Escribía Lester Bangs, añorado crítico de rock, que «Tanto como el producto grabado, la escena de los conciertos de rock and roll parece increíblemente insana estos días». ¿Pesimista? Quizá, pero lo hacía de hinojos, el 12 de noviembre de 1970, tras haber asistido a los conciertos que unos imbatibles Rolling Stones ofrecieron durante dos días consecutivos en el Madison Square Garden. Casi cuarenta años después sus palabras suenan proféticas, con la industria herida y sin saberse ya muy bien si sobrevivirá o si tiene sentido, mientras Bruce Springsteen, uno de sus últimos iconos, tomaba el escenario del Madison para retomar tan maltrecha promesa, marcándose, de paso, dos de sus discos más importantes.
Un asunto, el de ofrecer íntegros discos clásicos, que varias estrellas han repetido en los últimos tiempos. ¿Oportunismo o moda? ¿Validación legítima de viejas hazañas o revitalización creativa del fondo de armario? Mmm. En el caso de Van Morrison y Astral weeks se habló de tocar una obra clásica y poco frecuentada en directo. Algo similar habría espoleado a Lou Reed cuando revisitó Berlin.
Respecto al autor de “Used cars” o “Long walk home”, que durante el último mes venía tocando Born to run, Darkness on the edge of town y Born in the USA (BITUSA en adelante), desconocemos sus razones últimas, si bien cabe especular con motivos crematísticos (o sea, relacionados con la necesidad de agotar las entradas ahora que finaliza la gira), con una hipotética y fastuosa despedida de la E Street Band (lo dudo, aunque quizá no sería mala idea) o, también, con el hecho de que tras tanta morralla destinada a complacer a los espectadores ocasionales, luego de conciertos y conciertos que oscilan entre lo sublime y lo populista, decidiera complacer a sus fans más dedicados, a quienes saben qué significa Winterland (apoteósico concierto de diciembre de 1978, mil veces pirateado) o “Sad eyes”
(sublime interludio en mitad de Backstreets durante el tour de Darkness), y también, por qué no, a los que sin necesidad de doctorarse aprecian la diferencia entre “Johnny 99″ y “The rising”, “Dry lighting” y “Bobby Jean”, “The wish” y “Human touch”, “Point blank” y “Working on a dream”, etc., o sea, entre la faceta arrebatadora y la convencional de un artista que desde el 84 vive desdoblado entre su musa, tanta veces sublime, y el rock corporativo. No digo que a ratos no encontráramos, ay, guiños machacones o enervante blandenguería, sino, más bien, que dado que unos discos asombrosos ocuparían buena parte de los conciertos, había menos margen o espacio para estrellarse.
El sábado 7 estaba reservado para The Wild, The Inocent and the e Street Shufftle (1973), catálogo completo y soberbio del Bruce desajustado y genial, proteico y lírico, enamorado de Morrison y alentado en su divina verborrea por Mike Appel en el papel del Bautista. Muchos lo consideran su mejor disco. Otros tantos, donde sí figuro, opinan que se trata de un plástico genial, irregular y apabullante (la cara B, insuperable).
Al día siguiente, domingo 8, piafó un animal completamente distinto. En The river (1980) asoma más la herencia Stone y el fulgor de la Invasión Británica, la de Aftermath, y también el aprovechamiento que Bruce había hecho del cancionero de Hank Williams y otros trovadores diplomados en óxido, así como los ecos del soul. De alguna forma, The river supone un compendio de todas las músicas que conforman el rock, de todos los afluentes que irrigan la obra de Springsteen, y mientras por un lado demuestra que podía alternar en un mismo disco la faceta despreocupada o cachonda con otra más intimista, urgente y sombría, por el otro abría puertas a una nueva y elaborada forma de escribir, un vocabulario oscuro, casi tenebroso, que alumbraría en años sucesivos piezas como el Nebraska.
Ambos conciertos, tomados en su conjunto, demostraron hasta qué punto su repertorio resulta apabullante con independencia de ciertos vicios muy arraigados. También confirman cómo los mejores autores post/Dylan hicieron del LP algo más que un contenedor informe de canciones. Su elección, el orden, etc., tenía sentido. Tomado de forma panorámica contaba una historia. Daba voz, sonido, humor, desgarro, perfume y ambiente a unos personajes; los acompañaba desde el primer tema.
Fue una gran conquista, al otorgarle alas al autor, poner en solfa la apariencia light de la nueva música y permitir crear una cosmovisión que en el caso de los más grandes (Lennon & McCartney, Brian Wilson, etc.), trascendía con mucho el papel simpático pero menor atribuido al género. Sgt. Pepper’s, Pet sounds, Blonde on blonde, Let it bleed, o What´s going on aprovecharon la oportunidad y demostraron que en el formato largo podrían fructificar ambiciones similares a las de la novela o el cine de autor, y así ha sido durante otros cuarenta años, hasta que con la descarga masiva de bibliotecas sónicas y el iTunes, o sea, con la revolución digital, parece que volvemos a la canción como «unidad básica de medida» (Diego A. Manrique dixit), librándonos de no pocos espasmos metafísicos pero también de cualquier atisbo de trascendencia artística más allá de los tres minutos. Una cosa es escuchar canciones de The Wild o The river aquí y allá, y otra, bien distinta, escuchar todas, en fila india y por orden.
Tiene bastante sentido que Springsteen toque discos completos. Se trata de uno de los campeones del moribundo formato. Capaz de descartar una tremenda cantidad de canciones si no encajaban en la narrativa con la que trabajaba, ha entregado obras de asombrosa coherencia. Acostumbrados a que sus conciertos sean ya una sucesión deslavazada de trallazos emocionales, rarezas, versiones afortunadas o no y guiños demagógicos, olvidados ya los repertorios calibrados al milímetro de antaño, los recitales del pasado fin de semana suponen un acontecimiento. Todo sonaba ajustado. Canción tras canción no había hueco, al menos mientras duraran los discos, para las bagatelas penúltimas, los tropiezos, los saltos. Nunca, excepto en los piratas de las giras anteriores al BITUSA o en los recitales acústicos (que aquí no cuentan) habíamos escuchado, de una tacada, tal sucesión de gemas (Thundercrack, Kitty´s Back, Incident, New York City serenade, Independence day, The river, Point blank, Fade away, Stolen car, The price you pay, Drive all night… uf).
Sí, la recreación de Darkness on the edge of town el 2 de octubre en el Estadio de los Giants fue tremenda, pero aquello sucedió en un estadio, y los estadios son eso, simpáticos estercoleros a cielo abierto donde el personal aprovecha Something in the night para mear la tercera birra. Cobijados en el legendario Madison, casi recoleto si lo comparas no ya con muchos estadios sino también con no pocos pabellones, hablamos de una experiencia inédita, y a la postre histórica.
Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro “American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town”
Por Belén Teruel
fotos (concierto Valladolid): Raúl Nieto
Poco podía imaginar el domingo por la tarde que estaba cerca de asistir al mejor espectáculo del mundo. El mejor espectáculo musical del mundo. El viaje de Barcelona a Bilbao para verlo iba a ser una de les mejores experiencias vividas “con y “gracias a” El Boss. Estaba a punto de empezar el primer concierto en España de la gira Working on a Dream.
Después de un fin de semana intenso con Clara, Carles y Luzma visitando Bilbao (y tomando primero unas tapillas en Logroño), por fin llega el momento de entrar en el estadio de San Mamés, la Catedral, y de buscar los asientos desde donde iba a vivir una experiencia prácticamente indescriptible. Era el momento de disfrutar de la gira Working on a Dream de Bruce Springsteen & The E Street Band. Esta vez Barcelona había quedado fuera, pero sin dudar ni un momento compramos las entradas para desplazarnos a Bilbao y poder ver el que después ha resultado ser “el mejor espectáculo del mundo”.
Con unos 25 minutos de retraso empieza la sesión. Nils Lofgren salta al escenario y aparece con un acordeón. ¿Qué es esto? Ostras… ¡es ni más ni menos que “Desde Santurce a Bilbao”! San Mamés ruge. Ya estamos de camino al bolsillo del Boss. Ha elegido una pieza popular que todo el mundo conoce, todo el mundo canta. La gente se ríe y me doy cuenta de que la noche de hoy será “especialmente especial”. No me equivoco.
Bruce aparece en el escenario acompañado por Clarence Clemons, y saluda con un “¡Kaitxo Bilbao!” que hace que el público estalle. Entonces empieza el repertorio de la noche, y la canción elegida para hacerlo es “The Ties that Bind”, una canción que me transmite buen rollo y que me anima (más aún) a dejarme llevar y sorprender por el viaje rockero que Bruce me ofrecerá durante unas cuantas horas. Él sabe, como no he visto hacerlo a ningún otro artista, arrastrar a todos los que asistimos a sus conciertos a lo más profundo de su bolsillo. Un paso más lo consigue con “Badlands”, y el camino está prácticamente recorrido cuando empiezan los acordes de “Hungry Heart”. Como es habitual, el Boss nos cede la palabra. Nos deja cantar a nosotros la primera estrofa de esta canción que habla de corazones hambrientos. Los nuestros, los de los 36.000 seguidores que llenamos San Mamés, también tienen hambre. Queremos masticar la música de Bruce Springsteen y la E Street Band.
La exhibición continúa con la épica “Outlaw Pete”, que me provoca los primeros síntomas de piel de gallina gracias a la portentosa voz del Boss. “Can you hear me?”, grita. Paisajes desérticos de Estados Unidos pasan por la pantalla que ocupa la parte trasera del escenario, mientras Bruce se coloca un sombrero de cowboy para interpretar la parte final de esta canción, una de mis preferidas del último álbum.
Yo ya estoy en su bolsillo, pero los que aún no han entrado lo hacen cuando suenan los primeros acordes de “Working on the Highway”, que acaba de levantar de sus asientos a los que habían osado sentarse. La canción empieza con el toque impecable de Max Weinberg a la batería. Bruce se refresca y acaricia la guitarra con fuerza mientras se acerca al micrófono situado en la pasarela inferior del escenario, que permite a los afortunados de las primeras filas ver de muy cerca todos sus movimientos y sus caras divertidas. Incluso se apoya sobre los que están más cerca de él. Nosotros, el resto, cantamos y bailamos la que seguramente es una de las piezas más coreadas de la discografía del Boss.
Sin pausa llega otro tema del álbum Working on a Dream; es la canción que da título al disco. En medio de ella, entre aplausos y vítores, Bruce se dirige de nuevo a todo el mundo en castellano: “¡Kaixo Bilbao! ¡Buenas noches, Bilbao! ¡Qué bueno veros! Esta noche vamos a liarla con música, con espíritu y con ruido! ¡Nosotros ponemos la música, vosotros ponéis el ruido!”. El estadio se viene abajo. El estrépito es ensordecedor. Sabemos que dice la verdad.
La intensidad musical de Bruce Springsteen y la banda de la calle E aumenta con “Murder Incorporated”. La fuerza de las guitarras y la voz desgarrada del Boss se unen perfectamente a los coros de los espectadores. La canción se enlaza con una versión fabulosa de “Johnny 99″, con un aire más roquero que el de la versión grabada en Nebraska y donde piano, teclados y violín transmiten una magnífica sensación. La fiesta es ya desenfrenada. Yo sudo, hace calor en San Mamés, pero ya no sé si es la temperatura de julio o el calor que desprende Bruce Springsteen. Además, intuyo que estoy viviendo uno de los mejores recitales de rock’n’roll que hasta ahora me ha regalado. El Boss no nos deja descansar, y nos invita a corear unos “¡Uh, uh!” que simulan las locomotoras de los trenes, mientras él no deja de sonreír y de tocar la guitarra. Bruce y Stevie juegan con sus guitarras mientras hacen un parón momentáneo en la canción.
