14.5.08

Archivo Point Blank #17: Entrevista exclusiva con Danny Federici

Entrevista publicada originalmente en el nº 17 de la revista Point Blank (julio 2003)

copyright Point Blank 2008
(permitida la reproducción bajo licencia Creative Commons - leer condiciones- citando siempre la autoría y procedencia)

ENTREVISTA CON DANNY FEDERICI

por Salvador Trepat, junio 2002.

Tu primer disco, Flemington, se reeditó el pasado otoño titulado con tu nombre y con un tema extra, “Erica”. ¿De dónde salió la idea?

Soy amigo del presidente de Universal Music, y estuvimos comentando que Flemington no sonaba por las radios ni tenía salida, y todo lo que la otra discográfica no había hecho. Me dijo que Universal estaría dispuesta a editar el disco de nuevo y que estuviera en las tiendas. Me uní a mi viejo amigo Michael Cates para escribir una nueva canción para el disco y que me ayudara en la producción. Eso fue extraordinario porque no sólo hicimos un tema extra (titulado “Erica”) para el álbum sino que Michael sugirió que rediseñáramos la portada y remasterizáramos el disco. El nuevo CD suena mucho mejor que Flemington. No vacilo en considerarlo un nuevo disco.

Me comentaste hace unos años que ibas a grabar algunas canciones para un álbum de Navidad. ¿Qué pasó con ese proyecto?

Tengo media docena de canciones listas pero parece que siempre me salen cosas con mi banda de jazz y trabajando en otras músicas. Acabo de grabar música de fondo de acordeón para televisión y una película. He estado por ahí tocando con Michael bajo el nombre “Danny Federici Band con Michael Cates”.


¿Has escrito nuevas canciones desde que se grabó Flemington? ¿Planeas grabar otro disco más adelante?

Como decía, Mike Cates y yo escribimos “Erica”, el tema que abre el CD Danny Federici, y tenemos casi media docena de canciones preparadas para un nuevo disco. Mike me presiona constantemente para que me levante del sofá y me ponga a trabajar en el disco. Él es verdaderamente importante para mí como amigo y productor. Creo que si sigue llamando con fuerza a mi puerta acabaré terminando el nuevo álbum.

Has tocado en el último disco del saxofonista Bob Ackerman. ¿Has estado grabando con otros artistas en los últimos años?

No. Dejé de hacerlo hace un tiempo. Lo haría si el precio fuera adecuado y tuvieran una idea clara de lo que quieren que haga en las canciones. Normalmente acabo co-produciendo y arreglando temas y al final no lo acreditan. En cuanto a Bob Ackerman, mi productor (Michael Cates) también produjo su disco. En un intento por revitalizar la carrera irregular de Bob, Michael probó nuevas ideas de producción nuevas en el tema “Come In From The Rain”. Pensó que mis texturas de órgano eran exactamente lo que el tema necesitaba para que sonara bien.

¿Qué significó para ti la reunión de la E Street Band en 1999?

Amistad. Basta de egos. Hizo que me diera cuenta de lo que es verdaderamente importante. Luego me divorcié, empecé a preocuparme más por mí, mi salud y el bienestar de mis hijos. Hizo que me parara de nuevo y echara un vistazo a mi alrededor. Creo que ahora me siento mejor que nunca.

¿Cómo fueron las sesiones de grabación en Atlanta para el nuevo disco de Bruce? Parece que no grabó la banda al completo sino que cada uno grabó sus partes separadamente.

Fue exactamente así. Volaba allí un lunes, tocaba en todos los temas que habían sido preparados durante el fin de semana, y volaba a mi casa la misma noche (suelo trabajar con rapidez) o me esperaba al día siguiente para irme.

Bruce ha tomado un nuevo rumbo teniendo como productor a Brendan O’Brien. ¿Qué aportó O’Brien a la grabación?

Brendan nos entendimos bien desde el inicio, ya que él es piloto y yo tuve y piloté mi propia avioneta durante muchos años. Ahora ya no vuelo. Por los chicos y todo eso. Me encantó que Brendan y Bruce pasaran todo el día sólo conmigo trabajando con ideas para los sonidos del órgano. Fue una oportunidad para experimentar con la música de Bruce. Nunca antes le había dedicado tanto tiempo. Brendan tiene todo tipo de teclados imaginables. Lo usamos todo hasta la saciedad. Incluse le puse un fuzztone a mi acordeón. Nunca se me había ocurrido hacerlo.


¿Tienes ganas de salir de gira de nuevo y viajar por todo el mundo?

Sin duda alguna. Estoy soltero y feliz, en plena forma, y me siento impaciente con la gira. No puedo esperar. Será genial.

Volviendo a tus proyectos, ¿qué cosas te inspiran hoy en día para componer canciones?

Seguramente escribir sobre los sentimientos de la gente que me rodea, la buena gente. La sensación de que todas las cosas ocurren por una razón. Pienso mucho en mis hijos. Me dan una felicidad inmensa. Son mi base. Me hacen ver y pensar con claridad.

¿Cómo afectaron a tu vida y a tu música los sucesos del 11 de septiembre?

No demasiado. He notado como todo el mundo ha cambiado un poco. Creo que la gente tiende a ser perdonar más y a preocuparse más por los demás desde ese día. No escribo letras de canciones y si lo hiciera no creo que dijera nada sobre ese día. Es un sentimiento, todos hemos cambiado debido a aquello. Aunque aún no sé exactamente cómo. Creo que nos falta tiempo.

¿Qué es lo siguiente que te gustaría hacer en tu vida y en tu carrera?

Salir con mi banda de jazz. Me encanta estar allí delante. Me encanta poder hablar con la gente, que rían conmigo si digo algo divertido. Sin olvidar tocar el órgano y el piano tanto como quiero. Y cuando quiero. Cuando esta nueva gira acabe, eso es lo que voy a hacer. Quiero ir a lugares diversos con mi música.



BREVES

¿Cuál es tu disco favorito de todos los tiempos?

The Beatles – Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

¿Y tu artista favorito?

The Beatles.

¿Con qué artista te gustaría tocar?

Acordeón con Shania Twain y Phil Vassar.

¿Cuál fue el primer disco que te compraste?

The Ventures: Live in Japan.

¿Qué disco estás escuchando más actualmente?

Brian Culbertson: Nice and Slow, y el de Phil Vassar.


¿Porqué te apodan “The Phantom” (El Fantasma)? (pregunta de Ricardo)

Nunca me gustaron las relaciones públicas. Sólo quería hacer mi trabajo (en el concierto) y largarme.

Tras la separación de la E Street Band en 1989, ¿mantuviste tu amistad con los otros miembros de la banda? (pregunta de Nabil)

Siempre hemos sido amigos. Son los hermanos que nunca tuve. Siempre nos apoyamos.

¿Qué pensaste, en términos musicales, de los discos Human Touch, Lucky Town y The Ghost of Tom Joad cuando se editaron?

Durante esa periodo no les presté mucha atención. Estaba por ahí haciendo mis propias cosas.

¿Cuál es tu disco favorito de Springsteen? (pregunta de Nuria)

¡El que tenga más órgano y acordeón!

¿Quiénes son tus teclistas favoritos? (pregunta de Jesus)

Brian Culbertson como pianista de jazz y Roy como teclista de rock.

Como el acordeón es tu instrumento favorito, ¿intentas normalmente convencer a Bruce para que haya más partes de acordeón en las canciones de los conciertos? (pregunta de Eduardo)

Siempre saco mi acordeón en algún momento durante los ensayos, pero nunca le intento convencer de nada.


Fotos: Jason Federici, cedidas por Danny Federici en junio 2002.

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Archivo Point Blank #12: Entrevista exclusiva con Danny Federici

Entrevista publicada originalmente en el nº 12 de la revista Point Blank (diciembre 1998)

copyright Point Blank 2008
(permitida la reproducción bajo licencia Creative Commons - leer condiciones- citando siempre la autoría y procedencia)

ENTREVISTA CON DANNY FEDERICI

por Salvador Trepat, junio 1998.

Un programa de televisión le hizo empezar a tocar el acordeón. Tras años de aprend
izaje y diversas bandas, en 1968 reclutó a un joven Bruce Springsteen para que tocara en su grupo Child, y estuvieron juntos hasta 1988. En esta entrevista exclusiva Danny Federici hace un repaso a toda su carrera, nos habla de sus proyectos actuales y futuros, de su vida diaria y de su relación actual con Springsteen. Actualmente está de gira con la rockera americana Mary Cutrufello.

¿Cómo te sientes actualmente?
Estoy realmente bien. Estoy entusiasmado con mi propio proyecto y con mi propia música. La E Street Band no era el vehículo adecuado para expresarme con mi música instrumental, que es lo que he estado escribiendo durante mucho tiempo. En realidad nunca pensé, mientras grababa el disco, que lo
presentaría en directo. Simplemente pensaba en compilar un puñado de música cuando apareció la idea del disco y posteriormente dijimos “hey, vamos a tocar en directo todo esto”. Eso me estimula y me asusta al mismo tiempo.

