La segunda juventud de Little Steven

Little Steven & The Disciples of Soul. Sala Razzmatazz, Barcelona, 7 diciembre 2017.

Texto: Mariano de la Torre
Fotos: Rubén García Carballo

Nunca es tarde si la dicha es buena. O eso dice el refrán. A pesar de lo manido de la expresión, es una de esas piezas de la sabiduría popular que no parece pasar de moda. Y que se puede aplicar, sin duda, al protagonista de estas líneas: Steven Van Zandt.

Después de un lapso de dieciocho años en los que, entre muchas otras cosas y como el mismo interesado reconocía durante su concierto en Barcelona, había estado “jugando a gangsters”, en referencia a su larga estancia como personaje en la multipremiada serie The Sopranos, y más tarde, en su propia criatura, Lilyhammer. Van Zandt, envuelto en su alter ego más auténtico -al menos para el que escribe estas líneas- se presentaba en Barcelona por segunda vez en un año para defender el relanzamiento de su carrera en solitario.

La vida está llena de casualidades y la propuesta insistente de un amigo llevó a Steven a atreverse a dar un concierto en Londres a finales de 2016 después de décadas de no ser un artista que se moviera por los escenarios del directo. Y no es que sea un terreno en el que se sienta ajeno en modo alguno, después de girar habitualmente y de forma intensiva y extensiva con Springsteen por medio mundo. Pero asumir el papel protagonista, el del centro de los focos, es algo que parece que siempre le ha dado un poco de pereza. Aunque eso empezó a cambiar, seguramente cuando se dio cuenta de que podía asumir el control y el protagonismo de una serie de televisión y salir airoso.

De aquel espontáneo concierto de Londres surgieron nuevos bríos y a la postre un álbum majestuoso en el que Van Zandt recuperaba y, en algunos casos, reinventaba algunas de sus composiciones más celebradas pero que habían sido grabadas por otros artistas. Desde el inevitable Southside Johnny al legendario Gary U.S. Bonds, de las Cocktail Slippers a Jimmy Barnes, todo ello aderezado con certeras versiones de clásicos como Etta James o James Brown, para perfilar un recorrido espectacular por la historia de la música popular occidental de los últimos setenta años. Doce temas de peso y poderío, con la rúbrica intachable del Asbury Park sound, esa mezcla de Rhythm & Blues y guitarras de rock que Steven se encargó de fabricar a mediados de los setenta, desde New Jersey y para el mundo.

Soulfire, el album, lejos de ser el canto del cisne de Little Steven, un artista irrepetible e inclasificable, se convirtió en un punto de partida de varias mini giras que le han llevado por su país y por media Europa, en las que defiende el material con la maestría y convencimiento del que lleva en sus piernas tantos kilómetros en el escenario como horas metido en un estudio produciendo discos con una calidad enorme.

Y en esto que, el 7 de diciembre, se plantó de nuevo en Barcelona con su banda, los virtuosos Disciples of Soul. Y dejó constancia de por qué Soulfire no es un punto final sino uno de partida para un músico que tiene aún mucho que decir, aunque haya dejado la militancia política de lado.

Un poco pasadas las nueve de la noche daba comienzo un “tour de force” espectacular que no habría de dejar a nadie indiferente. El homenaje a Tom Petty, que se ha quedado como “opener”, Even The Losers, sonó a gloria bendita, con una banda bien engrasada y en la que la sección de viento empezaba a marcar territorio de lo que habría de venir. Soulfire sonó perfecta después de la rápida introducción. Zafarrancho de combate, apasionada. Steve se mueve por el escenario con ganas, gesticula y canta con el alma. Berrea un último “soulfire” larguísimo, demostrando que tiene la voz en forma. Está muy enchufado.

Coming Back entró rápida y majestuosa, sentando las bases de todo el resto del concierto y dejando a las claras de qué va esto: “he vuelto a por lo que es mío y no voy a dejar que nadie me pare”, reza la letra, más que apropiada para la ocasión. Steven ha comentado más de una vez que, a pesar de sus bandazos estilísticos en cada uno de sus discos en solitario, siempre ha considerado este estilo musical, esta mezcla de Sam & Dave con guitarras rock, su principal seña de identidad y planea seguir con él en futuros nuevos trabajos. Sus seguidores acérrimos no podríamos estar más contentos al respecto.

