13 julio, 2013

Roma, la apoteosis

Bruce Springsteen preparó algo especial para Roma. Estuvo ensayando dos días con su banda en un club de la ciudad, a puerta cerrada. Como Steve Van Zandt confesó al día siguiente en Radio Città, “íbamos a tocar el disco Wild & Innocent entero, pero el concierto tomó su propio curso…”. A pesar de dejar 3 de esas canciones en el tintero, Bruce aún sorprendió con un concierto inmenso, impredecible e inesperado, en el cual contó con la sección de cuerdas de la Roma Sinfonietta, la orquesta del maestro Morricone, para una soberbia versión de su obra maestra “New York City Serenade”. Cristina Magdaleno nos manda su crónica desde Roma.

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ROMA: APOTEOSIS EN ESTADO PURO

“Ganarte un público es duro. Mantener un público es duro. Requiere una consistencia en la idea, en el propósito y en la acción durante un largo período de tiempo”. Así define Bruce Springsteen su trabajo. Sin embargo, cuando actúa en directo, el proceso en el que logra establecer una conexión con los fans y dejar grabado a fuego en la memoria de la gente las más de tres horas que acostumbran a durar sus conciertos, parece la cosa más sencilla y natural del mundo. A lo largo de los años ha sabido reciclarse y hacer que sus canciones suenen igual de frescas que hace 30 ó 40 años. Lo que hizo Bruce ayer y, en general, durante casi toda su vida, tendrá eco en la eternidad.

El Boss y la E Street Band regresaban tras cuatro años a Roma, última cita del 2013 en tierras italianas, con casi cuatro de días de descanso tras sus fantásticos dos conciertos en Alemania. Éste era un punto de la gira en donde todo podía ocurrir. Y así fue. Ocurrió de todo.

Tras la habitual entrada de los miembros de la banda acompañados de la música de Ennio Morricone, Charles Giordano comenzó a tocar con el órgano “Spirit in the Night”, pero sin Bruce aún en el escenario. Después de algunos segundos de incertidumbre se escucharon las primeras palabras de Springsteen, escondido todavía en el backstage. Quizá tenía miedo a salir por lo que podría pasar bajo el cielo de la ciudad imperial. Y no era para menos.

Hubo una explosión de rock durante “My Love Will Not Let You Down”, “Badlands” y “Roulette” (segunda aparición consecutiva de esta rareza recogida en el disco de outtakes Tracks) y el público italiano se volvió absolutamente loco, haciendo gala de un derroche de energía al alcance de muy pocas ciudades.

A pesar de que no hubo tantos temas de los 90 como en Alemania, Bruce parece seguir empeñado en reivindicar esa parte de su carrera, asi que tocó “Lucky Town”, con un sensacional solo de guitarra al final, justo antes del tramo rockabilly del concierto. El verano empezó oficialmente cuando sonó “Summertime Blues”, en una potente versión del tema de Eddie Cochran. Continuó con “Stand on it”, un outtake de Born in the USA, y finalizó con “Working on the Highway”.

Roma era la apoteosis en estado puro, pero un exhausto Springsteen decidió bajar las revoluciones del concierto relatándonos los entresijos de la habitación de Candy, justo antes de dejarnos sin aliento en uno de los tantos grandes momentos de la noche cuando “Mona” y “Not Fade Away” introdujeron “She’s the One”, que a su vez precedió a “Brilliant Disguise”. ¿Estaba ocurriendo de verdad? Hasta ese punto del concierto ya nada era normal. El setlist, la energía sobrehumana (incluso más de lo que nos tiene acostumbrados) y la comunión con los romanos habían alcanzado niveles elevados, pero nada comparado con lo que vendría a continuación.

