19.4.08

Adiós a Danny Federici, el "fantasma" de la quintaesencia

por Fernando Navarro

Aquella tarde me colé en la habitación del hermano mayor de mi mejor amigo y salí con un doble disco, con la carátula bastante dañada, bajo el brazo. Mi amigo me dijo: “Ése creo que es uno de los preferidos de mi hermano, si te lo llevas, que no se entere”. De habérmelo dicho hoy, sin duda, hubiese hecho caso a la advertencia, pero ser un chaval te permite ciertas licencias como ser inconsciente. Por aquel entonces, el hermano mayor de mi mejor amigo podía haberme pateado el culo, pero sin pensármelo dos veces hice mío ese disco de portada azul y me largué a casa.

Creo que es uno de los primeros y más intensos momentos que recuerdo, y recordaré, de lo que es entrar en comunión con el sonido de un álbum. Caían pequeñas gotas de agua al otro lado de la ventana y la luz de la lámpara de mi habitación temblaba cuando puse a correr el primer compacto de The River. Venía de un verano, mi primer verano con la música de Springsteen en mi vida, en el que me había aprendido de memoria Tunnel of Love, Human Touch y Lucky Town. Y The River, entre otros, todavía esperaba su turno. Era septiembre, y ciertamente septiembre es un mes traicionero. Fue como girar la solitaria esquina y darte de bruces con una calle repleta de gente. Da igual si llovía, la gente bailaba y lloraba de alegría y pena bajo la conquista de aquel rock’n’roll.

Si me preguntan hoy donde está el secreto de The River, diré que me costó mucho descubrirlo pero su nombre es Danny Federici. Nada llamativo, Federici está presente de principio a fin, pero ni te enteras. Su órgano es a la vez mantel que envuelve, ambiente líquido que se propaga y sucesión de notas en cascadas coloreadas. Sin Federici no sería lo mismo. Con otras palabras, aunque dándome a entender lo mismo, un veterano amigo, algo gruñón con los derroteros musicales que ahora están de moda, me agarró un día por la solapa y me dijo: “Hay que dejarse de hostias, el rock’n’roll, lo que se dice rock’n’roll, está en álbumes como The River. La quintaesencia de este negociado está en ese doble vinilo”. Y empezó a enumerarme las canciones donde, precisamente, el órgano otorga una nerviosa vitalidad a las composiciones. Esa noche conecté con la quintaesencia por medio de temas como “The Ties That Bind”, “Sherry Darling”, “Hungry Heart”, “You Can Look (But You Better Not Touch)” o “Cadillac Ranch”.

Sin Federici no es lo mismo. Steve Van Zandt es el más viejo amigo de Bruce pero Federici poseía la distinción de ser el miembro de la E Street Band con más antigüedad junto a Springsteen. Bruce y Danny, ambos naturales de Nueva Jersey, se conocieron en 1968 a través de Vini “Perro Loco” Lopez durante las altas madrugadas del Upstage de Asbury Park. Pronto entró a formar parte de los proyectos del joven e inquieto Bruce. Antes de que existiese la primera E Street Band, Federici tocó en Child y Steel Mill. Hijo único, adoptado de un matrimonio de madre polaca y padre italiano, reconoció en una entrevista a Backstreets que no le preocupaba no sacar dinero al principio con su amigo porque la fuerte determinación de Bruce por su propia música hacía que él creyese en lo que Bruce creía. Durante el discurso de introducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el mismo Springsteen aseguró que “Danny es el músico más instintivo y natural” con el que se había encontrado.


Pero siempre estuvo en segundo plano. De ahí, su apodo de “Fantasma”, aunque corrió el rumor de que venía de los setenta cuando, a diferencia de otros amigos, se libró de ser detenido por la policía durante una noche de juerga en Asbury Park. El “Fantasma”, sin embargo, era tímido y aparecía el último en los créditos o escenarios. Lo suyo no era ponerse el pañuelo en la cabeza, casi siempre con su gesto campechano en los márgenes de las fotografías en blanco y negro. Estaba claro: no era una rock star, aunque pasó problemas con el alcohol y se divorció en mitad de las turbulencias.