“Because the Night” es la siguiente canción del set list, la pieza que Bruce Springsteen compuso durante las sesiones de grabación del álbum Darkness on the Edge of Town pero que es famosa en todo el mundo también por la interpretación de Patti Smith. Bruce nos regala esta excelente canción, con exhibición de Nils Lofgren incluida, que sigue provocando la vibración de la grada y el césped de San Mamés. Después llega una de las sorpresas más emocionantes de la noche: “Factory”. La guitarra acústica, el piano, la armónica y la magnífica voz de Bruce consiguen hacer que me siente unos minutos, y aislarme del resto por primera vez en este concierto. Vuelve la piel de gallina a mis brazos…
La armónica vuelve a protagonizar los siguientes momentos de la noche. Es el principio de “This Hard Land” encanta esta canción. Me emociona especialmente. Aún estoy recorriendo el camino de vuelta a la Tierra cuado me doy cuenta de que empieza otro tema: es “Raise Your Hand”, una canción que siempre presagia que alguna cosa pasará, además de las manos arriba de toda la audiencia, el público, los amigos de Bruce, que no descansan porque el Jefe no lo permite. “Yo hago el concierto, pero éste no es posible sin vuestra colaboración”, parece pensar. Así que a mitad de la canción vuelve a acercarse a las primeras filas para hacer la que es ya un ritual habitual de las últimas giras: recoger carteles y pancartas varias de las primeras filas de afortunados para empezar a plantear las canciones que tocaran él y la banda a petición de los fans. Recoge decenas de ellas, que mira con cara de alegría e ilusión, la misma alegría e ilusión que debe de ver en todas las personas que tiene ante él.
En seguida elige la primera. Es una flor de peluche con una fotografía en medio: la señala, la enseña a cámara. Se ve una foto en blanco y negro donde salen Papá Noel y un niño pequeño. Entonces grita: “Is that me? Is that Santa Claus?”, y después suenan los acordes de “Santa Claus is Coming to Town”. Me gusta muchísimo esta canción, y por supuesto no esperaba oírla en directo en pleno mes de julio. ¡Qué gracia! ¡Qué sorpresa más insólita y más agradable! ¡Bruce, eres un c
rack! ¡¡¡Gracias!!!
El relevo lo toma, a mi parecer, la más esencial de todas las canciones escritas por Bruce Springsteen. La más grande, la más bonita, la más emotiva, la más evocadora, la historia más fabulosa de esperanza, de idealismo, de espíritu joven y de vida: “Thunder Road”. La carretera del Trueno. En este momento pienso cómo de importantes debemos de ser nosotros para Bruce Springsteen, un hombre que nos está dando lo mejor de él mismo, que nos está obsequiando con un repertorio fantástico, espectacular. Tengo la sensación de que con “Thunder Road” ya no cabemos todos en su bolsillo. Estamos inflados. Nos deja cantar, nos anima, se ríe. “Oh, oh, come take my hand (…) I know it’s late but we can make it if we run”. Nos invita a unirnos a sus expectativas de vida, y nosotros estamos con él, hemos saltado al asiento de su coche, dispuestos a llegar con él hasta el final en su viaje por la carretera del Trueno y por todo lo que nos proponga.
A partir de este momento de la noche, soy plenamente consciente de la posibilidad de estar viviendo un acontecimiento musicalmente histórico. Después de “Thunder Road” nos espera “Does this bus stop at 82nd Street?”, una nueva sorpresa. Sencillamente brillante. Una canción que prácticamente sentenciaba el concierto como memorable. Sin tregua (como es habitual), la fiesta sigue con “My love will not let you down”, con un Max Weinberg de nuevo pletórico, que da paso a uno de los momentos más emotivos de la noche: el turno de “Waitin’ on a Sunny Day”. Desde la primera vez que escuché esta canción en directo, allá por el año 2002 en el Palau Sant Jordi, se ha convertido en una de las que para mí son imprescindibles en los conciertos de Bruce Springsteen y la E Street Band. Y no es una afirmación gratuita, porque siempre, cada vez que la tocan, sucede algún detalle especial. El domingo el protagonista de ese detalle fue un niño que estaba en las primeras filas. Primero, cuando el niño, con una cara de emoción para la que no tengo palabras, besa en la mejilla a Bruce. El Boss se ríe, y se agranda. Después, cuando Bruce se vuelve a acercar a él y le cede el micrófono: “I’m waitin’, waitin’ on a sunny day, gonna chase the clouds away, I’m waitin’ on a sunny day”. El niño acaba subiendo al escenario a petición de Bruce, para que pueda saludar al público, que lo aclama con una gran ovación. Yo me pregunto quién está más emocionado, si el niño o el propio Bruce Springsteen, que además decide regalarle al niño su armónica.
Me seco las últimas lágrimas mientras reconozco las primeras notas de “The Promised Land”, una de mis canciones preferidas. En momentos bajos, la escucho y me animo. Siempre. Irremediablemente. Escucharla en directo me traslada nuevamente a otra galaxia. Otra vez la armónica. Otra vez una letra sublime, y otra vez la voz sin igual de Bruce Springsteen, que hoy está pletórica de fuerza, registros y pasión. Si no supiera que es imposible, pensaría que el concierto está especialmente dedicado a mí…, y más aún cuando acaba “The Promised Land” y empieza “The River”. Recuerdo que quiero sentarme, pero no puedo. Me quedo allí, inmóvil, mirando a Bruce y escuchando la canción, y noto cómo la emoción me sobrepasa y se me escapan unas lágrimas. Esta canción provoca en mí un efecto difícil de definir. Su principio hace saltar mi corazón, y a partir de entonces entro en un estado en que creo que no existe nada más que Bruce Springsteen y yo misma. Él, con su voz profunda y dulce a la vez, emotiva y salvaje, y yo, hipnotizada durante unos 6 minutos.
Después de “The River” el concierto entra en una fase de locura desenfrenada. Primero explota la eléctrica “Radio Nowhere”, seguida de “Lonesome Day” y “The Rising”. El estadio vibra sin parar, preparándose para la famosa “comunión” entre el público y la banda, que llega a continuación con la magnífica “Born To Run”. Reconozco la Fender, y aviso a Luzma: “ahora tocará Born To Run…”. Y Bruce consigue de nuevo que levantemos los brazos, que los hagamos subir y bajar, que los movamos a izquierda y derecha, que cantemos la canción de principio a fin. Que todos seamos uno. Que haya una energía devastadora en San Mamés, una energía que ya no parará hasta el final del concierto y que, cuando acabe, nos acompañará durante unas cuantas semanas. Como siempre.
Así, llega la hora de empezar los bises. Pero eso Bruce lo hace también sin pausa, de manera que, una vez más, nadie tiene tiempo de descansar. En seguida nos explica que a continuación empezará a sonar una canción de Chuck Berry. Es otra petición que se convierte en toda una sorpresa. Se trata de “You never can tell”, que es coreada y bailada por todos los espectadores como si se tratara del éxito más comercial de Bruce Springsteen & The E Street Band. Bruce y Soozie Tyrell se marca un baile improvisado. Él se está divirtiendo tanto como nosotros. Miro a mi alrededor y veo unos señores y señoras de unos “60 y algo” (¡madre mía, poco más mayores que Bruce!), que no han dejado de moverse durante todo el concierto. Y que no tienen intención de hacerlo. Y sonrío. Adoro lo que Bruce Springsteen es capaz de conseguir, y lo admiro muchísimo.
Después de “You never can tell” llega otro momento estelar de la noche (¿más?): “Jungleland”. Nueva exhibición vocal del Boss, y espectacular solo de saxo de Clarence Clemons que, aunque muestra signos de no muy buena salud, sigue siendo el mejor y el “más grande” saxofonista. Definitivamente, el concierto es memorable, espectacular, impecable. El escándalo absoluto llega con “American Land”. Siento que no puedo parar de bailar, de saltar y de gritar. La diversión es total, el estadio está a punto de derrumbarse… A la canción le sigue el siempre divertido show de Bruce y Stevie, donde Bruce da a entender que ya no puede más, que está agotado, y en el que Stevie lo anima a continuar, echándole agua y señalando al público, que acaba con los dos riendo a carcajadas.
El concierto está casi a punto de terminar, pero aún tienen que venir más sorpresas. No puedo creer lo que Bruce está diciendo: “Rosie, ¡sal esta noche!”. ¿Qué? ¿¡Ahora “Rosalita”!? ¡¡¡Madre mía, este concierto es increíble!!! Así que, otra vez, noto que mi corazón está a punto de salir por mi boca. Estoy exhausta, pero este hombre tiene el poder de motivarme y emocionarme mil veces seguidas, si hace falta. “Rosalita (come out tonight)” es otra petición de los seguidores de Bruce Springsteen. Y Bruce Springsteen parece estar eligiendo sólo aquellas peticiones que podría haber hecho yo… ¡qué ilusión!
El mejor espectáculo del mundo está llegando a su fin. “Dancing in the Dark” es la penúltima canción. Bruce canta y se ríe, se ríe mucho. Está contento. Mira a su alrededor y ve un cartel donde dice, en inglés: “soy bajita, sácame al escenario”. Sin pensarlo demasiado, se acerca a la zona donde está el cartel, hace una señal a la chica y ésta sube al escenario. Abraza al Boss con todas sus fuerzas, durante un buen rato, y él responde de la misma manera, sin dejar de sonreír. Tengo que confesar que me muero de envidia… pero me alegro por la chica. Me pregunto si Bruce hubiera hecho lo mismo si estuviera Patti en el escenario…
La magnífica versión de “Twist and Shout”, que ya fue final de concierto el año pasado en el Camp Nou, es también en Bilbao la canción elegida para poner el punto y final a algo más de tres horas de fiesta… ¡y qué fiesta!
Y es que este hombre es un art
ista grande… muy grande…
La lió… ¡vaya si la lió!
Sé que “el efecto Bruce” me durará muchos días. Incluso semanas. Como siempre. Pero esta vez tengo la sensación de haber asistido a uno de los mejores conciertos de Bruce Springsteen & The Street Band. Uno de los mejores por diferentes motivos: primero, la ubicación de nuestros asientos ya me hizo pensar que lo iba a pasar muy bien. Estábamos bastante cerca, con opción de ver al Jefe correr por el escenario y bailar. Además, las pantallas estaban perfectamente encaradas hacia nosotros. Después, el inicio del show, con “Desde Santurce a Bilbao” era un presagio del buen rollo que se iba a vivir y respirar en San Mamés.
Lo que no esperaba, porque siempre es una incógnita, es la espectacular selección de canciones que nos iba regalar Bruce en Bilbao. San Mamés se convirtió en la Catedral de la Música, en la Catedral del Rock. Y, además, disfruté de un Bruce Springsteen pletórico de energía, de fuerza, de buen rollo, de entrega. Disfruté de una persona cercana que propone un espectáculo cercano, lleno de gamberradas varias y de guiños al público, donde el público tiene una gran responsabilidad sobre como transcurrirá el concierto. De una persona que, a pesar de estar a punto de cumplir los 60, tiene una energía de 35. Un tío que en sus directos demuestra desde el minuto 1 que no va a hacer ningún recital, sino que va a pasarlo bien y a hacer que los demás lo pasen aún mejor. Un hombre que es capaz de conectar con su público desde el principio hasta el final.
Un artista inmenso, que es capaz de emocionar a miles de personas, que es capaz de sorprender en cada concierto, que es capaz de motivar estadios enteros sólo con su buena música y su carácter abierto y distendido, con su cercanía y con su entrega, sin artificios. Un músico que hasta puede permitirse el lujo de llevar donde se proponga el espíritu navideño en pleno mes de julio, que se rodea de grandes músicos, que tiene una banda impresionante que ojalá nos pueda ofrecer muchas más noches de rock y de emoción como la del pasado 26 de julio.
Un músico que me acompaña en muchos momentos de mi vida, y a quien sé que yo también acompaño siempre. Porque yo siempre estoy dentro de su bolsillo.