Alguien definió hace años a la cara B del segundo disco de Springsteen como los mejores 30 minutos de la música moderna y, sin embargo, Bruce no acostumbra a regalarnos semejante delirio musical. La cara B del The Wild, the Innocent and the E Street Shuffle, como gran parte de su discografía, ha envejecido muy bien y, a pesar de que ya han pasado cuatro décadas desde su publicacion, ayer sonó como si estuviésemos en un club de Asbury Park. Él tiene esa fascinante habilidad: es capaz de convertir un gran concierto en el que están presentes 40.000 almas, en un pequeño bar de Nueva Jersey. Ya lo hizo el año pasado cuando apareció Southside Johnny en el Bernabéu y lo volvió a hacer el jueves trasladando a Roma a los años 70.

Y es que regresó Kitty… y de qué manera. Un comienzo potentísimo y, a la mitad, unos solos espectaculares de prácticamente toda la banda. Bruce extasiado y Roy Bittan y la sección de vientos haciendo gala de su enorme poder. Era el inicio de la hazaña. Porque siguió con “Incident on 57th Street”, acompañado del silencio sepulcral que ofrecía la noche romana. Lo único que brillaba en la oscuridad eran los ojos de miles de fans que ni en sus mejores sueños habrían imaginado una velada así. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Enlazar “Incident…” con “Rosalita”? Imposible. Pero así sucedió. Y volvió, de nuevo, una de las protagonistas de la noche: la locura.

Tras el final de “Rosalita” muchos sentíamos un fuerte nudo en el estómago pensando en lo que podría seguir a continuación. Lo imaginábamos, lo deseábamos, pero nos parecía demasiado. Incluso para él. Probablemente jugaba con nosotros. Nos estaba poniendo el caramelo en la boca para después quitárnoslo y arrancar con “Waitin’ on a Sunny Day”. Pero corrió a las primeras filas y agarró una gran pancarta, la enseñó a la cámara y nosotros, fieles, la leímos. Todos nos hicimos la misma pregunta: ¿Tiene límites Bruce Springsteen? ¿Hay algo que no pueda hacer?

“Solo per Roma”, gritó mientras posaba la guitarra acústica sobre sus hombros. El mundo se paró durante doce minutos y las primeras notas de “New York City Serenade” se deslizaron en las yemas de los dedos de un, otra vez, espectacular Roy Bittan. Fue el momento exacto en el que nos pudimos dar cuenta de que, tal y como dice “Thunder Road”, había magia en la noche. Totalmente embobados por la belleza, nos dejamos llevar y escuchamos como, al fin, Springsteen sacaba a pasear a su chica por las calles de Broadway. Iba acompañado no sólo por sus 17 músicos, sino contando también con la presencia de siete violines de la Roma Sinfonietta, que en numerosas ocasiones ha sido dirigida por Ennio Morricone. El surrealismo y la sorpresa habían alcanzado niveles etéreos. Nadie podía explicar lo que estaba ocurriendo.

Pero aunque parezca difícil, la vida siguió después de “New York City Serenade”. Tras las habituales “Shackled and Drawn”, “Waitin’ on a Sunny Day” o “The Rising”, cerró el mainset con una sensacional “Land of Hope and Dreams”.

En los bises no hubo demasiado espacio para la sorpresa, pero tras semejante show, nadie tenía derecho a quejarse. “Born in The USA”, “Born to Run”, “Dancing in The Dark” (con proposición de matrimonio incluida), “Tenth Avenue Freeze-Out”, “Twist and Shout” y un “Shout” que llevó casi hasta la extenuación dieron paso a la despedida de toda la banda. Menos Bruce, que decidió volver a coger la guitarra acústica por si no habíamos tenido suficiente con lo que había hecho ya.

La intro con la armónica señalaba que era tiempo para levitar con “Thunder Road”. Bruce acariciaba levemente las cuerdas de la guitarra y, prácticamente casi a cappella, su voz desgarrada acabó desgarrando el corazón a los pocos que aún lo tenían entero.

Roma ciudad eterna, sí. Pero sólo desde ayer.

Cristina Magdaleno
@CrisMag23

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