Háblame de Flemington. ¿Qué te inspiró a componer esas canciones?
Flemington es mi ciudad natal. Mis padres enfermaron durante los últimos tres o cuatro años, y finalmente fallecieron. Solía volver a la ciudad para asegurarme de que estaban bien, y eso me permitió hablar con antiguos compañeros del bachillerato, buenos amigos con los que hacía much
o que no hablaba, y me dijeron que se preguntaban qué había pasado con Danny Federici, dónde había ido y si era cierto lo que habían leído en artículos sobre Bruce donde decían que yo era de todos esos pueblos diferentes en New Jersey. Algunos me dijeron que creían que yo me avergonzaba de la ciudad donde crecí, que simplemente estuve con esa banda de rock’n’roll y me había olvidado por completo de mis amigos. Eso no era cierto, por lo que quise decirles, ‘hey tíos, estoy orgulloso de mis orígenes’, y le puse ese nombre a mi disco.

¿Cuándo empezaste a escribir canciones?
Hace mucho tiempo. Soy un acordeonista de escuela clásica, empecé a tocar c
uando tenía siete años y siempre he estado escribiendo canciones. Vivo en California y no paro de escribir, intentando que mis canciones estén en películas, anuncios y cosas así. Hay un montón de música instrumental que fluye en mí.

Has editado el disco en tu propio sello, Dead Eye Records. ¿Ha funcionado bien?
(risas) Creo que sí. Sé que vendimos un montón a tr
avés de internet cuando empezamos. Al final hemos conseguido que esté en todas las tiendas, ya que hicimos un
contrato con una compañía que se llama Music Masters y tienen distribución a través de BMG, lo cual es muy bueno. Ahora el disco está en todas las tiendas de Estados Unidos, y ya está anhelando otro, está muy sólo.

¿Cómo creaste tu propia compañía?
En realidad dos amigos míos tenían ya el sello. Tienen su propia banda de country & western y querían hacer algo con ella. Se pusieron en contacto conmigo, me ayudaron a acabar el disco y me dijeron ‘sabes, somos sólo dos, si quieres puedes entrar
a formar parte de la compañía’.

Tu eres el músico que ha tocado durante más tiempo con Bruce Springsteen, exactamente 21 años, desde 1968 a 1988. Es como tener el mismo empleo durante más de dos décadas.
Sí, lo es. Y es un gran cambio no tenerlo. Es curioso, nosotros siempre escribimos nuestros propios temas. Recuerdo que tocamos la noche que el hombre llegó a la luna, con nuestro batería Vini Lopez y un bajista diferente, en una banda llamada Child. Vivíamos en una fábrica de tablas de surf y pasamos de eso a contratar a Roy y Max, hacer audiciones con ellos. Me acuerdo cuando Steve Van Zandt se unió a nosotros para tocar el bajo en Steel Mill.

Incluso después has tocado muy a menudo con Bruce. El Bridge Benefit en el 8
6, los conciertos benéficos en Asbury Park en el 96, el de Red Bank este año, el programa especial para Rolling Stone. Parece que Bruce siempre se acuerda de ti cuando necesita alguien a su lado.
Sí. Asbury fue muy divertido. Lo disfruté mucho. Soy acordeonista, por lo cual me encantó.

Me gustó mucho verte con Bruce tocando en el especial de Rolling Stone el otro día. Las canciones sonaron muy bien. ¿Quiénes eran los otros músicos?
Eran Jim Hanson al bajo, toca en el primer tema de mi disco. Garry Mallaber era el batería, un tío muy majo, y Marty Rifkin tocaba la pedal steel. Hicimos un par de temas en los estudios
de Sony en Nueva York. Fue una gran semana para mí. Toqué con Max en el programa de Conan. Llamé a mi viejo amigo y le dije ‘hey, he de salir por la tele Max, acabo de sacar un disco!’. Me quedé en la ciudad y me acerqué para tocar con los chicos en Red Bank.

¿Cómo describirías tu relación actual con Springsteen?
Creo que Bruce y yo estamos en la mejor situación que hemos estado nunca porque hemos tenido el tiempo suficiente para aprender. No me quedé muy contento con la ruptura de la banda. Ser un miembro de ella durante tanto tiempo hace que pienses durante muchos años ‘¿qué le pasó a mi trabajo?’. Cuando te decepcionas, al principio, es algo... respiras profundamente y no es tan malo. Fue muy decepcionante para mí, y seguro que para los otros miembros del grupo, porqué fue una sorpresa.

¿No imaginabas que podría pasar?
No. Acabábamos de hacer una gira para Amnesty un año antes, y pensé que me llamaba para preparar un nuevo disco o una nueva gira, así que me quedé bastante sorprendido.

Tú has sido testigo de la evolución de Bruce como compositor. ¿Cuál es el material que más te gusta?
Me gusta algo de su material más reciente, por que es más simple y comprensibl
e. Todavía puedes escuchar sus temas más viejos y, sabes, puedes entender sus letras de mil maneras diferentes y al final se hace difícil saber de qué estaba hablando. Me gusta también su manera de producir los discos. Yo me fijo más en la producción, en el sonido, la tecnología, y ahora suena mejor.

Volvamos a los inicios. ¿Qué te hizo ser músico? ¿Quién te enseñó?
Había un programa en la tele llamado Lawrence Welk. Mis padres solían verlo, y el tipo que dirigía la banda tocaba el acordeón. Era una banda polaca y tenían otro acordeonista en el programa llamado Miron Floren. Una señora me dijo que me regalaría un acordeón si aprendía a tocar una canción, así que observé al tipo de la tele durante dos semanas y me aprendí la canción. Mi madre fue de gran ayuda. Me presionó para que continuara, ella siempre estaba allí enseñándome cosas diferentes. Se me hizo algo pesado cuando crecí, pero sin ella nunca hubiera seguido.

¿Quién te influenció en esos años?
Toqué acordeón clásico durante 15 años. Me influenció un tipo llamado Charles Magnante y otro llamado Dick Cantino, pero luego al llegar a la adolescencia acabé dejando el acordeón por dos razones: a las chicas no les gustaba cuando lo tocaba; y además iba al conservatorio y mi profesor me llamó para que tocara algo de jazz con el acordeón –cuando yo nunca había oído otra cosa que no fueran polkas y todo tipo de música clásica– y me inspiró el hecho de poder tocar otras cosas, así que dejé el conservatorio y empecé a tocar por mi cuenta.

¿Cómo te han influido como músico los años que pasaste en la E Street Band?
Aprendí mucho a tener gusto, a saber lo que quiero. Bruce ha sido un gran líder para la banda y eso me ayudó mucho al formar mi grupo, y a como equilibrar la amistad y el negocio, porque él sabe muy bien cómo llevar esos temas. Es duro, sabes, porque la gente me pregunta ‘¿porqué no empezáis
de nuevo como The E Street Band?’. Bueno, porque yo no hacía caso a Clarence, ni él a mí, Max no me hacía caso ni yo a él, pero todos hacíamos caso a Bruce. Así es como era.

La E Street Band estuvo constantemente de gira los primeros años. ¿Cómo era la vida en la carretera? Supongo que no ibais en avión ni a hoteles de lujo.
Recuerdo cuando David Sancious y Ernest Carter, el batería, se unieron a la banda y volaron en un 747, y que estaba decepcionado porque ellos no se habían chupado los viajes en la furgoneta con la banda. Viajábamos en camionetas, y dormíamos en casas de gente, encontrábamos a alguien que nos alojara, y toda la banda solía dormir en la bodega o en el sótano. Eran tiempos realmente muy excitantes porque todo el mundo estaba emocionado con esta banda y cuando nos venían a ver tocar realmente se alegraban de haber creído en nosotros y nos dejaban estar en su casa. Fue muy divertido.

¿Os ganabais la vida?
Sí, lo hacíamos. Pasábamos con poca cosa. Ganábamos unos cien dólares por semana o algo así, nos pagaban el alquiler y teníamos un coche de alquiler delante de la casa. Recuerdo que Clarence, Vini y yo vivíamos en una gran casa de Long Branch. Teníamos la habitación llena de portadas de Greetings from Asbury Park. Las pegamos por las paredes del comedor. Estábamos orgullosos del disco y pensamos que era algo divertido (risas).

¿Cuál es el concierto más extraordinario que recuerdas?
Creo que el más salvaje fue Slane Castle, con 300.000 personas, porque no sabíamos como controlar una masa de gente tan grande, y había un montón de gente desmayándose por el calor y la presión. Teníamos gente arrastrándose por encima del público y sacando gente de ahí, los reanimaban y los devolvían al público, y eso daba miedo, era excitante y daba miedo al mismo tiempo. Sabes, llegas a un punto en que crees que ya has llegado ahí arriba y entonces... ¡Dios mío, fíjate en eso! ¡Aún más grande! Te asusta.

¿Qué periodo de tiempo consideras que fue el punto álgido de tu carrera como músico?
Supongo que cuando salió Born in the U.S.A. y empezó a despegar. Durante muchos años tuvimos un éxito relativamente pequeño y creí que siempre sería así, y entonces Born in the U.S.A. lo revolvió todo.

¿Hasta que punto afectaban tus problemas personales a la música y a los demás miembros de la banda?
Nunca jamás dejamos que eso se mezclara con la banda. Si los chicos tenían un problema con sus novias o esposas, o algo parecido, siempre actuamos en bien del grupo. Eso era mucho más importante que nuestros problemas personales.

Me sorprendió leer en una entrevista que habías intentado dejar la E Street Band en varias ocasiones.
Lo hice. Pasamos por un montón de cambios. Mike Appel, Jon Landau... sabes, cuanto más éxito llega menor es el contacto que tienes... y tienes menos que decir.

