «The Rising». Y aunque suene potente y razonablemente elegante, sorprende que haya sido comparada con «Born in the USA», una canción completamente narrativa. Allí donde su himno post-Vietnam era inequívoco, directo y acusador, «We Take Care…» está anegada por esa simbología ambigüa, elíptica, de matices tímidamente religiosos y, en casos como este, cobarde, que caracteriza parte de la última escritura de Springsteen: ¿qué representan esa puerta y ese trono? ¿Es la campaña presidencial, son las puertas del cielo? ¿Qué pintan aquí Nueva Orleans y Chicago, y qué tienen que ver con el hueso y el músculo? ¿Es un llamamiento a la solidaridad popular ante la inoperancia gubernamental o una canción irónica sobre el patriotismo? En realidad, como el propio Springsteen contaba, es una pregunta que se realiza al principio del álbum. El problema es que antes, Springsteen tenía el valor de afirmar: si nacías en Estados Unidos, podías terminar en una guerra extranjera, parado e inválido. Por el contrario, «We Take Care of Our Own» sugiere tantas cosas que termina por no significar nada.

Más literal es «Easy Money», que prosigue esa línea de hedonismo criminal de «Meeting Across the River» o «Atlantic City». Pero lo que antes era un universo que explotaba a través de unos pequeños detalles, ahora parece constreñido por la mera funcionalidad de la canción inserta en un nuevo repertorio que, eso seguro, funcionará bien en directo: en ese sentido, tiene más que ver con canciones distendidas de Born in the USA como «Darlington County» o «Working on the Highway» (recordemos, rescatada de Nebraska) que con las anteriormente citadas, al disfrazar su nihilismo con una música sensual. Aquí aparece la primera referencia a los “gatos gordos” de Wall Street, que se prolongará en «Shackled & Drown», y a las armas de fuego como expresión máxima de la violencia catártica de «Nebraska», aquí en la forma de un Smith & Wesson.

Fue Alan Lomax quien registró «Ragged & Dirty» de Willie Brown, y precisamente Dylan la recuperó en World Gone Wrong. Quizá sea esa canción la base de «Shackled & Drown»; al menos, comparte su lengua, omitiendo la frustración sexual tan habitual en el blues tradicional, como signo de una frustración social mayor, y reemplazándola por el orgullo del trabajador que se mancha las manos. Quizá sea el tema más cercano a la música de la Seeger Sessions Band, una mezcla de esa estructura de blues con el sonido irlandés del acordeón y el violín. Pero en ningún momento el álbum termina de compartir la libertad de la primera toma de aquel disco: frente a la espontaneidad de We Shall Overcome, Wrecking Ball vuelve a ser presa del estudio y la frialdad de los “overdubs”.

«Jack of All Trades», una de las cimas del álbum y su particular «Workingman’s Blues #2», comparte esa visión cotidiana y materialista de los temas precedentes. De hecho, se siente como la continuación natural de la histórica «Drive All Night», aquella balada de The River que condensaba en el mero acto de conducir toda la noche para comprar unos zapatos todo el sentido de la vida diaria. En esta, podar el césped, limpiar las hojas y arreglar el techo son la promesa que ofrece el narrador de la canción para superar los malos tiempos: el trabajo manual y físico como signo del amor incondicional. El paisaje sonoro se expande esta vez, en lugar de por el saxo del ausente Clarence Clemons, por el sonido de unos vientos que apelan explícitamente a las marchas de los años treinta, como Springsteen confirmó en la rueda de prensa de París. Sin embargo, la canción viene focalizada por su verso final, en el que el cantante anuncia que “si tuviese una pistola, encontraría a todos esos bastardos y me los cargaría”. Se trata de un acertado giro final que nos hace reinterpretar la canción: de encontrarnos en territorio The River, de repente nos damos cuenta que hemos llegado sin saber cómo a Nebraska. Es un deslizamiento genial que recuerda por qué la reputación de Springsteen como escritor sigue vigente.