Lo suyo era medir las notas, ofrecer un colchón al resto de la banda, aportar refinamiento. Ese pulso “fantasma” es propio de un estilo. Bruce sabía lo que quería y por eso contaba con Federici. Bob Dylan cambió el rumbo de muchas cosas con la creación de Highway 61 Revisited. Aquella obra maestra alcanzó su clímax cuando Alan Kooper empezó a tocar el teclado casi de casualidad. Dylan lo cogió al vuelo y Springsteen y toda una serie de músicos seguirían el rastro. Música negra y blanca en un apasionante viaje sonoro. Federici formaba parte de esa tradición mestiza. Es normal, entonces, que colaborará en trabajos de Gary Us Bonds, Graham Parker o Little Steven. Ellos también sabían lo que querían.

Nunca, dicen, se va un músico del todo. Siempre queda su música. Esta noche he vuelto a recuperar The River, luego buscaré el órgano bombeante de Born To Run y puede que vea amanecer con esa serenata de acordeón a ritmo de carrusel de “4th of July, Asbury Park (Sandy)”. Sin embargo, el “Fantasma” ya no está. La muerte, siempre vencedora, ganó esta vez con trampas. Federici muere víctima de un cáncer a los 58 años, con su E Street Band de gira y medio planeta deseando asistir a los conciertos. La E Street Band no es ya la misma calle. Falta uno. Por eso, cuando ahora giro la esquina, me doy cuenta que el tiempo corre más que ellos, que yo, que todos. Es abril y en Madrid llueve, tal vez también en Nueva Jersey. Puestos a perder, prefiero bailar hasta quemar las suelas de mis botas, allí donde sea, con el sonido gozoso, fresco, detallista que alumbra una vida, con el rock’n’roll discreto y esencial que permite soñar.



Fernando Navarro es periodista, trabaja para El País Digital y Rolling Stone, y es colaborador habitual de Ruta 66 y Efe Eme.

Fotos:
superior: Danny en 2003
arriba, izquierda: Danny en 1971 con Steel Mill
centro: El penúltimo concierto, en Boston, 17 de noviembre de 2007 (autor: A.M. Saddler/Backstreets)
inferior: Clarence, Bruce y Danny en Toronto, enero de 1981 (autor: Lawrence Kirsch/foryoubruce.com)

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Acordeón de Sandy, Fantasma de la Calle E


por Julio Valdeón Blanco

Tecleo mi adiós a Danny Federici con el adjetivo bailando en el lacrimal. No lo conocí, ni tuve la suerte de entrevistarlo, pero su música me enseñó a ponerme los pantalones. Desde que con 12 años alguien me regaló The River, el órgano y el acordeón de Federici me hicieron viajar diez mil kilómetros, me acompañaron al depósito de cadáveres y al paraíso, fueron mi diario de la mañana, mi universidad de la hermosura, rock'n'roll en vena, emoción garantizada. Había acompañado a Springsteen 40 años, desde los tiempos en que ambos malvivían como gatos sarnosos, durmiendo al relente en fábricas sin techo, acosados por la policía y los vecinos, hasta que la E Street Band, mediados los ochenta, se transformó en una «maquina de hacer dinero», y más allá, hasta su actual perfil de servicio público, antorcha de canciones que recorre el mundo a lomos de un Cadillac (rosa).