¿Cuándo fue eso?
Ocurrió dos o tres veces. Recuerdo que mi padre insistió para que continuara, y Bruce habló conmigo para que me quedara. Se que fue antes de Born in the U.S.A. porque no hubiera abandonado tras eso. Muchas veces antes de ese disco, quizá durante los primeros diez años, diría con seguridad que hacía el 77 ó el 78, de vez en cuando. Porque estaba acostumbrado a ser el chico que iba con la banda, aportaba sus ideas, tocaba su música, y en cuanto todo progresó y Bruce tuvo sus mánagers las ideas de la banda ya no se consideraban como antaño.

¿Hasta que punto os afectó el superéxito de Born in the U.S.A. en 1984? ¿Os hizo cambiar?
Sí, claro. Viajábamos en aviones privados. Dábamos un concierto y luego desde el jet privado mirábamos hacia abajo y veíamos como se vaciaba el estadio, y en una hora y media estaba ya en la cama de mi casa. Teníamos los mejores vuelos, los mejores aviones, los mejores hoteles...eran otros tiempos.

¿Sentiste en algún momento de tu carrera con la E Street Band que la magia había desaparecido, que algo se echaba en falta?
Lo que pasa es que, tal como yo lo veo, cuando todo empieza a crecer tiendes a olvidarte de la música, a olvidarte de la gente. Te ganas muy bien la vida y eso es algo que sienta muy bien, algo que quieres que continúe. Llegas a un punto en el que ya no puedes complacer a la gente. Si tocamos en un gran estadio se quejan porque no nos oyen bien, si tocamos en un lugar pequeño entonces se quejan porque no nos ven bien. Todo el mundo cambia al mismo tiempo, es algo muy divertido.

¿Cómo era una sesión de grabación con la banda en el estudio?
Básicamente, Bruce entra en el estudio con algunas canciones que quiere tocar. Tiene una idea básica para las canciones, saca una guitarra, empieza a tocar algunos acordes y todos intentamos encontrar nuestra parte en las canciones y empezamos desde ahí. La mayoría de veces acabábamos utilizando los arreglos de la primera vez que tocamos la canción.

¿Cuál es tu disco favorito?
Siempre me gusta “Sandy”, una de mis canciones favoritas porqué toco el acordeón en ella. Seguramente escogería uno de los discos más nuevos, Born in the U.S.A., porque me gusta la producción que tiene. Suena realmente a los 80, era verdaderamente bueno comparado con producciones anteriores.

¿Cual consideras que es tu mejor interpretación en una canción?
No sé, quizá “Glory Days”, porque yo la dirijo. Podría haber tocado mucho más así que... no creo que me guste por completo todo lo que he tocado, porque normalmente sólo tienes un pequeño espacio en la canción donde tocar.

Siempre me he preguntado por qué no apareces en el álbum Born to Run excepto en la canción del mismo título.
Ni yo mismo lo sé. Sé que hubo un tiempo en que Bruce parecía cambiar entre Roy y yo, en un disco Roy tocaba más, en el siguiente tocaba yo más, luego Roy... quizá Bruce quería que así compartiéramos el protagonismo.

Por tanto ¿no estuviste en el estudio grabando temas como “Backstreets” o “Jungleland”?
Sí, sí, pero no está en mis manos decidir qué material usaba. En cada disco grabamos probablemente un centenar de canciones, y veinte o treinta tomas de cada una, y la mayoría de ellas no tenían título, así que cuando se editaban decíamos “vaya, ésta es aquella canción”, porque nosotros no sabíamos los títulos ni sabíamos qué canciones Jon o Bruce y Steven acabarían poniendo en el disco.

Un coleccionista descubrió recientemente una lista de canciones manuscrita por Bruce en 1976. ¿Te suenan canciones como “Dawn Patrol” o “House on Eden Street”?
No, no las conozco.

Es sorprendente la gran cantidad de canciones que Bruce ha escrito pero nunca ha editado.
Seguro. Cuando Vini Lopez y yo formamos esa banda, Child, vimos tocar a Bruce y se lo robamos a otra banda llamada Earth. En esos días tocábamos el viernes por la noche, toda la noche, dos o tres horas, y luego el sábado tocábamos en algún otro sitio y tocábamos temas completamente diferentes que Bruce acababa de escribir. Escribía canciones durante toda la semana. Eran temas de 10 o 15 minutos, y la semana siguiente volvíamos a tener un set completo de nuevas canciones. Tocábamos temas nuevos cada semana, y eso es lo que lo creó todo porque la gente solía decir ‘deberías haber estado aquí la semana pasada’, ‘no, deberías haber venido esta semana, te has perdido tal canción’. Eso creó una atmósfera especial y a la vez eso acabó con ella porque toda esa espontaneidad y esa habilidad para meter a la gente en tantos conciertos... realmente no podía continuar haciéndolo. Al final, durante la gira para Amnistía Internacional, reducimos el concierto de tres horas a sólo una, y no había casi cambios porque los ordenadores estaban programados. Eso era muy distinto de los inicios.

Os convertisteis en profesionales.
Era más profesional. Lo que pasa es que nuestra banda se creó alrededor del hecho de que Bruce podía meter un tema que nadie conocía en cualquier momento, o un tema de quince o veinte años atrás, así, de improviso. Luego ya no podíamos hacer eso ya que los ordenadores no podían cargar la información con la rapidez necesaria. No tenían en la memoria todos esos temas, y el hacernos más profesionales eliminó la espontaneidad en los conciertos.

¿Qué te gustaría que incluyera la caja de outtakes de Springsteen?
Me gustaría que tuviera material de nuestros primeros días, de Child y Steel Mill.

¿Te ha contactado Bruce para este proyecto? Se rumoreó que la E Street Band podría grabar nuevos temas.
No, no hay temas nuevos.

¿Volvió la banda a grabar temas con Bruce tras Blood Brothers?
No.

¿Qué piensas de internet y de los rumores que corren en la red?
Estoy en internet desde hace mucho tiempo. Creo que la gente no me conoce, y es difícil hacer que te conozcan después de tantos años. Sabes, mi apodo era “El Fantasma”, y se debe a que nunca me gustó todo el montaje que te envuelve al estar en una banda famosa, todas las fiestas, los cotilleos... yo hacía mi trabajo y luego volvía al hotel. Aparecía y desaparecía. Tiene gracia que ahora tenga que hacer todas esas cosas. Creo que la gente en internet no sabe realmente de qué habla. Estoy en el proceso de crear una página web donde podré charlar con la gente que me haga preguntas. Hice una charla en AOL que fue muy divertida. Es un medio divertido, interesante, aunque la gente se forma una opinión de cómo creen que eres y a veces es difícil convencerlos de lo contrario. En algunas entrevistas que he dado me han dicho ‘sabes, me gustó lo que dijiste de tu padre’, ya que tienen una oportunidad de conocerme bien y saber lo que siento.

En 1999 Bruce entrará probablemente en el Rock’n’Roll Hall of Fame. ¿Crees que a la E Street Band se le debería reconocer, de alguna manera, por su contribución a la música de Bruce?
Es una buena manera de plantearlo. Sí, creo que sí. Creo que merecemos un reconocimiento. Siento que sin la banda Bruce no hubiera tenido la libertad y la confianza necesarias para actuar de la manera que lo hacía, para saber que con sólo mover su hombro izquierdo cambiaríamos el tono de la canción, que cuando dijera “uno, dos...” sabríamos qué canción iba a tocar.

¿Crees que podría haber conseguido el éxito con otros músicos, con una banda diferente?
Nunca lo he pensado. Por el simple hecho de que todos estábamos dispuestos a vivir sin dinero y a hacer lo que fuera necesario para mantener la banda. Ya era una banda antes de que llegaran algunos de los nuevos músicos. Fuimos Child y Steel Mill, y no “Bruce Springsteen y Child” o “Bruce Springsteen y Steel Mill”. Cuando Bruce consiguió un contrato entonces sí que fue Bruce Springsteen, porque era su contrato, aunque en mi corazón siempre fuimos una banda. Seguramente si el contrato hubiera dicho The E Street Band en lugar de Bruce Springsteen se habría producido una situación diferente.

Creo que Bruce tiene planeado grabar un Unplugged para MTV este Otoño. ¿Estarás en él?
Sabes, a principios de año me pidió que lo hiciera. Pero luego su padre falleció y surgieron otras cosas. Si lo hace, espero que me llame de nuevo porque me encanta tocar mi acordeón y nunca lo toco suficiente.

Volvamos a los primeros tiempos. Mike Appel siempre ha sido presentado como un incompetente mientras que Landau se ha llevado los aplausos por su trabajo. ¿Qué opinas de ambos?
Bueno, lo que pienso de los mánagers de Bruce es que nosotros necesitábamos también uno. Eso es lo que me gustaba de Mike. Tenía la idea de separar la banda y hacer con nosotros como Bob Dylan y The Band, y seguramente hubiéramos tenido nuestro propio material. Mike, a primera vista, parecía un buen tipo. No conozco bien a la gente de Bruce, así que no sé lo que pasó realmente a puerta cerrada, ni sé mucho sobre sus comportamientos. Sé que Jon llegó en un momento en el cual, con su experiencia, su habilidad como escritor y sus contactos en Rolling Stone, tuvo una presencia mucho más fuerte y llevó a Bruce y la banda hacía donde debían ir. No sé si Mike lo hubiera podido hacer.

Jon Landau parece tener una fuerte personalidad que aparentemente no cuajaba muy bien con todo el mundo. Se dice que esa podría haber sido una de las razones por las cuales Steven dejó la banda.
Es posible. De hecho no hablo muy a menudo con Steven, hace ya mucho tiempo; lo vi en el Rock’n’Roll Hall of Fame. Creo que Steven quería tocar más, estar más en un primer plano, y no creo que la banda le sirviera para sus necesidades. Y por desgracia tampoco sé qué cubre sus necesidades ahora mismo.