El periplo europeo de la gira Working on a Dream terminó el domingo en Santiago de Compostela con una actuación difícil de olvidar. Seguramente tampoco lo olvidarán el millar de personas que no consiguieron acceder al penoso recinto debido al overbooking existente, según las noticias en prensa, por la sobreventa de entradas, que convirtió el monte del supuesto gozo en el monte del suplicio. Si llegar hasta los accesos, tras una penosa caminata monte arriba, exigía ya un sacrificado desgaste físico, encontrarse con el local lleno a rebosar y sin posibilidad de entrar se convertía en una tortura inesperada. De ahí a los empujones y a una situación de riesgo físico evidente sólo había un paso. Cincuenta perjudicados tomaron la alternativa de dirigirse a la comisaría de policía y cursar la correspondiente denuncia.
(foto: cola en la calle con el auditorio rebosante de gente)
Para los más de 30.000 asistentes que consiguieron superar las penalidades y llegar a tiempo al concierto, lo siguiente fue aguantar la sensación de sardina enlatada e intentar disfrutar del espectáculo desde cualquiera de los rincones del monte (y suerte que no llovió).
Igual que justo una semana antes en Bilbao, la mejor versión de Bruce Springsteen apareció en el escenario del Monte do Gozo unos minutos después de las 10 de la noche. Nils Lofgren calentó al personal con una versión de la tradicional ‘A Rianxeira’ al acordeón, y la E Street Band al completo le siguió con una electrizante versión del clásico ‘Badlands’, un disparo infalible que debió de borrar de la mente de los asistentes la larga espera previa al concierto. “Out in the Street” y “Hungry Heart” acabaron de exaltar los ánimos. Con “Spirit in the Night” Springsteen se acercó al público y consiguió su complicidad. Tras un par de temas de su último álbum llegó el momento que elevó el concierto a otra dimensión.
Fue la poco frecuente “Adam Raised a Cain”, en una versión rabiosa repleta de electrificantes solos de guitarra que hicieron subir la temperatura ambiente unos cuantos grados. Fue uno de esos momentos de torbellino eléctrico tan difíciles de ver hoy en día. La maquinaria de la E Street Band había arrancado a todo trapo y sin freno enlazaron con otro cañonazo de rock, “Murder Incorporated”, con vibrantes duelos de guitarra entre Nils, Steven Van Zandt y el propio Springsteen. La tensión continuó con la versión más acelerada de “Johnny 99″ y otro clásico que vale su peso en oro (y más cuando entona cada frase con la fuerza y convicción necesarias): “Darkness on the Edge of Town”.
(foto: un grupo de italianos paseó el cartel de Burning Love desde Roma a Santiago. Al tercer intento lo consiguieron. Foto René Van Diemen. Roma)
“Raise Your Hand”, el clásico de Wilson Picket, fue el siguiente punto de inflexión del concierto. Bruce saltó a las primeras filas y recogió docenas de carteles con peticiones de canciones. Del montón de papeles y cartones rescató un inmenso cartel que rezaba “Burning Love”. Tras mostrarlo a la banda y colocarlo enfrente de la batería de Max, hubo un minuto de intercambio de información con sus músicos. Probaron acordes y rápidamente iniciaron una versión que enciendió el Monte do Gozo. De la impecable partitura de Elvis saltaron a Steppenwolf, interpretando una trepidante “Born to Be Wild”, directamente empalmada con su propia “My Love Will Not Let You Down”, culminada con furia por el trío de guitarras, incendiando el auditorio mientras Max explotaba en redobles trepidantes que provocaron un inmenso rugido entre los asistentes. Fueron momentos de máxima excitación.
Tras la festiva “Waitin’ on a Sunny Day” y el clásico “The Promised Land”, dos auténticos baños de masas, Bruce dio un nuevo giro al concierto al sustituir las previstas “Into the Fire” y “American Skin” por dos joyas de distinta época. La primera, a petición del respetable via un diminuto cartel, fue “This Life”, de su reciente Working on a Dream, y raramente interpretada en la gira. La inició titubeante tras ensayar durante unos instantes con la banda, pero terminó de forma triunfal, con esas inmensas partes vocales con regusto a los años 60 y la eterna sombra de Roy Orbison. Sin apenas pausa, Roy Bittan tocó las primeras notas de “Backstreets” y la emoción sobrevoló Santiago. Springsteen la cantó con ardor y pasión, retomando la épica de los 70 y una de sus canciones más gloriosas, interpretada de forma magistral. Fue el momento más emocionante del concierto y la pasión se palpaba en las primeras filas cuando Springsteen aulló el hiriente final de la canción.
La emoción acumulada disimuló las carencias evidentes de canciones más recientes como “Lonesome Day” y “The Rising”, antes de que “Born to Run” pusiera el cierre con más de treinta mil cuerpos apiñados y sudorosos cantando y bailando desatadamente.
Tras despedirse y dejar el escenario, Bruce regresó con una guitarra acústica y ofreció una versión desnuda, casi recitada, de “No Surrender”. El público entregado recibió con entusiasmo “Land of Hope and Dreams” y “American Land”, durante la cual presentó a los miembros, nuevos y viejos, de esta imperecedera E Street Band (aunque Clarence Clemons parece ya cerca de una jubilación ganada a pulso). La fiesta final se desbordó con hiper aceleradas versiones de “Glory Days”, “Dancing in the Dark”, la magnífica “Rockin’ all Over the World” de Fogerty y “Twist & Shout”. La sobredosis de adrenalina impedía poner el freno y el público exigió más. Un adrenalítico Bruce accedió, dispuesto a seguir, y finalizó la larga actuación con una furiosa, y totalmente inesperada, versión de “Born in the U.S.A.”.
Ha sido un final de gira a la altura de lo esperado, y Springsteen volverá ahora a su país con otro glorioso triunfo en su curriculum. Con casi 60 años sobre sus espaldas y en un envidiable estado de gracia sobre el escenario, el cantante de Nueva Jersey ha demostrado mantener intacta su habilidad para comunicar y transmitir emociones sin necesidad de tecnologías o montajes escénicos de ciencia-ficción, con la única compañ
ía de una guitarra, honestidad, grandes canciones y talento a raudales.
Artíiculos sobre el caos previo al concierto:
El País – Decenas de denuncias por el concierto de Springsteen en Santiago
La Voz de Galicia – Protestas por las colas en el concierto
El Correo Gallego – Caos y protestas en el concierto de Bruce Springsteen en Santiago
por Salvador Trepat
San Mamés, Bilbao 26.07.2009
De vez en cuando, como por arte de magia, llega una noche en la que Bruce Springsteen no da un concierto excelente (lo habitual en él), sino que se transforma, reaparece el hombre que forjó la leyenda en los años 70, y da un concierto memorable. Ese concierto fue el de Bilbao. Como el año pasado en St. Louis, apareció la versión de Bruce más espectacular, sin tanto truco fácil de estadios y más centrado en la música, en la esencia de su repertorio.
Sorprendió de entrada su voz: en plena forma, sin rastro de la afonía y las carencias contempladas en los conciertos de las últimas semanas. Además, esa magnífica E Street Band se mostró pletórica, una auténtica apisonadora de rock, eficaz y compenetrada, al 100% de su rendimiento. La selección de canciones fue impecable, combinando temas nuevos con joyas eternas, clásicos y alguna rareza inesperada, aunque la clave de todo fueron las perfectas interpretaciones (a todos los niveles) que hizo de cada una de esas canciones. No se detectó rutina, ni cansancia, ni repetición memorizada de gestos y movimientos. Fue una de esas noches donde aparece el Springsteen más centrado, intenso y entregado a su música, sus canciones, cantando con ganas cada una de las frases, recreándose en el fraseo, en los punteos de guitarra o los guiños de complicidad con el público (los justos, sin circo ni excesos absurdos de carreras por las pasarelas). Fue un Springsteen entregado y dedicado a su arte con total convicción.
Salió Nils con su acordeón e interpretó la clásica “Desde Santurce a Bilbao”, y el público quedó ya rendido y encantado. Casi inmediatamente atacaron una inmensa “The Ties That Bind”, seguida de “Badlands” y “Hungry Heart”, claras indicaciones, por su fuerza, de que aquello iba a ser especial.
Hubo momentos de titubeo (esa “Outlaw Pete” que no acaba de cuajar. “Jungleland” ya está escrita y cualquier intento de hacer algo similar palidece al compararlas), como “Working on a Dream” o “Working on the Highway”, que parecían indicar que iría por la senda de los éxitos fáciles.
Pero inmediatamente borró cualquier duda con el trio formado por “Murder Incorporated” (sonando mejor que nunca, con explosivos solos de guitarra al fina), “Johnny 99″ y “Because the Night”, donde Nils estuvo inconmensurable, con una largo, creciente y delirante solo de guitarra que hizo temblar el estadio. Le siguió la primera sorpresa: “Factory”, en una versión de gran belleza, empezando en solitario y acabando con toda la banda tras la primera estrofa, al estilo de la gira de 1978. El aroma country prosiguió con la excelente “This Hard Land”, en una versión más próxima a la origianal de 1982 que no a la de 1995.
A continuación “Raise Your Hand” fue uno de los momentos álgidos de la noche. La que suele ser un simple momento instrumental para recoger carteles del público se convirtió (tras la recogida de numerosos carteles con peticiones) en una desbordante orgía soul, con Bruce sobre el piano, mostrando esa convicción que entusiasma y hace creíble cualquier actuación. Un 10. Tras ella llegó el turno a las peticiones. La primera fue sorprendente: la navideña “Santa Claus is Coming to town”, en pleno verano, tocada a ritmo galopante, y seguida de una versión de “Thunder Road” cantada (que no recitada) al ritmo original, sonando fresca y épica. Para la siguiente retrocedió a 1973, era “Does this Bus Stop at 82nd Street?”, de su primer álbum. Una gozada para los más veteranos. Sin apenas descanso, Max inició “My Love Will Not Let You Down”, una fabulosa pieza de rock que los tres guitarristas atacaron con furia. Otro momento memorable que debería repetirse en cada concierto. Siguieron “Waitin’ on a Sunny Day”, “The Promised Land”, piezas estándar en la gira, junto a una delicada versión de “The River”, culminada con un emocionante final en falsetto.
A estas alturas, la emoción rebosaba en San Mamés y Bruce y la E Street Band iban desbocados, sin freno, lanzados en un frenesí de rock imparable con “Radio Nowhere” (con un Max espectacular), “Lonesome Day”, “The Rising” y “Born to Run”.
Casi sin abandonar el escenario, Bruce recoge un nuevo cartel y toca “You Never Can Tell”, de Chuck Berry. Un momento especial que no se repetía desde la última vez que tocó esta canción en directo con la E Street Band… ¡en 1974!
Los bises continuaron con “Jungleland”, la mítica pieza que cierra el álbum Born to Run. Clarence Clemons estuvo sobresaliente en su solo de saxo, aliñado con una lección magistral de piano a cargo de Roy Bittan. La diversión llegó con “American Land” y la imponente “Rosalita”, presentada por Bruce en castellano. La versión acelerada de “Dancing in the Dark”, y una contundente versión de “Twist and Shout” (al estilo de Buenos Aires 88), pusieron fin a una lección magistral de 3 horas y 6 minutos.
Photos Bilbao: copyright 2009 Mamen Iturralde
Photo hotel in San Sebastián: copyright 2009 Eider Arzak
Alguna vez he escuchado un refrán que dice algo así como que la abundancia es la vergüenza de los ricos. En los últimos años, inmerso en una maraña de discos y giras sin parangón en su carrera, Bruce Springsteen nos ha acostumbrado a verle practicamente cada pocos meses. En lo que empieza a ser su propio y particular Never Ending Tour, el de new Jersey se ha vestido de trobador acústico, de profeta folkie y, para culminar, nos ha traído de nuevo a la actividad a su banda de toda la vida, la robusta y todopoderosa E Street Band.
De ahí que quizá no seamos capaces de apreciar todos y cada uno de los inolvidables momentos que nos ha deparado su actividad en directo de los últimos años. En el caso de su nuevo y flamante Working on a Dream Tour, Springsteen, en un movimiento extraño en su carrera
prácticamente olvida su nuevo disco y se dedica a ofrecer recitales temáticos que discuten sobre la pertinaz crisis ecónomica. El norteamericano se ha echado a las espaldas su desmedida avidez de notoriedad y se transforma en un analista de una realidad que cada vez parece mas negra y desesperanzadora.