«Death to My Hometown» es, en su sinceridad y ausencia de rodeos, una de las cimas del álbum. Se trata de una arenga que podría haber sido escrita perfectamente por el primer Phil Ochs, el de «I Ain’t Marching Anymore», un himno de batalla irlandés —mezclado con, ojo, el canto sampleado de la Alabama Sacred Harp Convention— que niega una de las constantes springsteenianas de forma casi desesperada (ese “hometown”) y recupera la euforia del canto social, comunal, para lanzarlo a una nueva dimensión: si hay algo que se pueda considerar stadium-folk, es esto. Por el contrario, «This Depression» resulta algo fallida en su intento de mimetizar las producciones de Daniel Lanois: de hecho, su ambiente recuerda poderosamente al «Most of the Time» de Dylan. Sospecho que un sonido más natural la habría beneficiado, y creo que una hipotética interpretación en una futura gira acústica le dará un nuevo brillo. Quizá lo que me moleste en el fondo sea esa rima insistente entre “confesión” y “depresión”: como suelen decir los manuales de guion, un buen diálogo romántico no debe citar nunca la palabra “amor”.

«Wrecking Ball» ha sido repetidamente desdeñada por haber sido escrita como una novelty song con motivo del derribo del Giants Stadium, pero precisamente por ello funciona bien: al utilizar lo particular para definir lo general, Springsteen consigue retratar toda una idea —nuestro proyecto ha fracasado, cada vez nos queda menos pero aún seguimos adelante— apelando a la mera rememoración de los éxitos deportivos, a un pasado ideal que no es el suyo, pero del que ha participado. Aquí, ambientado por un sonido no tan lejano del de Arcade Fire (una influencia de ida y vuelta) comienza a asomar ya el tema de la segunda parte del álbum, con ese “esta noche todos los muertos están aquí”.

Paradójicamente, «You’ve Got It» es el tema más desconcertante del álbum, embutido entre la canción titular y la trilogía final, un pequeño rock’n’roll que recuerda a aquellas maquetas pre-Born in the USA como «This Little Girl», «Betty Jean» o la versión primigenia de «My Hometown». Quizá destinado a aliviar al álbum de la tensión previa, de igual forma que «Waitin’ on a Sunny Day» lo hacía en The Rising, también puede interpretarse como un recordatorio de la importancia de la confianza en uno mismo, de la necesidad de pasarlo bien también en los malos tiempos, y de descubrir lo que nos hace únicos: nuestro alma. Así, se constituye casi como una visagra entre ese inicio terrenal y la deriva espiritual final.

Precisamente es en la conclusión del álbum donde se encuentra lo mejor del mismo. «Rocky Ground» puede recordar a esa mezcla de ritmos pregrabados y sintetizadores que definió a «Streets of Philadelphia», pero más bien es la primera vez que Springsteen ha sido capaz de jugar con pleno derecho, y salir triunfante, en uno de los territorios que siempre ha querido conquistar y que hasta ahora se le había vedado: el de Curtis Mayfield, Marvin Gaye, Staple Singers. Es decir, ese soul social de principios de los setenta que conjugaba la fe con la lucha negra, algo difícil de entender para un europeo (ya no digamos para un español), pero algo especialmente imbricado en la sociedad afroamericana de la época, donde sus políticos eran también sus sacerdotes, donde de la Iglesia nació el rock and roll pagano, donde lo profano y lo sagrado iban de la mano, como se puede apreciar en el documental de Charles Burnett Warming by the Devil’s Fire. Ese pastor que aparece en «Rocky Ground», al que su rebaño ha abandonado, podría ser Moisés, podría ser Jesucristo, pero también Martin Luther King u Obama. Y aunque en la misma aparece el «I’m a Soldier in the Army of the Lord», sospecho que la primera inspiración del tema sea «Rocky Road», un tema cantado por la Alabrama Sacred Harp Convention —sí, los mismos de «Death to My Hometown»— y que aparece en la antología de Harry Smith.

La sensacional y remozada «Land of Hope and Dreams» es el siguiente escalón en el ascenso final: ¡cómo ha cambiado este tema de aquella larga y anticlimática pieza que cerró los conciertos de 1999! Decía Dave Marsh, muy acertadamente, que el tema “era el grial del rock and roll, la revolución y la salvación, Sister Rosetta Tharpe, Woody Guthrie, Curtis Mayfield, Sam Cooke, los Rolling Stones y Bob Dylan al mismo tiempo, mi sueño convertido en realidad” y esta es su versión definitiva, desprovista ya de la en ocasiones morosa monotonía de sus interpretaciones en vivo. En ningún otro momento de su discografía Springsteen ha sabido conjurar tan bien matices raciales (los coros que abren la canción), metáforas sonoras (ese riff que resuena insistentemente como las ruedas del tren), guiños sentimentales (ese último solo de Clarence Clemons) y referencias musicales (el «People Get Ready» de Curtis Mayfield y los Impressions), de conjugar tan acertadamente una declaración de amor —al fin y al cabo, es una canción en segunda persona— con la promesa de la salvación para configurar la que ya no es sólo la mejor canción de los últimos quince años de su autor —el mejor ejemplo de ese neo-gospel al que aspira—, sino quizá una de las mejores composiciones que jamás ha escrito.