¿Qué hiciste tras la ruptura de la E Street Band?
Vendí mi casa y me trasladé a California, a tres mil millas de New Jersey.


¿Intentando olvidar?
Cuando vives en un estado como New Jersey, donde lo único de lo que habla la gente es de Bruce y la banda, se te hace muy difícil escapar a eso... quiero decir que cuando vuelvo allí la gente aún quiere saber qué pasa con la banda, y les digo ‘bueno, sabes, ¡no lo sé!’. Necesitaba irme lo más lejos posible, y me ha costado mucho tiempo... por eso tardé tanto en sacar el disco, porque me costó mucho saber apreciar mi talento individual, mis valores, el saber que tenía algo que decir y que era algo lo bastante bueno. Es como cerrar el círculo y empezar de nuevo.

¿Consideró la banda en alguna ocasión el salir a tocar sin Bruce?
Lo pensamos hace muchos años. Tocamos en la fiesta de investidura del Presidente Clinton en Washington, Max nos hizo tocar allí, con Southside Johnny y Johnny Rivers como cantantes. Y fue tan divertido que se convirtió en una experiencia fabulosa. Y fue entonces cuando pensamos sobre ello, pero consideramos que cualquiera que tomara el puesto de Bruce sería criticado muy cruelmente, así que creímos que una cantante femenina podría ser la solución. Lo pensamos durante un tiempo, Clarence, yo mismo, Garry y Max, pero creo que no nos lo pensamos lo suficiente.

Si no hubieras tocado en la E Street Band, ¿con qué otro músico o grupo te hubiera gustado tocar?

Lo que me gustaba de la E Street Band es que era una banda que podías presentar a tus padres. Es una banda totalmente americana, así que la única situación en la que hubiera querido tocar con alguien más... Dios, ¡no lo sé! Nunca lo he pensado, mi vida ha estado con Bruce durante tantos años.

Hace un años se comentaba que estabas escribiendo un libro sobre tus días con en la E Street Band. ¿Qué ocurrió con ese proyecto?
Hic
e un primer borrador, y era realmente muy malo. Me cabreé porque no me gustaba como había quedado, así que decidí esperar un tiempo y escribí otro borrador, y quedó algo diferente. Te relajas, descansas, y la historia cambia un poco. Entonces lo escribí por tercera vez y decidí venderlo. Cuando lo intenté... no había basura en el libro, del tipo quien se acuesta con quien, y eso es lo que hace vender libros. A mí nunca me interesó espiar a la gente, no me interesa esa basura. Así que para los editores no había nada interesante como para pegar un adhesivo en la portada que dijera ‘Bruce se acostaba con tal y cual’. Les dije que lo sentía mucho pero que yo no tenía esa clase de información. Básicamente era un buen libro, hablaba de muchas cosas buenas, sobre como me sentía yo y mi opinión sobre el tema, ya que he estado en el negocio durante tanto tiempo que era algo como mi propio disco; era para mí muy importante escribirlo porque me hacía pensar en quien soy yo. Me costó muchísimo tiempo y fue algo muy absorbente.

Hablemos de ti. ¿Qué sueles hacer entre semana?
Mi mujer y yo tenemos dos hijas pequeñas, Madison y Harley. El tema “My Little Cow” es sobre Madison, lo escribí para ella porque mi mujer es de Wisconsin, y llevamos a nuestra hija a Madison (estado de Wisconsin) para bautizarla, y había vacas por todos lados. Suelo levantarme temprano, tengo un estudio en casa y ahora mismo estoy trabajando en mi nuevo disco. Tengo dos proyectos: estoy preparando un disco navideño, lo cual es muy interesante porque se trata de un disco navideño de acordeón con un estilo muy jazzístico. Creo que nadie ha tocado el acordeón de la manera que lo hago yo, al estilo del jazz y del rock’n’roll. Y también estoy trabajando en algunas nuevas canciones para un nuevo disco al estilo de mi primer álbum.

¿Cuándo tienes previsto editarlo?
No lo sé, realmente no pienso en ello. Por suerte, si no hubiera sido por Ben y Frank nunca habría editado mi disco. Básicament
e fueron ellos los que me indicaron que el disco estaba acabado, porque por mí aún estaría en el estudio remezclándolo. Te puedes pasar una eternidad editando las canciones.

¿Qué te gusta aparte de la música?
Solía volar a menudo. Tenía una avioneta y hice muchas horas de prácticas. Lo hacía regularmente pero al final lo dejé. Tuve una mala experiencia hace unos cuatro años, con una racha de malos vientos y me asusté mucho, así que decidí vender la avioneta y no volar más. También hago ejercicio, y asisto a clases continuamente, siempre esto
y en la universidad estudiando una cosa u otra. De hecho, ahora mismo estoy intentado dar clases yo mismo. No tengo muchas más aficiones, volar era mi hobby favorito pero ya no lo hago.

¿Tuviste alguna vez algún otro trabajo?
Cuando crecía tuve un par de trabajos distintos que duraron un par de semanas o un mes. Fui electricista durante un tiempo, y me gustaba mucho, y trabajé en la construcción. Pero entonces uno de mis compañeros de trabajo resultó ser bajista, y solíamos tocar juntos los fines de semana. Su nombre es Alan Berger, fue el bajista de Southside Johnny durante muchos años, tras conocernos en ese trabajo. Yo trabajé en sitios realmente extraños, como ese lugar donde hacían cosas diferentes para el Ejército, construían unas cajas gigantes que eran recogidas por helicópteros y las instalaban en campos, centros de comunicaciones... siempre eran trabajitos de poca monta aquí y allá, nada serio. El otro día le comentaba a mi mujer ‘vaya, no he tenido un trabajo de verdad en tre
inta años’. Casi te asusta.


Fotos (de arriba a abajo):
Danny en 1997: cedida por Dead Eye
Records/Danny Federici
de niño: cedida por Danny Federici
1973 con el acordeón: Phil Ceccola
1974 en el sofá: Phil Ceccola

1975 con el acordeón, tocando 'Sandy': Phil Ceccola
gira 1985 en Rotterdam: copyright René Van Diemen


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13.5.08

Archivo Point Blank #4: Hit it Max! Entrevista Exclusiva con Max Weinberg

Entrevista publicada originalmente en el nº 4 de la revista Point Blank (abril 1994)

copyright Point Blank 2008
(permitida la reproducción bajo licencia Creative Commons - leer condiciones- citando siempre la autoría y procedencia)

ENTREVISTA CON MAX WEINBERG

por Salvador Trepat, junio 1993.

He aquí un extracto de la entrevista que Max Weinberg nos concedió en exclusiva el 24 de Junio de 1993 en Red Bank, New Jersey.

Max: (Hablando del concierto en Barcelona de 1981) Recuerdo el paseo largo en el centro. ¿Cómo se llamaba? Sí, las Ramblas. Estábamos en un hotel a las afueras de la ciudad, un edificio alto parecido al Hilton.

PB: Princesa Sofía

M: Eso es. También recuedo que durante la prueba de sonido se fue la luz del local y nos pensamos que no podríamos tocar por la noche. Al final volvió la luz, al cabo de cinco minutos. Recuerdo que unos años después hicimos ahí el último concierto de la gira Tunnel of Love, fue un concierto buenísimo. Nos alojamos en ese hotel que está cerca de las Ramblas.

PB: ¿Cuándo fue la primera vez que tocaste en público?
M: La primera vez fue en 1958.

PB: Eras muy joven entonces.
M: Sí, tenía siete años. Toqué "When the Saints go Marchin' In" en una boda. Había una banda en esa boda y mi madre convenció al líder de la banda para que me dejara tocar la batería. Me dejó tocar y yo sabía esa canción que hace así [Max empieza a aporrear la mesa], como una marcha. Le impresioné bastante y empezó a contratarme para tocar "When the Saints go Marchin' In" en bodas y fiestas de ese tipo y me pagaba cinco dólares. Eso fue en 1958, me encantaba tocar la batería y actuar, sobre todo actuar y ¿sabes?, es cierto lo que dicen, nunca te cansas de los aplausos.

PB: ¿Era duro estar siempre de gira con Bruce?
M: No. Era muy fácil, era un sueño hecho realidad. Disfruté cada segundo de ese tiempo. No puedo hablar por los demás, pero a mí me encantaba, era genial. También me gusta viajar. Y, por supuesto, no teníamos familia entonces. Tener una familia ciertamente lo hace más difícil. Pero me encantaba.

PB: ¿Qué recuerdos tienes de esos días? ¿Hay alguna historia o concierto que recuerdes de manera especial?
M: ¡Lo recuerdo todo! Fue tan importante para mí y lo consideraba algo tan especial que lo recuerdo todo. Yo soy el tipo al que acude la gente cuando preguntan sobre una historia, porque recuerdo literalmente todo lo que pasó. Recuerdo todos y cada uno de los conciertos que he hecho en mi vida.Puede sonar como una exageración, pero es cierto. No sé por qué pero lo recuerdo todo. Hubieron muy buenos conciertos. La primera noche en el Meadowlands en el 81 fue muy emocionante. El Agora Theatre en Cleveland en 1978 fue un concierto muy bueno por alguna razón, no sé por qué. Winterland estuvo bien. Tengo grandes recuerdos de todo ello por lo divertido que fue.Fuimos muy privilegiados de poder tocar en una situación en la que lo harías gratis. Siempre que haces algo que harías gratis... realmente lo hubiera hecho sin cobrar.

