21 junio, 2011

El Rey del Mundo

por Julio Valdeón Blanco (New York)

Clarence Clemons hubiera gozado con el espectáculo. Entiéndase, no con la visión de familiares, colaboradores y amigos desolados, sino corroborando que su paso por la Tierra tuvo la altura mítica exigida. Portadas en el New York Times, USA Today, Chicago Tribune, etc. Especiales de 24 horas en tv. Homenajes espontáneos en decenas de bares.

Tanta importancia concedió a la leyenda, bien alimentada por un Springsteen juguetón y entrañable, que sus memorias, publicadas hace dos años, incluían dos tipos de capítulos: los de páginas de fondo blanco, donde supuestamente mentía lo normal, lo que uno miente en ese tipo de artefactos, y las de color gris, dedicadas a contar sus improbables, aunque no descartables, correrías con Groucho Marx o Norman Mailer. La cuestión fiction/faction que tanto ha estudiado Arcadi Espada, resuelta a la brava.

A Clemons, qué duda cabe, le interesaba cultivar una imagen, un personaje que, como explicó Francisco Umbral, tracendiera nuestras chuscas limitaciones. Lo suyo fue un fogonazo que cegaba. Un volcán de raso y cuero que volaba supersónico. Viéndole olvidabas que incluso el más poderoso de los hombres acaba alimentando gusanos. Parecía inmortal. Destinado a sobrevivirnos como mascarón de proa del galeón de una juventud airada. Mitad chulazo mitad superhéroe de Marvel cruzado con pirata, ejercía de polo necesario para que el aceite hirviendo de Springsteen no pusiera todo perdido. Daba réplica al torbellino. Sabía manejarse junto a la fiera rayada. Provocarla y corretear con ella.

Aliviaba en parte la brutal tensión psíquica necesaria para sostener semejantes tormentas, bautizos de fuego imposibles de transitar en ausencia de cómplices. Articulaba, además, la historia de amistad que siempre alentó la E Street Band. El grupo, así, era mucho más que un conjunto de intérpretes ejecutando música. E incluso que una provechosa asociación creativa. Era, es, la pandilla juvenil que trabajaba canina y bebía cerveza. Que perseguía la estela de un cometa cuyas fluorescentes barbas cabalgaban borrachas de velocidad. Envejecieron del brazo a medida que discos, giras, peleas, celebraciones, divorcios y hospitales mordían su armadura de caballeros con tirachinas en vez de espada y guitarra, batería y micrófono en lugar de escudo.

El directo es magia. Espejo donde contemplarnos. Mirador para escapar hacia brillantes desfiladeros, callejones color cerveza, veranos suspendidos, desiertos en exasperado technicolor. En eso, en multiplicar las posibilidades expresivas de una música de por sí rica en matices, asociaciones y hechizo, la dupla Clarence & Bruce no conoció rival. Contemplarlos en los días de gloria, durante las giras del 75, 78 y 80/81, antes del inevitable amaneramiento que trajó el Born in the USA, e incluso hoy, cuando las putas articulaciones impedían aquellos despliegues físicos, pero ya curados del espanto ochentero, sobrios e inteligentes, equivalía a sumergirse en un ritual que hacía buenas las ensoñaciones del rock and roll como blindada camaradería de eternos Peter Pan frente al acantilado. Y aportó más.

Cuando Clarence Clemons se unió a la E Street Band la sangre de Martin Luther King y otros príncipes de los derechos civiles centelleaba fresca. Una banda mestiza llegaba para socavar las repugnantes tiranías de la raza. Explicitaba, de paso, que el rock, y aún más el de Springsteen, era hijo del crisol. Heredero de Elvis Presley y Sam Cooke. Escucha el imprescindible directo del Harlem Square Club, las imprecaciones al público de un Cook poseído, y encontrarás claves. Poco después el soul de Stax, nacido del trabajo, inspiración y valentía de chavales blancos y negros en un antiguo cine de Memphis, había musicado un movimiento liberador que en los discos de Springsteen, y en su puesta en escena, hallaba natural heredero. El beso que ambos, Bruce y Clarence, se daban, era una dentellada incruenta pero explícita contra tanta y tan penosa mierda acumulada en siglos de impostura y odio. Una declaración política, incluso ideológica, sin necesidad de manifiestos. En el segundo que duró quedaba clara la obviedad de que los hombres, por encima de cualquier diferencia, son sustancialmente iguales, hermanos cuyos anhelos musicaban.

En artículo para el Daily News David Hinckley explica que las notas más importantes de Clarence no eran las del saxofón. Ciertamente había siempre algo más en juego, un viaje al fondo de la música que trascendía su contenido. Ese carisma fue su gran arma. Aunque no, ni de lejos, la única. Oh, ya, su digitación quedaba lejos de la de un Charlie Parker o un Coltrane. Carecía de su precisión, de su supertodada técnica. Bueno, jamás pretendió emularles. Lo suyo fue el rock and roll. Tampoco “Be My Baby” debe de compararse, en términos de pura y bruta musculatura mental, con “A Love Supreme”. Ni las rancheras de José Alfredo Jiménez con los discos de Miles Davis. Su territorio es otro.