Y llegamos aquí a la estación final, «We Are Alive», síntesis y canción señera de toda la cosmogonía Springsteen en pleno 2012. Aquí conviene traer a colación a Bob Dylan: mientras la concepción del tiempo que propone Springsteen es, ante todo cíclica, en el caso de Dylan es más bien atemporal. Si en la obra del de Minnessotta es difícil distinguir entre pasado, presente y futuro, confundidos en un continuum que no entiende de evoluciones, la argumentación del de New Jersey es que todo se repite, como afirmó en la rueda de prensa de París: la huelga de 1877, el atentado realizado contra una iglesia baptista de Alabama en 1963 por el Ku-Klux Klan y los espaldas mojadas que pierden cada día su vida en la frontera mexicana se citan en ella como los mártires de un culto social. El disco concluye con la resurrección (espiritual) de dichas víctimas, también con un posible recordatorio a Clarence Clemons (“que tu mente descanse, duerme bien, mi amigo, son sólo nuestros cuerpos los que nos traicionan al final”) en uno de esos capítulos de sordidez que tan queridos son al último Springsteen, al situar a su protagonista seis metros bajo tierra, atrapado en su ataúd, rodeado de gusanos, y finalmente resucitado.

En este sensacional tema final, que en un alarde de inteligencia no flota sobre sintetizadores y ambientes espectrales, sino que recupera la terrenalidad de la música de hoguera, el crujido del vinilo, las palmas y el silbo, y la sensualidad de las trompetas de «Ring of Fire», se vuelve a aquella metáfora del fuego que aparecía insistentemente en La carretera de Cormac McCarthy, una novela que no está nada lejos del universo springsteeniano: tanto una como otra recurren a un determinado tipo de cristianismo y de confianza en la solidaridad humana como solución a un mundo que encara su propio fin. El fuego es nuestra herencia, como personas y como sociedad, y lo que nos distingue como seres humanos, afirman ambos.


El canon, la posteridad y el ahora

El mayor problema al que ha de enfrentarse el álbum sea quizá su condición de Frankenstein, de recopilación de referencias de segunda mano que se sienten manoseadas, ajenas. Bob Dylan ha propuesto algo no tan distinto durante los últimos veinte años (por no decir siempre), pero encuentro una diferencia crucial entre lo que siento escuchando los discos de Dylan y lo que siento cada vez que escucho Wrecking Ball: allí donde los arcaismos dylanianos parecen parte esencial de su personalidad, su lengua materna, en la música de Springsteen suenan a impostación, de igual forma que lo hace el acento sureño de algunas canciones de The Ghost of Tom Joad o Devils & Dust. Paradójicamente, la canción más satisfactoria en ese sentido es «Swallowed Up (in the Belly of the Whale)», pues es la única capaz de dibujar un marco propio, nunca antes oído, con el que ilustrar la peripecia de esos marinos engullidos: es casi una canción de Low, una nueva senda en la música springsteeniana, más ambiental y fascinante que nunca.

Por ello mismo Wrecking Ball no termina de funcionar a cierto nivel: carece del misterio ancestral que envuelve a toda la producción dylaniana. Cuando el de Minessotta canta “el poder adquisitivo del proletariado se hunde, el dinero cada vez vale menos”, a pesar de su elocuencia, nos preguntamos si realmente ha cantado lo que acabamos de oír, y cuando titula una canción «The Levee’s Gonna Break», no sabemos si habla del Katrina o de la inundación de Mississippi de 1927, de las dos cosas o de ninguna. Cuando Springsteen hace lo propio, no tenemos esa duda: el concepto inicial es tan evidente que elimina cualquier sugerencia, pero al mismo tiempo favorece la utilidad y la urgencia del álbum, que en el fondo es lo que Springsteen busca. Mientras en un pasado el llamado Jefe era un compositor inductivo, que miraba a su entorno inmediato y comprendía que algo no funcionaba, ahora es deductivo: las canciones se desprenden del concepto inicial, lo que hace que el “yo” se desvanezca a favor de un “nosotros” que lo engulle todo: quizá sea ese su mayor defecto.