PB: Debo preguntarte por qué siempre tocabais "Double Shot of My Baby's Love" y "Louie Louie" en South Bend, Indiana.
M: Alguien lo pidió... acababa de salir la película "Animal House", de John Belushi, la película sobre el fraternity rock. Siempre la veíamos en el bus, éramos grandes fans de la película y alguien gritó que tocáramos ésa. Bruce en esos momentos estaba redescubriendo el fraternity rock y en las pruebas de sonido tocábamos eso por tocar. Creo que también tocamos esa noche "Around and Around". Lo tengo en un pirata, aunque era una cinta recopilatoria y tal vez no fuera esa noche, pero recuerdo "Louie Louie". Tocamos en Notre Dame University, en un edificio redondo.

PB: Aparte de la E Street Band has trabajado mucho en el estudio con otros músicos. Incuso tocaste con un cantante español, Miguel Ríos, me sorprendí bastante cuando me enteré.
M: Sï, toqué en un disco de Miguel Ríos que nunca he podido conseguir. ¿Has visto alguna vez ese disco?

PB: Sí, creo que no es demasiado difícil de encontrar. Miguel Ríos es un cantante muy conocido en España.
M: Sí, es un tipo agradable. Si ves el disco mándame una copia, me encantaría tener una. No lo he oído nunca. Me dijeros que era algo así como el Bruce Springsteen español.

PB: Yo no diría eso. ¿Cómo te contactó?
M: Su productor me llamó. Tom Dowd es amigo mío y estaba produciendo el disco. Creo que se conocieron en Miami. Lo habían grabado con otro batería, por cierto uno de los que salen en mi libro, pero no funcionó. Fui ahí y en un día regrabé toda la batería, o sea que de hecho nunca toqué... no fueron nunca sesiones en directo, fue todo regrabado, creo que fue en el 86.
"Creo que grabamos unas 50 ó 60 canciones para The River en un período de dos años"

PB: ¿Cómo era el proceso de grabación de las canciones? (con Bruce)
M: Iba grabando canciones. Grababa en directo, ahora ya no lo hace por lo que tengo entendido. Grabábamos básicamente 20 versiones distintas de una canción con letras distintas. Las tocábamos una vez, las oíamos, rebobinábamos, las tocábamos otra vez, rebobinábamos, las tocábamos otra vez... así que cada vez tenías una música con letras distintas, y luego al final tal vez conseguía una toma que le gustaba, la cogía y regrababa la voz varias veces y trabajaba de esa manera en las letras. Recuerdo haber hecho 30 o 40 tomas al principio porque eran de hecho ensayos que grabábamos. Mucho del material de las sesiones de Darkness eran ensayos grabados. "Something in the Night" lo era. La versión que está en el disco era una demo, no volvimos a tocarla nunca igual de bien. Teníamos un lema que era "intentemos superar la demo".Lo que ocurre es que tocas una canción dos o tres veces y después tocas lo que ya has tocado, y generalmente las primeras dos o tres veces, tal vez las dos primeras, es muy nueva, es casi inconsciente. Y es entonces cuando consigues lo mejor. Si puedes llegar a ser lo bastante hábil para tocarla bien la primera vez y no meter la pata es cuando consigues... casi todos los temas de Born in the U.S.A. fueron hechos así. Creo que grabamos unas 50 ó 60 canciones para The River en un período de dos años, y el segundo año nos convertimos en una banda muy buena en el estudio y podíamos abordar el material muy rápidamente. Born in the USA fue el último disco que hizo tocando en directo en el estudio con la banda.

PB: ¿Qué hiciste después de la separación de la banda?
M: Continué mi vida. Produje discos para una compañía de Jersey, en la que se editó el disco de Killer Joe en el que estaba yo. Continué dando conferencias en la universidad. Bruce me ha permitido el lujo de no tener que hacer nada que no quiera hacer. Aún tenemos negocios en común. Pero de hecho ahora quiero tocar más la batería, tal vez entrar a formar parte de otra banda. Lo he dejado durante cuatro años. Estuve en la facultad de derecho durante un tiempo y he estado metido en negocios. Y respecto a la batería... estaba decidido a dejar de tocarla hace cuatro años, cuando la banda se separó, pero ahora estoy dispuesto a volver a hacerlo, tengo ganas de tocar más. Y paso mucho tiempo con mis hijos.

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19.4.08

Adiós a Danny Federici, el "fantasma" de la quintaesencia

por Fernando Navarro

Aquella tarde me colé en la habitación del hermano mayor de mi mejor amigo y salí con un doble disco, con la carátula bastante dañada, bajo el brazo. Mi amigo me dijo: “Ése creo que es uno de los preferidos de mi hermano, si te lo llevas, que no se entere”. De habérmelo dicho hoy, sin duda, hubiese hecho caso a la advertencia, pero ser un chaval te permite ciertas licencias como ser inconsciente. Por aquel entonces, el hermano mayor de mi mejor amigo podía haberme pateado el culo, pero sin pensármelo dos veces hice mío ese disco de portada azul y me largué a casa.

Creo que es uno de los primeros y más intensos momentos que recuerdo, y recordaré, de lo que es entrar en comunión con el sonido de un álbum. Caían pequeñas gotas de agua al otro lado de la ventana y la luz de la lámpara de mi habitación temblaba cuando puse a correr el primer compacto de The River. Venía de un verano, mi primer verano con la música de Springsteen en mi vida, en el que me había aprendido de memoria Tunnel of Love, Human Touch y Lucky Town. Y The River, entre otros, todavía esperaba su turno. Era septiembre, y ciertamente septiembre es un mes traicionero. Fue como girar la solitaria esquina y darte de bruces con una calle repleta de gente. Da igual si llovía, la gente bailaba y lloraba de alegría y pena bajo la conquista de aquel rock’n’roll.

Si me preguntan hoy donde está el secreto de The River, diré que me costó mucho descubrirlo pero su nombre es Danny Federici. Nada llamativo, Federici está presente de principio a fin, pero ni te enteras. Su órgano es a la vez mantel que envuelve, ambiente líquido que se propaga y sucesión de notas en cascadas coloreadas. Sin Federici no sería lo mismo. Con otras palabras, aunque dándome a entender lo mismo, un veterano amigo, algo gruñón con los derroteros musicales que ahora están de moda, me agarró un día por la solapa y me dijo: “Hay que dejarse de hostias, el rock’n’roll, lo que se dice rock’n’roll, está en álbumes como The River. La quintaesencia de este negociado está en ese doble vinilo”. Y empezó a enumerarme las canciones donde, precisamente, el órgano otorga una nerviosa vitalidad a las composiciones. Esa noche conecté con la quintaesencia por medio de temas como “The Ties That Bind”, “Sherry Darling”, “Hungry Heart”, “You Can Look (But You Better Not Touch)” o “Cadillac Ranch”.

Sin Federici no es lo mismo. Steve Van Zandt es el más viejo amigo de Bruce pero Federici poseía la distinción de ser el miembro de la E Street Band con más antigüedad junto a Springsteen. Bruce y Danny, ambos naturales de Nueva Jersey, se conocieron en 1968 a través de Vini “Perro Loco” Lopez durante las altas madrugadas del Upstage de Asbury Park. Pronto entró a formar parte de los proyectos del joven e inquieto Bruce. Antes de que existiese la primera E Street Band, Federici tocó en Child y Steel Mill. Hijo único, adoptado de un matrimonio de madre polaca y padre italiano, reconoció en una entrevista a Backstreets que no le preocupaba no sacar dinero al principio con su amigo porque la fuerte determinación de Bruce por su propia música hacía que él creyese en lo que Bruce creía. Durante el discurso de introducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el mismo Springsteen aseguró que “Danny es el músico más instintivo y natural” con el que se había encontrado.


Pero siempre estuvo en segundo plano. De ahí, su apodo de “Fantasma”, aunque corrió el rumor de que venía de los setenta cuando, a diferencia de otros amigos, se libró de ser detenido por la policía durante una noche de juerga en Asbury Park. El “Fantasma”, sin embargo, era tímido y aparecía el último en los créditos o escenarios. Lo suyo no era ponerse el pañuelo en la cabeza, casi siempre con su gesto campechano en los márgenes de las fotografías en blanco y negro. Estaba claro: no era una rock star, aunque pasó problemas con el alcohol y se divorció en mitad de las turbulencias.

Lo suyo era medir las notas, ofrecer un colchón al resto de la banda, aportar refinamiento. Ese pulso “fantasma” es propio de un estilo. Bruce sabía lo que quería y por eso contaba con Federici. Bob Dylan cambió el rumbo de muchas cosas con la creación de Highway 61 Revisited. Aquella obra maestra alcanzó su clímax cuando Alan Kooper empezó a tocar el teclado casi de casualidad. Dylan lo cogió al vuelo y Springsteen y toda una serie de músicos seguirían el rastro. Música negra y blanca en un apasionante viaje sonoro. Federici formaba parte de esa tradición mestiza. Es normal, entonces, que colaborará en trabajos de Gary Us Bonds, Graham Parker o Little Steven. Ellos también sabían lo que querían.