The Fever, clásico entre los clásicos.
De esta guisa, y presentándose dos noches consecutivas en un abarrotado Spectrum de Filadelfia, de nuevo conquista corazones. No importa cuántas veces uno haya podido ver un concierto de este hombre, la emoción siempre está ahí, los nervios siempre están ahí y sobre todo, el espectaculo esta servido. Pasen y vean.
Outlaw Pete, un clásico moderno.
Continuando con la nueva tradición del Magic Tour, hacia la mitad del concierto se dedica a las peticiones del público. El siempre jovial Bruce (¿será real tanta simpatía?) recoge carteles entre las primeras filas y regala canciones para todos los gustos, desde un oscuro “London Calling” hasta una luminosa “The Fever”, quizá la canción mas olvidada en su amplísimo cánon. Poco importa que en la mayor parte de los casos todo sea ensayado antes. La sensación de que cualquier cosa puede suceder convierte esta gira en un gusto para repetir conciertos. Hoy será “Mountain Of Love” (sensacional), mañana quizá un “Streets of Philadelphia” que pone al público en pie. Lo cierto es que se estrenan temas a diario y hay mas riesgo que nunca. Recordemos que no hace tanto los sets eran mucho mas estáticos y previsibles.
Seeds, la rabia y la pasión. Sensacionales teclados
La nueva “trilogía de la crisis”, como ya se empieza a llamar entre los fans, es el momento álgido de cualquier show. La poderosa tripleta compuesta por la rocosísima “Seeds” (gran solo final de Springsteen), la jovial y rockera “Johnny 99″ (gran solo final de Steve Van Zandt, verdadera locomotora de una banda tocada por los dioses) y la electrificada “The Ghost of Tom Joad” (gran solo final de Nils Lofgren que literalmente pone al público en pie), componen un trío irreprochable, electrico, vibrante y sencillamente demoledor. La E Street Band a pleno rendimiento. El mejor momento en un concierto que este humilde escriba ha tenido nunca ocasión de presenciar.
Un momento para la ternura. “Waitin’ On A Sunny Day” acompañado de niños.
Quizá lo único negativo sea la escasísima representación del nuevo album. No hay sitio mas que para la sensacional “Outlaw Pete” (que mejora tanto en directo que hay que frotarse los ojos), una irregular “Working on a Dream”, una hermosa “The Wrestler” (mucho mejor que en el disco) y “Kingdom of Days” (peor de lo esperado a pesar de ser una hermosa canción). Quizá a medida que la gira progrese podamos ver versiones de “This Life” o “Surprise, Surprise”. Veremos.
Como colofón, clásicos. De los de verdad, tocados de verdad y en medio del delirio del respetable. “Rosalita”, desbordante y acelerada y sobre todo la inmortal “Kitty’s Back”, ambas interpretadas de forma majestuosa por una banda que parece no agotarse jamás. Poco importa que Clarence Clemons apenas sepa dónde se encuentra y que falle practicamente en todos y cada uno de sus solos. A la hora de la verdad sólo importa la banda y su glorioso y compacto sonido.
El colosal Jay Weinberg comanda una sensacional “Radio Nowhere”.
Terminando el concierto, Bruce hace su celebrada presentación de la banda: “Ladies and Gentlemen, you’ve just seen the heart stoppin’, earth quaking, booty shaking, love making, viagra taking…”. Se detiene un momento, cierra los ojos, y grita….”THE FUCKIN’ LEGENDARY
E STREET BAND!” Puro delirio en las gradas. Puro delirio.
Pura vida.
crónica desde Filadelfia, por Salvador Trepat.
Fotos: Raúl Nieto, S. Trepat y Ryan Byrne
La ciudad de Filadelfia ha sido escenario de algunas de las noches más históricas de la carrera de Bruce Springsteen. Fue aquí donde dio conciertos míticos en el pequeñísimo café Main Point entre 1973 y 1975, y donde llenó durante cuatro noches, tras la edición de Born to Run, el teatro Tower en los últimos días de 1975 (algunas imágenes de este concierto, cuando canta “Tenth Avenue Freeze-Out”, aparecen en el DVD documental Wings for Wheels).
De los clubs y teatros saltó por primera vez a los pabellones en octubre de 1976 y fue, claro, en el Spectrum de Filadelfia, el mismo pabellón que este año será derruido, donde en 1980 dio un emotivo concierto la noche después del asesinato de John Lennon y donde en 1999 celebró su 50 cumpleaños con un concierto memorable.
El regreso de Springsteen al Spectrum por última vez tenía por tanto un componente nostálgico añadido. Y Springsteen se presentó con nuevo disco y nueva gira bajo el brazo, y muchas ganas de rememorar noches históricas. Tanta expectación resultó, a momentos, contraproducente. Bruce se entregó, derrochó energía y sorprendió con un buen puñado de rarezas, pero quedó la sensación de que podía haber dado más de sí, teniendo en cuenta los precendentes.
Uno de los problemas de la gira Working on a Dream es que los temas del disco brillan por su ausencia. Tan sólo 4 en la primera noche y 3 en la siguiente, y no precisamente lo mejor del disco. Aunque para gustos los colores, personalmente encontré bastante floja la versión de “Outlaw Pete”, una canción pretenciosa, con arreglos épicos a lo “Jungleland” pero sin la calidad de ésta, y con unos textos que no están a la altura de una figura como Springsteen. Para colmo, la canción quedaba aderezada con un telón blanco que parecía una sábana, y que impedía la visión de quienes estaban detrás del escenario durante la canción. Un gadget ridículo (como sus fingidas posturas entre sombras con el sombrero de cowboy y la mano extendida) para una gira millonaria como esta.
“Working on a Dream”, la canción, aumenta su mediocridad en directo. Son los momentos más bajos de un Springsteen desorientado, interrumpiendo la canción para dedicar unos minutos al preaching, repitiendo las manidas frases de predicador ya usadas hasta la saciedad en otras giras, en “Light of Day”, “Tenth Avenue Freeze-Out” o “Mary’s Place”. Sorprende verle tan falto de recursos e imaginación. El Springsteen que durante tantos años destacó por las historias que contaba en directo como preludio a sus canciones, el storyteller, ha ido degenerando gira a gira (excepto en las giras acústicas donde el showman deja paso a la persona) en un preacher de segunda.
Sólo “The Wrestler” (magnífica) y “Kingdom of Days” brillan de su nuevo, y escasamente representado, repertorio. Tras interpretarlas en los ensayos, han desaparecido por completo las nuevas canciones que más hubieran aportado al concierto, como “My Lucky Day”, “This Life”, “Surprise, Surprise”, “Good Eye” o “Life Itself”.
Capaz de lo peor y lo mejor, Springsteen no deja indiferente, y cuando se pone las pilas puede ser arrasador. Si bien lo antes mencionado bajaba escandalosamente el listón del concierto, el inicio con “Badlands” resultó apropiado y contundente, y más seguida de un clásico como “The Ties That Bind”. La trilogía formada por “Seeds”, “Johnny 99″ y “The Ghost of Tom Joad” resulta ser la única novedad de la gira, el único momento donde Springsteen parece haberse estrujado el cerebro en busca del concepto de la gira (dado que el nuevo disco no lo es).
Son los 20 minutos más logrados del concierto, donde la E Street Band explota y muestra todas sus cualidades como banda compacta y experimentada. Springsteen se desgañita cantándolas, arropado por un sección rítmica impecable y unos solos de Nils, Steven y el propio Bruce que culminan en un éxtasis colectivo de músicos y público.
Sin perder tiempo enlaza con la intro -a medio gas, nada que ver con las versiones de 1978- de “Raise Your Hand”, el clásico soul que le permite pasearse por las primeras filas, contactar cara a cara con los fans y recoger carteles con todo tipo de peticiones. Es el reto a la E Street Band. Bruce escoge las peticiones más extrañas e inusuales y la banda muestra sus tablas. Hoy suenan “Fire” (gracias a un espectacular pancarta formada por varias personas), “The Fever” (magistral, única, y un guiño a los fans más veteranos de la zona) y “Mountain of Love” (la canción de Harold Dorman que tocó en 1975 en el Main Point, concierto retransmitido por radio en la zona y ampliamente difundido), y mañana sonarán “London Calling” (de The Clash), “Red Headed Woman” (no olvidemos que Patti tocó en el segundo concierto, y tocaba complacerla, darle protagonismo y, de paso, dar un bajonazo al ritmo del concierto) y una vertiginosa, trepidante y eléctrica versión de “Thundercrack”, su show-stopper de 1973 que finalmente vería la luz en la caja Tracks.
Son momentos únicos que el público experto de Filadelfia recibe con un enorme entusiasmo. Sus devaneos con Patti, el jolgorio con los niños en la cansina “Waitin’ on a Sunny Day” o la falta de algunas de las buenas canciones de su nuevo disco son peajes que hay que pagar si a cambio llegan la verdaderas joyas de la corona. La primera noche el concierto se cerró con una versión apoteósica de “Rosalita”, a ritmo endiablado, cantada con fuerza, sonando con vigor y dejando estupefacto a quien escribe. Posiblemente su versión más pletórica desde la gira de The River (un ratito antes sorprendía de nuevo con “You Can’t Sit Down”, canción que en 1976-1977 dio momentos irrepetibles). La siguiente noche se repite el ritual: “Kitty’s Back”, inconmensurable, pone el punto final a dos noches de alto voltaje, si bien irregulares en cuanto a contenido.
A ratos no sabemos si hemos vuelto a 1978 o a la gira Magic, si Springsteen está en su mejor momento o es puro teatro, si estamos asistiendo a un evento memorable o a un engañoso espejismo. Lo cierto es que, aunque sea a intervalos, este Springsteen aún conserva su capacidad de sorpresa y su buena dosis de magia, es una máquina imparable en el escenario y, sin duda, es un profesional que domina a la perfección los trucos de su negocio (que nadie se engañe: las supuestas sorpresas que muestra en los carteles recogidos están todas ensayadas y previstas desde hace días. Bruce escoge los carteles de las canciones que quiere tocar, y no al revés).
La E Street Band funciona como una perfecta máquina engrasada, sin fisuras, incluso Clarence Clemons parece haberse recuperado milagrosamente y borda casi todos los solos. Y, para acabar, destacar la presencia de Jay Weinberg a la batería, cada vez en más y más canciones. Con sólo 18 años Jay es capaz de sonar practicamente como su padre, sólo que con más energía y entusiasmo, aporreando con vigor los tambores a ritmo endiablado, y eso fue palpable con total claridad en las versiones de “Radio Nowhere” o “Lonesome Day”, que volvieron a sonar frescas. Quienes crean que la pérdida de Max para algunos conciertos europeos será un lastre no pueden estar más equivocados. Sólo hay que ver la sorprendente actuación de Jay en un tema como “Kitty’s Back”. Lo bordó. Él y toda la E Street Band.
La única duda para quien vaya a ver los conciertos en estadios no es si Jay o Clarence o la E Street Band estarán a la altura en esos excesivos e inapropiados recintos, sino si Bruce seguirá sin estrenar las canciones del disco, si mantendrá el nivel de temás clásicos o si, como suele suceder, sucumbirá al interés por complacer al público masivo, interesado sin duda en sus grandes éxitos, sobre todo si son de estribillo fácil. Un dilema que, seguro, tiene el propio artista. El cliente siempre tiene la razón. ¿O no?
Renegade Records-Wicked Cool, la discográfica de Little Steven
por Mariano de la Torre, Marzo 2009
Mariano es ilustrador, dibujante, profesor y director de la editorial de cómics Den Books. Acaba de publicar el primer volumen del cómic Renegades, En Los Albores de la Tempestad. Fan irredento de Little Steven, Bruce Springsteen y el rock en general.