Quien abjura del rock y demás hierbas silvestres por simples, aquel que las contempla con la mirada del cazador de verbosidades, está perdido. Si se dice, vamos a escuchar algo, mmm, popular, en vez de Adriana Valera, Doc Pomus, Leiber & Stoller, los Stones, la Bernarda de Utrera o Chavela Vargas, o Bruce Springsteen & The E Street Band, optará por el jazz-rock y otras acomplejadas melopeas. Entre el tai-chi de Lou Reed, los recitales poéticos de Lou Reed y el “Heroin” de Lou Reed la elección es obvia, pero el sector cool, incluido el actual Lou Reed, no lo entiende. Springsteen y Clarence sí. Sabían cuál fue su combustible y emblema. No se desviaron.

Volviendo a las disquisiciones sobre Coltrane, la técnica, etc. Lo sustancial, lo que importa, es que en la historia del rock and roll nadie ha firmado más solos memorables de saxo que Clarence Clemons. Tenemos al imperial King Curtis, primera y gran influencia. O a Steve Douglas, que acompañó entre otros a Elvis y fue contratado por Bob Dylan cuando no tenía claro como afrontar su siguiente reinvención. Pero lo de Clarence apabulla: “Born to Run”, “Rosalita”, “Spirit in the Night”, “Jungleland”, “Prove it all Night”, “The Promised Land”, “Badlands”, “Sherry Darling”, “Independence Day”, “I Wanna Marry You”, “Fade Away”, “Drive all Night”, “Bobby Jean”, “Blood Brothers”, “Secret Garden” o “Back in Your Arms” serían impensables sin su aportación.

No es poco para alguien más alabado por su presencia, simpatía y bla bla bla que por su talento. Si se fijan, el listado de clásicos con Clarence de coprotagonista decrece a medida que pasan los años. A finales de los ochenta el sonido del saxo era una herencia del rhythm & blues a la que Springsteen encontraba difícil acomodo. Su escritura, orientada por cuestiones de madurez hacia los tonos sepia y la herencia de Hank Williams, comenzaba a abandonarle. En discos a mi juicio inferiores a los del período clásico, como The rising, Clemons logró reinventarse con una presencia sutil, tal y como señala Luke Lewis en una pieza de NME con la que comparto parte de este argumento. Ya no disparaba aquellos salvajes pasajes marca de la casa, como puede comprobarse escuchando, por ejemplo, el directo del 75 en el Main Point. Se limitaba a dar un paso al frente para clavar el correspondiente solo. Muchas veces calcado del original. Todavía fuerte, poderoso, abrasador o melancólico, a pesar de que la ligereza, la imaginación, no eran las mismas. Para evitar que el ritual se fosilizara ya estaba Springsteen. La misión de Clarence era la del custodio del pasado. Conectaba con el embrujo de una época que rugía, perfumada de vida, mientras tocase.

Creo que con la reciente publicación de The promise Springsteen quiso homenajear la faceta de la E Street Band que auspiciaba Clarence, la que hija de los Four Tops, Sam & Dave o Martha & The Vandellas abrazaba las tapicerías de una América golpeada pero pujante. Recuerdo la última vez que le vi, en el Madison Square Garden, la noche en la que tocaron The river entero. El mejor concierto que les he visto. También estuve la noche anterior, pero fue entonces, con “Fade Away”, “The Price You Pay”, “The Ties That Bind”, etc, con Clarence empujando la carrocería de aquellas canciones que tanto han vivido y tanto nos han vivido, cuando mejor recordé hasta qué punto su sonido, incluso con las inevitables abolladuras, era el sonido del rock and roll que amo. Había que contemplarle levantándose del trono, de la silla eléctrica, de las muletas y aparatajes que disimulaban sus dolores, para creer en milagros. Con un bramido suspendía el tiempo. Con dos minutos por delante te lanzaba a las estrellas. Nadie como él supo acunar los miedos de un público que bajo su sombra volvía a la adolescencia. A apredear farolas. A besar bajo la luz de un candil a la pebeta rubia que ya era dolorido ayer o señora cana. A creer en la mística del coche como vehículo espacial santificado por Chuck Berry que a trompicones, entre saguaros, corre hacia la tierra prometida.

No añadiré que al morir Clarence muere la música, porque es una conclusión necia. Pero sí que, unida a otras muertes privadas y cercanas, el que se va muriendo poco a poco soy yo, mausoleo contra mi voluntad de tantas canciones que me hicieron y que al desaparecer sus hacedores me van dejando solo. Cada día un poco más solo y más triste. Eso sí, mientras duró, apilados en aquel coche desvencijado, desencajados de tanto reírnos, con las ventanillas bajadas, el viento aullando como una llamarada, fue un viaje memorable.

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