Nunca, dicen, se va un músico del todo. Siempre queda su música. Esta noche he vuelto a recuperar The River, luego buscaré el órgano bombeante de Born To Run y puede que vea amanecer con esa serenata de acordeón a ritmo de carrusel de “4th of July, Asbury Park (Sandy)”. Sin embargo, el “Fantasma” ya no está. La muerte, siempre vencedora, ganó esta vez con trampas. Federici muere víctima de un cáncer a los 58 años, con su E Street Band de gira y medio planeta deseando asistir a los conciertos. La E Street Band no es ya la misma calle. Falta uno. Por eso, cuando ahora giro la esquina, me doy cuenta que el tiempo corre más que ellos, que yo, que todos. Es abril y en Madrid llueve, tal vez también en Nueva Jersey. Puestos a perder, prefiero bailar hasta quemar las suelas de mis botas, allí donde sea, con el sonido gozoso, fresco, detallista que alumbra una vida, con el rock’n’roll discreto y esencial que permite soñar.



Fernando Navarro es periodista, trabaja para El País Digital y Rolling Stone, y es colaborador habitual de Ruta 66 y Efe Eme.

Fotos:
superior: Danny en 2003
arriba, izquierda: Danny en 1971 con Steel Mill
centro: El penúltimo concierto, en Boston, 17 de noviembre de 2007 (autor: A.M. Saddler/Backstreets)
inferior: Clarence, Bruce y Danny en Toronto, enero de 1981 (autor: Lawrence Kirsch/foryoubruce.com)

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Acordeón de Sandy, Fantasma de la Calle E


por Julio Valdeón Blanco

Tecleo mi adiós a Danny Federici con el adjetivo bailando en el lacrimal. No lo conocí, ni tuve la suerte de entrevistarlo, pero su música me enseñó a ponerme los pantalones. Desde que con 12 años alguien me regaló The River, el órgano y el acordeón de Federici me hicieron viajar diez mil kilómetros, me acompañaron al depósito de cadáveres y al paraíso, fueron mi diario de la mañana, mi universidad de la hermosura, rock'n'roll en vena, emoción garantizada. Había acompañado a Springsteen 40 años, desde los tiempos en que ambos malvivían como gatos sarnosos, durmiendo al relente en fábricas sin techo, acosados por la policía y los vecinos, hasta que la E Street Band, mediados los ochenta, se transformó en una «maquina de hacer dinero», y más allá, hasta su actual perfil de servicio público, antorcha de canciones que recorre el mundo a lomos de un Cadillac (rosa).

En las duras y en las peores, cuando arreciaban las hostias y también cuando el grupo estuvo a punto de desaparecer, Federici permaneció fiel. Como un personaje de Peckinpah, cabalgó hasta el final e incluso perdonó a su amigo/jefe durante el intervalo en que la E Street Band dejó de existir. Aunque le llevó tiempo, concedió que la fama crea paranoias, que mantener unida la pandilla adolescente equivalía a no madurar, parapetados en un mundo acorazado ante la realidad, y que Springsteen, al cabo, necesitaba tocar otras guitarras y escapar del hogar fraterno (todo grupo, juvenil o no, adquiere al final tintes posesivos). Al fin, luego de aventuras diversas, Springsteen llamó a los chicos. En 1995 cortaron algunas rodajas soberbias (esa gloriosa Back in your arms) y en 1999 pulieron la que quizá sea mi canción favorita de estos últimos años, Land of hope and dreams. Como en los versos de ésta última, en el tren de la E Street Band entrábamos todos, los mendigos y los poetas, los condenados a muerte, los padres de familia que los vieron, mucho más jóvenes, en la Barcelona de 1981, y los niños que comienzan a descubrir la majestad redentora del rock, los locos, los tullidos y los solitarios, el espíritu de Woody Guthrie y el de Curtis Mayfield, amamantado en sus amplificadores a tres generaciones de enamorados de Sandy.

Aunque los obituarios en primera persona huelen a narcisismo, me resulta intragable escribir sobre Danny en plan agencia, objetivo, acumulando datos que en cualquier caso están en las enciclopedias. Lo vi en Boston, durante su último concierto completo. En su acordeón 4th of July, Asbury Park (Sandy) olía a verano y sal, a barbacoa junto a la playa, casino abandonado, rímel y purpurina. Kitty´s back nos clavó al asiento; This hard land fue un tiro a bocajarro, con Danny sustituyendo las partes de armónica con el fuelle de su instrumento. Nils Lofgren se pasó la velada a su lado, y al terminar Springsteen lo obligó a saludar desde el centro del escenario. Detestaba el haz de los focos, pero aceptó la invitación porque nadie en aquel pabellón hubiera admitido un no por respuesta.

Desaparecido Elvis, con los leones del soul (Solomon Burke, etc.) atravesando un periodo sombrío y Dylan en su típico hiato ciclotímico, en tiempos de aristocracia rock y petardazos instrumentales, Springsteen y la E Street Band, por violentos, sinceros, acumulativos, actuales, herederos del pasado y creadores de futuro, salvan al rock del bostezo. Antes de que el punk le diera una patada al tinglado de los supergrupos, Federici, Clemons y el resto de la banda anunciaron tiempos de guerra, enfrentados al moho esclerótico que devoraba la escena. En su recamara traían a las Ronettes, los Animals, Van Morrison y James Brown, Brian Wilson y Roy Orbison. Conocían la historia y sabían como inyectarle vida. Nuestro hombre, que según cuenta Robert Santelli conoció desde siempre su destino, hizo de la profesión una cruzada. Había nacido un 23 de enero en Nueva Jersey, hace cincuenta y ocho años. En My city of ruins, Hungry heart, Fire, The fever, Prove it all night y otras mil canciones su sello dulcísimo acuna desde una realidad paralela, más real que la nuestra, cobijada bajo un cielo nocturno dopado de cometas. Músico natural, acumulaba en sus párpados caídos la historia del rock. Uno, que ama los discos sucios, rotos, donde escuchas la tormenta, prefería mil veces aquellos en los que su glockenspiel, órgano Hammond y acordeón mandaban sobre el sintetizador, ese invento de los ochenta que arruinó tantos temas por exceso de glucosa.

Ahora mismo, mientras apuro el cigarrillo que me llevará en compañía del gusano, suena Racing in the street, y los dedos de Roy y Danny bombardean mi pecho con su trenzado mágico, prolongando los versos sobre la chica que odiaba haber nacido y el mar que lava los pecados hasta el grito, donde ninguna pluma, ningún discurso, supera la capacidad lírica, evocadora y rota de ese sonido que va y viene del fondo del abismo con un fardo de fuego y lágrimas, y maldigo la muerte, y le doy al play de nuevo, buscó en los estantes los viejos piratas, las noches en el Winterland y el Roxy, agito la cabeza y me dispongo a partir, por enésima vez, con los viejos truhanes de la calle E, en busca de la tierra prometida, en compañía de Mary, en un viejo Chevy de segunda mano donde el viento despeina el corazón del viajero.
Te sea la tierra leve, maestro.


Julio Valdeón es periodista y corresponsal del diario El Mundo en Nueva York

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16.12.07

Bilbao: Looking for magic

por Mariano de la Torre

“El viajar es un placer que no suele suceder”. La inmortal rima de los celebrados poetas Gaby, Fofó y Miliki sigue teniendo hoy en día toda su validez, al menos en la vida del que firma estas líneas. Y es que lo de “no suele suceder” no es ningún eufemismo en mi caso: iba a volver a subirme a un avión después de veinte años. Ahí es nada.

El motivo: acudir a una de las liturgias que de tanto en tanto el reverendo Springsteen y sus acólitos imparten por esta zona del sur del viejo continente. Como esta vez Barcelona no había sido agraciada -muy bien acostumbrados estábamos- con una de estas ceremonias, convencí sin mucho esfuerzo a mi mujer para acercarnos hasta Bilbao en una escapadita de un par de días. Así pues y arrastrando penosamente mis instintos y temores de animal de costumbres al que no le gusta demasiado alejarse de su hogar, me lié la manta a la cabeza y me decidí a probar de nuevo, tras dos décadas de olvido, el que dicen sistema de transporte más seguro del mundo. Como casi cualquier otro aspecto en esta vida, el proceso resultó en una sucesión de experiencias de signo diverso aunque con un balance global bastante positivo.

La cosa empezó un poco floja ya que una de mis expectativas ante el viaje era visitar el famoso Duty Free del aeropuerto, esas tiendas que se encuentran en la zona de embarque y que se suponía que eran la pera porque estaban exentas de impuestos. Bueno, parece claro que esa filosofía ha pasado a mejor vida, ya que de gangas, ni rastro. Casi diría que al contrario porque oye, una novela a veintiún euros o un Pro Evolution Soccer de Playstation 3 a ¡ochenta y nueve euros! en vez de oferta parece un timo, sobretodo lo segundo.

Por cierto, un consejo: hay que ir al aeropuerto con dos horas de antelación. Ese detalle, que me parecía exagerado, lo entiendo ahora perfectamente. No hubo problemas para facturar la única maleta que llevábamos, pero no costaba demasiado imaginar las colas kilométricas en momentos de mucha afluencia -y los viajeros plasta como la tía que nos encontramos delante que no paraba de preguntar absurdidades a la mujer del mostrador-. Y los nervios que se tienen que pasar cuando la hora del vuelo se te echa encima.

Una vez pasado el trámite y tras el decepcionante paseo por las tiendas del aeropuerto, a esperar la hora de embarque. Y ésta, oh sorpresa, se produce un cuarto de hora antes de lo previsto. Tanto es así que al final el avión despega con diez minutos de antelación. Así pues, niños y niñas, llegad pronto al aeropuerto si tenéis que volar: nunca se sabe.

Siguiente experiencia: el avión. Vamos a ver. Yo suponía, en mi ignorancia aeronáutica, que un avión era un cacharro muy grande. Y seguramente, haberlos, haylos. Pero el Airbus 319 no entra seguramente dentro de esa categoría. Vaya lata de sardinas. Un servidor no es que juegue precisamente en la NBA. Tengo una estatura media normal y corriente. Pues bien, debo decir que la mayoría de ascensores me producen menos sensación de claustrofobia que el dichoso aparatejo. Incluso veo con renovada benevolencia los trenes de cercanías de dos pisos que siempre me habían parecido más cercanos al transporte de ganado que al de personas. Escuetos, por así decir. Repasando con mi móvil -ese juguete que sirve para todo- algunas de las fotos del viaje, vi algunas que había tomado el día anterior en el interior de un vagón de cercanías casi vacío. Y me pareció una fiesta de espacio comparándolas con las del avión. En fin, que aquello era muy pequeño, coño. Que no pude ni leer el libro que llevaba porque me lo tenía que poner tan cerca de la cara que me molestaba la vista.

Por suerte, volar de Barcelona a Bilbao es un suspiro de poco más de cincuenta minutos. Se pasa “volando” y perdón por el chiste fácil. Además, tuvimos suerte con el compañero de fila que resultó ser un bilbaíno bastante enrollado que finalmente nos acercó en su coche hasta el hotel en el centro de Bilbao, ahorrándonos unos cuantos quebraderos de cabeza buscando un bus o unos cuantos euros si hubiésemos tomado un taxi. Eso sí, antes de agradecer de corazón la hospitalidad vasca, se me pasó por la cabeza que podíamos acabar tirados en una cuneta y sin las entradas... aunque claro, como por aquel entonces aún no estaban en nuestro poder, la situación podía haber resultado interesante :-p

Pero bueno, son sólo jugarretas que me gasta de tanto en tanto mi calenturienta imaginación de inventor de historias.

Un poco antes de las doce de la noche del sábado veinticuatro de noviembre de dos mil siete, llegábamos al céntrico hotel -a un paso de El Corte Inglés de Bilbao- que nos albergaría durante unos días muy especiales...

... y que nos llevarían hasta una noche aún más especial.


He dejado pasar unos días. Era necesario. Estas cosas es mejor reposarlas un poquito.

Sí, claro. Como si eso fuera a darme una dosis extra de imparcialidad o algo por el estilo.

Es tiempo perdido. Hay ecos que no se apagan por mucho tiempo que pongas de por medio. Eso es lo que sucederá en mi mente con la magia que presencié el pasado veintiséis de noviembre en la ciudad vasca de Barakaldo.

Bruce Springsteen & the E Street Band. Live. Una garantía de emoción y pasión. Una provisión inagotable de momentos para el recuerdo.

Las luces se apagan. El rumor del público se convierte en rugido por la aparición intuida de los músicos sobre el escenario al son de un organillo de feria. Aún con las luces apagadas, el Jefe pregunta por dos veces “Is there anybody alive out there?”-¿hay alguien vivo ahí fuera?- antes de arrancar con una furiosa versión de "Radio Nowhere". La banda entra al galope, Springsteen pone la intensidad y comienza el viaje. Todo cobra sentido: todo el tiempo, el dinero y el esfuerzo invertidos en llegar hasta la misa de este particular culto rockero han merecido la pena.

Sin pausa, cambios de guitarras y una trepidante versión de "Night" se abre paso. Todo el mundo enchufadísimo. Bruce y Little Steven comparten micro por segunda vez en dos canciones. Clarence Clemons clava sus partes de saxo, y empalme directo con "Lonesome Day", con gran participación del público.

"Gypsy Byker" parece echar un poco el freno tras las primeras tres sin descanso. Error. Es un tema que va creciendo despacio, pero que trae uno de los mejores momentos de la noche, con Steven y Bruce intercambiando solos inspiradísimos. Una autentica gozada y uno de los momentos inolvidables de la noche para un servidor. Muy grande Steven con un trabajo claro y precioso con la guitarra. Springsteen acaba la canción dándole un gran abrazo a su “Gypsy Guitarist”. Una imagen de amistad y cariño que tengo la fortuna de haber visto muchas veces entre estos dos tipos que tanto admiro. Me considero privilegiado una vez más.

El primer paréntesis en el ritmo llega con "Magic", el tema que da título al último disco y pieza básica en el mensaje de crítica que transpira todo él. Buena interpretación junto a una Soozie Tyrell excelente en sus múltiples facetas como comodín de la banda. A continuación un arrastre de boogie-blues guitarrero -no puedo evitar acordarme de ZZTop- comienza a sonar. Bruce se mete con la armónica en un quejido rítmico y lastimero y al cabo de unos segundos la canción explota en una de las versiones más impresionantes que el genio de New Jersey haya revisitado a lo largo de su extensa carrera: "Reason To Believe". Sí, sí, el tema de Nebraska, convertido en una tormentosa y espectacular pieza, además de en una de las mejores sorpresas que me he llevado nunca en un concierto de Springsteen, que es mucho decir. Pedazo de solo de Nils Lofgren, Bruce distorsiona su voz y el tema acaba en un torbellino de electricidad y armónica sensacional. Me quedé literalmente con la boca abierta.

Como se quedó gran parte del pabellón cuando comenzó a sonar "Jackson Cage", una de esas canciones tan poco habituales en los set lists como apreciadas por fans y entendidos. Una agradabilísima sorpresa que hacía presagiar una de “esas noches” de las que está forjada la mitología springsteeniana. Por si fuera poco, su final se solapa con una de mis piezas favoritas: "She’s The One", otro de los números imprescindibles de la banda en directo, convertida en esta ocasión en un sprint sin concesiones a la galería que bien podría haber salido de la gira del 75. "Livin’ In The Future", "The Promised Land" -otro clásico que nunca falta- y "I’ll Work For Your Love" -uno de los temas más celebrados de Magic- forman un trío musicalmente elegante e impecable, aunque el mensaje que transmiten encaje a la perfección con el tono general del show. Springsteen encauza todo lo que se había venido filtrando desde el inicio del concierto, de forma implícita o explícita, a través del speech rabioso -llamada a la lucha incluida- sobre la situación política y el recorte de las libertades civiles previo a "Livin’ In The Future" y ese entorno no nos abandonará hasta el apoteósico final con "American Land".

A estas alturas no creo equivocarme mucho si digo que la gente estaba francamente encantada. Tras algunos problemas de saturación iniciales -"Radio Nowhere" había sonado como si fuera el fin del mundo y la electricidad hubiera sido lo único en sobrevivir-, el sonido había ido mejorando paulatinamente y de forma clara. Así que las primeras notas de Roy Bittan encarando "Backstreets" llegaron claras y cristalinas a las dieciséis mil personas hipnotizadas en el Bizkaia Arena. Bruce y la banda se entregan en una versión impecable y compacta, digna heredera de tantas otras que se han sucedido a lo largo de los años desde que fuera publicada en 1975. Emocionante. El único punto flaco de la noche para un servidor vino con "Darlington County", no por el tema en sí mismo, que puede ser muy disfrutable en otra posición del set list -Springsteen es un maestro en mezclar temas de diferente corte para crear una experiencia musical completa y gratificante, donde pueden tener cabida desde "Jungleland" hasta "Working On The Highway", sin que se le caigan los anillos-, sino porque después de "Backstreets" parecía como si todo el clima conseguido se esfumara en una concesión, no tanto a la grada sino quizá a un Nils Lofgren un tanto eclipsado por tanto protagonismo de Little Steven junto al Boss. Asi pues, pasamos el momento “ligero” gracias al estribillo facilón del tema antes de sumergirnos en la recta final de la parte principal del show.

"Devil’s Arcade" suena con toda la intensidad que ya imaginé cuando la escuché por primera vez en el disco. Un tema muy denso y atmosférico, el séptimo extraído de Magic que suena en la noche -que no el último-, deja a las claras que el de New Jersey apuesta a las claras por su nuevo material, como siempre ha hecho por otra parte. Si el par anterior de temas no había acabado de encajar muy bien juntos, me sorprendo agradablemente de lo bien que entra "The Rising" a continuación, sonando incluso con más “pegada” que la versión que interpretaban durante la gira con su nombre. "Last To Die" ahonda un poco mas en el sentimiento y en la crítica ya evidenciados hasta para el más sordo -¿quién será el último en morir por en un error?, se pregunta en el estribillo- para dar paso a ese clásico instantáneo que es "Long Walk Home". Pura emotividad contenida en un tema que ejemplifica algunas de las muchas virtudes de Springsteen como escritor. Suena fresco y a la vez cómo si hubiera salido directamente de 1978. El violín de Soozie en la intro y el piano de Roy en todo el tema lo elevan al olimpo del repertorio del de Freehold. El saxo de Clemons trae cierta humedad a mis ojos, como si estuviera escuchando una canción de mi juventud que hubiera significado mucho para mí.

No importa que el disco tenga fecha de 2007. Ese es el poder evocador de las mejores piezas del maestro. Como leí en una ocasión, Bruce es como ese viejo amigo que te encuentras después de un tiempo y que te cuenta las mismas historias de siempre. Pero te ríes igualmente porque ya no te acordabas de ellas. Convertir lo particular en universal y lo universal en anécdota, haciéndote sentir como si escucharas tu primer disco de rock con quince años. Eso es "Long Walk Home". Eso y mucho más. Little Steven se queda con el micro mientras Springsteen anima al público -cómo si hiciera falta- en un rush final a la altura de las mejores noches de una banda para la leyenda. El pabellón vibra como una sola persona.