Cuando a finales del siglo pasado Little Steven Van Zandt anunciaba la creación de su empresa discográfica, Renegade Nation, poco hacía presagiar que en el lapso de una década se iba a convertir en una plataforma de trabajo tan ambiciosa y multisectorial como la que nos encontramos hoy en día. Y es que del germen inicial de un sello propio y personal, destinado en principio a dar salida a sus propios trabajos –como resultó con su último disco en solitario, editado ya en el lejano 1999, el excelente Born Again Savage-, hemos pasado en un lapso reducido de tiempo a una empresa que extiende sus tentáculos a todas las facetas del show business a su alcance, siempre con la promoción de nuevos artistas y la difusión del rock como sus señas de identidad principales.
Renegade Nation encontró, después de unos inicios titubeantes, su punta de lanza ideal en forma de programa de radio, el Little Steven’s Undergroung Garage, un experimento delicioso de recuperación, reivindicación y experimentación a través del cual Van Zandt, tipo inquieto donde los haya, ha encontrado el púlpito ideal en su cruzada para traer de vuelta al rock a la primera plana de la cultura popular de la que nunca debió marcharse. Dejándose la piel en sus inicios para producir un programa que al principio no interesó a ninguna emisora importante, el espacio ha triunfado gracias a la perseverancia de su creador, hasta llegar a unos números espectaculares que hablan de más de un millón de oyentes semanales sólo en Estados Unidos, con casi ciento cincuenta emisoras convencionales, un par de canales en Sirius Satellite Radio y en expansión por Europa y Asia –en España se puede escuchar a través de la cadena Rock and Gol-. Todo un fenómeno radiofónico en estos días en los que es tan complicado captar la atención de la gente.
No es de extrañar pues que, ante un éxito de estas proporciones, el proyecto inicial haya ido creciendo y ramificándose poco a poco hasta convertirse en una especie de imperio del rock ‘n’ roll en el que no faltan una sección que organiza eventos y conciertos, una floreciente sección de televisión que produce programas para diferentes cadenas y como no, un sello discográfico que cuenta en su cartera con un nutrido grupo de artistas y bandas –dieciocho, nada menos, en el momento de escribir estas líneas-, gente joven en su mayoría que han encontrado en la discográfica de Van Zandt, Wicked Cool, un lugar ideal en el que, dependiendo de los casos, poder abrirse camino, hacerse un nombre o estabilizarse dentro de la indústria, produciendo unos trabajos que sorprenderían por su madurez y empaque si no supiéramos quién está detrás de ellos.
Y no es que participe directamente en los discos, ni mucho menos –aunque de vez en cuando es fácil encontrar algún tema en el que he echado una mano, escribiendo, arreglando o produciendo, esas cosas que tan bien se le dan-, pero está claro que la personalidad de Little Steven y su Undergroung Garage, están ahí, como una corriente subyacente, que ha elegido a todas esas bandas no sólo por su calidad sinó también por su estilo, deliberadamente “retro” y clásicamente “garage”, que dotan al sello de una impronta y un marchamo completamente reconocible y original. Esta homogeneidad queda perfectamente reforzada con todo el packaging y la imagen exterior de los productos que recrean en su mayoría un estilo muy propio de los años sesenta y setenta, a caballo de la psicodelia y el “pulp” más recalcitrante, pero siempre cumpliendo a la perfección su cometido como identificadores de los productos del sello y de todas sus actividades relacionadas, así como de los expositores personalizados que se hallan repartidos por innumerables tiendas de discos. Una imagen corporativa en toda regla en definitiva.
Los lanzamientos del sello se han multiplicado de forma exponencial desde el momento de su establecimiento, contando en estos momentos con un extenso catálogo que engloba no sólo los álbumes de las diferentes bandas sinó también una buena colección de recopilatorios a precios muy competitivos que tienen como finalidad promocionar a los artistas y al sello a partes iguales. Bajo el rimbombante título de The Coolest Songs In The World –Las Canciones Más Molonas del Mundo-, podemos encontrar hasta ocho volúmenes diferentes en los que se recogen algunos de los éxitos de artistas clásicos que Steven “pincha” en su programa –como The Stooges, New York Dolls, Joan Jett o The Yardbirds por poner algún ejemplo-, acompañados por temas de temas de bandas de más reciente cuño aunque también con una sólida trayectoria a sus espaldas y que luchan por hacerse un nombre y un reconocimiento trabajando duro en circuitos más modestos y que forman parte del extenso catálogo que Steven intenta promocionar desde Wicked Cool Record Co.
También destacable es el recopilatorio homenaje al que muchos consideran el mejor club de rock de la historia de New Cork, el CBGB OMFUG, cuna de nacimiento de bandas como The Ramones, Blondie o Talking Heads y en el que colaboran con versiones grabadas ex profeso artistas de la talla de Green Day, The Foo Fighters, U2, Patti Smith o Velvet Revolver. Un disco francamente recomendable.
De entre las bandas que Wicked Cool cobija es difícil hacer una recomendación ya que, además de la calidad indiscutible que atesoran, cada una tiene su personalidad y cualidades bien definidas a pesar de encontrarse todas bajo el mismo paraguas de “garage rock”. Desde la clase psicodélica de The Chesterfield Kings, auténticos estandartes del sello y ganando reconocimiento a nivel internacional a pasos agigantados, pasando por el rock elegante y perfilado de The Novaks o el sonido divertido y energético de los Hawai Mud Bombe
rs, hasta el rock de garage más clásico y conmovedor de las noruegas The Cocktail Slippers, cuyo próximo álbum, St. Valentine’s Day Massacre, que aparece el 28 de abril y cuenta con Little Steven escribiendo, arreglando y produciendo, es una auténtica promesa de grandes temas con regusto clásico en el horizonte musical de nuestros modernísimos reproductores de música. En definitiva, la mejor recomendación posible es darse una vuelta por la web del sello y comprobar en la sección de video cuáles son las virtudes y cualidades de cada uno de ellos.
Un servidor en la confección de este artículo ya ha pasado por caja y me he descargado el excelentísimo primer single del próximo álbum de las Cocktail Slippers, escrito, arreglado y producido por un tal Little Steven y que te devuelve durante algo más de cuatro minutos a la gloriosa época de finales de los setenta cuando Van Zandt era una de las mentes pensantes tras discos indispensables como el Hearts of Stone de Southside Johnny, el The River de Bruce Springsteen o el Dedication de Gary U.S. Bonds.
Y eso, a estas alturas del siglo veintiuno, resulta cuanto menos de agradecer.
Los discos de la discográfica Wicked Cool están distribuidos en España por Locomotive y los puedes encontrar en FNAC, Tipo, El Corte Inglés, Gong y otras tiendas de discos.
por Esteban Hernández y Fernando Navarro
fotos: David Trepat y Enric Nonell
Bruce Springsteen reconoce haber admirado a Steve Van Zandt desde el mismo instante en que le conoció. Siempre le veía con su guitarra en la mano, que tocaba a todas horas y en cualquier parte, mientras hablaba con pasión del rock de los Stones, Yardbirds y Beatles o del soul de Aretha Franklin, Otis Redding y Arthur Conley. Eran los tiempos de los garitos de Asbury Park, cuando ambos eran dos ratas callejeras que aprendían de cada disco que escuchaban allá por finales de los 60. Pero poco ha cambiado el ahora guitarrista de la E Street Band, que sigue mostrando un entusiasmo desbordante cuando habla al otro lado de la línea de teléfono y promete que volverá a llamarte, y lo hace a las cinco de la madrugada hora americana, para seguir charlando.
Pese a los años, Van Zandt mantiene el mismo espíritu que le llevó a meterse en esto del rock’n’roll. Menos subordinado al férreo control del boss, con el que le une una inquebrantable amistad, Little Steven ha sabido desarrollar un admirable camino personal, basado en la enorme determinación con que defiende sus creencias musicales, artísticas y políticas. Por su pertenencia a esa máquina de rock y dinero que es la E Street Band, hubiese podido vivir de las rentas o convertirse en una caricatura de sí mismo, pero la actitud es lo que marca su carrera. Mientras otros derrochan, él se lanza al vacío en cada proyecto en solitario, produce a los músicos que le gustan, monta festivales, graba programas de radio o dirige una discográfica.
Ese sentimiento de fidelidad, que desprende con cada acto, es el mismo que tiene hacia la magia del rock’n’roll. Sincero, real y humano, muestra una efusiva naturalidad en sus palabras que recuerda a algunos de los hitos musicales que llevan su firma en obras maestras como The River. Aunque es en su álbum Born Again Savage donde más pone el acento sobre sí mismo cuando canta: “No temo el fuego del infierno, sólo temo malgastar mi tiempo”. Se ha empeñado en cumplir esta frase al pie de la letra. Wicked Cool es su última empresa por el rock’n’roll. Y hay que decirlo: este hombre es la esencia misma de ese sueño que vive, y soñamos, en una canción.
¿Cómo surgió la idea de crear una discográfica?
Comenzamos con un programa de radio, donde yo pinchaba música de toda la vida, el mejor rock’n’roll de los sesenta, por ejemplo, o el mejor rock’n’roll de ahora. Se puede decir que fuimos los únicos en Estados Unidos que nos hemos puesto las pilas por sacar el mejor viejo rock’n’roll de los sesenta. Pero algunas de las bandas que son de ahora y pinchaba en el programa vinieron y me dijeron que estaba haciendo mucho por ellas. Después de una temporada, algunos oyentes me preguntaban por esas bandas, cada vez más, y me empezaron a pedir que hiciese un sello que las agrupara. Por eso empezamos.
Entre tus preferencias hay muchas bandas de garage. ¿Te consideras un músico de garage?
Bien, sí, cuando empecé en los sesenta, por supuesto. Te hablo de la tercera generación del rock’n’roll, la que yo mamé. Es la generación del garage. Cuando empecé a tocar en 1965, 1966 y 1967 mi influencia directa era lo que llamamos la Invasión Británica. Es la tercera generación del rock. La primera son los pioneros, antes de los sesenta. Los inventores del rock’n’roll, como Bo Diddley, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Little Richard y todos esos chicos. La segunda generación es la Invasión Británica, bandas como The Beatles, Rolling Stones, The Kinks, Animals… y tras eso las bandas se convierten en populares. Antes, realmente, no había concepto de banda en EE UU. Eran pequeños grupos pero con la Invasión Británica se introduce la idea de bandas para todos. Todo el mundo quiere tocar, cantar, escribir canciones, ser parte de una banda. Eso me influyó, nos influyó a todos en los sesenta, y empezamos a ser los que damos el salto generacional. La generación del garage nos íbamos a las afueras de la ciudad, todos en un coche, a tocar en garajes. A eso pertenezco.
Siempre reivindicas esos tiempos, que defines como la época de la vieja escuela. ¿A qué te refieres?
La vieja escuela es el regreso directo a los sesenta y setenta. Cuando se reivindica la canción y la vitalidad del rock. Todo viene de allí y por eso lo defiendo.
¿Cómo de diferente es esa vieja escuela con el rock actual? ¿Te quedas con lo primero?
Sí, me quedo con la vieja escuela. Incluso aunque pincho bandas de ahora en mi programa de rock, ellas tienen raíces e influencias que vienen de los sesenta y setenta. Y el sello discográfico es una manera de defender ese sonido y reverenciar a aquellos años con bandas actuales como The Chesterfield Kings, The Gurus, Babies Killers, The Maggots o Los Coronas, la banda española.
Y tal y como están las cosas, ¿te consideras un tipo insatisfecho?
Mira, lo bueno es bueno, lo magnífico es magnífico. No importa de dónde venga. Siento que tengo que apoyar lo que suena fenomenal para mí. Hay que tener cuidado con lo que se pincha y se toca. Entre todos, intentamos que lo bueno se mantenga y también crezca porque viene de muy abajo. Si escuchas la radio ahora, el rock contemporáneo, es sencillamente mediocre, muy mediocre. Es muy aburrido. Tenemos que intentar mantener vivas las cosas buenas, a la gente joven. Si escuchas lo mejor, si te influye lo mejor, lo que se hizo antes, el sonido de esas generaciones de las que hablamos, y hacemos por conectar con esas raíces, conectar con esas fuentes, tienes muchas más posibilidades de encontrar tu propia identidad. Si conectas con lo superficial de los setenta, más en los ochenta, más en los noventa y más ahora, esto decae. Hay que escoger lo mejor de cada década. Tienes que regresar a las raíces para saber de dónde vienes y es mucho mejor para encontrar tu propio camino y el compromiso contra lo mediocre.