Es completamente imposible, por la propia magnitud del artista, que vuelva a existir un quórum sobre su obra, ni positivo ni negativo. De hecho, nunca lo hubo, ni siquiera con sus discos ahora considerados clásicos: ni con Born to Run, ni con Darkness on the Edge of Town ni con Born in the USA, mucho menos con los siguientes. El problema, me atrevo a afirmar, es meramente formal: ninguno de sus grandes trabajos ha sonado de forma semejante al anterior (salvo Magic, criticado precisamente por ello mismo), sino que al ser cada uno una reacción al anterior, al diseñar un nuevo paisaje sonoro para cada obra, sensible a las corrientes de cada momento, sus parámetros formales (Spector, Dylan, Stones) quedan diluidos. Me temo que aunque la mayor parte de nosotros consideremos que el auténtico Springsteen es el de Darkness on the Edge of Town, no lo es: si hay un auténtico Springsteen, se encuentra en sus temas, no en su forma musical, y así va a seguir siendo hasta el día que muera.

En cierta forma, Springsteen —como tantos otros contemporáneos— ha rechazado el rock como una forma de expresión válida, considerando como tal el lenguaje que nació en los cincuenta, conoció su etapa clásica a finales de los cincuenta y sesenta y declinó en los años setenta: ¿qué discos de rock han trascendido socialmente durante la última década? Es más, ¿qué rock, más allá de las escenas autolimitadas de cada palo (americana, garage, punk), se sigue haciendo hoy en día? Para que un álbum goce de relevancia, parece que ha de orientarse hacia el soul, hacia el hip-hop, el indie, el blues, el flamenco o lo que toque; sospecho que nos encontramos en el momento de más baja consideración social del rock, en su sentido más estricto. La mayor parte de la música actual que se escucha en los medios sólo habría sido posible después del rock, pero no es rock.

Pero a diferencia de otros compañeros, no considero que ninguna de las últimas entregas de Black Keys, Lucinda Williams, Steve Earle, Hank Williams III, Mark Lanegan, Leonard Cohen, Joe Henry, Black Lips, Avett Brothers, John Hiatt, Fleet Foxes, Neil Young, Wilco, Ryan Adams, Jayhawks, The Shins o Bon Iver, por nombrar a algunos critics’ darlings que han estado en boca de todos los últimos tiempos o son comparados habitualmente con el de New Jersey, estén necesariamente por encima de este Wrecking Ball, que a la vez ni roza la brillantez de las últimas obras de Low, Bill Callahan, Gillian Welch o Kurt Vile, artistas de otra generación con los que Springsteen tiene más que ver de lo que parece ahora mismo.

En realidad, Springsteen lo tiene fácil: no necesita más que telefonear a Rick Rubin o a Daniel Lanois, encargarles una producción parca (en el caso del primero y los American Recordings de Johnny Cash), ambiental en el del segundo (caso de Time Out of Mind de Dylan o Le Noise de Neil Young), cumplimentar un pequeño repertorio sobre las promesas rotas de los setenta, lamentar la desaparición de los viejos amigos y dejar entrever la posibilidad de la decadencia física del maratoniano corredor de estadios, su muerte física y con ella el final de su universo, la clausura final del eterno ahora de Born to Run. Es el disco que haría salivar a los críticos —que nos haría salivar, quiero decir, pues también me incluyo—, pero por el contrario, Springsteen prefiere seguir siendo vigente, quizá equivocado, hasta coyuntural (como coyunturales suenan a día de hoy gran parte de las canciones de The Rising o Magic), urgente y contemporáneo, más que atemporal y trascendente.

Quizá el problema sea ese, que Springsteen no quiera ser lo que muchos pensamos que deba ser, que prefiere delimitar para cada uno de sus discos un sonido, una lengua, unas pretensiones y unas ideas en continua evolución. Que prefiere seguir siendo vigente y hablar sobre lo que ocurre hoy en día que en mirar a la eternidad. Y se trata de algo que seguramente le haga merecedor de cierto reconocimiento, por mucho que atendiendo al célebre verso de Walt Whitman (“soy grande, contengo multitudes”), el número de multitudes contenidas dentro del Springsteen actual sea tan grande que el propio Bruce de Freehold parezca arrinconado en un rincón, oculto bajo las diversas máscaras de unos personajes que ya no parecen reflejar su mundo interior, sino ocultarlo, disfrazarlo, en aras de una peligrosa pretensión de universalidad que a veces conecta con el oyente, a veces suena lamentablemente falso.