El primer speech de la noche nos dejó ironía fina sobre por qué ahora ya no se mete en política y sobre su filosofía al respecto: “ahora preferimos daros un descanso de la política durante dos horas”. “ Vamos a llevaros a un lugar del que con suerte volveréis con más energía de la que teníais”, para acabar prometiendo un paseo por la historia del Rock antes de arrancar con una locura de versión de Blues Is My Business, de Etta James. Solos del indispensable Marc Ribler, mano derecha de Steven y director de la banda en el escenario, de Lowell “Banana” Levinger al piano, de Clark Gayton al trombón, del propio Steven y de Stan Harrison al saxo en los nueve minutos mas tórridos a este lado de New Jersey.

Difícil subir el listón después de algo así, pero para tal menester llega ese clásico nunca suficientemente loado que es Love On The Wrong Side of Town, sonando majestuosa y perfecta, con la belleza del día que fue escrita y la fuerza del siglo veintiuno. La banda es una máquina de precisión y caes en la cuenta por primera vez de la sección rítmica que funciona como un reloj. Rich Mercurio a la batería, perfecto en su papel sobrio pero espectacular cuando se le necesita. Y Jack Daley, bajista virtuoso cuyo sonido y filigranas se pudieron seguir perfectamente casi toda la noche merced a un gran sonido general.

Until the Good Is Gone cedió un poco el ritmo en aras de la nostalgia. Steven recuerda cómo surgió el tema y cómo homenajea aquellos lejanos días en los que no tenían nada que perder y eran libres para perseguir el sueño de vivir de la música. Siempre emocionante. Y a continuación, sorprendente, Angel Eyes, la joya romántica del primer álbum, Men Without Women. Jack Daley al bajo vuelve a brillar con luz propia y Ribler y Van Zandt se enzarzan en dos tremendos solos conjuntos, especialmente brillante e intenso el que cierra la canción.

Llega la pausa momentánea con el homenaje a la Motown y todos sus grandes artistas, con mención especial a The Temptations. Steven explica que escribió el siguiente tema, Some Things Just Don’t Change, como si fuera para ellos, pero que no tuvo valor de hacérselo llegar y al final acabó en un disco de Southside Johnny. Alabó la figura de David Ruffin, el lider de la época más famosa del célebre grupo de soul y lo feliz que fue de poder conocerle durante las sesiones de Sun City, el álbum anti-apartheid que Van Zandt creó junto a un impresionante elenco de artistas en 1985.

Saint Valentine’s Day, el tema grabado originalmente por The Cocktail Slippers y Standing In the Line of Fire, por Gary U.S. Bonds, se enlazaron a continuación para dar paso a la dosis más rockera de la noche con I Saw The Light, siempre efectiva y Salvation, la necesaria visita al indispensable testamento rockero de finales del siglo pasado, Born Again Savage.

Especialmente emotivo fue el speech sobre los orígenes del rock. Con una taza en la mano y toda la pausa se dedicó a glosar esos orígenes de cantantes callejeros que mezclaban géneros como el rhythm & blues o el gospel y como de ese embrión de grupos de armonías vocales surgió toda una industria musical que tomó el mundo y las radios por asalto. Reconoció la figura de Alan Freed, el primer disc-jockey que se atrevió a promocionar música negra en emisoras para blancos, en una época en la que la segregación racial era incuestionada y cómo ese pionero murió en la miseria a pesar de haber sido el responsable de uno de los mayores avances sociales y artísticos de su época. El bellísimo tema doo-wop, The City Weeps Tonight, homenajea toda esa época de los lejanos años cincuenta y resulta impresionante ver a Steven, bien entrado en sus sesenta años, hacer alarde de voz y de saber cantar en un tema tan sentido y complicado. Uno de los momentos mágicos de la noche sin duda.