¿Y crees que existe algún álbum hoy en día, de los que pinchas, que pueda vivir durante décadas como los de antes?
Sí, sí, no me cabe ninguna duda. Los últimos dos álbumes de The Chesterfield Kings, por ejemplo. Ellos dan paso al garage de ahora. Ellos son una razón de todo esto. Puedes coger cualquier canción de cualquiera de sus últimos discos. Y creo que se ve que intentan crear grandes y excitantes álbumes.
Los programas de DJ han sido una tradición en la radio americana. ¿Recuerdas alguno que te haya inspirado para el tuyo?
Hay varios, en parte porque crecí pensando que algún día sería como alg
uno de ellos poniendo mi música. Era demasiado joven para escuchar el de Alan Freed. Me quedo con el de Cousin Brucie (Bruce Morrow, ndr), que todavía lo tiene hoy desde los sesenta. Pero son muchos. Eran muy divertidos y podíamos además disfrutar de ellos mientras conducíamos en nuestros coches. Fascinante.
¿Es cierto que todas las emisoras rechazaron el proyecto de tu programa de radio?
Sí, nadie quería mi programa de radio. Ninguna emisora lo quiso porque no había programado poner algo que en la radio ya está programado poner desde el principio. ¿Entiendes? Ante esa posibilidad, dije que no porque lo que te ofrece la radio no es lo que yo quiero hacer. No es sólo material antiguo, sino también rock’n’roll de ahora. En la radio convencional, puedes oír hip-hop, heavy metal, indie rock, pop, pero no puedes oír verdadero nuevo rock’n’roll. No hay lugar en Estados Unidos. No hay formato en la radio para esto. Así que hicimos un formato que es mi programa Underground & Garage, un espacio al rock’n’roll. Nació como algo personal que ahora se puede escuchar las 24 horas por Internet y en emisoras convencionales que apuestan por él, como en España Rock&Roll.;
¿Y no te preocupa que la radio esté así en tu país?
Claro, es que es imposible colocar un programa de rock’n’roll como los de antes, pero Internet está poniendo las cosas mejor. Sirius Radio, por ejemplo, da muchas opciones, además de distintos canales diferentes y sin anuncios. Eso es bueno.
Llevas emitidos decenas de programas. ¿Esperabas durar tanto tiempo?
No, en absoluto (risas). No sabía que esto iba a pasar antes de hacerlo (risas), ahora simplemente se trata de continuar.
Con todo lo ocupado que estás, ¿cómo haces para grabarlo, más aún cuando estás de gira con la E Street Band?
Suelo grabarlos después de los conciertos, en la habitación del hotel. Vuelvo a Nueva York, y allí en mi estudio los edito. Intento organizarme y grabo cuatro o cinco programas antes de salir de gira, pero ya se sabe que nuestras giras son muy largas (risas).
Bueno, encima ahora vas y te metes a dirigir un sello musical. Te quitará tiempo y posiblemente dinero. ¿Tienen las discográficas independientes alguna viabilidad económica actualmente?
Lo cierto que es muy difícil sacar adelante un sello independiente en estos días, casi imposible. Es una larga una historia la de pelear por un sello pero para resumirla diría que es un negocio por completo diferente. Tienes que intentar encontrar un camino, gastar parte de tu vida en que salgan las cosas. Encontrar anuncios en la televisión, que suenen algunas canciones en algunas películas determinadas, pero siendo muy cuidadoso de que no te desgastas demasiado. Es una gran responsabilidad. Tienes artistas que realmente te gustan y te preocupa que todo salga bien. Al final lo más importante es hacer que la música sea buena. Personalmente, creo que dentro de unos cinco años, Internet y las descargas podrían ser lo único que importe. Lo que tenga que pasar pasará. Es ley de vida en el negocio.
¿Y qué vibraciones tienes ante las grandes compañías?
Cada discusión que tienes con gente de las compañías de lo único que te hablan es de tecnología, tecnología, jodida tecnología. ¡Que le jodan a la tecnología! A mí no me importan ni me gustan las tecnologías para esto. ¡No son el origen! No saben lo que son los días dorados. Yo hablo del sonido. Eso, el sonido es lo único que te tiene que preocupar, como antes. Por eso digo lo de regresar a la vieja escuela. Y se lo digo a todas las compañías: olvidad las tecnologías. ¡Joder, esa conversación, con cualquier tipo de una gran compañía, es jodidamente aburrida! De lo que se trata es de hablar de música. ¡Música! Digitalizar el sonido, sonido digital, sonido digital, nuevas tecnologías para el sonido… ¿pero de qué cojones estamos hablando?, ¿pero qué mierda de disco quieres hacer? ¿De eso se preocupa la jodida industria musical? ¿Qué sonido y qué sistema es éste? ¿A quién le importa? ¡Preocúpate de desarrollar tus sentimientos y tus creencias con el sonido, eso es la jodida música que importa, preocúpate de la canción! Seguro que sale un buen sonido. Por eso me preocupa tanto regresar a la escuela.
Y con este panorama, ¿no crees que el rock’n’roll pueda convertirse en una opción musical de un círculo reducido como el blues o el jazz?
No, no, no, no. Porque cuando la gente joven escucha rock’n’roll, le encanta. Te puedo decir que mucha gente joven escucha mi programa y les encanta. ¡Se vuelven locos con el rock’n’roll! Hay que facilitar ese lugar para escuchar rock, tanto material antiguo como nuevo. A los jóvenes les encanta los sesenta. Sí. Les encanta.
Pero muchos adolescentes empiezan a tener como referencias a los Jonas Brothers, Hannah Montana y demás productos prefabricados, cuando gente como tú teníais a los Rolling Stones, Beatles o Grateful Dead.
Mira, la gente joven, los niños, van al pop muy rápidamente pero luego muchos acuden al rock’n’roll y lo disfrutan más aún. Yo soy de la generación del rock’n’roll, y sé lo que es eso. Y si digo que hay que regresar a las raíces es porque a la gente joven le encanta. Créeme.
Llevas a cabo una auténtica cruzada. También organizas todos los años un festival llamado Underground Garage por el que han pasado decenas de bandas y recuperaste antes que nadie a gente como New York Dolls o The Stooges.
Sí, funciona bien. También han tocado The Dictators, Big Star, Flamingos, Pretty Things, Raveonettes… muchos. Tocan hasta 44 grupos en un día (risas). Quiero que salga de Estados Unidos y llevarlo a España, que sé que es un país de rock’n’roll. Tal vez a finales de 2009 o principios de 2010 vayamos a vuestro país.
Incluso Bo Diddley también participó en tu festival. ¿Qué sentiste al conocer su muerte el pasado junio?
Fue muy triste. ¡Este hombre fue uno de los cinco tíos que inventó el rock’n’roll! Cuando tocó en el festival recuerdo que así le presentamos porque estaba a la altura de Chuck Berry y Jerry Lee Lewis. Para mí fue fantástico. Bo Diddley es el gran Daddy del garage. Ha sido la mayor influencia para muchos de los mejores como Pretty Things o Rolling Stones. Su rock estaba en los clubs. Todo el mundo saboreaba sus canciones y quería imitarle.
Como músico, ¿tu mayor influencia también fue gente como Diddley?
Realmente, mi mayor influencia fueron los grupos de la Invasión Británica. Soy de los sesenta y cuando era chaval no conocía en profundidad a esos chicos pioneros pero sí a The Beatles, Rolling Stones, Yardbirds, Who o Kinks.
También defiendes música contemporánea a ti como el punk. Quisiste evitar que cerraran el CBGB’s de Nueva York hace un par de años pero no lo conseguiste. ¿Qué pasó?
Fue una larga historia con final triste. Intentamos salvarlo pero no fue posible. Hablamos con el Gobierno, el alcalde… pero todo llegó tarde. El dinero no respeta al rock’n’roll. Allí, The Ramones inventaron el punk y era algo más que uno de los tantos locales de rock’n’roll que hay en Manhattan. Es una parte de nuestra historia y muy importante.
¿Crees que el rock ha desparecido de las calles? En Nueva York, que antes era el epicentro, ahora se escucha hip hop en cada esquina.
Bueno, todavía hay varios locales abiertos como el Mercury Lounge o K
nitting Factory. Pero sí, es cierto. El mainstream del rock, el pop y el hip hop es lo principal. Sin embargo, hay una energía que subsiste de rock’n’roll, es muy underground, es un rock de culto. En Nueva York, tal vez lo puedas encontrar en 25 ó 30 locales, muy pequeños, pero que siguen ofreciendo rock.
¿Y qué tiene el hip hop para que esté en todas partes?
En mi país se apoya y se escucha muchísimo. Creo que en el comienzo, alrededor de 1985 ó 1986 era interesante y muchos lo apoyaron porque había chicos como Run D.M.C. o Marley Marl. Ahora, está bien, hay cosas, pero yo no gasto tiempo en escucharlo, simplemente porque crecí en un mundo de rock’n’roll.
Nueva York también es la capital histórica de la Mafia, otro mundo que te moja. Tu magnífico personaje de Silvio Dante en Los Sopranos es imposible que pase desapercibido, pero choca con la imagen de Little Steven. ¿Hay algo de Silvio en Steve Van Zandt?
(Risas) No demasiado (risas). Yo puedo visitarle a él pero espero que él no me visite a mí (más risas). Bueno, gracias por valorar mi papel en la serie. Silvio es un hombre de los treinta y los cuarenta, y Little Steven es un hombre de los sesenta. La conexión es que ambos aprecian el pasado que les define. Puedes mirar atrás y ver diferentes eras en Silvio y Little Steven, diferentes placeres.
El final de Los Soprano fue muy discutido en EE UU. En España, son muchos los fans de la serie que todavía les hierve la sangre por el último episodio. ¿A ti qué te parece?
Creo que es fantástico. Creo además que David Chase es un genio y así lo demostró. Cuando hablo con la gente y les preguntó que es lo que querían haber visto al final, me dicen: “Bien, no sé, no quería haber visto eso, tal vez…” Pero no saben qué querían haber visto. Dicen: “Algo” (risas). Vale, algo un poco frustrante para la gente que no ve nada (risas). Para mí, refleja la vida de Tony Soprano en la que el tío combate las sombras y lo terrorífico de que nunca va a estar a salvo, nunca va a estar seguro y se lleva a la familia con él en todo esto. Creo que es un momento muy dramático.
¿Echas de menos grabar la serie?
Sí, claro, conozco a esos tíos, divertidos y estupendos. Hablo con ellos, con David, con James Gandolfini, Tony Sirico… Quizá en el futuro puede haber algo para mí en una película u otra serie de televisión.
Hablemos de tu carrera en solitario. Tu álbum Men without women funcionó bastante bien, pero el resto de tus trabajos no han seguido el mismo camino. ¿Cuál crees que ha sido el problema en tu carrera en solitario?
Un problema muy grande (risas), porque no hay carrera en solitario (risas). Creo que he hecho todos los álbumes muy diferentes. Musicalmente hablando son muy diferentes. Quise explicar muchas ideas. Algunos son álbumes políticos que se convirtieron para mí en discos más hablados, de explicar ideas, sin tanta consistencia musical. Y esa consistencia musical es necesaria para tener cierto éxito, y más si luego haces discos tan diferentes musicalmente. Lo correcto es decir que no tengo carrera en solitario. No me importa. Tampoco es que me gusten las carreras en solitario. Soy un hombre de banda. Me gustan las bandas. Al final siempre me quedo con una banda antes que con un artista en solitario. Por eso, tal vez no he sabido seguir los pasos por mi cuenta ni he sabido llevar mis influencias a los discos.
¿Crees que el activismo político pudo pasarte factura?
Sí, seguramente. Ya tuve suficiente activismo en los ochenta, más que suficiente, y ahora no me dedico tanto a eso. Prefiero disfrutar de lo que hago. Mi misión ahora es intentar llevar el rock’n’roll a las escuelas.
