BRUCE SPRINGSTEEN – WRECKING BALL
UN PUÑADO DE PENSAMIENTOS SOBRE UN PUÑADO DE CANCIONES DE NUESTROS TIEMPOS
por Héctor G. Barnés
En el pequeño lema que se situaba debajo del logo de la revista Broadside, aquella publicación neoyorquina que a principios de los años sesenta recopilaba las canciones de los compositores folk más políticos, se podía leer “a handful of songs about our times” (“un puñado de canciones sobre nuestros tiempos”). Es un subtítulo que podría haber llevado perfectamente este Wrecking Ball, disco de la Crisis de un Springsteen cuya inspiración, a partir de la sima crítica y comercial que significaron Human Touch y Lucky Town, ha necesitado casi siempre una motivación externa para espolear su inspiración y enfocar el concepto de su álbum, ya sea a través del trabajo periodístico de Dale Maharidge en The Ghost of Tom Joad, el 11 de Septiembre en The Rising, o la era Bush en la trilogía Devils & Dust, We Shall Overcome y Magic. Sólo el vilipendiado Working on a Dream parece responder a motivaciones diferentes: la experimentación formal con el lenguaje del pop y la representación de una determinada tranquilidad emocional que ya aparecía en aquellos álbumes de 1992. Pero como bien afirmó el propio músico, parece ser que los discos felices no gustan a sus fans, y en cierta forma, la gira confirmó cierta mala conciencia por publicar un disco feliz en tiempos de crisis al recuperar canciones como «Seeds», «Johnny 99» o «Youngstown».
Volviendo a Broadside y a los músicos que en ella publicaban —Bob Dylan, Phil Ochs, Peter La Farge, Pete Seeger, Tom Paxton, por nombrar a los más conocidos, pero también a la vertiente “blanca” del asunto—, Wrecking Ball intenta recuperar y actualizar su espíritu. Y si es este y no otro es por la relación que dichos músicos mantenían con su pasado: el folk de comienzos de los sesenta era la derivación autoconsciente, urbana, moderna, de la música tradicional. Una música nacida de la convicción de una América invisible unida por una misma música que ya no era local sino nacional, de costa a costa, algo posible tras el éxito del rock’n'roll. No se trataba, por mucho que haya quien lo pretenda, del folk primigenio, originario, sino una nueva oleada que se fijaba en modelos pretéritos, considerados en muchos casos como anacrónicos y superados ya en esos años.
Springsteen se propone como misión principal algo semejante: recoger distintas tradiciones, reescribirlas y devolverlas al público (ya ni siquiera americano, sino global) sabiendo que pocos artistas contemporáneos podrán conocer una mayor difusión. Y si en aquel grupo de cantantes Phil Ochs alternaba con el Reverendo Douglas Kirkpatrick, Pete Seeger con Elaine White y Dylan utilizaba un espiritual negro como base para «Blowin’ in the Wind», Springsteen directamente samplea dichas voces para integrarlas en su discurso. Ya no se trata de una colaboración de tú a tú que derriba las barreras entre blues y country, entre cultura negra y blanca, sino que Springsteen oficia de médium para traer, aquí y ahora, las voces de un pasado que se reconoce mejor en cuanto que fue capaz de conformar un lenguaje alternativo al de la cultura oficial y mayoritaria: el lenguaje aquí hablado es un esperanto de la social music americana.
Quizá de la utilización de dichos samples se puede descubrir gran parte del argumento del álbum, que va más allá de la furibunda gresca anti-banqueros que la gran parte de medios han querido ver, ayudada por esas referencias tan evidentes que Springsteen ha situado (quizá demasiado) estratégicamente como anzuelo, como punch lines.
Dos de los samples utilizados provienen de las grabaciones realizadas por el polémico Alan Lomax durante su prolongada relación con la América profunda. Y conviene recordar, más allá de la habitual mitología que envuelve al personaje, de dónde proviene dicha polémica: en Lost Delta Found: Rediscovering The Fisk University-Library Of Congress Coahoma County Study, 1941-1942, Lomax era acusado por otros estudiosos de orientar su visión y su investigación a ilustrar una idea preconcebida, idealizada y heroica de la música blues y tradicional, propia del hombre blanco.
Algo similar ocurre con la América imaginada y cantada por Springsteen, una improbable sociedad en la que el canto irlandés, el gospel, el blues de los trabajadores, el hip-hop y el country se encuentran al mismo nivel, forman parte de esa lengua franca que une todas las músicas que han dado voz a la clase trabajadora. Hay un alto componente espiritual y trascendente en todo el álbum, un matiz que prácticamente se ha pasado por alto en la mayor parte de referencias al disco: allí donde hay un banquero avaricioso, suele aparecer acompañado por un predicador; allí donde hay una apelación a la lucha, la hay a la fe; y por cada referencia a las armas, hay otra a Jesucristo. Springsteen explicaba bien esta dicotomía en su aparición en Spectacle, el programa de Elvis Costello, a propósito de Sam & Dave: uno era el cantante terrenal, el otro el espiritual, uno tenía sus raíces en el suelo, otro miraba hacia las alturas. Y en la conciliación de ambas facetas, aseguraba Springsteen, surge la mejor música. De eso trata Wrecking Ball.
De lo terrenal a lo espiritual
El disco se divide inequívocamente entre una primera mitad más terrenal, en la que abundan las referencias al dinero, al trabajo, a los escollos materiales y a la crisis, marcada por el ritmo del bombo y por las marchas militares, para dejar paso en su parte final a lo espiritual, a la fe y, en última instancia, a una conciliación entre la lucha social y la resurrección cristiana bastante propia del Springsteen reciente. Allí donde The Rising era una oración por los fallecidos y una plegaria por la comprensión hacia el Otro y We Shall Overcome una fiesta de taberna que recogía el lado más hedonista de la música tradicional, Wrecking Ball sintetiza ambas tendencias en una visión del mundo no tan lejana a aquella que inspiró a Martin Luther King en su famoso discurso del Capitolio y en la que no olvidemos que, utilizando el mismo procedimiento de citación que está utilizando Springsteen hoy, se basaba en «My Country ’tis of Thee», un himno patriótico del siglo XIX, que incluía el célebre “let freedom ring” que encuentra su eco en el “bells of freedom ringin’” de «Land of Hope and Dreams».
«We Take Care of Our Own» sufre del mismo problema que arrastran todos los singles de Springsteen desde Human Touch: su condición de slogan más que de canción. De “el mundo necesita un toque humano” a “¿hay alguien vivo ahí afuera?” pasando por “vamos a alzarnos”, «We Take Care…» es apenas un himno acompañado por ese bombo a negras y crescendo recurrente extraído de «The Rising». Y aunque suene potente y razonablemente elegante, sorprende que haya sido comparada con «Born in the USA», una canción completamente narrativa. Allí donde su himno post-Vietnam era inequívoco, directo y acusador, «We Take Care…» está anegada por esa simbología ambigüa, elíptica, de matices tímidamente religiosos y, en casos como este, cobarde, que caracteriza parte de la última escritura de Springsteen: ¿qué representan esa puerta y ese trono? ¿Es la campaña presidencial, son las puertas del cielo? ¿Qué pintan aquí Nueva Orleans y Chicago, y qué tienen que ver con el hueso y el músculo? ¿Es un llamamiento a la solidaridad popular ante la inoperancia gubernamental o una canción irónica sobre el patriotismo? En realidad, como el propio Springsteen contaba, es una pregunta que se realiza al principio del álbum. El problema es que antes, Springsteen tenía el valor de afirmar: si nacías en Estados Unidos, podías terminar en una guerra extranjera, parado e inválido. Por el contrario, «We Take Care of Our Own» sugiere tantas cosas que termina por no significar nada.
Más literal es «Easy Money», que prosigue esa línea de hedonismo criminal de «Meeting Across the River» o «Atlantic City». Pero lo que antes era un universo que explotaba a través de unos pequeños detalles, ahora parece constreñido por la mera funcionalidad de la canción inserta en un nuevo repertorio que, eso seguro, funcionará bien en directo: en ese sentido, tiene más que ver con canciones distendidas de Born in the USA como «Darlington County» o «Working on the Highway» (recordemos, rescatada de Nebraska) que con las anteriormente citadas, al disfrazar su nihilismo con una música sensual. Aquí aparece la primera referencia a los “gatos gordos” de Wall Street, que se prolongará en «Shackled & Drown», y a las armas de fuego como expresión máxima de la violencia catártica de «Nebraska», aquí en la forma de un Smith & Wesson.
Fue Alan Lomax quien registró «Ragged & Dirty» de Willie Brown, y precisamente Dylan la recuperó en World Gone Wrong. Quizá sea esa canción la base de «Shackled & Drown»; al menos, comparte su lengua, omitiendo la frustración sexual tan habitual en el blues tradicional, como signo de una frustración social mayor, y reemplazándola por el orgullo del trabajador que se mancha las manos. Quizá sea el tema más cercano a la música de la Seeger Sessions Band, una mezcla de esa estructura de blues con el sonido irlandés del acordeón y el violín. Pero en ningún momento el álbum termina de compartir la libertad de la primera toma de aquel disco: frente a la espontaneidad de We Shall Overcome, Wrecking Ball vuelve a ser presa del estudio y la frialdad de los “overdubs”.
«Jack of All Trades», una de las cimas del álbum y su particular «Workingman’s Blues #2», comparte esa visión cotidiana y materialista de los temas precedentes. De hecho, se siente como la continuación natural de la histórica «Drive All Night», aquella balada de The River que condensaba en el mero acto de conducir toda la noche para comprar unos zapatos todo el sentido de la vida diaria. En esta, podar el césped, limpiar las hojas y arreglar el techo son la promesa que ofrece el narrador de la canción para superar los malos tiempos: el trabajo manual y físico como signo del amor incondicional. El paisaje sonoro se expande esta vez, en lugar de por el saxo del ausente Clarence Clemons, por el sonido de unos vientos que apelan explícitamente a las marchas de los años treinta, como Springsteen confirmó en la rueda de prensa de París. Sin embargo, la canción viene focalizada por su verso final, en el que el cantante anuncia que “si tuviese una pistola, encontraría a todos esos bastardos y me los cargaría”. Se trata de un acertado giro final que nos hace reinterpretar la canción: de encontrarnos en territorio The River, de repente nos damos cuenta que hemos llegado sin saber cómo a Nebraska. Es un deslizamiento genial que recuerda por qué la reputación de Springsteen como escritor sigue vigente.
«Death to My Hometown» es, en su sinceridad y ausencia de rodeos, una de las cimas del álbum. Se trata de una arenga que podría haber sido escrita perfectamente por el primer Phil Ochs, el de «I Ain’t Marching Anymore», un himno de batalla irlandés —mezclado con, ojo, el canto sampleado de la Alabama Sacred Harp Convention— que niega una de las constantes springsteenianas de forma casi desesperada (ese “hometown”) y recupera la euforia del canto social, comunal, para lanzarlo a una nueva dimensión: si hay algo que se pueda considerar stadium-folk, es esto. Por el contrario, «This Depression» resulta algo fallida en su intento de mimetizar las producciones de Daniel Lanois: de hecho, su ambiente recuerda poderosamente al «Most of the Time» de Dylan. Sospecho que un sonido más natural la habría beneficiado, y creo que una hipotética interpretación en una futura gira acústica le dará un nuevo brillo. Quizá lo que me moleste en el fondo sea esa rima insistente entre “confesión” y “depresión”: como suelen decir los manuales de guion, un buen diálogo romántico no debe citar nunca la palabra “amor”.
«Wrecking Ball» ha sido repetidamente desdeñada por haber sido escrita como una novelty song con motivo del derribo del Giants Stadium, pero precisamente por ello funciona bien: al utilizar lo particular para definir lo general, Springsteen consigue retratar toda una idea —nuestro proyecto ha fracasado, cada vez nos queda menos pero aún seguimos adelante— apelando a la mera rememoración de los éxitos deportivos, a un pasado ideal que no es el suyo, pero del que ha participado. Aquí, ambientado por un sonido no tan lejano del de Arcade Fire (una influencia de ida y vuelta) comienza a asomar ya el tema de la segunda parte del álbum, con ese “esta noche todos los muertos están aquí”.
Paradójicamente, «You’ve Got It» es el tema más desconcertante del álbum, embutido entre la canción titular y la trilogía final, un pequeño rock’n'roll que recuerda a aquellas maquetas pre-Born in the USA como «This Little Girl», «Betty Jean» o la versión primigenia de «My Hometown». Quizá destinado a aliviar al álbum de la tensión previa, de igual forma que «Waitin’ on a Sunny Day» lo hacía en The Rising, también puede interpretarse como un recordatorio de la importancia de la confianza en uno mismo, de la necesidad de pasarlo bien también en los malos tiempos, y de descubrir lo que nos hace únicos: nuestro alma. Así, se constituye casi como una visagra entre ese inicio terrenal y la deriva espiritual final.
Precisamente es en la conclusión del álbum donde se encuentra lo mejor del mismo. «Rocky Ground» puede recordar a esa mezcla de ritmos pregrabados y sintetizadores que definió a «Streets of Philadelphia», pero más bien es la primera vez que Springsteen ha sido capaz de jugar con pleno derecho, y salir triunfante, en uno de los territorios que siempre ha querido conquistar y que hasta ahora se le había vedado: el de Curtis Mayfield, Marvin Gaye, Staple Singers. Es decir, ese soul social de principios de los setenta que conjugaba la fe con la lucha negra, algo difícil de entender para un europeo (ya no digamos para un español), pero algo especialmente imbricado en la sociedad afroamericana de la época, donde sus políticos eran también sus sacerdotes, donde de la Iglesia nació el rock and roll pagano, donde lo profano y lo sagrado iban de la mano, como se puede apreciar en el documental de Charles Burnett Warming by the Devil’s Fire. Ese pastor que aparece en «Rocky Ground», al que su rebaño ha abandonado, podría ser Moisés, podría ser Jesucristo, pero también Martin Luther King u Obama. Y aunque en la misma aparece el «I’m a Soldier in the Army of the Lord», sospecho que la primera inspiración del tema sea «Rocky Road», un tema cantado por la Alabrama Sacred Harp Convention —sí, los mismos de «Death to My Hometown»— y que aparece en la antología de Harry Smith.