El salto generacional nos lleva después a los años setenta y a James Brown para escuchar la intensa y “Shaftiana”, Down & Out in New York City. Más de diez minutos de virtuosismo y ambiente cien por cien blaxplotation. Stan Harrison borda sus líneas de flauta tan características del tema. Uno a uno todos los componentes de la maravillosa sección de viento de los Disciples of Soul se turnan en el centro del escenario para hacer fantásticos solos en un auténtico viaje en el tiempo. Una brutalidad.

Los siguientes en lucirse fueron los teclistas. El siempre alabado por Steven, Lowell “Banana” Levinger, mandolina en mano y el recién llegado Andy Burton al acordeón, ejercen de escuderos de Steven en Princess of Little Italy, antes de enlazar sin pausa los tres temas reggae de su repertorio: Solidarity, Leonard Peltier y, sobretodo, otra de las imprescindibles, I Am A Patriot.

Groovin is Easy, de Electric Flag nos encamina hacia el incendiario final del set con la rockera Ride The Night Away, grabada originalmente por Jimmy Barnes y más tarde elevada a los altares en el superlativo álbum de Southside Johnny, Better Days. Es el tema que cierra Soulfire y parece por un momento que también lo haría con el concierto, pero apenas sin pausa arranca la que no puede faltar nunca en un show de Steven, lo más parecido que tiene a un hit, al menos en varios países europeos: Bitter Fruit. Por mucho que el Asbury Park Sound sea su seña de identidad y su aportación principal a la música occidental contemporánea, un espectáculo sin su tema más famoso sería un puñetero sacrilegio. Elegante y arreglado con la sección de viento, el tema suena a gloria, dinámico y fresco como siempre. El jovencísimo Anthony Almonte, se vuelve loco y se lanza a una orgía de timbales y percusión impresionante y Steven disfruta su clásico solo de guitarra a todo ritmo. Y el set principal acaba con otra de las indispensables, Forever, con la banda y el personal presente, entregados, botando al ritmo del tema de 1982. Un final por todo lo alto.

Sin embargo y aunque ya se habían cumplido sobradamente las dos horas de concierto, aún hubo tiempo para los bises de rigor. Comenzaron con un tema de los Ramones muy adecuado para estas fechas, Merry Christmas (I Don’t Want to Fight Tonight), que ha aparecido pocos días después editada de forma oficial. Después, otra de las fijas y con razón, el himno de Southside Johnny & the Asbury Jukes, I Don’t Wanna Go Home, y una potente y motivadora Out of the Darkness que sonó fresca y emocionante para cerrar el concierto, demostrando la buena forma física de toda la banda.

Como seguidor de este maestro desde mi más tierna adolescencia, debo decir que nunca pensé que presenciaría este momento en el que por fin, después de muchos años de silencio musical podríamos disfrutar todos de una de las figuras más carismáticas del rock de las últimas décadas. Little Steven, el músico, guitarrista, arreglista, compositor, productor, actor y, en general, hombre de muchos sombreros, parece estar viviendo una segunda juventud, saldadas por fin sus deudas consigo mismo, con la política y con el mundo del que desconectó como artista musical a principios de siglo. Su legado como mano derecha de Springsteen y como músico en solitario avalan una trayectoria con sus altibajos pero siempre sorprendente tanto por sus escarceos con estilos musicales contrapuestos como por sus incursiones en otros medios como la televisión. Reencontrarlo, redescubrirlo o simplemente descubrirlo, a estas alturas de la película es realmente un placer y el mejor ejemplo de aquello tan manido de “quién tuvo, retuvo”.

Si la siguiente gira de los Disciples of Soul y su jefe pasa cerca de vuestra casa, no lo dudéis, hay que rendirles visita. Uno de sus conciertos es un mágico paseo por el tiempo y la música que os dejará huella.

Y en estos tiempos que corren, eso no es algo que se pueda desechar así como así.

Zurich: The River, en segundo plano

crowd

por Glòria Torrent Caldas

Pasaban 20 minutos de las 18.30h, hora prevista de inicio del concierto, y la puntualidad suiza mandaba prisa. El estadio Letzigrund de Zurich –completamente lleno, tanto de locales como de fans que han seguido al Boss este verano por Europa– tenía ganas de rock. Bruce Springsteen también. La intención quedó clara con el tema de apertura, “Prove It All Night”, seguido por un energético “My Love Will Not Let You Down”.

trappedA pesar de tratarse de la gira de The River, Springsteen se desvió bastante y tan solo interpretó seis temas del álbum, dejando de lado la mayoría de las joyas del álbum. Era el final de la gira europea, así que el objetivo se centraba en contentar al público al máximo y agradecerle su apoyo. Por ello, Springsteen modificó su setlist inicial y aceptó muchas peticiones. Algunas creativas como “Trapped”, representada por un cartel de Bruce y Stevie en una cárcel y otras mucho más inusuales y arriesgadas como “None But the Brave” o “Roll the Dice” (estrenos en la gira) precedidas por momentos de conexión con el público mediante bromas sobre no estar preparado para ello.

joleblonEl concierto siguió con un ritmo poco consistente ya que Bruce Springsteen mezcló temas de lo más rockeros, como “Jole Blon” o “Murder Incorporated”, con baladas como la indispensable “The River” o una cuestionable versión de “Atlantic City”, pausando constantemente el ritmo del concierto. Sin embargo, the Boss puso la piel de gallina a todo el estadio con su emotivo “American Skin (41 Shots)”, justo un día después de los tiroteos en Texas.

El público suizo, de actitud seria y ordenada, se mostró bastante apagado al inicio del espectáculo a los ojos de una latina como yo, ansiosa de Bruce ya que era el primer y único concierto de la gira al que podía asistir. A medida que el show avanzó, sin embargo, la dinámica cambió y el público se animó especialmente con el repertorio final de grandes hits.

Como manda la tradición, Springsteen sacó a cantar en la parte final de “Waitin’ On a Sunny Day” a un niño espabilado que aprovechó el momento para correr hacía la batería y pedir las baquetas a Mighty Max, ante la incredulidad de Bruce. También invitó a gente a subir al escenario para bailar durante “Dancing in the Dark”, pero en esta ocasión, en vez de encontrar una substituta de Courtney Cox, el escenario se convirtió en un corral con varias chicas yendo de un lado a otro como si de las Ramblas se tratara.

jakeEl previsible, pero deseadísimo y efectivo bis empezó con la mítica “Jungleland”, con una brillante actuación de Jake Clemons. Tampoco faltaron los coreados “Born to Run”, “Born in the USA” y el conmemorativo “Tenth Avenue Freeze-Out”. No obstante, la gran ausente fue “Thunder Road”, prevista en el setlist pero dejada de lado finalmente.

El colofón final de la gira europea estuvo marcado por la legendaria descripción de la E Street Band, la nostálgica “Bobby Jean” y un extensa y celebrada “Twist and Shout”.

 

Bruce Springsteen: uno di noi

B__SS15912por Cris Magdaleno

Uno a veces se pregunta si es conveniente mitificar a ciertos seres humanos. Muchos señalarán la necesidad de tener referentes en esta vida para hacerla algo más llevadera, mientras que otros asegurarán que fabricar figuras a los que asociamos más con la providencia que con los mortales nos hace bastante más mal que bien.

¿Es o ha sido Bruce Springsteen un mito? No. La grandeza de este tipo de Jersey reside en que, viviendo en una mansión en los altos de no sé qué colina norteamericana, todavía puede seguir conectando con el público de cualquier ciudad y cualquier país del mundo. Ha sabido relatar las diferencias entre las expectativas y los sueños con lo que finalmente nos ha deparado la vida a cada uno de nosotros. Y lo hace sin paliativos. Durante casi cuatro horas de puro rock and roll. Con luces y sombras, sí. Pero como todo. De eso se trata.

Lo que Springsteen logra, y sigue logrando aún ahora, no tiene mucha ciencia, a pesar de que es verdad que no siempre está al alcance de todos. Bruce sube al escenario y es capaz de despiezarse a sí mismo a través de las canciones que ha escrito a lo largo de su vida. Presentándose con sus miedos e inseguridades. Con sus historias de amor y sus fracasos. Con sus disyuntivas existenciales y sus distintas fases vitales. Presentándose ante todos, al fin y al cabo, con lo que representa la vida. Construyendo un espejo en el que mirarnos y en el que compartir lo que hemos experimentado hasta ese preciso momento, en el que te reconcilias un poco con todo. No hay mejor disco para esta catarsis que el que fija el rumbo de esta gira: The River.

B__SS15876La segunda y última noche de Bruce Springsteen y la E Street Band en San Siro tuvo lugar este martes. Con sólo una parada más por delante en la agenda italiana de este tour (Roma) el Boss ofreció uno de los mejores conciertos de la parte europea de El Río.

Aunque con menos material de The River que el domingo, fue la primera vez en Europa que Bruce abrió con el outtake Meet Me In The City, demostrando que es un gran show opener capaz de levantar del asiento de igual manera que cualquier otro de sus grandes éxitos. Mención especial para Stevie Van Zandt, por cierto, que pareció disfrutar tocando la canción casi más que cualquiera de los que estábamos allí.

Tras una soberbia y potente Prove It All Night le siguió Roulette, tan cruda como siempre, con los italianos rugiendo cada vez que llegaba el turno de gritar el título de la canción. Hasta Fire, que nunca había sido tocada en San Siro, durante las 8 primeras canciones del espectáculo no hubo tiempo para reponerse. Una tras otra hasta Rosalita, que lamentablemente está siendo poco frecuente en suelo europeo.

Something in the Night estuvo perfectamente ejecutada y elevó la categoría del concierto hasta prácticamente un nivel etéreo. Incluso los clásicos bramidos de Bruce durante este tema fueron replicados por los fans en San Siro, que hacían honor a su fama de ser, según el propio Springsteen, el mejor público del mundo.

La velada del martes tuvo mucho del Darkness on the Edge of Town, con un Bruce apoteósico a la guitarra al más puro estilo 1978. Apareció también Racing in the Street y Streets of Fire, con una fantástica interpretación de Roy Bittan, el pianista, que no se cansa de demostrar noche tras noche que es absolutamente imprescindible. También en The Price You Pay jugó Bittan un papel sublime. La ausencia de esta joya en muchos conciertos de esta gira está injustificada. Al igual que el reciente olvido que Springsteen le procura a I Wanna Marry You con la intro Here She Comes, que demostró ser enormemente evocadora en la gira española, por ejemplo.

Tras Badlands, y el casi derrumbe de los cimientos del Giuseppe Meazza por culpa de la locura que genera esta pieza, comenzaron los bises. Si bien el domingo fue el turno de Jungleland, esta vez lo fue para otra epopeya de proporciones bíblicas recogida también en Born to Run. Una de esas joyas del Springsteen urbano y callejero: Backstreets, que puso la guinda a un concierto extraordinario y probó que Bruce es capaz de lo mejor aún cuando parece que algunos le cuestionan, a menudo con razón, su populismo y su claudicación ante las masas y los grandes éxitos. No hubo esta vez Waitin’ on a Sunny Day, aunque sí Darlington County. No nos libramos de ella ni repitiendo noche. Aún así, lo cierto es que el balance total de las dos noches fue muy positivo.

B__SS15872Born to Run sirvió de nuevo como eucaristía springsteeniana con la que redimirse de absolutamente todo, mientras los focos mostraban el brillo en los ojos de muchos de los que estábamos allí presenciando una noche irrepetible. Seven Nights to Rock puso la nota de color cincuentera y Shout y Bobby Jean finalizaron la fiesta. Aunque, como es ya habitual, Bruce volvió a salir portando cual escudo su guitarra acústica y su armónica. Antes de tocar, Springsteen dedicó unas palabras en italiano con las que mostraba al público su agradecimiento por las dos noches en San Siro: “Os amo, Milán. Os amo, San Siro”. This Hard Land fue el último tema.

Y tal como dice la canción, mientras veíamos al hombre que ha contado muchos de los episodios de nuestra vida, permanecimos fuertes, permanecimos hambrientos y permanecimos vivos. Es necesario hacerlo, sobre todo cuando, como a mí, ya no te quedan más conciertos de Springsteen en el horizonte. Cuando te tienes que marchar a lidiar con lo que algunos conocen como el Bruce’s blues (la depresión post-Bruce, por decirlo de alguna manera).

Si algo espero de las giras venideras es que Springsteen sea un poco más consciente de que ha llegado a una etapa vital en la que debería cuidar algo más su legado. Estos conciertos siempre sientan bien. Son fuente de adrenalina y satisfacción en grandes dosis. Pero siento que Bruce y la E Street Band hacen este tipo de espectáculos porque están apurando una máquina de hacer rock and roll que dentro de pocos años ya no será capaz de tocar así durante 4 horas. Y me parece bien. Pero creo que es posible, y necesario, tomar una nueva dirección. Reinventarse estará bien. Todos lo hemos hecho en algún momento de nuestra historia. Y, al final, creo que Springsteen también lo hará. ¿Sabéis por qué? Porque, aunque a veces no lo parezca, es uno di noi.

Fotos: René Van Diemen. Courtesy of Backstreets.

Madrid: Wrecking Ball in the USA

por Cris Magdaleno

La tercera y última actuación de la gira The River en España finalizó ayer en el Santiago Bernabéu con 55.000 personas saltando y gritando durante más de tres horas al ritmo de los grandes éxitos de la carrera de Bruce Springsteen.

panoComo en 2012, Badlands abrió el concierto y arrastró al estadio a la más absoluta locura. Un público algo más vibrante que en las anteriores citas de este tour permitió al Boss dirigir la noche a través de temas que, progresivamente, sumieron a los fans en la histeria colectiva que este tipo de espectáculo requiere, sin tiempo casi para mediar palabra.

signsTras My Love Will Not Let You Down y una electrizante Cover Me, se vislumbraba el comienzo del Río con The Ties That Bind, Sherry Darling y Two Hearts, pero fue interrumpido por Wrecking Ball, una de las sorpresas de la noche. Lo cierto es que la velada tuvo mucho de aquel interminable show del 2012. La incursión en el setlist de My City of Ruins y, más tarde, de Spirit in the Night, además del eco horrible y el sonido acoplado durante casi todo el concierto, nos retrotrajo a aquel caluroso 17 de Junio. La emotiva My City of Ruins logró trasladarnos a una iglesia anabaptista de la América profunda donde música y oración se conjugan a la perfección, con ese momento de predicador que a Bruce tanto le gusta. El público, with these hands, siguió cada nota, hasta el final, en perfecta comunión.

pointingCorría el rumor de que Gary US Bonds podría aparecer por la capital española, así que muchos aprovechábamos la cola para recordar con enorme cariño aquella vez que el Santiago Bernabéu se convirtió en un pequeño antro de Asbury Park mientras Southside Johnny y Bruce se desgañitaban con Talk To Me. Sin embargo, Gary no apareció y Bruce continuó con su trabajo, de pico y pala, martilleando a sus fans con un éxito tras otro (Hungry Heart, Out in The Street, The Promised Land…). Poco tiempo tuvieron para estar sentados aquellos que prefirieron grada.

Gracias a una de esas pancartas de cartón, pudimos disfrutar de una fantástica y poderosísima Trapped, cover de Jimmy Cliff, que enlazó muy bien con The River y Point Blank, las dos últimas canciones que interpretaría Bruce del disco que da nombre a la gira. Si hace varios años nos hubiesen dicho que Point Blank gozaría de tanta importancia y frecuencia en los setlists, muchos habríamos firmado con los ojos cerrados, sin importar el resto. Pero hoy no todo vale. Si bien fue una interpretación fantástica, con Roy Bittan haciendo gala de su enorme maestría, a partir de aquí Springsteen se rindió a las masas: el Boss encadenó cuatro canciones seguidas de Born in the USA. Downbound Train, por cierto, derrochó la tristeza de la historia que narra en todos y cada uno de sus acordes y su actuación fue tan maravillosa como siempre. A veces estigmatizamos todo el álbum Born in the USA, pero tiene joyas de este calibre. Pero lo que siguió fue un brindis al sol, con bailes rockabillys, shalalas y niños cantores en Waitin’ on a Sunny Day que ni siquiera se sabían la letra de la happy pop song de The Rising.

nensAyer hubo un detalle que refleja muy bien en qué se convierte Springsteen cuando toca en un estadio delante de tanta gente entregada a lo que sea. Johnny 99 cuenta la historia de un hombre al que prácticamente han desahuciado de la vida. Se ha quedado sin trabajo, es un asesino por pura desesperación y no tiene ningún motivo por el que vivir, pero ni siquiera le conceden el alivio de ser condenado a muerte. La canción es un verdadero drama. Pues bien, ayer formó parte del tramo festivo del espectáculo, con bailes y risas tanto en el césped como sobre el escenario. Curioso.

El solo de Nils Lofgren en Because the Night puso un poco de sentido y Land of Hope and Dreams, cuidada, emocionante y perfectamente ejecutada cerró el mainset antes de los bises.
13236259_10154176301327370_1202219965_nEn este tren va mucha gente. No sólo los fans agolpados en las primeras filas que buscan rarezas y ponen mala cara cuando Waitin’ on a Sunny Day, que no se encontraba en el setlist original, desplaza a Racing in the Street, planeada previamente por Springsteen. Bruce es complaciente y, por qué no decirlo, populista. No va a levantar un estadio con Racing. Con el Glory Days de turno lo hará. Y hay que asumirlo. Es su decisión. Aunque es criticable. The River Tour ayer no fue tal. Hubo más canciones de Born in the USA que de The River, que es algo muy grave. Muchas de las canciones de The River que sonaron en Madrid no hacen justicia al disco. El disco no es sólo Hu
ngry Heart
y Out in the Street: es también Stolen Car, Fade Away, Drive All Night o Wreck on the Highway.

Los bises, ya con las luces encendidas, ofrecieron lo mismo que en los tres anteriores conciertos. Born in the USA, Born to Run, Glory Days, bailecito en Dancing in the Dark, Tenth Avenue Freeze-Out, movimientos de brazos a un lado y a otro en Bobby Jean y gritar aaaaahhh muy fuerte en Twist and Shout. El estadio parecía venirse abajo en cualquier momento.

13282287_10154176313367370_728022058_nCuando se despidió la E Street Band, y recuperando la costumbre que también era habitual durante la gira Wrecking Ball en 2013, Bruce volvió a salir armado únicamente de su guitarra acústica y su armónica. La intro de Thunder Road marcaba el camino y amortizaba para muchos el precio de la entrada. Bruce seguía siendo Bruce. Esperemos que no se seque más el Río. Veremos por dónde nos seguirá llevando en Europa. Suponemos que these two lanes will take us anywhere.

Fotos: Rubén García/SalvaTrepat/Point Blank

Setlist completo concierto Madrid

Galería de fotos del concierto en Madrid

Donostia: Boss Time

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por Cris Magdaleno

La segunda parada de la gira The River tuvo lugar en Donostia, Euskadi, este martes 17 de Mayo. Los fans se dieron cita en el Estadio de Anoeta para otro maratoniano concierto de Springsteen que, durante más de 3 horas y media, extasió y agotó a las 35.000 personas que se concentraban en el campo de la Real Sociedad.

En Europa, y seguramente también en Estados Unidos o en cualquier otra parte en la que Bruce es ya un habitual, encontrarás a muchos seguidores de Springsteen que te aseguren que su ciudad es especial. Que con ellos el de New Jersey tiene algo que no tiene con el resto del mundo. Este martes casi todo giraba en torno a los grandes conciertos que Bruce ha hecho en la capital de Gipuzkoa. Cierto o no, es un hecho que a Bruce le gusta mucho Donosti. Ha venido en varias ocasiones únicamente de vacaciones y, por lo menos ayer, se le notaba muy a gusto. Aunque quizá sea porque tiene ese don. Puede meterse en el bolsillo a un estadio entero aquí, en Australia o en Argentina. Y a los que viajamos expresamente para verle nos hace sentir todas las noches como en casa.

steveBruce Springsteen se debió levantar en su habitación del María Cristina sintiendo un pequeño gusanillo rockabilly que le llevó a abrir el concierto con Working on the Highway. Después, simplemente, disparó un trallazo de rock and roll calcado al de Barcelona, enlazando No Surrender, My Love Will Not Let You Down y The Ties That Bind, que daba comienzo al contenido de The River.

No hubo que esperar demasiado para uno de los grandes momentos de la noche. Haciendo gala de un viejo truco, cogió una pancarta de una canción que tenía previsto tocar y la enseñó a la cámara como si se hubiese salido de un guión perfectamente medido: tiempo para Independence Day. Bruce estaba algo más hablador que en Barcelona e introdujo la canción hablando de padres e hijos, del momento vital en el que escribió este tema y lo que significó para él descubrir que su padre era humano, que tenía sueños y esperanzas. Tras este paréntesis, continuó la fiesta con Hungry Heart y Out In The Street.

fireEl debut de Fire, gracias a una petición en un abanico, permitió que Bruce y Patti pudiesen mostrarse intensos y pasionales ante los ojos de miles de espectadores, que se desgañitaban cuando el silencio se abría paso y había que gritar el título de la canción.

Sin tiempo para envidiar lo muy enamorados que parecen, que tampoco es que sea demasiado relevante para el espectáculo, arrancó la maravillosa I Wanna Marry You, con Here She Comes como introducción. Los fans deberían rezar para que sea fija en todos los conciertos. Es una combinación tan perfecta y bella que sería un sacrilegio que se cayese de los setlists. Aunque con Springsteen nunca se sabe.

El trío de canciones más duro del concierto, por sus letras desoladoras y brutales interpretaciones, lo formó The River, Point Blank (que, otra vez, mostró a un Roy Bittan espectacular al piano), contando la historia sólo con el teclado y sin necesidad de nada más, para que después Springsteen la cantase apretando los dientes, como si de verdad le estuviesen disparando a quemarropa estrofa tras estrofa, y una Murder Incorporated que puso fin a este tramo y precedió el momento erótico-festivo del show. Ramrod, Darlington County, I’m Goin’ Down y Waitin’ On A Sunny Day, con niña cantora incluida. Mucho se habla de los pocos artificios que Bruce necesita para elaborar un show completo y muy por encima de lo que muchos artistas son capaces de hacer utilizando grandes escenarios y espectáculos de luces. Lejos de darle smallstageCrisMagdaleno2outtakes y rarezas a los que sacrifican su tiempo para estar en el pit, sabe muy bien que para que las miles de personas que acuden a sus conciertos canten, bailen y griten como si estuviese a punto de llegar el apocalipsis tiene que tirar de greatest hits facilones y poco complejos, pero que parecen hacerle muy feliz.

Tras Waitin’, la maravillosa y emocionante Drive All Night (la declaración de amor más absoluta: “conduciría toda la noche únicamente para comprarte unos zapatos.”) con un poderoso solo de saxo, la vigorosa voz de Bruce y una luz azul muy tenue que nos metía a todos de nuevo, durante un par de minutos, en una actuación algo más íntima.

Thunder Road, coreada y muy sentida por las masas, como siempre, y un Badlands que hizo temblar hasta el último centímetro de Anoeta cerraron el mainset del tercer show en la historia de Donostia.

ramrodBorn in the USA abrió los bises, sin sorpresas aunque sin la habitual Shout, copados de material del Born in the USA y la sempiterna y necesaria Born to Run. Twist and Shout parecía el final con que el Boss echaría el cierre, pero aún le quedaba algo más de gasolina para seguir dos canciones más. Bobby Jean fue el último tema con la E Street Band, que se despidió después tres horas y media tocando sin parar.

Bruce volvió a salir, esta vez ya para cerrar de verdad, armado con su guitarra acústica, su armónica y su voz rasgada. A cappella, nos dijo casi al oído que permaneciésemos fuertes, hambrientos y muy vivos. Y que si no podíamos, nos encontraríamos “in a dream of This Hard Land“. Allí nos veremos siempre. Agur.

Donosti… <<You’ve just seen the heart stopping, pants dropping, house rocking, earth quaking, booty-shaking, Viagra-taking, history-making, le-gen-da-ry… E – Street – Band>>.

Fotos: S.Trepat (2,3,5)/J.Aguilera (1)/C.Magdaleno (4)

Setlist completo.