Pero el sensacional solo final de Clarence aún nos tiene que llevar un poco más arriba, mientras arranca una arrasadora versión de "Badlands". La inmortal estrofa -El pobre quiere ser rico / El rico quiere ser rey/ Y el rey no estará satisfecho hasta que lo gobierne todo-, nunca resultó más apropiada que ahora. Las gradas, que ya no me ofrecieron mucha confianza al entrar, se mueven y torsionan de un modo que acojona al más pintado. La marea humana bota, salta y grita como si buscase una especie de catarsis rítmica y nunca he estado mas cerca de ser protagonista de una frase hecha: aquello se venía abajo. Por suerte, la grada resiste, las luces se apagan y entre los cánticos, te quedas pensando si será posible mantener el nivel en unos bises que lo tienen un poco difícil para igualar tanto acierto.

Y es que, sabiendo de antemano cuales eran los temas que venían sonando en la última parte del concierto, no estaba muy seguro de si lo mejor ya había quedado atrás. Parafraseándome a mí mismo: "¡hombre de poca fe!”. Nadie podía prevenirme acerca de lo que estaba a punto de presenciar. Resumiendo: la mejor tanda de bises que haya visto en mucho, mucho tiempo. Tal y como suena. Y eso que ninguna de las seis canciones que sonaron están en un hipotético top ten de mis favoritas. Así de increíble fue la cosa. Elegancia, potencia y precisión descomunales, con un público entregado en un tour de force final impresionante, cerrando el concierto en el puñetero punto mas alto. En otras giras, "Land Of Hope And Dreams" -gran canción por otra parte- nos llevaba a un final precioso aunque algo tristón -propiciado en parte por el mismo tema, de un corte mas sensible y sentimental-. En esta ocasión, tras el encanto pop de "Girls In Their Summer Clothes", el espectáculo: "Tenth Avenue Freeze-Out" tan impecable y vibrante como inesperada; "Kitty’s Back" de cinco estrellas, sin miedo a la ausencia de Danny y con la banda en plan máquina de precisión. Sensacional y para recordar. "Born To Run" y "Dancing In The Dark" a toda pastilla y en plena histeria colectiva -temo nuevamente por la consistencia del suelo bajo mis pies-; y finalizando, "American Land", rápida, intensa y con mala gaita, no sólo cerrando el show en todo lo alto sino además redondeando el mensaje crítico de toda la noche, de la gira y del disco.

Un final para enmarcar sí o sí, con chulería y sin miedo: las luces encendidas a tope durante la mayor parte del tiempo. Fuera efectismos y mandangas. Toma ROCK “in your face”, que decimos los del basket.

La banda se despide al borde del escenario. Gracias por una noche inolvidable.

Las luces se encienden y te quedas durante unos segundos pensando si habrá sido todo un espejismo.

It’s Gonna Be A Long Walk Home.


PD: Agradecimientos

A mi mujer por embarcarse en la aventura
A Salva por hacer posible la experiencia
A Tante por prestarme sus increíbles fotos





29.11.07

La magia de un acorde

por Fernando Navarro

Cuando leí el reportaje que The New York Times publicó sobre el lanzamiento de Magic y los primeros ensayos de Bruce Springsteen y la E Street Band en Asbury Park para comenzar juntos una nueva gira, una frase se selló en mí sin remedio. A mitad del texto, el periodista escribía que, practicando la transición de “The Rising” a su siguiente número, Bruce instó a todos los componentes de la banda a sostener un acorde e hizo repetir al menos una docena de veces la canción, porque ese acorde, según palabras de Bruce, “no puede morir”.

Es curioso como en el concierto de Madrid lo primero que pensé al entrar en el Palacio de Deportes fue en el valor de ese acorde. No era la primera vez que iba a ver a Bruce Springsteen y la E Street Band en directo, y seguro no será la última, pero inevitablemente me sentía algo nervioso ante lo que podía suceder. Cosa aún más extraña cuando uno sabe que un concierto de esta gente es una certeza. No conozco a ninguna persona que exija la devolución del dinero de la entrada, por cara que ésta sea, tras más de dos horas de rock’n’roll de alta graduación, como pocas veces puede verse sobre un escenario. Pero de pie y a la espera de que el concierto arrancase, lo único que importaba es que aquello volvía a ser como la primera vez y yo estaba ante las mismas preguntas de siempre.

Con las luces apagadas y los redobles de batería, “Radio Nowhere” hace saltar por los aires muchas cosas, entre ellas la inhabitual espera. El rock a veces es tan sencillo y contundente como una canción de estas características, que empalmada con “No Surrender” da buena cuenta de lo que significa un principio básico del rock: si tienes buenas guitarras, dales salida. El caso es que la E Street Band tiene guitarras excelentes, un lujo para cualquier banda del mundo. Steve Van Zandt es como un gran jugador de fútbol veterano. Parece que no está en el partido pero, si coge el balón, te cambia el resultado. Sólo basta una de sus primeras aportaciones en “Gypsy Biker” para sentar cátedra.

Sucede lo mismo con Nils Lofgren, lo que pasa que este pequeño gigante siempre estará en un segundo plano ante el carisma del gitano Little Steven. Siempre hubo jerarquías, hasta en las mejores familias. Pero las descargas eléctricas de Lofgren en, por ejemplo, la apisonadora “Reason to Believe” o la sorprendente “Tunnel of Love” desbocan el corazón. Fueron de los mejores momentos de la noche, porque Nils se desata a la guitarra como una tormenta de verano.

Con “Magic”, Bruce tiene que mandar callar a ese público siempre insoportable que arrastra y que da palmas como niños en un patio de recreo. No es para menos. Un concierto es un espectáculo, pero también es el modo más humano de defender y compartir una obra musical. En Springsteen, mucho antes que el bufón está el artista. De ahí que se preocupe en decir en castellano antes de la canción que ésta describe “un tiempo donde las mentiras son la verdad, y la verdad es mentira”. El mensaje que en “Magic” es de calado emocional, en “Reason to Believe” adquiere categoría divina. Sencillamente, porque esa armónica revolviéndose al principio para enlazar con esa banda al unísono, que ya en los setenta la prensa norteamericana calificó como “la máquina del rock”, suena a gloria bendita. El sonido de esa América profunda y devastadora, como un chiste con gracia de ZZ Top, pide paso como un tren de mercancías descarrilado. Lo más sensato es dejarse atropellar por la canción y lo que viene después: “Darkness of Edge Town” y “Candy’s Room”.

Se pone de manifiesto que el antiguo cancionero de Bruce vuelve a estar de actualidad. Los retratos sombríos de la América en crisis de los setenta y de Watergate y Vietnam, que vertebraron las mejores obras del músico de New Jersey, conectan con los problemas de ahora, donde la economía estadounidense está en descenso picado e Irak y los escándalos de corrupción galopantes envuelven a la Administración Bush. Tal vez, por eso, “Living in the future” no suena a mera promesa. Y, tal vez, por eso, Bruce vuelve a referirse a los derechos civiles y las guerras ilegales en un discurso en castellano.

Aún así, treinta años han tenido que pasar para que algún despistado u oportunista deje de señalar a Springsteen con el dedo acusador de jugar al despiste. Algunas canciones pierden fuelle, como “Devil’s Arcade” o “The Rising”, para que después vuelvan los viejos tiempos. En “Long Walk Home”, un tema de sabor clásico, el saxo de Clarence Clemons vuelve a sonar intenso y bello, recordando que el viento en una banda de rock puede vestir de gala una composición. Y el vigor y la fuerza de antaño se recuperan en “Badlands”, menos festiva que en las últimas giras y resonando definitiva en cada zambullido de Max Weinberg a la batería.

A Max, Nils y Bruce parecen faltarles canciones y minutos para sacar todo su repertorio. Clarence y Steve, en cambio, edad obliga, miden sus fuerzas. Roy Bittan, por su parte, pierde el protagonismo que ha tenido en otras giras con un set-list que no le deja lucirse.

Los bises son apoteósicos. No hay otro calificativo si se habla de esa opereta llamada “Girls in their Summer Clothes”, que hace que sobrevuele el espíritu de Roy Orbison por los corazones solitarios. Si el bueno de Roy Orbison no hubiese muerto, hoy esta canción sería en su boca todo un himno de los sentimientos a flor de piel. Como “American Land”, que cierra el concierto, es un himno al legado folk y gamberro que late aún en tierra americana.

Y, entre medias, posiblemente, las dos canciones que definen a este artista, que marcaron su vida y la de aquellos que creyeron cada una de sus palabras: “Thunder Road” y “Born to Run”. Dos composiciones que todavía hoy, muchos años después, suenan vivas y renuncian a sufrir el riguroso paso del tiempo. Dos canciones que fueron enlazadas por un acorde. El mismo que no puede morir. Ese acorde que, como decía Bruce al periodista de The New York Times, tiene que surgir como si el mundo se viniera abajo y por el que todavía hay que subir a un escenario, o disfrutar de la música. Un acorde, la transición, esos 30 segundos que retumban como únicos y en los que tomas una decisión. Das un portazo. Quieres saber qué se siente. Te largas. Vuelves. Pero está siempre. El espacio en el que se mueve una vida. No puede morir.

fotos: Madrid 25.11.2007 Enric Nonell/fotofotos.com para Point Blank (arriba) y René Van Diemen (foto inferior)