La sensacional y remozada «Land of Hope and Dreams» es el siguiente escalón en el ascenso final: ¡cómo ha cambiado este tema de aquella larga y anticlimática pieza que cerró los conciertos de 1999! Decía Dave Marsh, muy acertadamente, que el tema “era el grial del rock and roll, la revolución y la salvación, Sister Rosetta Tharpe, Woody Guthrie, Curtis Mayfield, Sam Cooke, los Rolling Stones y Bob Dylan al mismo tiempo, mi sueño convertido en realidad” y esta es su versión definitiva, desprovista ya de la en ocasiones morosa monotonía de sus interpretaciones en vivo. En ningún otro momento de su discografía Springsteen ha sabido conjurar tan bien matices raciales (los coros que abren la canción), metáforas sonoras (ese riff que resuena insistentemente como las ruedas del tren), guiños sentimentales (ese último solo de Clarence Clemons) y referencias musicales (el «People Get Ready» de Curtis Mayfield y los Impressions), de conjugar tan acertadamente una declaración de amor —al fin y al cabo, es una canción en segunda persona— con la promesa de la salvación para configurar la que ya no es sólo la mejor canción de los últimos quince años de su autor —el mejor ejemplo de ese neo-gospel al que aspira—, sino quizá una de las mejores composiciones que jamás ha escrito.
Y llegamos aquí a la estación final, «We Are Alive», síntesis y canción señera de toda la cosmogonía Springsteen en pleno 2012. Aquí conviene traer a colación a Bob Dylan: mientras la concepción del tiempo que propone Springsteen es, ante todo cíclica, en el caso de Dylan es más bien atemporal. Si en la obra del de Minnessotta es difícil distinguir entre pasado, presente y futuro, confundidos en un continuum que no entiende de evoluciones, la argumentación del de New Jersey es que todo se repite, como afirmó en la rueda de prensa de París: la huelga de 1877, el atentado realizado contra una iglesia baptista de Alabama en 1963 por el Ku-Klux Klan y los espaldas mojadas que pierden cada día su vida en la frontera mexicana se citan en ella como los mártires de un culto social. El disco concluye con la resurrección (espiritual) de dichas víctimas, también con un posible recordatorio a Clarence Clemons (“que tu mente descanse, duerme bien, mi amigo, son sólo nuestros cuerpos los que nos traicionan al final”) en uno de esos capítulos de sordidez que tan queridos son al último Springsteen, al situar a su protagonista seis metros bajo tierra, atrapado en su ataúd, rodeado de gusanos, y finalmente resucitado.
En este sensacional tema final, que en un alarde de inteligencia no flota sobre sintetizadores y ambientes espectrales, sino que recupera la terrenalidad de la música de hoguera, el crujido del vinilo, las palmas y el silbo, y la sensualidad de las trompetas de «Ring of Fire», se vuelve a aquella metáfora del fuego que aparecía insistentemente en La carretera de Cormac McCarthy, una novela que no está nada lejos del universo springsteeniano: tanto una como otra recurren a un determinado tipo de cristianismo y de confianza en la solidaridad humana como solución a un mundo que encara su propio fin. El fuego es nuestra herencia, como personas y como sociedad, y lo que nos distingue como seres humanos, afirman ambos.
El canon, la posteridad y el ahora
El mayor problema al que ha de enfrentarse el álbum sea quizá su condición de Frankenstein, de recopilación de referencias de segunda mano que se sienten manoseadas, ajenas. Bob Dylan ha propuesto algo no tan distinto durante los últimos veinte años (por no decir siempre), pero encuentro una diferencia crucial entre lo que siento escuchando los discos de Dylan y lo que siento cada vez que escucho Wrecking Ball: allí donde los arcaismos dylanianos parecen parte esencial de su personalidad, su lengua materna, en la música de Springsteen suenan a impostación, de igual forma que lo hace el acento sureño de algunas canciones de The Ghost of Tom Joad o Devils & Dust. Paradójicamente, la canción más satisfactoria en ese sentido es «Swallowed Up (in the Belly of the Whale)», pues es la única capaz de dibujar un marco propio, nunca antes oído, con el que ilustrar la peripecia de esos marinos engullidos: es casi una canción de Low, una nueva senda en la música springsteeniana, más ambiental y fascinante que nunca.
Por ello mismo Wrecking Ball no termina de funcionar a cierto nivel: carece del misterio ancestral que envuelve a toda la producción dylaniana. Cuando el de Minessotta canta “el poder adquisitivo del proletariado se hunde, el dinero cada vez vale menos”, a pesar de su elocuencia, nos preguntamos si realmente ha cantado lo que acabamos de oír, y cuando titula una canción «The Levee’s Gonna Break», no sabemos si habla del Katrina o de la inundación de Mississippi de 1927, de las dos cosas o de ninguna. Cuando Springsteen hace lo propio, no tenemos esa duda: el concepto inicial es tan evidente que elimina cualquier sugerencia, pero al mismo tiempo favorece la utilidad y la urgencia del álbum, que en el fondo es lo que Springsteen busca. Mientras en un pasado el llamado Jefe era un compositor inductivo, que miraba a su entorno inmediato y comprendía que algo no funcionaba, ahora es deductivo: las canciones se desprenden del concepto inicial, lo que hace que el “yo” se desvanezca a favor de un “nosotros” que lo engulle todo: quizá sea ese su mayor defecto.
Es completamente imposible, por la propia magnitud del artista, que vuelva a existir un quórum sobre su obra, ni positivo ni negativo. De hecho, nunca lo hubo, ni siquiera con sus discos ahora considerados clásicos: ni con Born to Run, ni con Darkness on the Edge of Town ni con Born in the USA, mucho menos con los siguientes. El problema, me atrevo a afirmar, es meramente formal: ninguno de sus grandes trabajos ha sonado de forma semejante al anterior (salvo Magic, criticado precisamente por ello mismo), sino que al ser cada uno una reacción al anterior, al diseñar un nuevo paisaje sonoro para cada obra, sensible a las corrientes de cada momento, sus parámetros formales (Spector, Dylan, Stones) quedan diluidos. Me temo que aunque la mayor parte de nosotros consideremos que el auténtico Springsteen es el de Darkness on the Edge of Town, no lo es: si hay un auténtico Springsteen, se encuentra en sus temas, no en su forma musical, y así va a seguir siendo hasta el día que muera.
En cierta forma, Springsteen —como tantos otros contemporáneos— ha rechazado el rock como una forma de expresión válida, considerando como tal el lenguaje que nació en los cincuenta, conoció su etapa clásica a finales de los cincuenta y sesenta y declinó en los años setenta: ¿qué discos de rock han trascendido socialmente durante la última década? Es más, ¿qué rock, más allá de las escenas autolimitadas de cada palo (americana, garage, punk), se sigue haciendo hoy en día? Para que un álbum goce de relevancia, parece que ha de orientarse hacia el soul, hacia el hip-hop, el indie, el blues, el flamenco o lo que toque; sospecho que nos encontramos en el momento de más baja consideración social del rock, en su sentido más estricto. La mayor parte de la música actual que se escucha en los medios sólo habría sido posible después del rock, pero no es rock.
Pero a diferencia de otros compañeros, no considero que ninguna de las últimas entregas de Black Keys, Lucinda Williams, Steve Earle, Hank Williams III, Mark Lanegan, Leonard Cohen, Joe Henry, Black Lips, Avett Brothers, John Hiatt, Fleet Foxes, Neil Young, Wilco, Ryan Adams, Jayhawks, The Shins o Bon Iver, por nombrar a algunos critics’ darlings que han estado en boca de todos los últimos tiempos o son comparados habitualmente con el de New Jersey, estén necesariamente por encima de este Wrecking Ball, que a la vez ni roza la brillantez de las últimas obras de Low, Bill Callahan, Gillian Welch o Kurt Vile, artistas de otra generación con los que Springsteen tiene más que ver de lo que parece ahora mismo.
En realidad, Springsteen lo tiene fácil: no necesita más que telefonear a Rick Rubin o a Daniel Lanois, encargarles una producción parca (en el caso del primero y los American Recordings de Johnny Cash), ambiental en el del segundo (caso de Time Out of Mind de Dylan o Le Noise de Neil Young), cumplimentar un pequeño repertorio sobre las promesas rotas de los setenta, lamentar la desaparición de los viejos amigos y dejar entrever la posibilidad de la decadencia física del maratoniano corredor de estadios, su muerte física y con ella el final de su universo, la clausura final del eterno ahora de Born to Run. Es el disco que haría salivar a los críticos —que nos haría salivar, quiero decir, pues también me incluyo—, pero por el contrario, Springsteen prefiere seguir siendo vigente, quizá equivocado, hasta coyuntural (como coyunturales suenan a día de hoy gran parte de las canciones de The Rising o Magic), urgente y contemporáneo, más que atemporal y trascendente.
Quizá el problema sea ese, que Springsteen no quiera ser lo que muchos pensamos que deba ser, que prefiere delimitar para cada uno de sus discos un sonido, una lengua, unas pretensiones y unas ideas en continua evolución. Que prefiere seguir siendo vigente y hablar sobre lo que ocurre hoy en día que en mirar a la eternidad. Y se trata de algo que seguramente le haga merecedor de cierto reconocimiento, por mucho que atendiendo al célebre verso de Walt Whitman (“soy grande, contengo multitudes”), el número de multitudes contenidas dentro del Springsteen actual sea tan grande que el propio Bruce de Freehold parezca arrinconado en un rincón, oculto bajo las diversas máscaras de unos personajes que ya no parecen reflejar su mundo interior, sino ocultarlo, disfrazarlo, en aras de una peligrosa pretensión de universalidad que a veces conecta con el oyente, a veces suena lamentablemente falso.
por Julio Valdeón Blanco (New York)
Clarence Clemons hubiera gozado con el espectáculo. Entiéndase, no con la visión de familiares, colaboradores y amigos desolados, sino corroborando que su paso por la Tierra tuvo la altura mítica exigida. Portadas en el New York Times, USA Today, Chicago Tribune, etc. Especiales de 24 horas en tv. Homenajes espontáneos en decenas de bares.
Tanta importancia concedió a la leyenda, bien alimentada por un Springsteen juguetón y entrañable, que sus memorias, publicadas hace dos años, incluían dos tipos de capítulos: los de páginas de fondo blanco, donde supuestamente mentía lo normal, lo que uno miente en ese tipo de artefactos, y las de color gris, dedicadas a contar sus improbables, aunque no descartables, correrías con Groucho Marx o Norman Mailer. La cuestión fiction/faction que tanto ha estudiado Arcadi Espada, resuelta a la brava.
A Clemons, qué duda cabe, le interesaba cultivar una imagen, un personaje que, como explicó Francisco Umbral, tracendiera nuestras chuscas limitaciones. Lo suyo fue un fogonazo que cegaba. Un volcán de raso y cuero que volaba supersónico. Viéndole olvidabas que incluso el más poderoso de los hombres acaba alimentando gusanos. Parecía inmortal. Destinado a sobrevivirnos como mascarón de proa del galeón de una juventud airada. Mitad chulazo mitad superhéroe de Marvel cruzado con pirata, ejercía de polo necesario para que el aceite hirviendo de Springsteen no pusiera todo perdido. Daba réplica al torbellino. Sabía manejarse junto a la fiera rayada. Provocarla y corretear con ella.
Aliviaba en parte la brutal tensión psíquica necesaria para sostener semejantes tormentas, bautizos de fuego imposibles de transitar en ausencia de cómplices. Articulaba, además, la historia de amistad que siempre alentó la E Street Band. El grupo, así, era mucho más que un conjunto de intérpretes ejecutando música. E incluso que una provechosa asociación creativa. Era, es, la pandilla juvenil que trabajaba canina y bebía cerveza. Que perseguía la estela de un cometa cuyas fluorescentes barbas cabalgaban borrachas de velocidad. Envejecieron del brazo a medida que discos, giras, peleas, celebraciones, divorcios y hospitales mordían su armadura de caballeros con tirachinas en vez de espada y guitarra, batería y micrófono en lugar de escudo.
El directo es magia. Espejo donde contemplarnos. Mirador para escapar hacia brillantes desfiladeros, callejones color cerveza, veranos suspendidos, desiertos en exasperado technicolor. En eso, en multiplicar las posibilidades expresivas de una música de por sí rica en matices, asociaciones y hechizo, la dupla Clarence & Bruce no conoció rival. Contemplarlos en los días de gloria, durante las giras del 75, 78 y 80/81, antes del inevitable amaneramiento que trajó el Born in the USA, e incluso hoy, cuando las putas articulaciones impedían aquellos despliegues físicos, pero ya curados del espanto ochentero, sobrios e inteligentes, equivalía a sumergirse en un ritual que hacía buenas las ensoñaciones del rock and roll como blindada camaradería de eternos Peter Pan frente al acantilado. Y aportó más.
Cuando Clarence Clemons se unió a la E Street Band la sangre de Martin Luther King y otros príncipes de los derechos civiles centelleaba fresca. Una banda mestiza llegaba para socavar las repugnantes tiranías de la raza. Explicitaba, de paso, que el rock, y aún más el de Springsteen, era hijo del crisol. Heredero de Elvis Presley y Sam Cooke. Escucha el imprescindible directo del Harlem Square Club, las imprecaciones al público de un Cook poseído, y encontrarás claves. Poco después el soul de Stax, nacido del trabajo, inspiración y valentía de chavales blancos y negros en un antiguo cine de Memphis, había musicado un movimiento liberador que en los discos de Springsteen, y en su puesta en escena, hallaba natural heredero. El beso que ambos, Bruce y Clarence, se daban, era una dentellada incruenta pero explícita contra tanta y tan penosa mierda acumulada en siglos de impostura y odio. Una declaración política, incluso ideológica, sin necesidad de manifiestos. En el segundo que duró quedaba clara la obviedad de que los hombres, por encima de cualquier diferencia, son sustancialmente iguales, hermanos cuyos anhelos musicaban.
En artículo para el Daily News David Hinckley explica que las notas más importantes de Clarence no eran las del saxofón. Ciertamente había siempre algo más en juego, un viaje al fondo de la música que trascendía su contenido. Ese carisma fue su gran arma. Aunque no, ni de lejos, la única. Oh, ya, su digitación quedaba lejos de la de un Charlie Parker o un Coltrane. Carecía de su precisión, de su supertodada técnica. Bueno, jamás pretendió emularles. Lo suyo fue el rock and roll. Tampoco “Be My Baby” debe de compararse, en términos de pura y bruta musculatura mental, con “A Love Supreme”. Ni las rancheras de José Alfredo Jiménez con los discos de Miles Davis. Su territorio es otro.
Quien abjura del rock y demás hierbas silvestres por simples, aquel que las contempla con la mirada del cazador de verbosidades, está perdido. Si se dice, vamos a escuchar algo, mmm, popular, en vez de Adriana Valera, Doc Pomus, Leiber & Stoller, los Stones, la Bernarda de Utrera o Chavela Vargas, o Bruce Springsteen & The E Street Band, optará por el jazz-rock y otras acomplejadas melopeas. Entre el tai-chi de Lou Reed, los recitales poéticos de Lou Reed y el “Heroin” de Lou Reed la elección es obvia, pero el sector cool, incluido el actual Lou Reed, no lo entiende. Springsteen y Clarence sí. Sabían cuál fue su combustible y emblema. No se desviaron.
Volviendo a las disquisiciones sobre Coltrane, la técnica, etc. Lo sustancial, lo que importa, es que en la historia del rock and roll nadie ha firmado más solos memorables de saxo que Clarence Clemons. Tenemos al imperial King Curtis, primera y gran influencia. O a Steve Douglas, que acompañó entre otros a Elvis y fue contratado por Bob Dylan cuando no tenía claro como afrontar su siguiente reinvención. Pero lo de Clarence apabulla: “Born to Run”, “Rosalita”, “Spirit in the Night”, “Jungleland”, “Prove it all Night”, “The Promised Land”, “Badlands”, “Sherry Darling”, “Independence Day”, “I Wanna Marry You”, “Fade Away”, “Drive all Night”, “Bobby Jean”, “Blood Brothers”, “Secret Garden” o “Back in Your Arms” serían impensables sin su aportación.
No es poco para alguien más alabado por su presencia, simpatía y bla bla bla que por su talento. Si se fijan, el listado de clásicos con Clarence de coprotagonista decrece a medida que pasan los años. A finales de los ochenta el sonido del saxo era una herencia del rhythm & blues a la que Springsteen encontraba difícil acomodo. Su escritura, orientada por cuestiones de madurez hacia los tonos sepia y la herencia de Hank Williams, comenzaba a abandonarle. En discos a mi juicio inferiores a los del período clásico, como The rising, Clemons logró reinventarse con una presencia sutil, tal y como señala Luke Lewis en una pieza de NME con la que comparto parte de este argumento. Ya no disparaba aquellos salvajes pasajes marca de la casa, como puede comprobarse escuchando, por ejemplo, el directo del 75 en el Main Point. Se limitaba a dar un paso al frente para clavar el correspondiente solo. Muchas veces calcado del original. Todavía fuerte, poderoso, abrasador o melancólico, a pesar de que la ligereza, la imaginación, no eran las mismas. Para evitar que el ritual se fosilizara ya estaba Springsteen. La misión de Clarence era la del custodio del pasado. Conectaba con el embrujo de una época que rugía, perfumada de vida, mientras tocase.
Creo que con la reciente publicación de The promise Springsteen quiso homenajear la faceta de la E Street Band que auspiciaba Clarence, la que hija de los Four Tops, Sam & Dave o Martha & The Vandellas abrazaba las tapicerías de una América golpeada pero pujante. Recuerdo la última vez que le vi, en el Madison Square Garden, la noche en la que tocaron The river entero. El mejor concierto que les he visto. También estuve la noche anterior, pero fue entonces, con “Fade Away”, “The Price You Pay”, “The Ties That Bind”, etc, con Clarence empujando la carrocería de aquellas canciones que tanto han vivido y tanto nos han vivido, cuando mejor recordé hasta qué punto su sonido, incluso con las inevitables abolladuras, era el sonido del rock and roll que amo. Había que contemplarle levantándose del trono, de la silla eléctrica, de las muletas y aparatajes que disimulaban sus dolores, para creer en milagros. Con un bramido suspendía el tiempo. Con dos minutos por delante te lanzaba a las estrellas. Nadie como él supo acunar los miedos de un público que bajo su sombra volvía a la adolescencia. A apredear farolas. A besar bajo la luz de un candil a la pebeta rubia que ya era dolorido ayer o señora cana. A creer en la mística del coche como vehículo espacial santificado por Chuck Berry que a trompicones, entre saguaros, corre hacia la tierra prometida.
No añadiré que al morir Clarence muere la música, porque es una conclusión necia. Pero sí que, unida a otras muertes privadas y cercanas, el que se va muriendo poco a poco soy yo, mausoleo contra mi voluntad de tantas canciones que me hicieron y que al desaparecer sus hacedores me van dejando solo. Cada día un poco más solo y más triste. Eso sí, mientras duró, apilados en aquel coche desvencijado, desencajados de tanto reírnos, con las ventanillas bajadas, el viento aullando como una llamarada, fue un viaje memorable.
por Salvador Trepat y Pablo Surja
1977
Hoy hace exactamente 34 años que Bruce Springsteen se subió por cuarta noche consecutiva al escenario del Music Hall de Boston para dar el último concierto de su minigira de 1977. Fue un concierto histórico, pletórico, definitivo, y considerado ya uno de los mejores de su carrera. No fue el único: la noche antes, con un par de canciones distintas, fue igualmente extraordinario. Si la tónica en esa época era dar conciertos inolvidables, esas dos últimas noches se salió, superándose a sí mismo y dejando marca en la historia.
Rebobinemos unos meses: la gira ‘Born to run’ acaba en noviembre del ’76 con los conciertos en el Palladium de Nueva York. Springsteen se toma un respiro en invierno, sólo aparente: siguen sus problemas legales con su mánager Mike Appel y el enfrentamiento en los tribunales. Su rabia y su frustración aumenta. No puede grabar, el juez, a petición de Appel, se lo prohibe momentáneamente. Bruce sigue escribiendo canciones durante este periodo de lucha. A las ya estrenadas en los conciertos (“Rendezvous”, “Something in the Night”, “Frankie” y “The Promise”) se unen “Sherry Darling” (una canción alegre -escrita en el 76- en medio del drama, no estrenada ni en directo en esos momentos), “Action in the Streets” y “Don’t Look Back”.
En enero del ’77 Springsteen entra en un estudio, pero no para grabar sus nuevas canciones sino para colaborar con Ronnie Spector. Con la ayuda de la E Street Band graban el single “Say Goodbye to Hollywood” / “Baby Please Don’t Go”. Al parecer las sesiones se alargaron y grabaron muchas más canciones con destino a un posible álbum, que nunca se editó. El resto del material, por tanto, sigue encerrado en algún archivo y nunca se ha publicado. El 22 de enero Bruce sube a un escenario de nuevo: esta vez en un pequeño club de Hillsdale, Nueva Jersey. Sin previo aviso, canta “Carol” y “Rosalita” con la banda Pegasus . Una noche de diversión para mitigar sinsabores.
Ya en febrero se lanza a la carretera de nuevo con la E Street Band: toca sobrevivir y ganarse el pan. Continúa el llamado The Lawsuit Tour, con 33 fechas por Estados Unidos y Canadá. La gira acaba con cuatro conciertos en Boston en marzo. Hay grabaciones de la mayoría de estos conciertos, incluídos los cuatro finales de Boston.
Bruce sigue incorporando a los Miami Horns en estos conciertos. Es una auténtica delicia escuchar a toda la banda entregando sus mejores interpretaciones justo antes de la gira del Darkness. Los conciertos suponen un cambio de actitud respecto a giras anteriores: aparece el Springsteen más rabioso y enérgico, preludio de la gira que llegará al año siguiente. Springsteen apabulla noche tras noche, estrena nuevas canciones y muestra una capacidad de comunicación y entrega inusitadas.
Debuta “Action In The Streets”, una composición muy soul de Bruce, que incomprensiblemente solo apareció durante estos dos meses de gira y se perdió para siempre. Igual de raro es lo de “Don’t Look Back”, estrenada en marzo en un concierto en Ohio, descartada de la selección de Darkness un año después, y olvidada hasta su publicación en Tracks y su reaparición en el 99 en el Reunion Tour.
Datos curiosos de la gira: el 13 de febrero se tiene constancia del primer show conocido con intermedio (concierto en Toronto, del cual existe un fantástica grabación). Una versión revisada de “Something in the Night” abre el concierto en Rochester del 8 de febrero. El famoso “Detroit Medley” suena por única vez ese año en el concierto de Detroit del 15 de febrero. Dos días después, en Cleveland, Ronnie Spector sube al escenario del Richfield Coliseum para cantar “Be my Baby”, “Walking in the Rain”, “Baby, I Love You” y “Say Goodbye to Hollywood”. Del concierto en St.Paul del 19 de febrero se conserva una filmación en Super8, ampliamente circulada entre coleccionistas, que incluye 11 de las 13 canciones del concierto y nos muestra a un Springsteen pletórico.
Llegado marzo Springsteen toca en Florida, y del concierto en Jacksonville (día 4) se conserva otra fantástica grabación con una increíble versión de “It’s my life”. El día 12 en Latrobe, PA el concierto acaba con un intenso “Twist and Shout” mezclado con el clásico de The Premiers “Farmer John”. Salvo algunas rarezas ocasionales, como las aquí mencionadas, la gira mantiene un repetorio bastante estable, abriendo los conciertos con “Night” y cerrándolos con la espectacular “Quarter to Three”.
Y llegamos a los cuatro conciertos en Boston que cerrarán la gira. Hay que poner atención especial a los dos últimos, considerados como algunos de los mejores de su carrera. Estamos, sin duda, ante algo grande. Por suerte, hay grabaciones de buena calidad de los cuatro conciertos, así que podemos echar un buen vistazo a lo que vieron y escucharon los afortunados que asistieron.
El repertorio de los cuatro conciertos es muy parecido, con pocas variaciones, pero llegados a este punto parece buena idea poner el listado completo del último concierto:
Night
Don’t Look Back
Spirit In The Night
Incident On 57th Street
Thunder Road
Mona – She’s The One
Tenth Avenue Freeze-Out *
Action In The Streets *
It’s Hard To Be A Saint In The City
Backstreets
Jungleland
Rosalita (Come Out Tonight) *
Born To Run
Quarter To Three *
Little Latin Lupe Lu *
You Can’t Sit Down *
Higher And Higher *
* con The Miami Horns (sección de vientos)
(foto: apoteosis en el Boston Music Hall, 23.3.1977)

El núcleo del concierto está formado por 7 de las 8 canciones de Born To Run, solo falta “Meeting Across The River”. Llegados a este punto se puede ver claramente una criba; quedan pocas cosas de giras anteriores. No obstante, lo que queda es muy sólido: nada menos que “Spirit In The Night” (durante la cual Bruce salta a la pista y se pasea entre el público por los pasillos de los teatros y pabellones), una memorable “Incident on 57th Street” y “Rosalita”, auténticos pesos pesados.
El número de canciones por concierto está entre 15 y 17. Puede parecer un repertorio corto porque a partir de giras posteriores aumenta mucho el número de canciones, pero hay que tener en cuenta que varias de esas canciones son deliciosamente interminables. Un “Rosalita” de la época son 13 minutos, “She’s The One” (con su larga intro) son 12, y “Backstreets”, con un maravilloso interludio, llega hasta los 18 minutos en Boston. Definitivamente no son conciertos cortos.
Las habituales canciones rockeras del final de concierto en esta ocasión son “Quarter To Three”, “Little Latin Lupe Lu”, “You Can’t Sit Down” y “Higher and Higher”, todas de marcado aroma soul, llevando el concierto, acompañado por los Miami Horns, a su máximo desenfreno y delirio. “Higher and Higher”, del inolvidable Jackie Wilson, es quizá uno de los momentos definitivos de su carrera sobre un escenario. Es, sencillamente, apabullante.
Los entendidos en analizar las grabaciones hablan del “Backstreets” del día 25 como el mejor “Backstreets” de la historia. Es la interpretación definitiva, y esa es la palabra clave, ‘interpretación’. No se oye nada increíble que no vayas a encontrar en otra grabación, pero está todo tocado con una gran intensidad, con mucha fuerza y convicción.
De hecho, en toda la gira se nota cierto ‘enloquecimento’ (en el sentido más positivo); las interpretaciones no son grandes por su técnica sino por su emoción. Es algo difícil de explicar. Hay muchas cosas que hemos hablado aquí que son fáciles de contar para que todo el mundo las entienda. La magia de estos conciertos no es una de estas cosas: hay que oirlo.
La grabación que circula es de audiencia, con calidad más que suficiente para apreciar todo bien. Sin embargo no se trata de una de esas grabaciones con sonido espectacular, que te hacen creer que el concierto es más de lo que es. Todo suma: desde el momento inicial con Bruce preguntando al público si está preparado para la última noche, la intro de “She’s the One”, los solos de “Saint in the City” y, sobre todo, cada detalle de un “Backstreets” y un “Jungleland” increíbles, llenos de emoción. La culminación de todo llega con el “Higher and Higher” final, sobrecogedor.
A partir de marzo Bruce actúa de manera ocasional en pequeños clubs con otros artistas, tocando en conciertos de Southside Johnny o The Shakes. A mitad de mayo actúa en tres conciertos en Red Bank sustituyendo a Southside Johnny. Southside se pone enfermo, y para no cancelar sus conciertos ofrece a Bruce el cargo de líder de su banda. Un gran premio para los fans, quienes se encuentran con Springsteen liderando a los Asbury Jukes en una serie de conciertos bautizados como The Asbury Park All-Star Revue, que incluyen al propio Springsteen, junto a Miami Steve (cantante principal), los Asbury Jukes, Ronnie Spector y la E Street Band. Una explosiva combinación para tres conciertos mágicos en el Monmouth Arts Center de Red Bank.
El 27 de mayo se produce un hecho relevante: Mike Appel y Bruce Springsteen se ponen de acuerdo ante el juez para solucionar sus diferencias sin tener que llegar a un juicio público. En el acuerdo conseguido Springsteen queda libre para grabar y trabajar con Jon Landau como productor, y Mike y Bruce se reparten los derechos de las canciones, pasando éste a controlarlas. Al día siguiente Bruce y Steve lo celebran viendo un concierto de Elvis Presley en el Spectrum de Philadelphia. Al parecer, el concierto (uno de los últimos de Elvis antes de morir tres meses después) fue decepcionante y ambos volvieron a Nueva Jersey descontentos.
Llega el verano y Springsteen y la E Street Band entran al estudio por fin para grabar su nuevo álbum (hecho perfectamente documentado en el documental The Promise: The Darkness on the Edge of Town Story). En Octubre Bruce graba unas frases en la canción de Lou Reed “Street Hassle”. El disco se publicaría en marzo de 1978. También cede “Because the Night” a Patti Smith, con quien acaba tocando en directo (piano y guitarra) en clubs de Nueva York. Ya en diciembre Bruce cede la canción “Fire” a Robert Gordon e incluso participa en la sesión de grabación de éste, tocando el piano. También sube a tocar con él en clubs de Nueva York.
(foto: con Robert Gordon y Link Wray en 1977)
El año acaba en New Jersey con un concierto de fin de año de Southside Johnny en el Capitol Theatre de Passaic. Un concierto transmitido por radio y con sorpresa final: Springsteen y la E Street Band suben al escenario durante los bises y el teatro explota con “You Can’t Sit Down”, “The Fever”, “Higher and Higher” y otras. Acabado el concierto siguen las sorpresas: Bruce y la E Street Band y los Asbury Jukes deciden seguir la fiesta por su cuenta, regresan al escenario y tocan la primera versión conocida de “Drive All Night” (en una versión abreviada) como intro a una memorable “Backstreets”. La ingesta de alcohol pasa factura, y Springsteen, claramente ebrio, se olvida la letra de “Born to Run” y acaba arrastrándose por los suelos en una delirante “Quarter to three”. Gran parte del show fue transmitido por radio, y la parte final fue filmada para la posteridad por las cámaras fijas del teatro (como lo harían al año siguiente, inmortalizando dos de los conciertos en Passaic de la gira Darkness). La calidad de imagen es bastante mala pero permite ver/disfrutar de esos momentos históricos.
El delirio de fin de año:
(foto: fin de año en Passaic)
En cuanto a las grabaciones de ese intenso año, el concierto del día 25 de marzo es el que más fama tiene entre los coleccionistas, aunque hay otros que le van a la zaga. Estas son las más recomendables:
13 de febrero de 1977 Maple Leaf Gardens, Toronto, Canadá
22 de febrero de 1977 Arena, Milwaukee, Wisconsin
4 de marzo de 1977 Auditorium, Jacksonville, Florida
13 de marzo de 1977 Towson Center, Towson (Baltimore), Maryland
24 de marzo de 1977 Music Hall, Boston, Massachussets
25 de marzo de 1977 Music Hall, Boston, Massachussets
31 de diciembre de 1977 Capitol Theatre, Passaic, New Jersey
Leer la primera parte (1973).
Leer la segunda parte (1974).
Lee la tercera parte (1975).
Lee la cuarta parte (1976).
por Pablo Surja y Salvador Trepat
1976
Bruce Springsteen se afeitó la barba el 22 de junio del 76, y nunca más se le ha visto con barba. Hasta entonces siempre la había tenido, más o menos arreglada. Este es un dato frívolo pero si tenemos en cuenta la importancia de Bruce y su Telecaster como icono visual sobre todo en los 80, no está de más reseñar que fue este día cuando Bruce dejó de lucir su barba y dio un cambio en su imagen. (Foto derecha: primavera 1976, una de las últimas fotos con barba y pelo largo)
Pero vamos a lo que nos importa, este año hay 68 shows, de los que hay 40 grabados con mayor o menor calidad. Sigue habiendo datos incompletos y no se conocen todos los repertorios.
La gira se bautizó como “The Chicken Scratch tour” (el rasguño del pollo), por los grandes saltos geográficos en el itinerario de la misma, y las distancias entre las ciudades, como si un pollo hubiera rasgado un mapa y elegido así el itinerario. También desde el verano y hasta el 77 se le denominó, off the record, como “The Lawsuit Tour”, en referencia a los problemas legales que hicieron que Bruce no pudiera grabar nuevo material hasta verano del 77.
Quizá no tengamos en este año una grabación clave, no hay un concierto que sobresalga claramente por calidad de sonido o repertorio. Pero el nivel general es impresionante. Vamos a resumir lo más destacable.
Siguen desapareciendo canciones, “Blinded By The Light” dice adios en abril del 76 y no volverá hasta el 2000. Hablemos de algunas de las nuevas canciones más reseñables: son “Something In the Night”, “Frankie”, “Rendezvous” y “The Promise”.
Aunque estamos en plena gira Born To Run, ya está aquí la primera canción del siguiente disco: “Something In The Night”. No es exactamente la misma versión, ni la letra ni la música, pero ya se va perfilando.
“The Promise”, “Frankie” y “Rendezvous” son joyas perdidas, incomprensiblemente olvidadas en los discos publicados. Son muy diferentes entre sí. El Bruce más íntimo en “The Promise”, el de los himnos rockeros en “Rendezvous”, y el de las armonías densas de “Frankie”.
Este es el momento en que entran en escena los Miami Horns, con sus diferentes formaciones a lo largo de los años. Es impensable un “Raise Your Hand” sin esos metales, que por cierto tenían un arreglo más elaborado que en la versión del Live 75/85 (caja que, por otro lado, lamentablemente obvia por completo las giras de 1973 a 1977 -con la excepción de “Thunder Road”, único testigo de esas épocas de lucha y giras constantes-).
Todos conocemos la importancia de esos metales en “Tenth Avenue Freeze-Out”, pero también se usaban en otras canciones de manera muy sorprendente, por ejemplo en “Rosalita”. Hay otras versiones de canciones con metales bastante desconocidas, por ejemplo la estupenda “A Fine Fine Girl” (originalmente “A Fine Fine Boy”, cantada en 1963 por Darlene Love).

Merece comentario aparte el clásico de los Animals, “It’s My Life”, tocado a cámara lenta, muy intenso, con introducción larga y Bruce contando anécdotas sobre su vida y su padre en sus años de adolescente (una versión parcial de esta canción se puede ver en el documental The Promise).
Los primeros flirteos de Bruce con la armónica son en la intro de “She’s The One”, pero durante el año, esa intro experimenta un cambio. Desaparece la armónica y hay una nueva parte de guitarra durante los golpes iniciales de la batería, al estilo Bo Diddley. Es el precedente de lo que se convertirá en la intro de “Mona” a “She’s the One” en 1977 y 1978.
Bruce sigue añadiendo el latiguillo “I’m just a prisoner of Rock and Roll”, al final de “Quarter To Three”. Se trata de una de esas frases ya míticas que grita al público en momentos clave y que va a ser tan habitual de ahora en adelante.
Los conciertos de 1976 van un paso más allá en comparación con los del inicio de la gira Born to Run en 1975. El álbum ha sido un éxito absoluto y Bruce empieza a tocar en recintos más grandes. Deja los clubs y empieza a tocar en teatros, auditorios municipales de mayor aforo y, por primera vez, un palacio de deportes. Será en octubre de 1976 cuando llene, por duplicado, el pabellón Spectrum de Philadelphia. Su carrera despega y los conciertos arrancan con un nivel superior de energía. Bruce empieza a ser una bestia de escenario (más aun), controla audiencias mayores y acelera su intensidad. El concierto suele empezar con “Night” y “Rendezvous” a ritmo trepidante, seguidas de un “Spirit in the Night” donde inicia el que será su clásico paseo por las primeras filas. Con sólo tres canciones tiene al respetable en el bolsilo y totalmente enloquecido. Canciones como “Backstreets” empiezan a alargarse con el inicio del que será el famoso interludio “Sad Eyes”.
El concierto del 4 de abril en la Universidad de East Lansing, en Michigan, es uno de los pocos en los que interpreta todas las canciones de Born to Run, incluyendo “Meeting Across the River”, en una versión con toda la banda, exquisita, a medio tiempo. Esa noche estrena también “Frankie”, tocada en público por primera vez. Tres días después toca en Cleveland, donde interpreta, seguidas, tres joyas: “Incident on 57th Street”, “Frankie” y “Backstreets”. De ese concierto, y de la actuación en la misma sala al día siguiente, circulan grabaciones de la mesa de mezclas.
La Springsteenmania va en aumento, y unos días después, para su actuación en la Universidad Penn State, los fans pasan la noche entera durmiendo en la calle para conseguir entradas. El premio será un largo concierto que incluye “Incident on 57th Street” y un final de infarto con “Quarter to three”, “Detroit Medley” y “Twist and Shout”.
Llega el 29 de abril y se produce un hecho histórico. Esa noche dan un concierto en el Ellis Auditorium de Memphis, y sube al escenario el cantante de soul Eddie Floyd, para cantar con Bruce dos de las joyas que escribió: “Raise Your Hand” y “Knock on Wood”. Ya de noche, tras el concierto, Bruce y Steve toman un taxi y se acercan a Graceland, la mansión de Elvis Presley. Allí ocurre el famoso incidente, Bruce salta la valla, intenta ver a Elvis, el guardia le dice que no está y le echan. Bruce afirmó sentirse avergonzado del hecho y ha contado la historia posteriormente en numerosos conciertos.
Del concierto del 11 de mayo en Alabama tenemos un documento único: un vídeo. Gracias a un aguerrido fan que se llevó su cámara muda de película Super8 (hoy en desuso), a la que recientemente se añadió el audio del concierto. El 28 de mayo toca concierto en la academia naval de Annapolis, y Bruce estrena su versión del clásico “Sea Cruise”, dedicada a todos los marineros presentes. Con este concierto acaba la primera parte de la gira oficial. En los siguientes días Bruce tocará en varios conciertos benéficos y tocará con Southside Johnny en Asbury Park, en la presentación del primer disco de Southside con los Asbury Jukes, producido por Van Zandt. Del 21 de junio es la última foto conocida con barba (ver foto), la noche que se acercó a ver un concierto del grupo de David Sancious, Tone, en en Main Point de Bryn Mawr. Cuando reaparece en un escenario el 4 de julio Bruce ha cambiado ya de imagen.
Esa noche del 4 de julio, Springsteen y al E Street Band hacen una sorprendente aparición en el escenario del Stone Pony de Asbury Park. Tras finalizar el concierto programado de Southside Johnny, éste vuelve al escenario acompañado de Bruce y toda la E Street Band. Ante la eminente sorpresa del público tocan furiosas versiones de “Night” y “Rendezvous”. La noche no acaba allí, Bruce va desbocado y acaba dando casi un concierto completo con su banda.
Con el verano llegan los cambios. Bruce reinicia su gira con 6 conciertos seguidos en el Monmouth Arts Center de Red Bank, NJ (antes conocido como Carlton Theatre y actualmente Count Basie Theatre), donde mantiene las nuevas “Rendezvous” y “Something in the Night” en el set list y añade exhilarantes versiones de “You Can’t Sit Down” de los Dovells y “She’s Sure the Girl I Love” de las Crystals (adaptada del original “He’s Sure the Boy I Love”). La característica principal de los conciertos de esta segunda parte de la gira es la adición de una sección de vientos: la de los Asbury Jukes de Southside Johnny, que se convierten aquí en “Miami Horns”. El nombre se debe a “Miami” Steve Van Zandt, quien se ocupó de seleccionar a los músicos. Durante el mes de agosto acompañan a la E Street Band Carlo Novi (saxo), Ed Manion (saxo), Tony Palligrosi (trompeta) y Rick Gazda (trompeta). Los conciertos adquieren nuevo color y más ímpetu con estos cuatro músicos, dando nueva vida (si cabe) a temas como “Rosalita” o “Tenth Avenue Freeze-Out”.
El concierto del 22 de agosto en Springfield quedó registrado con sonido de la mesa de mezclas, y ha circulado ampliamente durante muchos años, aunque bajo nombres y fechas erróneas (“Live in Philadelphia”, “Streets of Life”, “Arena Rock”…).
Pasado el verano los Asbury Jukes vuelven con Southside Johnny, y Miami Steve recluta nuevos músicos para el resto de la gira. El 26 de septiembre debutan los nuevos Miami Horns en Phoenix, Arizona, con estos músicos: Ed De Palma (saxo), John Binkley (trompeta), Steve Paraczky (trompeta) and Dennis Orlock (trombón).

(Foto: Bruce en el Palladium de Nueva York)
La gira crece en intensidad según avanza el año, y culmina con los dos primeros conciertos en pabellones (como cabeza de cartel), con dos conciertos en el Spectrum de Philadelphia, seguidos de 6 noches memorables en el Palladium de Nueva York, donde Bruce cuenta con invitados especiales. Gary US Bonds y Patti Smith cantan en algunos de los conciertos, y la última noche, el 4 de noviembre de 1976, Bruce da un largo e intenso concierto donde cuenta con la colaboración de la mítica Ronnie Spector. Juntos cantan “Baby I Love You”, “Walking in the Rain” y “Be My Baby”. El concierto se retrasó debido a una amenaza de bomba, pero se compensó con el, posiblemente, mejor concierto del año, dos horas intensas y vibrantes que permanecen vigentes gracias a una fantástica grabación de mesa de mezclas. El show acabó con una brutal versión del “We Gotta Get Out of This Place” de los Animals (Carl D’Errico, autor de la canción, estaba entre el público), seguida de la inperecedera “Born to Run”.
Aquí tenéis las grabaciones más recomendadas de este año:
+ sonido de mesa de mezclas
4 de Abril de 1976 – Michigan State University, East Lansing, Michigan
7 y 8 de Abril de 1976 – Allen Theatre, Cleveland, Ohio +
29 de Abril de 1976 – Ellis Auditorium, Memphis, Tennesee +
22 de Agosto de 1976 – Civic Center, Springfield, Massachusets +
9 de Octubre de 1976 – Notre Dame University, South Bend, Indiana
4 de Noviembre de 1976 – Palladium, New York City, New York +
Leer la primera parte (1973).
Leer la segunda parte (1974).
Lee la tercera parte (1975).
por Julio Valdeón Blanco
Leve decepción. Me refiero a The promise, el documental de una hora y veintisiete minutos que acompañará a la caja dedicada al Darkness on the edge of town. Dicho en corto, jamás se lo pondría a un neófito como intro al de New Jersey. Ni ciego de estupefacientes, en pleno delirio de apostolado acrítico, aspiraría a que sea la invitación que atice el deseo, la fragante postal que inocule centellas en su pecho.
Tal honor correspondería, sin dudarlo, a Houston 78, también incluido en la caja. Ahí sí, ahí sí puedes tirarte el nardo de lo increíble que era Springsteen, consciente de que no vendes un coche usado, de que se trata de uno de los conciertos más salvajes que jamás hayas visto. Si John Lennon sostenía que para explicarle a un extraterrestre qué fue aquello del pop bastaría con ponerle “Be my baby”, el himno de las Ronettes, yo afirmo que para contar en qué consistía el rock and roll, la música del diablo, el misterioso elixir, hijo bastardo del blues y el country, sobra con este concierto. ¿Tan bueno es? Tanto, que sólo el asombroso doble disco de inéditas que también incluye la caja puede eclipsarlo. Houston 78, con independencia de filias y fobias, más allá de banderías y devociones, imagino que decepcionará a los audiófilos, empeñados en que una grabación añeja ha de sonar perfecta. Para ellos, cualquier caca con reluciente envoltorio bastaría. Para nosotros, sobra con chutarse un directo arrasador, que muge como un búfalo en celo y acuna con la tersura de un campo de estrellas.
Si buscas arte, belleza sin cortar, emociones no adulteradas, opiaceos de primera, si quieres recordar porque cojones amas la música y olvidaste las razones del romance, si creciste enamorado de Jerry Lee Lewis y Mississippi John Hurt, de los Stones y Roy Orbison, de Neil Young, los Stooges, las Crystals, Sam Cooke, los Ramones, Brian Wilson, Doc Pomus, Steve Earle, Johnny Cash o Etta James, entonces te encuentras ante uno de tus conciertos de cabecera, un must incluso si Springsteen te da pereza merced a la insufrible insistencia de unos medios que siempre apuestan ganador con varias décadas de retraso. Lo de sus últimas giras, con tanto principito en la grada y tanto bombo en el telediario, quizá canse, pero amigo, con Houston 78, y con el doble de luminosos descartes, hablamos de algo mágico.
Quizá por eso, comparado con semejante gloria, el documental sabe a poco.
-¿Ocasión perdida dice usted? ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser un frenazo en falso una película rodada por el ganador de un premio Grammy, Thom Zimny, repleta de imágenes inéditas, con Bruce y la banda tocando en el estudio, que ha contado con la participación de protagonistas como Patti Smith, y dedicada a una de sus obras mayores, al disco fundacional de su voz adulta?
Hummm. No negaré que abundan los instantes sublimes, ensayos del 77 en el salón de casa de Springsteen, directos en Red Bank cantando “It’s my life” junto a los vientos de los Asbury Jukes, tomas primerizas de “Factory” y “Something in the night”, aquella gloriosa “Candy’s boy” que mutó en “Candy’s room”, confesiones de los miembros de la E Street Band, discusiones sin edulcorantes, una “Talk to me” sobrecogedora, etc.
Y sin embargo, ay, el listón de los documentales musicales alcanzó la estratosfera merced al magnífico No direction home que Scorsese dedicó a Bob Dylan (o al enciclopédico Runnin’ down a dream de Peter Bogdanovich sobre Tom Petty, o a los rutilantes trabajos de Jonathan Demme con Neil Young) y Darkness on the edge of town no merecía menos.
No si dispones de horas de filmación histórica, con la cámara de Barry Rebo husmeando en el Record Plant, pero obvias que antes grabaron en los Atlantic Studios (con todo lo que eso significa). No si pasas de ampliar el campo de batalla con la gira del 78, a la que apenas dedicas cinco minutos, y guardas bajo llave unas actuaciones, léase Passaic, Largo o, cielos, el cameo de Cleveland junto a Soutshside Johnny, que hubieran salpimentado el guiso con pasajes electrizantes y desconocidos por el noventa y nueve por ciento del personal, que no tiene ni sabe donde encontrar bootlegs (por no hablar de Red Bank 76, que debiera de ocupar el hueco de Paramount 2009).

Claro que toca atenerse al rollo de que ahora, en 2010, la E Street Band suena como nunca, etc. Una impostura comprensible, humana, necesaria para justificarse, pero que avergüenza al colocar aquella enloquecida máquina de facturar r&r, r&b y soul, que tenía todo por demostrar y nada que perder, con el grupo de virtuosos profesionales del show business en que se transformaron hace siglos. Asunto distinto, puestos a comparar, sería el Springsteen de las giras en blanco y negro, en solitario, de “Tom Joad” y “Devils”, encarnación en la que intuyo se encuentra más cómodo y que siempre nos escamotean (¿Para cuándo un DVD y doble CD de la gira de 2005? ¿Los conciertos del Christic Institute del 90?).
Encima, costumbre obliga, el asunto debe salir barato: recuerda el relativo truño del DVD de Hyde Park tras descartar St. Louis 08, etc. Así pues, nada de comprar treinta segundos de Centauros del desierto, Las uvas de la ira, Gun crazy o Retorno al pasado para ilustrar el momento en el que te refieres a Ford, Joseph H. Lewis o Tourneur, y mucho menos, que son aún más caros, fotogramas de las películas de Terrence Malick o Sidney Lumet (¿Tarde de perros?, ¿no?, el ¿Taxi driver de Scorsese con el que tanto comparte Darkness? ¿Ni siquiera Malas tierras?), y cero grabaciones de Hank Williams, los Animals, Woody Guthrie, John Fogerty, las Shirelles, Dion, Elvis Presley o Ray Charles, por no hablar de las hordas punk, Ramones, etc., a las que Springsteen seguía con atención.
¿Qué tal, de paso, haber contextualizado un poquito la época, haber tirado de imágenes del convulso Nueva York de finales de los setenta? El viaje superficial que trazan sufre sobremanera al no salir del estudio, al escamotear las referencias a una ciudad sitiada, con la bragueta abierta y picada de heroína, donde el Bronx ardía y un haz de mierda y devoción, miedo y creatividad, bañaba las calles. Por supuesto, prohibido invitar a alguien ajeno a la organización, no vayan a dar puntos de vista antagónicos con el guión oficial. ¿Dónde están los músicos que se reunían en el Roxy de West Hollywood, aquella bohemia de cantautores californianos, Jackson Browne y cía.? ¿A nadie se le ocurrió entrevistar a Warren Zevon antes de que palmara? ¿Y a Southside Johnny, con el que trabajaron en This time it’s for real y Hearts of stone? ¿Y los críticos, dónde olvidaron a los críticos? ¿Acaso Robert Christgau, Greil Marcus y el resto, que seguían su carrera entonces, no hubieran añadido comentarios sabrosos? ¿No hubiera sido interesante escuchar a Robert Hilburn, crítico de Los Angeles Times, quien tras escuchar a la banda en el Roxy se volvió hacia Dave Marsh, otra inexplicable ausencia, y preguntó «¿Cómo vuelvo y hago la crítica de esto después de haber dicho que el concierto del Forum era uno de los mejores que jamás hayamos visto en Los Angeles. Quién va a creerme?».

También echamos de menos a oyentes más jóvenes, músicos que hayan sido influidos por el Darkness, por ejemplo a Patterson Hood y Mike Cooley, de los Drive-By Truckers, al ubicuo Connor Oberst, al matrimonio formado por Régine Chassagne y Win Butler, núcleo de Arcade Fire, a Carla Torgerson y Chris Eckman de los Walkabouts, acaso a Jeff Tweddy, a Mark Olson y a Gary Louris, o a Brian Fallon, de los Gaslight Anthem.
Los Rolling Stones, siempre tan zorros, han comprendido bien la importancia de autoproclamarse contemporáneos, todavía relevantes, por el procedimiento de invitar a un puñado de cachorros en el reciente documental dedicado a Exile on Main Street. Por no hablar de veteranos con, fijo, mucho que contar, caso de Steve Earle, Emmylou Harris, que versioneó “Racing in the street” en aquel Last date de 1982, Lucinda Williams, etc. Tampoco hubiera sido malo que tipos como Bob Benjamin, amigo temprano y manager de Joe Grushecky, Lou Cohan, cofundador de Thunder road, o Charles Cross, de Backstreets, y presentes, respectivamente, en los directos de Buffalo, Seattle y Winterland 78, hubieran aportado lo suyo.
¿Qué tal, uh, Lynn Goldsmith? ¿Obie? ¿Ken Viola? ¿Peter Knobler o Richard Meltzer de la seminal revista Crawdaddy!? Por si fuera poco, y decididos a que todo lo que cuentan tenga su respectiva traducción en imágenes, The promise obvia la mayoría de las canciones que no fueron registradas por Rebo. Pero ya digo que el defecto esencial, fruto de no haber contado con nadie ajeno a la organización, sea el de escuchar a Springsteen y la E Street Band ejerciendo como reseñistas de su propia carrera en lugar de emplearse a fondo en los hechos para complementarlos luego, con mayor y más creíble enjundia, por la visión histórica y el apunte crítico de testigos, discípulos y escribas.
Ese empeño, el de colocar a los sujetos protagonistas como actor principal, guionista y crítico, jugando a juez y parte, torpedea un documento para el que existía una millonaria cantidad de mimbres. Merecían mejor suerte, y una mano ajena, más fría y también más dotada para la poesía, que el funcionarial, solvente e intuyo que dócil Zimny. Con todo, justifican el gasto Houston 78, el memorable libreto de la caja, y el disco The promise, doble CD que, descontada la opinión de los talibanes (que si el segundo coro, a partir de los 3:08 minutos, es nuevo, que si ese acorde de guitarra no estaba en la original y blablablá. ¡Cómo si alguna vez hubiéramos dispuesto de las originales remachadas y no de una puta mierda de copias que nunca supimos si eran definitivas!), y si bien deja fuera la parte de la historia más salvaje y sombría (siguen pendientes de edición “Preacher’s daughter”, la monumental “Janey needs a shooter”, las bestiales “Goin’ back” y “Crazy rocker”, etc.), no desmerece junto a los clásicos del autor.
1975
Para entender este año en profundidad tenemos la suerte de tener el documental Wings for Wheels, que se centra en las sesiones de grabación de Born To Run. Bruce y la banda comentan muchos de los datos que os contamos aquí. Este es el año en el que todo explota:
- Jon Landau toma las riendas de la carrera de Bruce, co-produciendo Born To Run.
- El álbum sale al mercado en agosto y confirma que Bruce ya no es una promesa.
- Es el año de las portadas simultáneas en Time y Newsweek, ya no es una estrella local.
- Primer viaje a Europa, a Londres, con el mítico concierto que fue editado recientemente de manera oficial, además de Amsterdam y Estocolmo.
- Steve se une a la banda en directo.
Este año por fin la banda se toma un descanso tras años sin apenas dejar de tocar: no hay conciertos desde el 9 de marzo hasta el 19 de julio. Durante este tiempo de ausencia en los escenarios, Bruce se dedica a las maratonianas sesiones de mezcla de Born To Run.
Decir que aquello fue un descanso es muy relativo, ya que Bruce se encerró en el estudio para volverlos locos a todos con su constante búsqueda de algo que sólo existía en su cabeza. Hablemos mejor de ausencia temporal de los escenarios.
No pretendemos hacer una biografía de lo que fue la vida de Bruce en el 75. A lo que queríamos llegar es a oir las grabaciones de este año, pero se hacía necesario un poco de contexto.
Hasta ahora no hemos hablado en profundidad de conciertos concretos, pero ya tenemos algunos lo suficientemente interesantes antes incluso de la gira oficial de Born To Run. El 5 de febrero del 75 en el club The Main Point, cerca de Philadelphia, Bruce y la E Street dan un concierto que sabemos que fue memorable porque la grabación que ha llegado hasta nuestros días es impecable, debido a que el concierto se grabó y emitió por la radio.
El concierto empieza con una versión de “Incident on 57th Street” al piano, con el violín de Suki Lahav jugando con la voz de Bruce durante partes de la canción. Suki también hace los coros, es muy sorprendente oir una voz de mujer que no es Patti a estas alturas de la historia. El final es indescriptible, Roy y Suki ejecutan unas últimas notas cargadas de sensibilidad, a la vez que se añade de fondo una sirena de policía.
Video: Incident on 57th Street (Widnener College, 6 Febr. 1975, con Suky Lahav al violin)
La violinista Suki Lahav nunca formó parte de la banda oficial, siempre fue presentada como artista invitada durante el periodo en el que estuvo con ellos, desde septiembre del 74, con la llegada de Max y Roy, hasta el parón de marzo del 75. Además, participó en las sesiones de grabación de Born To Run.
Pero sigamos con el concierto. “Mountain of Love” ratifica la mejora del aire más rockero de la banda, y llegamos a una versión limpísima de “Born To Run”, majestuosa, mucho más relajada que las versiones a las que nos hemos acostumbrado después en los estadios, muy agradable de escuchar. Está todo el arreglo ya hecho, todos tocan lo mismo que tocan ahora, la obra de arte que es esta canción ya está aquí, está completa.
La versión lenta de “The E Street Shuffle” da paso a “Wings for Wheels”, la curiosa primera versión de “Thunder Road”, con título, letra y música diferente, aunque ya está la canción más o menos perfilada. En la primera frase Bruce no hace referencia a Mary sino a una tal Angelina. Esta es la primera versión conocida en directo de “Thunder Road”, aunque no sea la versión definitiva del disco. Sólo por este hecho este concierto ya debería tener un significado especial.
La siguiente sorpresa es una versión de “I Want You”, de Bob Dylan, otra vez con el hipnótico violín de Suki como protagonista; y de ahí pasamos a un bloque de canciones que la banda ya domina a la perfección: “Spirit In The Night”, “Growin’ Up”, “It’s Hard To Be a Saint In the City” y “Kitty’s Back”.
Audio: I Want You, de Bob Dylan (The Main Point, Bryn Mawr, Pennsylvannia 5 febrero de 1975)
Y las nuevas, aún inéditas y con arreglos poco conocidos, “She’s The One”, y “Jungleland”. El solo de saxo de Jungleland pasa por ser de los mejores… ¡pero no existía en esta época! En su lugar, Bruce ejecuta un emotivo solo de guitarra en una pelea de lamentos con el violín de Suki, que puede que hasta mejore el solo de saxo posterior.
“New York City Serenade” ha perdido la larga introducción de piano de David Sancious, pero suena más potente en las partes fuertes, y la parte lenta del final acaba con unos golpes simultáneaos de piano y caja muy bonitos y sobrecogedores.
Bruce habla con el público al acabar la canción, les dice que están saliendo en la radio y les pregunta si alguien quiere decir algo. La gente saluda a sus familias, “hola mamá”, “Scott, mejórate”, “hola a Candy”, en un ambiente muy divertido con Bruce muy animado. Todo esto en un club tan pequeño que algunos fans estaban sentados en el borde del escenario y ¡encima del piano!
Ya en la recta final llegan “Rosalita”, “Sandy” y “A Love so Fine”, que suena a la E Street Band de toda la vida, festiva y desenfadada, y que acabaría convirtiéndose en “So Young and In Love” posteriormente.
Aún queda “For You”, la versión al piano, lentísima, la verdad es que no mejora a la versión con banda, pero es muy intensa, con el propio Bruce tocando el piano. Y para acabar, “Back In The USA”, una canción de Chuck Berry, el rock and roll más clásico con solos para todos.
Dos horas y media de concierto, uno de los conciertos más largos hasta el momento, que tenemos la suerte de poder disfrutar hoy. Hay quien dice que esta grabación es el mejor concierto de todas las épocas que hay disponible. Es complicado afirmarlo, pero sin duda es uno de los mejores.
El mes siguiente finaliza la gira del The Wild, The Innocent and the E Street Shuffle, en Washington. Se pone punto final a años dando vueltas por todo el país, pero la banda vuelve a los escenarios en julio, tras un solo ensayo de 19 horas que tuvo lugar la víspera. Comienza la gira de Born To Run, con Steve Van Zandt a la guitarra como novedad.
En este primer concierto hace su primera aparición “Tenth Avenue Freeze-Out”, pero hasta agosto no empieza a haber cambios importantes en los repertorios. “New York City Serenade” y “A Love So Fine” desaparecen y no volverán hasta el año 2000 (hay rumores no confirmados de que “New York City” sonó en la gira del 78, pero no existen documentos sonoros).
A cambio ya están aquí las canciones del nuevo disco: “Backstreets”, “Night” y, en menor medida “Meeting Across The River”, junto al estreno del potente “Detroit Medley”, que se va a hacer habitual al final de los conciertos. La incorporación de Van Zandt a la banda le da más empaque, y permite a Springsteen librarse en parte de sus labores a la guitarra. Una especie de liberación que le permite mostrar sus dotes de showman, lanzándose al público, corriendo por la sala, subiendo a las mesas de los bares donde tocan y aumentado la conexión y complicidad con el público.
Hablemos de más conciertos interesantes: Bottom Line. Nombre del mítico club neoyorquino donde Springsteen dio 10 conciertos en 5 días en agosto del 75, con un lleno total y una repercusión mediática importante. Toda la prensa y los ejecutivos de Columbia acudieron a esos conciertos. Era la prueba del algodón para Springsteen, y todo el mundo salió trastornado por lo visto. Queda un documento: el concierto del 15 de agosto se retransmitió en directo por radio y es la prueba del salto cualitativo del cantante ese año. Iba ya desbocado, camino a la gloria. Sin vuelta atrás.
Audio: A Love So Fine / Shout (Main Point, Bryn Mawr, Pennsylvannia, 5 de febrero de 1975)
Audio: Then She Kissed Me (Bottom Line, New York City, 15 de agosto de 1975)
Audio: When You Walk in the Room (Bottom Line, New York City, 15 de agosto de 1975)
Milwaukee, 2 de octubre, el famoso concierto que fue interrumpido por una amenaza de bomba. No es el único concierto en el que ocurrió esto, pero sí que es el único en el que se llega a desalojar el local. Bruce y la banda se van al bar durante el incidente, y vuelven con unas copas de más.
La segunda parte de este concierto está grabada con gran calidad, directamente de la mesa de sonido, y se nota el puntillo extra que Bruce y la banda llevan. La E Street Band ejecuta los temas con la precisión habitual, pero Bruce está vacilón, y grita repetidamente al público “are you loose?” (algo así como “¿estáis colocados?”) en varias canciones.
Este curioso grito de guerra se ha mantenido hasta la fecha, cada vez que Bruce toca en esta ciudad, siempre grita al público, “are you loose?”.
Audio: Going Back (The Roxy, Los Angeles, California, 17 de octubre 1975)
Otro concierto maravilloso: 17 de octubre, en The Roxy Theater, Los Angeles. Se trata de una serie de cuatro conciertos, del 16 al 19, pero la grabación que hay disponible con buen sonido es la del primer pase del día 17, emitido en directo por la radio, e incluyendo una memorable version del “Going Back” de Carole King. Nada menos que el “Thunder Road” al piano de la caja Live 75/85 es del concierto del día 18. Todo el concierto fue grabado profesionalmente, pero solo ha salido a la luz esta canción. De la misma gira existen grabaciones excelentes (todas grabadas directamente de la mesa de sonido) de los conciertos en Atlanta, Austin, Iowa, Detroit (con una impecable “Ain’t Too Proud to Beg” de los Temptations) y los conciertos de fin de año en Philadelphia, con gran variedad de repertorio y versiones distintas.
En 2005, Bruce y Landau nos dieron la oportunidad de degustar el concierto del 18 de noviembre en el Hammersmith Odeon en Londres, gracias a su impecable edición en vídeo. Es un auténtico placer poder ver este concierto de hace más de 30 años con esta calidad.
La banda vuelve de su viaje por Europa a finales de noviembre, donde tocaron en Estocolmo, Amsterdam y Londres (2 conciertos), y el año acaba con 20 conciertos durante el mes de diciembre, entre actuaciones y entrevistas de radio, finalizando con un show el día 31 en Philadelphia, que también podemos disfrutar con un sonido maravilloso. Bruce interpreta la versión lenta de “Tenth Avenue Freeze-Out”, que no mejora a la versión habitual, pero tiene su gracia como curiosidad.
El mítico teatro Roxy de Los Angeles, donde tocó en 1975 y 1978

Aquí tenéis las grabaciones más recomendadas de este año:
* emitido por radio
+ sonido de mesa de mezclas
5 de Febrero de 1975 – Main Point, Bryn Mawr, Pennsylvannia *
15 de Agosto de 1975 – Bottom Line, New York *
23 de Agosto de 1975 – Atlanta, Georgia +
12 de Septiembre de 1975 – Austin, Texas +
2 de Octubre de 1975 – Milwaukee, Wisconsin +
4 de Octubre de 1975 – Detroit, Michigan +
17 de Octubre de 1975 – The Roxy Theatre, Los Angeles *
30 de diciembre de 1975 – Tower Theatre, Philadelphia +
31 de diciembre de 1975 – Tower Theatre, Philadelphia +
Leer la primera parte (1973).
Leer la segunda parte (1974).
Video: Spirit in the Night (Music Hall, Houston, Texas, 13 de septiembre de 1975, filmado en película Super8 muda, sonido de mesa de mezclas añadido posteriormente, del propio concierto)
Audio: Back in the USA, de Chuck Berry (Main Point, Bryn Mawr, Pennsylvannia, 5 de febrero de 1975)
Audio: Jungleland (Main Point, Bryn Mawr, Pennsylvannia, 5 de febrero de 1975)
Audio: Tenth Avenue Freeze-Out (versión lenta al piano, Tower Theatre, Philadelphia, 31 de diciembre de 1975)
Audio: Mountain of Love (Tower Theatre, Philadelphia, 31 de diciembre de 1975)
1974
El año empieza igual que acabó 1973, tocando muchísimo y sin descansos. Fueron 144 actuaciones en total, de las que hay 33 grabaciones disponibles. Al igual que en el 73, hay algunas grabaciones de gran calidad, de conciertos que se emitieron por la radio. También hay algunas entrevistas en esos estudios de radio.
La banda sigue siendo:
Danny Federici: órgano, acordeón
Garry Tallent: bajo, tuba
David Sancious: piano
Vini Lopez: batería
Clarence Clemons: saxo
Vini Lopez deja la banda en febrero, y su sustituto será Ernest “Boom” Carter. Pero en agosto, este nuevo batería y David Sancious dejan la banda definitivamente, cuando Sancious decide empezar su carrera musical en solitario, en el mundo del jazz.
Para sustituirles, en este año se producen las dos incorporaciones clave que van a hacer que la E Street Band empiece a sonar a la E Street Band: Max Weinberg a la batería y Roy Bittan al piano. Max y Roy debutan en directo en septiembre de este año, tras contestar a un anuncio en la revista Village Voice, y tan solo un par de días de pruebas. A la banda se suma también en esas fechas la violinista Suki Lahav, quien dará un mágico toque romántico y emotivo a canciones como I Want You (de Bob Dylan) o Incident on 57th St. Ya sólo falta que Steve Van Zandt llegue a la banda, pero eso será en el 75.
Durante este año se acaba lo de ser telonero, Bruce empieza a ser un número lo suficientemente bueno y conocido como para actuar solo, o que lo teloneen a él. Aún no sale la E Street Band en los carteles, hasta mediados de año, cuando los posters y anuncios de conciertos empiezan a hablar de Bruce Springsteen & The E Street Band.
Audio: Cupid (Boston Music Hall, 29 de octubre de 1974)
El acontecimiento del 74 es la aparición en escena de Jon Landau, y el famoso concierto de mayo que inspiró a Landau a escribir su famosa crítica: “he visto el futuro del rock and roll…”. Este es un concierto histórico por este hecho, pero la grabación existente no es de buena calidad, y solo es del primer pase de la noche, no hay grabación del segundo pase, que es el que escuchó Jon Landau.
Audio: Zero and Blind Terry (Joe’s Place, Cambridge, MA 6 de enero de 1974)
No obstante hay otras grabaciones de otros conciertos con calidad suficiente como para poder apreciar los cambios que empiezan a ser notorios. No olvidemos que Bruce aún no toca todos los pesos pesados de su repertorio, como Thunder Road o Backstreets… pero hacia mitad de este año empiezan a entrar en juego otras piezas clave de años posteriores, como She’s The One, Jungleland y Born To Run.
El corazón del repertorio sigue siendo Spirit in The Night, Growin’ up, Rosalita, Sandy, The E Street Shuffle, Does This Bus Stop at 82nd Street?, Wild Billy’s Circus Story, y las menos conocidas You Mean So Much To Me, A Love So Fine y Quarter To Three, que hacia final de año empieza a ser habitual para cerrar los conciertos. Las versiones, siempre cuidadosamente elegidas, añaden un toque de calidad extra a los conciertos. Suenan así, durante ese año, Cupid (de Sam Cooke), Spanish Harlem (de Ben E. King), Let The Four Winds Blow (de Fats Domino), I Sold my Heart to the Junkman (de The Silhouettes), Walking the Dog (de Rufus Thomas) o You Never Can Tell (de Chuck Berry).
Audio: Spanish Harlem (Schenectady, NY, 19 de octubre de 1974)
Audio: You Never Can Tell (Agora, Cleveland, 3 de junio de 1974)
Bruce sigue concediendo entrevistas con actuación incluida en estudios de radio, lo cual nos deja algunas cosas curiosas y muy poco habituales, como un Rosalita en versión acústica, con ambiente total de cachondeo. Además por supuesto de las propias entrevistas, en las que Bruce cuenta anécdotas de estos primeros años.
Audio: The Fever (KLOL-FM, Houston 9 de marzo de 1974)
La banda suena a veces desbocada en canciones como Kitty’s Back, pero aún no tiene la precisión y empaque de los próximos años. A veces es un poco caótico escuchar a todos haciendo cosas a la vez. Es como un boxeador con buenas piernas, se mueve bien pero no tiene pegada.
La E Street Band posterior se va a caracterizar por lo contrario, por ir al grano a golpes. Max acaba de llegar y su caja va a tener mucho más peso a partir de ahora. Se van a acabar las baterías recargadas y el preciosismo. Las canciones rockeras empiezan a sonar con otra contundencia.
Hay que recordar que llegados a este punto la banda tiene a sus espaldas cientos de conciertos, y la carrera del Bruce más conocido ni siquiera acaba de empezar. En estos años adquirieron las tablas necesarias para lo que vino después, solo a través de estos años de rodaje se podría haber llegado a este punto.
Rosalita aún tiene una parte en mitad de la canción que se perdió en el arreglo que todos conocemos del Live 75/85. She’s The One ni siquiera tiene aún la letra actual, ni la misma armonía exactamente. Jungleland ya es majestuosa pero aún suena tímida, inocente, sin las mismas melodías de piano que la caracterizan, también sin la letra actual. Está todo a punto de explotar, y lo va a hacer en breve.
El año acaba con esa sensación de que viene algo grande, ya están ahí casi todos los elementos.
No hay un concierto clave como habrá más adelante, ni una grabación que destaque por encima de las demás. Estas son las mejores del 74:
* emitido por radio
+ sonido de mesa de mezclas
6 de enero de 1974 – Joe’s Place, Cambridge, MA +
29 de enero de 1974 – Music Emporium, Nashville, TX (You Mean So Much To Me) +
(este concierto circula erróneamente como Kent State University 19.1.74)
3 de marzo de 1974 – Georgetown University, Washington, DC *
9 de marzo de 1974 – KLOL-FM, Houston, TX (The Lost R
adio Show) *
9 de abril de 1974 – WBCN-FM, Boston, MA (Radio Waves) *
9 de mayo de 1974 – Harvard Square Theatre, Cambridge, MA
3 de junio de 1974 – Agora, Cleveland, OH *
19 de octubre de 1974 – Union College, Schenectady, NY
29 de noviembre de 1974 – War Memorial Theatre, Trenton, NJ
Audio: Jungleland (Bottom Line, New York 13 de julio de 1974)
Audio: Saint in the City (Georgetown University, 3 de marzo de 1974)
Audio: Kitty’s Back (Nashville, 29 de enero de 1974)
Para quienes no estén tan familiarizados con la biografía completa de Bruce Springsteen y no conozcan a fondo la mejor época del cantante, queremos hacer una pequeña guía sobre su carrera en directo y las mejores grabaciones existentes de esos años. Desde sus comienzos en el 73, hasta la gira de The River en el 81, nueve años que forman parte de la historia del mejor rock que se ha hecho nunca.
Hablaremos en general de todas esas épocas, poniendo un poco de contexto, pero tratando de centrarnos en el material disponible. Recomendaremos los mejores shows teniendo en cuenta la interpretación, pero de entre los conciertos con mejor sonido. Hay muchísimos conciertos en circulación, pero no merece la pena escuchar muchos de ellos con sonido nefasto. Hay que ser muy fan, o tener afán historiador, para pretender oirlo todo.
Nadie ha estado en todos los conciertos, ni los ha oído todos. ¿Cuáles son los mejores? No se puede saber, pero hay grabaciones suficientes como para hacerse una idea y poder elegir lo más destacable.
Quizá no estés de acuerdo con nuestras recomendaciones, o con alguna de nuestras opiniones, pero en lo importante vamos a estar todos de acuerdo.
Bruce Springsteen fue una genialidad musical que se gestó a principios de los 70 en pequeños clubs. Fue evolucionando en el ambiente de la época hasta explotar en el 75, llegó a ser algo grande en el 76 y 77, y alcanzó la perfección en el 78, teniendo su máximo apogeo esos años, entre el 78 y el 81. Después vinieron los estadios que lo desvirtuaron todo a partir del 84, para tener un final bastante digno, en Buenos Aires en el 88.
A partir de ahí todo cambió. Experimentos de todas clases, y reuniones con una banda, que ya no es exactamente la misma, que toca en un contexto muy diferente, y con una actitud distinta.
Si le has visto tocar en estos últimos años, seguro que te ha gustado, porque sigue siendo algo grande, y porque casi nadie hace algo parecido. Pero para hacer honor a la verdadera historia hay que dar a conocer aquellos increíbles años de música que forjaron el mito, los comprendidos entre 1973 y 1981.
1973
Vamos a empezar en el 73, cuando la E Street Band aún tiene como teclista a David Sancious, desde mayo, y a Vini Lopez en la batería. No es aun la banda clásica, pero ya están ahí casi todos los elementos.
Danny Federici: órgano, acordeón
Garry Tallent: bajo, tuba
David Sancious: piano
Vini Lopez: batería
Clarence Clemons: saxo
Aun no está Steve Van Zandt y Bruce hace todo el trabajo de las guitarras.
Springsteen se embarca en una gira todo el año, sin descanso: 173 fechas por todo Estados Unidos y Canadá, en pequeños clubs y auditorios, sobre todo por la costa este, o en sitios más grandes teloneando a gente como Stevie Wonder, Chicago, The Beach Boys, Chuck Berry, John Mayall y otros.
A veces hace dos sesiones por noche, o sale con algún cómico, pero siempre es presentado como Bruce Springsteen, sin la E Street Band. Todo lo más que pone en los carteles es que es un artista de Columbia Records.
Por supuesto los conciertos no son los maratones de después, solo toca unas diez canciones, o incluso menos, 45 minutos si es telonero, pero entre hora y media y dos horas cuando toca solo. Al menos esto es lo que se deduce de los datos incompletos que hay, ya que no se sabe qué canciones tocó en muchos conciertos de los que apenas hay información.
Los documentos sonoros de esta época son escasos, solo hay audio de 17 de esos 173 conciertos. Ya es bastante asombroso que haya una sola de estas grabaciones de hace tantos años. Pero lo más curioso es que la calidad de sonido de algunos de esos 17 shows es excepcional. Es sonido profesional, gracias a que en aquel entonces algunos conciertos eran retransmitidos por la radio, y se conservan esas emisiones.
También hay curiosas entrevistas con actuación incluida en estudios de radio en los que Bruce interpreta su repertorio en formato acústico. Son grabaciones muy curiosas, con muy poca gente en el estudio, con un ambiente muy simpático.
Vídeo: agosto 1972, antes de firmar con CBS. Presentación en el Max’s Kansas City de Nueva York. Incluye versiones acústicas de la inédita “Henry Boy” y de “Growin’ Up”, la cual formaría parte de su primer álbum en 1973. El vídeo fue filmado por Barry Rebo, amigo personal de Springsteen y autor de gran cantidad de vídeos en directo grabados ente 1972 y 1978. Muchos de ellos aparecen en el documental ‘Wings for Wheels’.
En las grabaciones que hay se recoge a la perfección el sonido de esos locales pequeños, con voces muy secas, el saxo suena también muy seco. Pero hay registros interpretativos en este tipo de sala que hoy se han perdido absolutamente. Por ejemplo, es habitual que Bruce susurre trozos de canciones, cosa totalmente imposible de hacer en grandes recintos.
Su voz es muy diferente, no estoy seguro de saber describir cuál es la diferencia, pero si has escuchado la voz de esos años suena más limpia, menos rasgada, y más “afectada”, demasiado expresiva a veces.
La actitud del público es también diferente. Están callados, escuchando, se percibe ambiente de atención, y en las pausas no gritan como las masas de los estadios, es de agradecer. Esto también permite a Bruce tener esos diálogos que solía tener con el público, con una naturalidad pasmosa, sin golpes de efecto, y en un tono muy natural y desenfadado.
De esta manera las interpretaciones con guitarra acústica adquieren un contexto perfecto. Mary Queen Of Arkansas suena maravillosa, con la intensidad y la sensibilidad requerida. Esta canción, como tantas otras, dejó de ser habitual con el salto a los pabellones, lógicamente.
La sensación general de estos primeros conciertos es totalmente distinta a lo que vino a partir del 75. Se percibe la intensidad en la propia música, en las ganas de hacerlo bien, se nota que aún no hay carreras por los escenarios. Se nota menos fiesta por así decirlo. Bruce hace un trabajo a la guitarra más complejo, y ejecuta solos con un sonido muy limpio y armónicos artificiales, por ejemplo en Thundercrack, de una manera que también se ha perdido.
Vídeo: “Thundercrack”, grabada en directo en Los Angeles en 1973. Extraída del documental ‘Wings for Wheels’. F
ilmada por Arnold Levine para CBS.
Pero quizá lo más característico de la música de estos primeros años sea la peculiar batería de Vini Lopez, que aporta un aire más jazzístico. Hay un cierto flirteo con un estilo que se acerca más al jazz que al rock. Son baterías muy densas, con mucha nota, muy opuestas a las de Max.
Incluso hay un acercamiento descarado al blues más clásico con canciones como Walking the dog, en las que Bruce se descubre como un solista excepcional a la guitarra, siempre original, siempre muy expresivo, y alejándose de los riffs obvios del blues, aportando su estilo de manera brillante. Es curioso porque Bruce no ha seguido después por este camino.
Por supuesto, Clarence está muy presente, en canciones como Spirit in The Night, acompañando al saxo toda la canción. No es una cuestión de que ahora esté mayor y entonces estuviera joven, las canciones de aquella época estaban pensadas para muchos arreglos de saxo. Tokyo, Santa Ana y Thundercrack son tres grandes canciones que tuvieron su sitio en estos años, y que sólo han vuelto de manera fugaz. El gran público ya conoce Thundercrack, gracias a su publicación en la caja Tracks, en el 98, es una gran canción que merece un comentario aparte.
Audio: “Tokyo” (canción inédita, también conocida como “And the Band Played”) en directo en el club Main Point el 24 de abril de 1973. Concierto retransmitido por radio en Filadelfia.
De los cientos de canciones que no llegaron a ser publicadas en un disco, se podría decir que ésta es de las más apreciadas por los conocedores de estas pequeñas joyas, o la que más incluso, siendo muy especial. Al oirla sabes definitivamente que es una canción diferente, que sin duda les daba mucho juego en el escenario, con muchos coros, muchas partes diferentes, sitio para riffs de órgano, de piano y solos de saxo, es la canción perfecta para oir a esta banda.
Era larguísima, con un parón en el medio, en el que Bruce hacía tonterías con la guitarra, dando notas con el volumen bajado, sin ataque, emulando a un violín, y el parón culminaba con la frase “Thundercrack (Bruce)… Baby’s back (Clarence)”. Era el show-stopper, el final de concierto apoteósico, función más adelante adoptada por Rosalita.
El solo de guitarra es de esos que salían de la mente de Bruce, con varias partes muy características, y siempre tratando de sacar armónicos artificiales de su guitarra. Es una técnica en la que se golpean las cuerdas poniendo los dedos muy cerca de las cuerdas al sujetar la púa, y salen unos agudos muy característicos. Bruce rara vez hace esto desde entonces.
Y se acaba el año igual que empezó, e igual que empezará el siguiente. Tocando muchísimo.
Estas son las grabaciones de mejor calidad del 73, ampliamente compartidas y difundidas en los distintos foros de internet dedicados al artista:
10 de enero de 1973 – WBCN, Boston
31 de enero de 1973 – Max’s Kansas City, New York, NY
2 de marzo de 1973 – Community Theater, Berkeley, CA
24 de abril de 1973 – The Main Point, Bryn Mawr, PA
31 de mayo de 1973 – WGOE Studios, Richmond, VA
31 de julio de 1973 – My Father’s Place, Roslyn, NY
Audio: “It’s Hard to be A Saint in the City”, en directo en My Father’s Place el 31 de julio de 1973. Concierto emitido por radio.
Audio: “You Mean So Much to Me”, en directo en los estudios WGOE de Richmond el 31 de mayo de 1973.
Audio: “Lost in the Flood” en directo en Berkeley, California, 2 de marzo de 1973. Sonido de mesa de mezclas. En este concierto Springsteen era el telonero del grupo Blood, Sweat & Tears.
por Julio Valdeón Blanco
A quienes poseíamos entrada nos distinguías en las inmediaciones del Madison Square Garden por la sonrisa cómplice, la jeta entre expectante y relajada de quien sabe que accederá al paraíso, que tiene en el bolsillo un salvoconducto para temblar a cielo abierto, que al contrario de tantas otras madrugadas rememoradas en cientos de bootlegs de dudosa calidad vas a asistir en primera persona a un instante con aura, luego repetido en libros y crónicas, mil veces pirateado y marcado a rojo incluso antes de celebrarse, un concierto de los que te acompañan cuando vienen jodidas, de esos que, en contrapartida, mejor puntúan a la altura de las expectativas creadas previamente si es el artista, en este caso Springsteen, no quiere tragarse un sapo bien gordo.
Tras el bendito atracón del día anterior, señoras y señores, The River.
The river pertenece por derecho a la etapa dorada que hizo de su autor clásico entre los clásicos, unos años en los que parecía no terminar la sucesión de discos impagables, dotados de sentimiento, alma, arrebatadora poesía, ensoñaciones desgarradas, emotividad, fiereza, electricidad por un tubo y entresabores de sal y caramelo, cualidades que desbordan cada una de sus obras arrancando con Greetings from Asbury Park, NJ (1973), siguiendo con The wild, the innocent & the E street shufle (1973), alcanzando una de las cimas expresivas del siglo XX (Born to run, 1975), enroscándose con brío en los arrabales de la ciudad gracias a Darkness on the edge of town (1978) y prosiguiendo triunfales hasta besar los labios sepias del Nebraska (1982).

En mitad del torbellino creativo publicó The river. Apareció en 1980, cuando ya se había consagrado como el gran intérprete de rock en directo del momento, tras un disco abortado (The ties that bind, en 1979) y una reaparición, durante el festival No Nukes, que dejó al personal boquiabierto. Uno de sus singles, “Hungry heart”, lo catapultó al estrellato internacional. La gira ulterior, que alcanzó hasta 1981 y lo trajo por vez primera a España (mítico concierto en Barcelona), fue impecable, intachable en términos de pasión, desgarro, calidad y perfecta estructuración del repertorio.
Aunque el disco, doble, presentaba veinte canciones, la prodigalidad de su autor obligó a dejar fuera innumerables, e inmejorables, obras de arte, tres de las cuales aparecieron como caras B de singles (“Help up without a gun” y, atención, “Be true” y, años más tarde, “Roulette)”, diez terminaron, dieciocho años más tarde, en la a todas luces insuficiente colección de inéditas denominada Tracks (entre otras, maravillas como “Loose ends”, “Restless nights”, “Where the bands are”, “Take ‘em as they come”, etc.), otra acabó en el recopilatorio Essential (“From small things”) y, al menos, otras dos docenas (la dulcísima “Cindy”, la imponente “Chevrolet deluxe”, la trepidante, infecciosa “White lies”, etc.), permanecen lamentablemente olvidadas, pasto de piratas y foros, flotando en un limbo del que algún día, oremos, debieran de ser rescatadas. Nada nuevo para quien siga a Springsteen. De Darkness, con diez canciones entre sus dos caras y otras cinco recuperadas en Tracks, faltan por publicar, mínimo, treinta. La mayoría, asombrosamente buenas. Si escribo estas obviedades es para subrayar el pasmo que todavía me causa aquel artista; también, para contextualizar, sin asomo de duda, porqué los conciertos del Madison nos han tenido embriagados. Rememorar aquel periodo, siquiera con nostalgia, supone el equivalente a meterse gloria sin cortar y en vena.
En esas estaba, dándole vueltas a la jodida suerte que tenía de haber depositado mis reales posaderas en las gradas del Madison, cuando Bruce Springsteen y la E Street Band salieron al escenario. Las preguntas, en la calle, en el hall, habían rebotado insistentes. La noche previa arrancó con Thundercrack, ¿no? ¿Empezaría ahora con una inédita de The river? ¿Remediaría la ocasión fallida de haber tocado Darkness y Born in the USA sin incluir “The promise”, “The way” o “Sugarland”? ¿Tocaría “Bring on the night” o “Living on the edge of the world”? ¿Max reventaría las baquetas con “Roulette”? ¿Embellecerían el disco, en suma, con algunas de las fastuosas piezas olvidadas durante su elaboración?
“Wrecking ball” liquidó dudas. Estrenada durante la ronda del Giants, tiene aroma a la Seeger sessions, un componente celta, como de jolgorio irlandés, que pierde un poco por culpa de una letra entre simpática y grogui, y todavía más si lo que viene a continuación es “The ties that bind”, fluorescente, ruidosa y tierna. “Sherry darling” devolvió la mejor versión de Clarence Clemons, un Clarence que por motivos de edad o salud venía muy renqueante en los últimos años y que hoy bordaba todos y cada uno de sus solos, cada maldita nota y cada puente, y no contento con ello improvisaba y añadía y amontonaba nuevos sonidos, emergentes llamaradas, imprevistos retoques, orgasmos de soul, a sus apariciones.
“Jackson cage”, gema poco frecuentada, comandada por la Fender de doce cuerdas, y la veloz “Two hearts”, con su fenomenal acento r&b; (incluida la pequeña maravilla de la coda “It takes two” cantada entre Steve y Bruce) prologaron una “Independence day” que escupía lágrimas, desolación y torbellinos negros, que guardaba en su seno el peso de la despedida entre ese hijo prófugo y ese padre huérfano de hijo; un tema, no en vano, nacido durante las sesiones de Darkness, arrasado de lluvia como una lámina
muy triste o un bosque donde perderse, y que abría la espita a un “Hungry heart” desprovisto de acentos sobados al incorporarse al ciclo de canciones para el que fue concebido.
La tripleta “Out in the street”, “Crush on you”, “You can look (but you better not touch)” nos envió a la lona. Como tantos otros, puedes considerar que fue una pena que incluyeran en The river algunas de estas muestras de frat-rock (en la onda de “Twist and shout”, etc.) despendolado y a ratos tontorrón, en detrimento de otras canciones más graves, pero amigo, incrustadas una tras otra imponen. En el rock and roll hay sitio para recogerse el alma y sobrevolar pastos de extática belleza, y también para la trompa de cascabeles, las chispas a discreción, la fundición de risas y los bailes de madrugada que hagan crujir tus huesos; en “Out in the street”, etc., cantadas con la entonación y la velocidad perfectas, tenías la muestra. O como acabo de leerle a alguien en Backstreets hace cinco minutos, (esas canciones) «demostraron el domingo que gran disco es The river. Una perfecta mezcla de luz y oscuridad. Nadie que estuviera en el Garden podrá negar la pura diversión que procuró escuchar esas “tontas” canciones de rock, y al cabo de eso se trata, ¿no?».

De eso se trata, sólo que encima puede mejorar si eres un Bruce Springsteen poseído por los demonios, alternativamente, de Little Richard, Sam Cooke y Elvis Presley, y lo siguiente que haces es agarrar unas maracas y marcarte, en plan baladista consumado, una aterciopelada versión de “I wanna marry you” que abre la espita de los sueños y acciona los sístoles de la nostalgia, sostenida, una y otra vez, por los colchones que la E Street Band cose. Te baña con restos de otras vidas. Te inunda con el recuerdo de tantos vinilos soul, con el romanticismo urbano, decadente, grafitteado, sucio, como de fotograma robado a Canción triste de Hill Street o instantánea tomada por Robert Frank que se hubiera escapado de la exhibición que el MoMA dedica a Los Americanos.
The river, más extenso que cualquier biografía, iba a afrontar entonces uno de sus momentos cruciales con su canción señera. Interpretada sin los arreglos perezosos de la gira de reunión (1999/2000), te deja tieso, mudo, mientras Springsteen gasta voz de granito y los aullidos finales, terribles, sumían al pabellón en un estado hipnótico que enlazaba con los parajes de sepulturas y ceniza que sobrevuelan Nebraska. El duende viciado de tristeza no abandonó entonces el escenario. Palabras mayores: “Point blank”, esa violencia en las frases, la sobriedad del tono, el velo de humo fabril y llano enlutado que recorre el espinazo de un tema interpretado con menos brusquedad que en el disco, esponjado de silencios, que te vuela los sesos y te deja boca abajo en el cemento, incapaz de asimilar que hace un minuto que ha terminado y que ahora suena “Cadillac ranch”. Divertida, roncanrolera, ejecutada con ganas, pero, quién sabe, puede que un peldaño por debajo de “I’m a rocker”, que en directo muestra sus pezuñas de bestia parda, de mula inyectada con el enloquecido ántrax parido por Sam Phillips y cia., y que abrió paso a una escalofriante revisión de “Fade away” rematada con Springsteen de rodillas, y una estelar “Stolen car”.
A su lado, “Ramrod” requirió de toda la energía posible para remontar. “Fade away” y “Stolen car” (que no cantaba desde hace un cuarto de siglo) expulsan demasiada imaginería atroz y demasiadas calles pintadas de ocre, demasiados cubos de basura, pulseras rotas, fotografías veladas, como para ponerte a botar en cuanto acaban. El lento resbalar por los tres inolvidables escalones que encofran The river, “The price you pay”, con su evocadora música y sus reminiscencias folk-rock, hermana candente y tímida de “The promised land”, “Drive all night”, más majestuosa, si cabe, que nunca, y en la que Clarence derrochó un solo doble e hirviente, repetido y estremecedor, y “Wreck on the highway”, bellísima decantación country, olvidada, como “Stolen car”, desde la gira del Born in the USA, en la que el protagonista, aterido, rememora cristales machacados y charcos de sangre abrazado al silencio mientras su chica duerme, la sucesión de esas tres piezas de orfebrería emocional, digo, remató la partida con una mano de ases.
¿Cómo te las apañas para proseguir? En 2009, claro, con “Waitin’ on a sunny day”.
“Atlantic City”, inesperada, recuperó el paso firme, y “Badlands” y “Born to run” hicieron honores a unos homenajes que incluyeron la trepidante “Seven nights to rock”, clásico rockabilly firmado por Moon Mullican, el himno de Arthur Conley y Otis Redding “Sweet soul music” que en 1967 declaraba su amor por Sam Cooke, Wilson Pickett, James Brown, etc., y “Can’t help fallin’ in love”, clásico de Elvis que, como “Sweet soul music”, solía aparecer en los directos de la gira Tunnel of love, a finales de los ochenta. Con “No surrender”, o el toque spectoriano, “American Land”, “Dancing in the dark” y “Higher and higher” acabó la noche en la que Bruce Springsteen y la E Street Band volvieron al río, al caudal azul lamento que fue «Una puerta hacia el futuro. Escrito y grabado durante un periodo de recesión (…) Entonces, como ahora, mucha gente lo estaba pasando mal. The river condujo a Nebraska, Stolen car, a Tunnel of love. En este disco quise mantener y seguir a los personajes del Darkness on the edge of town».
Dicen que Springsteen y Landau especulan con publicar en DVD las dos citas del Madison, que sus obligaciones contractuales los obligan a empaquetar material con carácter de urgencia, que unos conciertos grabados en 2009 seducen más a los contables y conjuran, de paso, el miedo a ser considerado un acto nostálgico. Ok. Lo entiendo. De paso, afirmo: constituiría un error trágico si, en vez de ser complementarios, sustituyen a un lanzamiento de la caja conmemorativa de Darkness o una futura de The river. Y eso que, aún quedando muy lejos, en términos de importancia artística, de los directos de 1976-77, 1978 ó 1980-81, el pasado fin de semana me ha servido para recordar porqué comencé a escucharlo y porque, después de tantas decepciones, tantos y tan blanditos Working on a dream, tanto estadio de mierda y tantas ceremonias repletas de guiños tópicos y tanta profesionalidad mecanizada y tantos niños cantando y tantos recopilatorios paridos en Wal-Mart, etc., todavía salgo a la calle dando vítores al dios de las seis cuerdas y diciendo “Oh, boy”, cual Buddy Holly, cuando al muchacho de la calle E, casi abuelo, le da por convidarnos a ese licor colorista y convulso, whisky eléctrico o alucinada cerveza, a la que unos tipos en Memphis, allá por los cincuenta, llamaron rock and roll.
Quién lo viera en Nueva York, el 7 y 8 de noviembre de 2009, sabe de lo que hablo.
Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro “American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town”
por Julio Valdeón Blanco
La primera noche acudimos hechizados.
Cómo no, si después de casi un año de dar la matraca con “Outlaw Pete” y demás sobreactuaciones melódicas Springsteen pondría en pie un disco colosal.
Hacía frío, y a la puerta del Madison la cola bajaba por las escalinatas de la Séptima y giraba hacia la 34. Los días previos fueron frenéticos, con todo dios en Backstreets y foros similares dándole a la pandereta de la histeria. Las entradas, que el día antes de anunciarse el prodigio todavía eran fáciles de encontrar, volaban en la reventa a precios abusivos.
Sentado tras el escenario, sección 318, bebí a sorbos cortos una cerveza y aguardé a que arrancara el concierto. Que empezó con Bruce avisando que la ocasión era única y lanzándose a bocajarro en pos de “Thundercrack“, inédita de The Wild, the innocent & the E Street shuffle que abría inmejorablemente el repertorio. La poderosa “Seeds” y la siempre bienvenida “Prove it all night” anunciaban una noche memorable, si bien el pistón bajó de revoluciones cuando ensayó sus paseítos entre el respetable al son de “Hungry heart” (que canta sofocado por culpa de las exhibiciones físicas, las carreritas y el insufrible ritual de surfear sobre la multitud) y, bueno, “Working on a dream”, que no está taaan mal, con ese punto orbisoniano que en directo refuerzan los coros, pero tampoco, ni mucho menos, deslumbra.
Pasado el relativo bajonazo, ejerciendo de improvisado director de una sección de vientos que reproduciría fielmente la metálica cacofonía que abre su disco del 73, Springsteen iniciaba los acordes de una exuberante versión de “The E street shuffle”. “4th of July, Asbury Park (Sandy)” conoció una recreación de recta y sabrosa hondura, más cercana, por increíble que parezca, a la versión original que a la que ha venido interpretando en directo desde que la publicara. “Kitty´s back” (con mucho, lo mejor del concierto del Giants de hace un mes, cuando tocó el BITUSA), arrolló entre zarpazos soul, improvisaciones desatadas y solos de Charles, Curt Ramm y el propio Bruce. Menos enloquecida, quizá, que en otras ocasiones, pero se trataba de encajarla en el fluir del disco, no de una rara avis fuera de contexto.

Mecidos por el poderío negroide de unas canciones que rebosan grasa, espumeantes de guiños a Stax, Ray Charles, Van Morrison y Atlantic, podías jurar que quizá no fue tan buena idea enfurruñarse con Appel, que el rumbo artístico previo al Born to run no era tan alocado como barruntó Landau. “Wild Billy’s Circus Story”, que ya escuché hace unas semanas durante su actuación en el Apollo junto a Elvis Costello, recuperó el ambiente de feria, caballos de cartón y farolitos de papel de una obra que tiene la mitad de su corazón radicado en la costa de Nueva Jersey y la otra mitad en una Nueva York mítica, reventona de ángeles caídos, chupas ensangrentadas, rascacielos multicolores y cocodrilos con librea, como muy bien había explicado su autor.
“Incident on 57th Street”, limpia y caliente, derritió los aceros del pabellón, con la banda marcando el trote con un trueno de notas en cada mano, reúniendo las mejores virtudes del escritor de entonces, el lirismo líquido, la imaginería romántica, el ambiente a lo West Side Story, la convicción en el cante y el crujido estrangulado de una guitarra solista que echa humo. Mágica. Mucho más si, tras apagarse el último rescoldo, suena “Rosalita (come out tonight)”, con sus riffs juguetones, su saxofón titilante, sus subidas y bajadas por una montaña rusa que perfecciona el método ensayado en “Thundercrack” para enloquecer a la audiencia, recuerdo de cuando tocaban en bares, hace siglos, y necesitaban temas imparables , vacilones, frenéticos, para enganchar a la audiencia. Todavía enamora su letra zumbona y juvenil, soñadora, desplegando el eco rabioso del adolescente convencido de que tiene ante sí la gran oportunidad, el contrato del millón de dólares. Repetida mil veces en tiempos, olvidada durante años, “Rosalita” es un extraño y delicioso ejemplo de canción despreocupada, concebida para que bailes o rías, y al mismo tiempo alejada de los clichés rockistas. Dicho de otra forma, puedes escucharla mil veces y no aburrirte nunca, algo impensable en el caso de sus bises más trillados.
A la fiesta callejera de Rosie le sucedió la rarísima (por lo poco que se prodiga), majestuosa “New York City serenade”. Desde las primeras notas desplegadas por Roy Bittan se veía a la legua que rematarían la faena por lo grande, arrobados de estar tocando unas canciones tan jodidamente buenas sin pedir disculpas por ello, convencido Springsteen, por una vez en la vida, de que el público también disfruta con sus gemas menos previsibles. Fue una interpretación pletórica. Volaba como un murciélago fluorescente o un flechazo de rímel sobre la ciudad a la que el músico, siendo adolescente, escapaba cada vez que discutía con su padre. A una obertura sensacional al piano, de esas que pinzan los nervios con cada nota, le siguió un cantante que parecía rejuvenecido, casi transportado al instante en el que por vez primera enchufó la Fender y registró ese maremoto de calles retorcidas, mujeres subacuáticas, cubos de basura, soledades verticales y luces amarillas: el mejor cierre posible para un disco que había sido recreado con precisión no exenta de riesgo y exactitud millonaria en matices, muy lejos de la facilidad hiperprofesional o las versiones amojamadas que otros intérpretes regalan cuando toca sacarle brillo al canon, panorámica y sentimental, enorme.
Inmediatamente después caía “Waiting on a sunny day”, y, curioso curioso, no resultó tan anticlimática como otras veces. Homenaje, según ha reconocido, a Smokey Robinson, «concebida para el que público cante conmigo», es una afortunada y chispeante declaración de optimismo que quedaría mejor si la alternara con otras canciones de su especie (tipo, pienso, “Girls in their summer clothes”), si bien, ya digo, esta vez funcionaba sin problemas, quizá porque habíamos acumulado suficientes provisiones en forma de temas épicos.
“Raise your hand”, que abre el capítulo de peticiones, recibió el tratamiento completo, con Springsteen cantando la letra y redondeando el sentimiento soulero que desprendía a chorros el repertorio. “Does this bus stop at 82nd street?”, tan zumbona, y “Glory days” (en honor a los Yankees, campeones de las Series Mundiales de beisbol), que postula el A-B-C del rock’n'roll sin pretensiones y siempre sube enteros cuando reparas en la melancolía de su letra, se balancearon codo con codo en complicado pero lustroso equilibrio.
“Human touch”, que no me gustó en disco y sigue sin gustarme demasiado ahora que algunos la reivindican, abrió la espita de lo previsible, esa sucesión que empieza en “Lonesome day”, prosigue con “The rising” y desemboca en la siempre maravillosa pero mil veces escuchada “Born to run”, y “Wrecking ball” (a la que me referiré al hablar del segundo concierto), “Bobby Jean”, “American land” y “Dancing in the dark” sonaron mejor, menos desgastadas que de costumbre debido a la euforia desatada con anterioridad. No importaba (no demasiado) ser arrullado con sus piezas más comerciales, con los himnos quemados: te había conquistado antes, merced a la catarata de relámpagos que custodia The Wild, the innocent & the E Street shuffle; y el resbalón por la pendiente del estribillo azucarado resultaba agradable.
“Higher and higher”, inmortal pieza de Jackie Wilson que no tocaba desde el 77 y que ha recuperado en la parte final de esta gira, puso un apropiado broche a un aluvión de rock inmejorable en el que sólo duele, puestos a torturarnos, que las mejores canciones tengan más de un cuarto de siglo. Da que pensar, pero también confirma que somos unos puritanos, que a lo peor solicitamos cualidades casi divinas a un simple mortal y despellejamos a nuestros héroes en cuanto levantan el pie del acelerador, olvidando que, rodeados de tantos enjambres de podredumbre y mesianismo bastante tienen con sobrevivir cuerdos, con entregar de vez en cuando discos tan espeluznantes como The ghost of Tom Joad (de calle, lo mejor que ha grabado en los últimos veinte años), con no sucumbir frente al reflejo de un pasado imposible de igualar por cuanto los años no perdonan y el hambre, las ganas de comerse el mundo, hace siglos que yacen enterradas. Bastante logra Springsteen entregando un concierto como éste, obscenamente bueno aún a pesar de ciertos reparos.
Julio Valdeón es novelista, periodista, corresponsal en Nueva York y autor del libro “American Madness – Bruce Spingsteen y la creación de Darkness on the Edge of Town”