Es curioso porque, ahora que tú ya no lo eres tanto, Bruce Springsteen se ha hecho activista a favor de Barack Obama y antes de John Kerry.
Las cosas son complicadas en ambos lados, demócratas y republicanos. Y la política está ahí, ya pasé por eso. La verdadera razón por la que podemos tener un presidente negro es por la trágica situación con Bush. El desastre económico con en el que nos ha dejado. Es necesario un cambio. Por primera vez una mujer o un afroamericano han estado en la carrera. Es saludable para el país en tiempos malos como estos. Con Obama, me alegro por los afroamericanos. Se lo merecen. Pero voy a ser sincero. Temo mucho a la gente loca de mi país. Tengo que decirlo. Mi país es uno de los más locos del mundo. Hay más fanáticos en mi país que en Irán, ¿0k? Gente loca con armas en cualquier parte. Es el salvaje oeste. Olvídate de Nueva York. Nueva York no es mi país. Tampoco Los Ángeles o San Francisco. Todo lo que hay entre una costa y otra es EE UU. Da mucho miedo. Es muy peligroso. Está muy loco. Son muy religiosos. Uno se tiene que convencer que con Obama vamos a estar a salvo. Lo espero, lo espero.
Como productor tienes una carrera destacada. Trabajaste para Gary US Bonds, Southside Johnny y otros músicos. ¿Cuál crees que es tu mejor trabajo en este campo?
Ummm… difícil decidir. Creo que el mejor trabajo es uno que estoy haciendo ahora. Acabo de grabar dos canciones con un grupo de Noruega llamado The Cocktail Slippers que salen en el disco navideño Christmas a Go Go. Realmente buenos. Pero creo que hay más cosas buenas. ¡Vaya son más de 15 años produciendo! Se me olvidan grupos. Con The Chesterfield Kings creo que hay cosas interesantes. Me gusta muchísimo lo que hice con el álbum Demolition 23. Y estoy muy orgulloso de las recopilaciones que voy sacando en el sello, con algunas bandas que he producido. Por ejemplo, el disco Christmas a Go Go tiene un tema que escribí y produje para Darlene Love “Al Alone on Christmas”
Tan metido como estás en la música, ¿cuál ha sido el disco que te ha cambiado la vida?
Mi disco favorito de todos los tiempos es 12×5 de The Rolling Stones.
Algo inevitable: ¿con que canción de Springsteen te identificas más?
Honestamente mi canción favorita es “Restless Nights”
Ese tema forma parte de las sesiones de grabación de The River. Tu contribución al sonido de Springsteen en aquella época fue esencial. Ayudabas a la elaboración de esas composiciones de tres minutos con cierto toque a lo Spector.
Me encanta oírlo, de verdad. Gracias. Me encanta. Sí, sí. Ese material y esos años son los que me apasionan. Mi disco favorito de Springsteen es el disco 2 de la caja Tracks.
Bueno, quién sabe, seguimos grabando cosas. Están muy bien, pero son más pop rock energético. Trabajamos más en esa línea.
¿Qué hubiera sido de tu vida si Born To Run hubiese sido un fracaso?
Bueno, yo no produje < span style="font-style: italic;">Born To Run, pero sí fue el momento oficial en el que entré en la banda, aunque conocía a Bruce desde hacía 10 años. ¿Si no hubiese sido un éxito como el que fue (aunque sabíamos que había un material de éxito)? Pues, como nos empeñábamos en conseguirlo, el éxito llegaría unos años después con “Hungry Heart”
No es lo mismo evidentemente, pero hemos hablado de ello y mantenemos el mismo espíritu comunicativo y creemos que hay que seguir tocando, seguir construyendo buenos conciertos. La E Street Band está junta desde 1972, aunque Max y yo entramos en 1975. Pero Bruce, Gary, Danny y yo llevamos juntos 40 años, desde los tiempos de Asbury Park. Así que seguiremos tocando el tiempo que tenga que ser.
Más que nunca. Puede que sea más difícil encontrar a alguien que escuche dos discos seguidos de rock’n’roll, o que no encuentres esos discos, pero si los encuentras, apren
El lunes no fue un buen día para los fans americanos de Bruce Springsteen. Especialmente para aquellos que intentaron comprar entradas a través del servicio de venta del cuasi-monopolio Ticketmaster. El caso más flagrante y que ha levantado más polémica es el de la venta para los dos conciertos que el artista dará en Nueva Jersey a finales de mayo.
Inmediatamente después de iniciarse la venta ya aparecía una pantalla indicando que esa página web estaba parada “por trabajos de mantenimiento”. En otras ocasiones, cuando se conseguía pedir entradas, aparecía como resultado una selección de entradas a precio escandaloso, entre 200 y 1000 dólares cada una. ¿Si se anunció que costaban 98 dólares cómo podían estar a más de 200 desde los primeros minutos?
Fijándose con atención en la página de resultados te dabas cuenta de que ya no ponía Ticketmaster sino TicketsNow, todo con el mismo diseño. ¿TicketsNow? ¿No era esta una página de compra-venta de entradas donde fans y, sobretodo, reventas y brokers profesionales ofrecían al mejor postor entradas de todo tipo de espectáculos?
Sorprendentemente, Ticketmaster había adquirido TicketsNow un tiempo antes, en un claro conflicto de intereses. ¿Puede el vendedor oficial de entradas formar parte de una de las webs de reventa más importantes? ¿Por qué al pedir entradas en Ticketmaster me sale un mensaje de entradas agotadas (pequeño, en la parte alta de la pantalla) y un gran recuadro con docenas de entradas a precios desorbitados?
Para colmo, los pocos que conseguían que el sistema respondiera ofreciendo entradas al precio de coste original recibían como respuesta entradas del nivel más alto del pabellón. Aparentemente, todas las entradas buenas de pista y primer nivel de grada se habían agotado en segundos y sólo quedaba “la morralla”, mientras que te ofrecen simultaneamente todas las entradas buenas a precios de auténtica estafa (¿cómo las han conseguido en TicktetsNow en sólo unos minutos y en grandes cantidades?). Y todo en la web de venta oficial.
Circula también la noticia de una posible fusión entre Ticketmaster (principal empresa de venta de entradas) y Live Nation (principal promotor mundial de conciertos que ha estrenado su propio sistema de venta de entradas para competir con Ticketmaster). Si los dos mayores competidores se acaban fusionando, las cosas sólo empeorarían y el monopolio estaría garantizado.
Las quejas de los fans tuvieron eco en la prensa al día siguiente. El paso siguiente lo ha dado el congresista Bill Pascrell Jr., quien ha llevado al Congreso una petición para que la Federal Trade Commission (FTC) y el Departamento de Justicia (división Anti-monopolio) investiguen las prácticas de Ticketmaster y su relación con su compañía subsidiaria TicketsNow.
Entre muchas otras cosas, Pascrell comenta en su petición al Congreso:
“Con tantas familias luchando en la economía actual, me siento escandalizado por el precio tan caro al que han llegado las entradas para juegos, conciertos y otros espectáculos. Entiendo los principios de la economía que han hecho escalar los precios de espectáculos, pero no voy a tolerar injustas prácticas de negocio que ponen a los Americanos de a pie en desventaja.”
La reacción de Springsteen y su mánager Jon Landau no se ha hecho esperar, y ayer publicaron un comunicado en su página web, claro y contundente (ver comunicado original en inglés):
El pasado lunes nos informaron de que Ticketmaster reenviaba las peticiones de entradas a precio de coste hacía su web TicketsNow, especializada en revender entradas a precios más altos.
Hicieron esto incluso mientras quedaban entradas a la venta al precio original.
Condenamos estas prácticas.
Las percibimos como un claro conflicto de interés. Ticketmaster está ahí para garantizar una venta justa de nuestras entradas a precio de coste más los cargos habituales por el servicio. TicketsNow se supone que es una página secundaria donde la gente que ya tiene entradas las puede intercambiar o, por desgracia, especular con ellas. Hemos pedido que este redireccionamiento desde Ticketmaster hacia TicketsNow se pare inmediatamente, y Ticketmaster ha aceptado hacerlo así en el futuro y ha eliminado esas partes no deseadas de su página y la nuestra.
Conocemos los muchos argumentos cínicos que algunos hacen para favorecer el sistema de Ticketmaster: hay rumores de que algunos artistas y mánagers participan en los cargos de Ticketmaster. Nosotros no lo hacemos. Hay rumores de que algunos artistas y mánagers reciben un porcentaje del precio extra que se pide en páginas como TicketsNow. Nosotros no lo hacemos.
Algunos artistas y mánagers quizá no perciban que haya un conflicto en que el
propio distribuidor de sus entradas las revenda en páginas como TicketsNow. Nosotros sí lo percibimos.
Mientras que muchos de nosotros hemos mandado avisos a nuestros promotores locales, quizá quieras enviar cartas informativas a la atención de Albert Lopez en Ticketmaster y él intentará responder a tus preguntas.
Una última consideración: la única cosa que podría empeorar aún más la situación para el fan es que Ticketmaster y Live Nation se fusionaran en un único sistema de venta, llevándonos a una situación de casi monopolio en la venta de entradas. Varios periódicos están informando ahora de esta situación. Si tú, como nosotros, te opones a esta idea, deberías contactar con tus representantes (en el Congreso).
El abuso de nuestros fans y de nuestra confianza por Ticketmaster nos ha enfurecido tanto como a muchos de vosotros. Continuaremos haciendo todo lo posible ahora y en el futuro para asegurarnos de que estas prácticas quedan permanentemente restringidas en nuestras giras.
Bruce Springsteen, Jon Landau y todo el equipo de gira de Springsteen
Artículos relacionados:
Ticketmaster/Live Nation – The Lefsetz Newsletter
Congressman asks for Investigation – Hartford Courant
Springsteen organization Furious – Backstreets.com
Verano de 2008/verano de 1978.
Han pasado treinta años desde la mítica gira de Darkness on the Edge of Town. Aunque ambas giras no son comparables (lo de 1978 es, sencillamente, irrepetible), sí que ha habido cierta similitud entre ambas giras durante los meses de verano. ¿Habrá estado Springsteen escuchando grabaciones de esa época para la rumoreada re-edición del álbum Darkness on the edge of town con motivo de su 30 aniversario? Lo cierto es que este mes Springsteen ha recuperado muchas de las canciones que tocó también en esa gira, en especial versiones de sus canciones favoritas del rock, desde “Good Rockin’ Tonight” a “I Fought the Law”, “Summertime Blues”, “You Can’t Sit Down”, “Not Fade Away” o “Little Queenie”. Todas ellas trepidantes rocks con los que solía abrir o cerrar sus conciertos en el verano de 1978 o bien usaba como introducción a “She’s the One” (es el caso de “Mona”, “Not Fade Away” o “Gloria”). Y ha recuperado también la electricidad que desprendía en esa época, con auténticos derroches de energía en actuaciones de más de tres horas (¡y sin descanso!).
Nashville, 21 de agosto.
Empezamos nuestra ruta de verano en Nashville. La ciudad respira y transmite música por los cuatro costados. Su calle principal, Broadway, es un nido de bares y restaurantes de aspecto vaquero, más bien cutre, donde hay actuaciones sin descanso de bandas locales. Puedes entrar en cualquier bar y encontrar un grupo tocando country o rock. Bandas eficientes pero más bien carentes de interés, y todo demasiado enfocado al público turista. A una calle de Broadway se encuentra el Country Hall of Fame Museum. Visita obligada para amantes del country, se trata de un espectacular colección de objetos, artefactos y proyecciones de toda la historia del género. Puedes pasar horas y horas para absorverlo todo. En medio de la exposición (de varios pisos) se muestran un Cadillac de Elvis, vestidos de Dolly Parton o las guitarras de Hank Williams.