En las duras y en las peores, cuando arreciaban las hostias y también cuando el grupo estuvo a punto de desaparecer, Federici permaneció fiel. Como un personaje de Peckinpah, cabalgó hasta el final e incluso perdonó a su amigo/jefe durante el intervalo en que la E Street Band dejó de existir. Aunque le llevó tiempo, concedió que la fama crea paranoias, que mantener unida la pandilla adolescente equivalía a no madurar, parapetados en un mundo acorazado ante la realidad, y que Springsteen, al cabo, necesitaba tocar otras guitarras y escapar del hogar fraterno (todo grupo, juvenil o no, adquiere al final tintes posesivos). Al fin, luego de aventuras diversas, Springsteen llamó a los chicos. En 1995 cortaron algunas rodajas soberbias (esa gloriosa Back in your arms) y en 1999 pulieron la que quizá sea mi canción favorita de estos últimos años, Land of hope and dreams. Como en los versos de ésta última, en el tren de la E Street Band entrábamos todos, los mendigos y los poetas, los condenados a muerte, los padres de familia que los vieron, mucho más jóvenes, en la Barcelona de 1981, y los niños que comienzan a descubrir la majestad redentora del rock, los locos, los tullidos y los solitarios, el espíritu de Woody Guthrie y el de Curtis Mayfield, amamantado en sus amplificadores a tres generaciones de enamorados de Sandy.

Aunque los obituarios en primera persona huelen a narcisismo, me resulta intragable escribir sobre Danny en plan agencia, objetivo, acumulando datos que en cualquier caso están en las enciclopedias. Lo vi en Boston, durante su último concierto completo. En su acordeón 4th of July, Asbury Park (Sandy) olía a verano y sal, a barbacoa junto a la playa, casino abandonado, rímel y purpurina. Kitty´s back nos clavó al asiento; This hard land fue un tiro a bocajarro, con Danny sustituyendo las partes de armónica con el fuelle de su instrumento. Nils Lofgren se pasó la velada a su lado, y al terminar Springsteen lo obligó a saludar desde el centro del escenario. Detestaba el haz de los focos, pero aceptó la invitación porque nadie en aquel pabellón hubiera admitido un no por respuesta.

Desaparecido Elvis, con los leones del soul (Solomon Burke, etc.) atravesando un periodo sombrío y Dylan en su típico hiato ciclotímico, en tiempos de aristocracia rock y petardazos instrumentales, Springsteen y la E Street Band, por violentos, sinceros, acumulativos, actuales, herederos del pasado y creadores de futuro, salvan al rock del bostezo. Antes de que el punk le diera una patada al tinglado de los supergrupos, Federici, Clemons y el resto de la banda anunciaron tiempos de guerra, enfrentados al moho esclerótico que devoraba la escena. En su recamara traían a las Ronettes, los Animals, Van Morrison y James Brown, Brian Wilson y Roy Orbison. Conocían la historia y sabían como inyectarle vida. Nuestro hombre, que según cuenta Robert Santelli conoció desde siempre su destino, hizo de la profesión una cruzada. Había nacido un 23 de enero en Nueva Jersey, hace cincuenta y ocho años. En My city of ruins, Hungry heart, Fire, The fever, Prove it all night y otras mil canciones su sello dulcísimo acuna desde una realidad paralela, más real que la nuestra, cobijada bajo un cielo nocturno dopado de cometas. Músico natural, acumulaba en sus párpados caídos la historia del rock. Uno, que ama los discos sucios, rotos, donde escuchas la tormenta, prefería mil veces aquellos en los que su glockenspiel, órgano Hammond y acordeón mandaban sobre el sintetizador, ese invento de los ochenta que arruinó tantos temas por exceso de glucosa.

Ahora mismo, mientras apuro el cigarrillo que me llevará en compañía del gusano, suena Racing in the street, y los dedos de Roy y Danny bombardean mi pecho con su trenzado mágico, prolongando los versos sobre la chica que odiaba haber nacido y el mar que lava los pecados hasta el grito, donde ninguna pluma, ningún discurso, supera la capacidad lírica, evocadora y rota de ese sonido que va y viene del fondo del abismo con un fardo de fuego y lágrimas, y maldigo la muerte, y le doy al play de nuevo, buscó en los estantes los viejos piratas, las noches en el Winterland y el Roxy, agito la cabeza y me dispongo a partir, por enésima vez, con los viejos truhanes de la calle E, en busca de la tierra prometida, en compañía de Mary, en un viejo Chevy de segunda mano donde el viento despeina el corazón del viajero.
Te sea la tierra leve, maestro.


Julio Valdeón es periodista y corresponsal del diario El Mundo en Nueva York

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