En el propio museo venden entradas para una ruta por el “Music Row”, las calles donde se agolpan todos los estudios de grabación y los sellos discográficos. Allí podemos visitar el Studio B, donde Elvis grabó algunas de sus canciones, o Roy Orbison grabó “Only the Lonely” o “Dream Baby”. Las visitas al impresionante Ryman Auditorium (donde Springsteen actuó en 1996) y el Grand Ole Opry (por donde pasaron todos los mitos del country) ponen punto final a la ruta turística. Sin su historia musical (más bien pasada), Nashville sería sólo otra ciudad olvidable en el centro del país. Lo más interesante de Nashville el 21 de agosto era el concierto de Springsteen en el Sommer Center, un espectacular y moderno pabellón de hockey en Broadway.
Antes del concierto el personal de Springsteen pone pulseras numeradas a todos los que se presentan entre las 2 y las 5 de la tarde con entrada de pista. A las 5 en punto, con los mil y pico fans presentes (todos en perfecto orden numérico), se procede al sorteo. Tenemos la pulsera 290 y el número que sale ganador es el 257. ¡Bingo! Poco a poco hacen entrar a los 500 que están entre el nº 257 y el 757. Nos quedamos en el pasillo interior del pabellón, desde donde se ve y escucha la prueba de sonido: ¡está sonando “Mountain of Love”! el estupendo tema de Harold Dorman que Bruce tocó en contadas ocasiones a principios de 1975 (la versión más famosa es la del concierto en el Main Point, de febrero de ese año). Minutos más tarde Bruce y los suyos ensayan “Let The Good Times Roll” durante un rato. A pesar de que suenan ya como si las hubieran tocado cada día, finalmente quedarán sólo como un recuerdo del ensayo. Cuando Bruce abandona el escenario nos dejan bajar al pit, uno a uno, sin carreras, con total calma. Los americanos se toman esto muy en serio, y cada diez metros hay personal de seguridad y todo el mundo camina con una calma absoluta. El que corra ya sabe su destino: fuera de la zona reservada. Sin ningún tipo de histeria los 500 que estamos en el pit nos sentamos en el suelo hasta el inicio del concierto. Nadie intenta colarse, ni ganar unos centímetros. Si uno va al baño, al volver su posición sigue libre.
Tres horas más tarde empieza el concierto con “Out in the Street”. La intensidad se palpa desde el inicio del concierto, la vuelta a los pabellones es beneficiosa para todos, banda y público. El tamaño de este pequeño pabellón de hockey permite una cercanía que aumenta la excitación del momento. Tras “Spirit in the Night”, baño de masas incluido, con Bruce literalmente encima de la gente, llegan las primeras sorpresas tras recoger una docena de carteles con peticiones: “Good Rockin’ Tonight”, un clásico de R&B; reconvertido en un acelerado rock’n'roll que no tocaba desde 1980, seguida de “Growin’ Up”. El cartel que la pedía decía, literalmente: “toca Growin’ Up con la historia de la maldita guitarra”. Y así lo hace Bruce. Como en 1978, incluye la historia de su padre maldiciendo que tocara la “maldita” guitarra, para años después pedirle que dejara de tocar la “bendita” guitarra. Un momento especial. Le siguen “I’m Goin’ Down” y “Held Up Without a Gun” seguida sin pausa por una emocionante versión de “Loose Ends”.
La intensidad del show no desciende en este momento sino todo lo contrario:
a las peticiones especiales de los fans le siguen las versiones más intensas que recuerdo de “Youngstown” y “Murder Incorporated”, directamente enlazadas con “She’s the One”, ésta vez incluyendo la intro de “Mona” (Bo Diddley), como lo hacía en 1978. Otro momento especial para un concierto especialmente bueno. Tras el tostón de “Livin’ in the Future” y “Mary’s Place” (momento que el público aprovecha para abandonar masivamente el local en busca de bebida y comida o para visitar el baño), Bruce homenajea a Nashville con una brevísima versión del clásico de Johnny Cash “I Walk the Line” antes de enlazar directamente con “I’m on Fire”. El set principal acaba, como es habitual, con “The Rising”, “Last to Die”, la cada vez más intensa “Long Walk Home” y una versión de “Badlands” excesivamente larga al final. Los bises mantienen la intensidad del concierto con incendiarias versiones de “Rosalita” y “I Fought The Law” (de Bobby Fuller, un clásico que no sonaba desde 1984, y estreno en la gira), dedicada al aniversario de Joe Strummer de The Clash.
I Fought The Law:
Rosalita (con Dave Bielanko, de Marah):
Salimos del concierto pensando que hemos asistido a una de las mejores noches de la gira, del mismo nivel que los conciertos en marzo en Milwaukee o Indianapolis, y nos adentramos de nuevo en la calle Broadway, pasando del rock’n'roll más auténtico y sincero al country postizo de los bares y restaurantes repletos de sombreros y botas de cowboy y decadentes luces de neón.
St.Louis 23 de agosto.
Una fecha para marcar en el calendario. La ciudad de Missouri, famosa por su gigantesto arco frente al Mississippi, ha sido parada obligatoria en cada gira de Springsteen. Aquí sucedió, en 1980, la anécdota más famosa de la gira de The River. El día antes de sus dos conciertos en la ciudad, el 16 de octubre, Bruce se va al cine a ver Stardust Memories de Woody Allen. Dos fans le reconocen y le invitan a sentarse junto a ellos. Al acabar la película le proponen ir a cenar a su casa; Springsteen acepta y pasa varias horas junto a la familia de los dos fans. Desde entonces, Sophie Satanovsky (ver vídeo) y sus hijos Steve and Lisa no se pierden ni un concierto en su ciudad, siempre invitados por Springsteen.
El concierto del 23 de agosto es para enmarcarlo. En las pruebas de sonido pudimos ver a Springsteen ensayar “Then She Kissed Me”, “When You Walk in the Room” y “Little Queenie”, canciones que solía tocar en 1975 en clubs como el Bottom Line o el Roxy, donde dio conciertos que fueron retransmitidos por radio y que sin duda todos atesoramos. Con hora y media de retraso, sobre las nueve de la noche empieza el concierto en el Scottrade Center con una intensa versión de “Then She Kissed Me”, de The Crystals, que nos pone los pelos de punta y marca el tono para el resto de la noche. La versión de “Radio Nowhere” que le sigue es la mejor que hemos oido en la gira, con Springsteen y la E Street Band hiperrevolucionados y Max Weinberg enloquecido con imponentes redobles de batería. Parece que toquen como si fuera el último concierto de su vida. Se mantiene la tensión con “Out in the Street” y una desbocada versión de “Adam Raised a Cain” que, de nuevo, sube el listón con desquiciados solos de guitarra como pocas veces hemos visto.
Then She Kissed Me:
Adam Raised a Cain:
Llevamos 5 canciones y estamos ya boquiabiertos. ¿Qué le pasa hoy a Springsteen? ¿Se ha tomado la pildora de la eterna juventud, las espinacas de Popeye o ha tocado la kriptonita de Superman? Tras otra excitante versión de “Spirit in the Night” revolcándose sobre la gente de las primeras filas, empieza la recogida de carteles y la tanda de peticiones de los fans. Esta vez la selección es impecable y las interpretaciones de “Rendezvous”, “For You” y “Backstreets” son escalofriantes, junto al estreno de “Mountain of Love” que pone a todo el pabellón en pie. Como dicen los americanos, “holy shit moments”, uno tras otro, sin descanso.
Mountain of Love:
Springsteen nos noquea definitivamente con la más incendiaria versión oida de la recuperada “Gypsy Biker”, donde parece no querer acabar nunca el duelo de guitarras con Little Steven, seguida de “Because the Night” y la imprescindible “She’s the One”, esta vez precedida de “Not Fade Away”, otro guiño a la gira ’78. El concierto está en su momento álgido, la tensión es increible e incluso “Livin’ in the Future”, “Cover Me” y “Mary’s Place” se digieren sin disgusto cuando Springsteen está en plena efervescencia. Y llega el momento más esperado por muchos fans: “Drive all Night”, el clásico eterno de The River, en una versión de 10 minutos con un crescendo final memorable.
La noche es ya histórica pero Springsteen no ha agotado las energías. Tras la breve pausa que sigue a “Badlands”, los músicos vuelven al escenario para 7 bises, donde destacan especialmente la impecable versión de “Jungleland” y un trepidante “Detroit Medley”. Tras “American Land” el pabellón explota en un griterío ensordecedor como sólo habíamos oido en el Palau Sant Jordi. Se hace necesario taparse los oidos. La gente se ha vuelto loca, y Springsteen se ve obligado a volver al escenario. Dedica “Thunder Road” al nadador Michael Phelps y a su manager Barbara Carr. Una versión acelerada y más fiel a la original que la que suele tocar en estos últimos años. El griterío al final de la canción no cesa y Bruce nos sorprende con los acordes iniciales de la fenomenal “Little Queenie” de Chuck Berry (St.Louis es la ciudad natal de Berry).
El público estalla y los cinco minutos siguientes son totalmente indescriptibles, en un inesperado final que nos lleva al delirio. Imposible quedarse pasivo ante lo que estamos viviendo. Tras varias repeticiones, la canción acaba, el público aplaude, grita y salta como nunca mientras Bruce y la banda se despiden tras más de tres horas de concierto. Imposible contenerse. Springsteen agarra de nuevo su guitarra, la banda corre a sus posiciones mientras Bruce grita “for Sophie!”, señalando en la grada lateral a Sophie y sus hijos, con quienes compartió esa noche de otoño en 1980, y les dedica “Twist & Shout”. Son cinco minutos extras a ritmo trepidante, como en los mejores tiempos. ¿De dónde saca la energía? ¿Cómo definir un final así? ¿Genial? ¿Delirante? ¿Explosivo? Se agotan los adjetivos. El público está (estamos) totalmente exhausto, agotado, cansado, pero saliendo más satisfecho que nunca de un concierto inolvidable.
Los comentarios en la calle por parte de fans que han visto más de 400 conciertos desde 1973 son unánimes
: este es el mejor concierto desde 1984, ó 1981 para algunos. No ha sido otra noche más sino algo especial e irrepetible.
Kansas City, 24 de agosto.
La experiencia de la noche anterior en St. Louis había puesto el listón demasiado alto incluso para el propio Springsteen. Fuimos al concierto con muchas expectativas y preparados para cualquier cosa.
Y fue, sin duda, una noche repleta de sorpresas. Desde el inicio con la inédita “Ricky Wants a Man of Her Own”, seguida de “Cynthia” (ambas de la caja Tracks) o el estreno en la gira de “Devils & Dust”. Lo más sorprendente fue ver a Max Weinberg cantar. Bruce recogió un cartel que decía “Let Max Sing!”, e hizo que Max cantara “Boys”, el tema de las Shirelles que Ringo Starr cantaba en un disco de los Beatles. Más tarde es Soozie la que canta “It’s All Over Now” de los Rolling Stones, a duo con Bruce. Momentos curiosos, pero algo fuera de lugar en el concierto, que dio un bajón importante (al que seguro que contribuyó también la petición de “Working on the Highway”). Sólo se recupera la tensión con “Candy’s Room” y una impresionante “Gypsy Biker”, aunque el concierto pierde fuelle según avanza, incluyendo los diversos errores de la banda en “Mary’s Place”, en una larguísima versión.
“Sandy”, dedicada a Danny Federici, es el primer bis, seguido de “Tenth Avenue Freeze-Out”, nuevamente con dos errores garrafales de la E Street Band, que fuerzan a repetir la introducción inicial y parte del final. El concierto, y la gira (como el
propio Bruce indica, “este es el último concierto oficial de nuestra gira Magic”) acaba con una buena versión de “Rockin’ all Over the World” de John Fogerty, celebrada por los 15.000 asistentes que llenan el Sprint Center.
El público levanta en ese momento docenas de carteles con la frase “Thank You”. Bruce recoge emocionado uno de ellos y lo muestra al público. Ahora sí, Springsteen agradece al público una y mil veces (“Gracias por apoyar la gira, gracias por venir a nuestros conciertos, gracias por dar apoyo al disco Magic y a toda nuestra música durante años. Gracias Kansas, gracias E Street Nation”) y se va por la parte trasera del escenario, saludando al público una última vez antes de desaparecer (foto).
Boys/Cadillac Ranch: